27/06/2018

La historia del disco que cambió la historia de Los Planetas.

Artículo publicado en la revista 10 Años de Indiespot. Compra la tuya aquí.

Aquel día se topó con un conocido al que hacía tiempo que no veía. Fue una charla del todo intrascendente pero que acabó por marcar uno de los momentos más relevantes en la historia del rock en España. “¿Qué tal? ¿Cómo estás?”, preguntó, por mera cortesía, Jota, cantante de Los Planetas, a su viejo colega. “Fatal”, respondió éste, “parece que me haya pasado una semana en el motor de un autobús”.

Meses atrás habían publicado su segundo álbum, Pop, y Los Planetas ya eran la banda más relevante de la eclosión indie de la década de los noventa en nuestro país. Referentes generacionales, los granadinos se exhibían como cabezas de cartel de la edición del Festival de Benicàssim de aquel 1996 junto a nombres como The Jesus & Mary Chain, The Stone Roses o The Chemical Brothers. Pero Florent, que atravesaba un momento delicado en lo personal, se había excedido más de lo recomendable la noche anterior y cuando la mañana del 2 de agosto Jota, May (bajista) y Raúl Santos (batería) pasaron a buscarle con la furgoneta para dirigirse hacia la costa castellonense, el guitarrista presentaba un estado lamentable. Se estiró en la parte trasera del vehículo y se tomó varias pastillas para dormir. “Puede morir o no”, les advirtió el médico cuando Florent fue ingresado en el hospital. “El concierto de Los Planetas se suspende por indigestión de Florent”, anunció la megafonía de Benicàssim. Semanas después Los Planetas se presentaron en el BAM. Siempre imprevisibles en directo, la de aquella noche, bajo un tremebundo chaparrón estival, fue una actuación fría. De vuelta al hotel, May decidió abandonar el grupo. Y, aunque no había ningún motivo concreto para ello, pocos días después Jota le propuso a Raúl Santos que tal vez lo mejor sería que abandonase unos Planetas que estaban al borde de la colisión.

DESCUBRIENDO NUEVOS PLANETAS

Era uno de los miembros más ilustres de la escena musical granadina. Éric Jiménez empezó a tocar la batería en el grupo de punk KGB. Pero donde realmente comenzó a demostrar su talento con las baquetas fue en Lagartija Nick, banda con la que había grabado álbumes tan destacables como Hipnosis (1991), Inercia (1992), Su (1995) y, muy especialmente, Omega (1996), obra maestra que habían moldeado a medias con el maestro Enrique Morente. Sublime ejercicio de confluencia de rock y flamenco que marcaría la evolución que Los Planetas emprenderían en el futuro. Había sido una experiencia tan intensa que tras las publicación de aquel disco, Éric decidió abandonar Lagartija Nick. Su primera idea había sido mudarse a Madrid y trabajar como músico de sesión. Fue justo entonces cuando recibió una llamada del mánager de Los Planetas proponiéndole que ocupara la plaza vacante en la batería. Nada extraño si se tiene en cuenta que Éric ya había grabado la mayoría de las partes de batería de Pop. Algo le dijo que tenía que aceptar aquella propuesta.

Una de las primeras experiencias de Éric Jiménez como batería de Los Planetas fue un concierto que la banda dio en Copenhague a finales de 1996. Aquel año la ciudad danesa era la capital cultural europea y uno de los actos organizados para tal evento fue un festival que reunió algunas de las bandas más relevantes en esos momentos en los diferentes países miembros de la Comunidad Europea. Los Planetas fueron los representantes españoles en un cartel en el que también figuraban nombres com The Prodigy o Placebo. Florent se presentó en el aeropuerto sin más equipaje que una bolsa llena de pastillas y píldoras. Viaje psicotrópico propio de un relato gonzo de Hunter S. Thompson al que se sumó el resto de la expedición a su llegada a Copenahgue, primero adquiriendo los mejores productos de los dealers locales, luego deambulando por las calles de la isla Christiania, una especie de Estado Libre dentro de la ciudad en el que, a excepción de las drogas duras, todo está permitido. Con su técnico de sonido (y miembro de la banda granadina de punk P.P.M) ocupando de forma interina el puesto de bajista, y ante un público que no sabía absolutamente nada de ellos, Los Planetas ofrecieron uno de sus conciertos más esperpénticos.

Las cosas no fueron mejor cuando retornaron a Granada. Viviendo en una galaxia en pleno proceso de desintegración, era sumamente extraño el día que coincidían todos los miembros del grupo en su local de ensayo en el barrio del Fargue. El que sí estaba ahí siempre era Jesulín, un amigo de la banda que llevaba consigo a todas partes un libro titulado Utiliza las medicinas de tu casa para drogarte. ¡Los pelotazos que pillaron a base de jarabe para la tos! Más allá de ser el alquimista particular de Los Planetas, aunque no sabía tocar ningún instrumento, Jesulín fue un elemento destacado en la creación de Una semana en el motor de un autobús. Melómano empedernido, durante aquellos meses en los que el grupo era poco más que Jota intentando dar vida a los temas de un disco que parecía imposible que jamás se llegara a grabar, Jesulín, más por la intuición del que se ha pasado media vida escuchando música que por conocimientos, le ayudó a buscar los sonidos y arreglos con los que embellecer sus composiciones. Aun así, nunca se plantearon que pasara a ser miembro oficial del grupo. Su lugar, si es que jamás ocupó alguno, lo adoptaría poco después Esteban Fraile Maldonado “Banin”, teclista y guitarrista procedente un grupo de rock psicodélico llamado Ciao Firenze.

Jesulín también fue quien presentó Kieran Stephen, el novio escocés de su hermana y un bajista cojonudo, a Los Planetas. Fan del grupo, cuando a Kieran le propusieron unirse al grupo se fue de inmediato al aeropuerto de Edimburgo y pilló el primer vuelo con destino a Granada. Con el tiempo, por culpa de no poderse entender con el resto de los miembros de la banda (ni él hablaba fluidamente castellano ni los otros dominaban el inglés) y por la nostalgia que aparece cuando vives lejos de casa, cayó en un estado de permanente depresión que acabó por provocar su salida del grupo. Pero eso no pasaría hasta tres o cuatro años después.

EL GOL DE KOEMAN

Los Planetas se habían reformulado pero los problemas seguían sin desaparecer. Florent continuaba inmerso en una espiral autodestructiva, y para intentar salir de ella se exilió durante una temporada en Madrid. Mientras tanto, Jota seguía encerrado con Jesulín en su local del Fargue intentando dar forma a unas canciones que no acaban de salir para un disco que supuestamente tenían que ir a grabar a Nueva York. Cuando no veía salida a la situación en la que se encontraban, contactaba con los directivos de RCA y les pedía que les dieran la carta de libertad. Pero la discográfica, con la que habían firmado por tres discos, se negaba a concedérsela. Contrariamente, la multinacional les apresuraba para que volvieran a meterse en el estudio, pese a que mostraban cierto escepticismo respecto a las primeras maquetas que les habían presentado y recelaban de que, en el estado en el que se encontraban, se marcharan a grabar a Nueva York, tal como quería Jota. Menos aún a las órdenes de Kurt Ralske, alma del grupo de rock alternativo Ultra Vivid Scene, ahora reconvertido en productor lunático, arquitecto sónico que ya había trazado la coordenadas polifónicas de Pop.

Tras posponer el viaje en diversas ocasiones, Los Planetas, con Florent ya reincorporado, llegaron a Nueva York durante las Navidades de 1997. Ignorando que habían dado forma a una obra capital, la sensación que tuvieron al finalizar las sesiones de grabación fue que se habían quitado una enorme losa de encima. No sabían qué les depararía el futuro, pero como mínimo habían cumplido con su parte del contrato. Más rock, menos pop, publicado el 13 de abril de 1998, su nueva colección de canciones se evidenciaba opresiva y retorcida, pero mucho más atractiva que todo lo que habían firmado hasta entonces. Intenso, enfermizo y doloroso, todos los grandes discos son el relato de una historia hiriente y Una semana en el motor de un autobús no es ninguna excepción: cuanto más intentas acceder a él más desgarradora se torna la experiencia.

La versión más extendida es que el tercer disco de Los Planetas es un álbum conceptual, crónica de una ruptura sentimental desde el punto de vista de ese chico que en la inicial ‘Segundo Premio’ (un plagio en toda regla del ‘Promesses’ del francés Étienne Daho) resta sentado esperando a que ella llame, rezando por que dé una señal. Un sangrante catálogo de sentimientos inherentes al desaliento adolescente que va desde el querer difuminarse de ‘Desaparecer’ a los celos patológicos de ‘La playa’, la retractación (‘Parte de lo que me debes’), el desasosiego por un futuro incierto (‘Un mundo de gente incompleta’), la búsqueda de nuevas sensaciones (‘Cumpleaños total’ y ‘Laboratorio mágico’), el intento por hallar la redención (‘Montañas de basura’, ‘Línea 1’ y ‘Toxicosmos’) y, finalmente, el descubrir que tal vez sí, que quizás hay una salida alzando ‘La Copa de Europa’, más de nueve minutos de luz blanca al final del túnel. “Cuando Koeman chutó la falta de Wembley”, explicaría Jota en una entrevista a la revista Rockdelux, “mientras el balón iba por el aire, me pasaron todas esas ideas por la cabeza. Eso es lo más feliz que se puede ser, alzar la Copa de Europa. El disco empieza con ‘Segundo premio’: si no te tengo, pero al menos puedo hacerte daño, ya sirve para algo. Ése es el segundo premio. Pero después de todo lo que le pasa a lo largo del disco, el supuesto personaje gana la Copa de Europa, que es algo así como descubrir la verdad”. Esta es la teoría aceptada mayoritariamente, pero en realidad Una semana en el motor de un autobús es el punzante relato que Jota escribió sobre el descenso a los infiernos de su amigo Florent. Un grito agonizante ante ese vertiginoso salto al vació que había dado el guitarrista.

Considerado unánimemente por la crítica como el mejor disco de 1998 y una de las máximas cumbres creativas a nivel estatal de la década de los 90, así como uno de los trabajos a tener en cuenta en toda antología sobre la música del siglo XX en España, con Una semana en el motor de un autobús Los Planetas ganaron el primer premio.

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