20/06/2018

Crónica del viaje de Panda Bear y Avey Tare al disco que cambió su carrera.

PREJUICIOS

¿Cuándo nos cansamos todos de Animal Collective? Pues en algún momento en el ínterin que iba de Merriweather Post Pavilion (2009) a Centipede HZ (2012). Respuesta fácil. Aunque las preguntas difíciles, si realmente queremos llegar al cogollo de la cuestión, son otras: ¿Por qué nos desencantamos de Animal Collective? ¿No eran “el mejor grupo del mundo” entre, pongamos, 2005 y 2009? ¿Acaso solo lo parecían? Y si se trataba solo de humo y espejos, ¿por qué se les escogió a ellos precisamente para el hype? Desde la distancia, la incógnita se despeja también fácilmente en todos estos casos, aunque la explicación pueda resultar dura: aunque nosotros vivimos un romance con Animal Collective, ellos nunca estuvieron enamorados de su público. Nunca nos quisieron. De hecho, nunca hicieron siquiera nada para complacernos; como si quisieran provocar la ruptura cada vez que avanzaban setlist nuevo y ninguneaban el repertorio conocido en conciertos a priori crowdpleasers, cada vez que se atomizaban en proyectos paralelos a cuál más espinoso, cada vez que rechazaban aprovechar cualquier oportunidad que oliera a momentum. ¿Auto-sabotaje? Sí, si consideramos que alguna vez Animal Collective sintieron el flechazo del éxito, la popularidad, el reconocimiento, blablabla… Pero a estas alturas ya está claro que siempre evitaron ser una cabeza disecada en el salón de los turistas del hype que un día fueron de vacaciones a un safari de sonidos raros. Animal Collective nunca sintieron que se debían a su público y sí a su música, sí a su manera de entender la experimentación pop (arisca y juguetona a la vez), sí a hacer siempre lo que todavía no sabían hacer. Así eran y… así son. Porque la gira de recuperación de Sung Tongs (2004) en directo, interpretado de manera integral en formato acústico por Avey Tare y Panda Bear, sigue entrando de lleno en estas coordenadas.

PRELENGUAJE

Sung Tongs ni es el disco más emblemático, ni el más consensuado, ni siquiera el mejor de Animal Collective. Quizá sí que fue el del momento del cambio; el gozne que separa la trayectoria de un grupo que pasó de hacer música extraña en el dormitorio de su casa a hacer una música extraña cara al mundo. La interpretación de ese disco en la sala Apolo de alguna manera señalaba la importancia que el grupo, o al menos dos integrantes del grupo, le dan a ese álbum. No era ya la elección de ese repertorio y no otro, sino la manera (desnuda, honesta, casi extrema) de abordar ese cancionero. Más el cómo que el qué, pues. Noah Lennox y David Portner se vaciaron en esas canciones. Quizá esa era la única manera de hacer creíble juegos de voces (aaaah, cómo se agradece que todavía existan grupos que apuesten por las armonías vocales) que podrían bordear el ridículo a poco que uno se acorace en el cinismo: mantras, balbuceos, onomatopeyas, ¿gárgaras?, ¿pseudo-jodeln?… Un abanico de registros pre-lenguaje de una musicalidad tan estrafalaria como hechizante. Podría pasar por grabaciones de campo de música folk de un país ignoto recién descubierto. Podría pasar por el bandcamp de otro nuevo proyecto de El Niño de Elche si las acústicas fueran en este caso españolas. Podría pasar, incluso, por música antes de la música. Y en todos los casos, sería revelador.

PREFUTURO

Si lo ponemos en perspectiva, Sung Tongs fue un disco in media res. Como si nada de lo que había pasado antes (weird folk, conatos neo-psicodélicos…) hubiera comenzado de verdad hasta su aparición. Escuchada en directo ahora, esta música tiene otra verdad: suena tan, tan, tan a hoy (a cantautores bizarros, a psicodelia feliz y psicodelia agria, a otredad folk, a pop lo-fi sin civilizar…) que en realidad suena a mañana. Dicho de otra forma: es música sin contexto o independiente del contexto. En cualquier época continuaría pareciendo asilvestrada, indomable y… pura. Si la razón de ser de la psicodelia es la invitación a jugar con nuestra percepción sensorial, Animal Collective (aún con un repertorio de 2004, aún con dos acústicas y cero efectos especiales) siguen siendo la definición canónica de psicodelia. No fue un concierto fácil, cierto. Pero cuando se aceptaba que la manera de disfrutarlo no estaba en descifrar esa música jeroglífica sino en descubrir que el jeroglífico podía ser hermoso, alucinante e incluso divertido por sí mismo, entonces la recompensa era altísima. Un show extraordinario porque, literalmente, se salía de todo orden.

Publicidad

Foto. Max Martí   Conciertos
Publicidad