21/05/2018

Un viaje a la Luna con Alex Turner de la mano de Tranquility Base Hotel & Casino.

Durante bastante tiempo, yo quería ser uno de los Arctic Monkeys. En mi veintena y tras su fulgurante irrupción con ese magnético trío de discos entre 2006 y 2009, me imaginaba empezando conciertos con la solemne ‘Dance Little Liar’, rompiendo caderas con ‘I Bet You Look Good On The Dancefloor’, derritiendo corazones con ‘Mardy Bum’ y desatando tormentas con ‘Brianstorm’. Todo luciendo media melena, actitud despreocupada y, claro, la guitarra colgada a la altura del sobaco. ‘I Bet You Look Good On The Dancefloor’ era una de las versiones que tocábamos con nuestro “grupo” de música en la universidad, y aunque nunca conseguía terminar el puñetero solo inicial, cada vez que soltaba el “Well I bet that you look good on the dancefloor” del tramo final, fuera en el local de ensayo, en el escenario o en una sesión de Razzmatazz, me sentía (un poco) el rey del mundo.

Alex Turner, en cambio, quería ser uno de los Strokes. Aunque compartimos generación (es solo un año menor que yo), en 2001 él escuchaba Is This It mientras yo descubría los grupos de hardcore melódico de las bandas sonoras del Tony Hawk Pro Skater. Cada uno viene de dónde viene, qué le vamos a hacer. Turner quería ser como Julian Casablancas, como masculla en la primera frase de Tranquility Base Hotel & Casino, el sexto disco de Arctic Monkeys: “I just wanted to be one of The Strokes / Now look at the mess you’ve made me make” (“Yo solo quería ser uno de los Strokes / Mira el lío que me has hecho montar”), dice en la que apunta a ser la frase del año y también el recurso fácil para empezar cualquier crítica del álbum.

Nada en un disco que ha tardado cinco años en ver la luz es casualidad. Y con esta frase, obviamente, Alex Turner está marcando el tono y mandando un aviso. Primero, se dirige a sí mismo con voluntad entre nostálgica y reflexiva (“mira hasta dónde hemos llegado”), pero también es un aviso a los oyentes: “Aunque quisiera ser uno de los Strokes, esa época ya es historia, ahora el ‘lío’ es otro”. Todo cobra más sentido al terminar por primera vez Tranquility Base Hotel + Casino, uno de los discos con una primera escucha más desconcertante a los que te enfrentarás en mucho tiempo.

Recapitulemos muy brevemente: tras Whatever People Say That I Am, That’s What I’m Not en 2006, un debut generacional repleto de pildorazos de pop acelerado y destellos post-punk, Arctic Monkeys publican un año después Favourite Worst Nightmare, continuista pero ya con atisbos de nocturnidad como su propio nombre indica. Solo dos años más tarde plantan Humbug, un quiebro auspiciado por Josh Homme en el que tienden al rock pesado y que, por su densidad, es recibido con cierto arqueo de cejas por público y fans (no por esta casa, donde fue quinto mejor disco de 2009). Quizá conscientes de ello y como reacción, retroceden ligeramente en Suck It And See, donde conjugan riffs rocosos con estribillos de pop clásico más luminosos en un gran –y también infravalorado– disco. Y entonces llega AM, un álbum que a todas luces culmina una carrera: seguro, sobrio y soberbio. Con su mayor hit hasta la fecha, la coreablísima ‘Do I Wanna Know?’, junto a una reafirmación del espíritu rock (‘Arabella’, ‘I Want It All’, ‘One For The Road’) y arranques de r&b y hip hop (‘Why’d You Only Call Me When You’re High?’, ‘Knee Socks’, la propia ‘Do I Wanna Know?’). Con AM llega la conquista de Estados Unidos y, aunque quizá no una reconciliación con sus fans de toda la vida, sí una nueva base enorme que los aúpa hasta el trono del Mejor Grupo de Rock Del Siglo XXI.

En medio, el despiste, con nombre y apellidos: The Last Shadow Puppets, un homenaje abierto al pop orquestal de Scott Walker. En 2008 The Age of the Understatement tenía todo el sentido del mundo, enmarcado dentro de una etapa de efervescencia creativa irrepetible que dio como resultado algunas de las mejores canciones firmadas por Alex Turner junto a su amigo Miles Kane. Y, en su momento, el esperado retorno del proyecto paralelo en 2016 con Everything You’ve Come to Expect se entendió como el divertimento necesario antes de volver a lo serio, el verano del desfase (a su concierto en el Primavera Sound 2016 nos remitimos) antes de regresar a la vida real de Arctic Monkeys.

Pero entonces… ¿Dónde encaja Tranquility Base Hotel & Casino?

Pues tengo la teoría de que es el disco que Alex Turner lleva años deseando hacer.

Me explico: desde ‘505’, la icónica canción que cerraba su segundo disco hace más de 10 años, esta suerte de baladas con alma de crooner y poso maduro ha ido en aumento en el repertorio discográfico de Arctic Monkeys: ‘Dance Little Liar’, ‘Fire and the Thud’ y ‘The Jeweller’s Hands’ en Humbug; ‘Black Treacle’, ‘Reckless Serenade’, ‘Piledriver Waltz’ y ‘Love is a Laserquest’ en Suck It And See, y finalmente ‘No. 1 Anthem’, ‘Mad Sounds’ e ‘I Wanna Be Yours’ específicamente pero también ‘One For The Road’, ‘Arabella’ y ‘Do I Wanna Know?’ tangencialmente en AM. Aunque no lo viéramos, o nos centrásemos en los singles más evidentes, la génesis de TBH&C lleva mucho tiempo asomando. Alex Turner parecía haberse montado The Last Shadow Puppets para abordar esa faceta porque no se atrevía a hacerlo del todo con Arctic Monkeys. Por la presión, por sus propias expectativas, por sus compañeros de grupo: quién sabe.

La explicación que da Turner es perfecta para el “relato” del nuevo disco: por su 30º aniversario, su manager le regaló un piano Steinway Vertegrand, y mientras aprendía a tocarlo, de repente la guitarra perdió su sentido a nivel de composición. La nueva adquisición acaparó todo el protagonismo y por eso las 11 canciones de Tranquility Base Hotel & Casino tienen el piano y no la guitarra como base.

La explicación interpretativa es otra: Turner llega a la tercera década de vida y parece decidir hacer el disco que él quiere y hacerlo con su proyecto principal porque ya no le hace falta ninguna excusa ni nombre para disimular. Y aunque es cierto que podría haberlo firmado en solitario, si después de 5 años esperando es Alex Turner quien firma este disco hubiéramos estado ante el fin de Arctic Monkeys.

Arctic Monkeys han muerto, gloria a Arctic Monkeys

Dicho esto: Tranquility Base Hotel + Casino es un disco fantástico. Es inspirado, poético, rico en matices, apabullante interpretativamente. Suena apasionado, más que cualquier interpretación anterior de Turner, incluso junto a Miles Kane. Es una borrachera plácida, una calurosa noche de verano, una fábula borrosa que combina fantasía, actualidad y un monólogo interior de nuestro narrador, que se abre aquí como nunca lo había hecho. Escuchando las 11 baladas de Tranquility Base Hotel & Casino, uno tiene la sensación de que Alex Turner es un hombre de 60 años atrapado en un cuerpo de 32. Y no es, como dirán sus detractores, porque haya hecho un disco “aburrido” o “monótono”, sino porque todo en este disco desprende una visión nostálgica y serena, entre el cinismo y la revisión, casi como el que ya está de vuelta de la vida.

Sin ser explícitamente un disco conceptual, sí hay un concepto detrás del disco: Tranquility Base es el lugar donde aterrizó el Apolo 11 en el primer viaje exitoso a la Luna, y aquí Turner se imagina un futuro cercano en el que la colonia humana ya ha construido allí “un vulgar templo del consumo” como es un hotel con casino. No hay ninguna trama central que convierta el disco en una serie sobre un hotel en la Luna, pero la idea se repite lo suficiente a lo largo de las canciones como para tomarlo en serio: además, Turner ha explicado que la decisión de llamarlo así es porque considera que sus discos favoritos se convierten en lugares que puedes visitar y que te acogen, y quería darle esa pátina a este. Lo ha conseguido.

Porque Tranquility Base Hotel & Casino es un lugar de película de ciencia ficción. Como el propio Turner deja intuir en la canción ‘Science Fiction’, este es un disco ambientado en un futuro que en realidad habla del mundo de hoy en día, como hace la ciencia ficción… y que, en realidad, se inspira en el pasado. Los referentes lo dicen todo: Nick Cave, Leonard Cohen, el disco Born To Be With You de Dion, John Lennon, Serge Gainsbourg, Ennio Morricone o la canción ‘Moonlight Mile’ de The Rolling Stones son inspiraciones reconocidas abiertamente por Alex Turner a la hora de abordar su creación y de recrear su sonido. Hay miga.

A contracorriente

Lo leemos en las letras, lo vemos en la suerte de maqueta que Turner ha hecho en cartulina con sus propias manos para la portada (inspirándose en una foto del equipo artístico de 2001: Una odisea en el espacio), lo escuchamos en esa instrumentación de corte clásico, entre los 60 y los 70, y lo vemos en su mismo concepto. No es solo que el grupo se permitiera no publicar ni una canción de avance antes de su lanzamiento, es que por norma las canciones de Tranquility Base Hotel & Casino no se entienden aisladas. El sonido es claramente una apuesta conjunta de la primera canción a la última (la preponderancia del piano y el resto de instrumentos adaptándose a su cadencia y ambientación lánguida; aquí no hay dos caras), pero es que las letras también lo son: construidas a base de fragmentos o pequeñas escenas (este es un disco muy cinematográfico), parecen retazos aislados cazados al vuelo. Quien busque un principio y un fin en cada corte no lo encontrará: “Bear with me, man / I’ve lost my train of thought”, canta Alex en ‘One Point Perspective’, en referencia a esa incapacidad subyacente de seguir el hilo de una explicación. Pero quédate con él, te pide.

Si analizamos el discurso lírico en su conjunto, entonces las cosas cobran sentido y podemos identificar tres grandes líneas temáticas: una son los trozos de historias que suceden en este hotel y casino en la Luna, otra es el análisis que Turner hace de la sociedad actual (especialmente de los peligros de la conectividad y la inmediatez) y la tercera es el diálogo del cantante consigo mismo y su vida actual (aka fama).

Tranquility Base Hotel & Casino es, ante todo, un disco sobre la desconexión. De uno mismo, de los otros y hasta de la maldita esfera terrestre.

No hay más que ver cómo arranca: ‘Star Treatment’, una reflexión sobre la fama y la fugacidad, presenta a un protagonista haciendo autostop espacial (“Hitchhiking with a monogrammed suitcase / Miles away from any half-useful imaginary highway”), alejado de sus raíces (“I’m a big name in deep space”) pero en un momento cuestionable (“But golden boy’s in bad shape”). Y lo que podría ser el inicio de una historia con hilo conductor o de una metáfora de la vida de Turner, rápidamente se pierde con referencias a Blade Runner (“What do you mean you’ve never seen Blade Runner?”, nos pregunta) y al mundo actual (“Flotando en un ‘stream’ infinito de televisión”, canta).

Ahí está una de las cuestiones del álbum: no te permite desconectar. En el momento en que dejas que Tranquility Base Hotel & Casino se quede como música de fondo para ese lounge imaginario que recrea es cuando se diluye todo lo que pretende transmitir.

Porque está lleno de guiños, referencias y verdades. Solo hay que buscarlas: como la imagen de Jesús en el spa de día rellenando el formulario de inscripción en ‘Tranquility Base Hotel & Casino’, o ese “leader of the free world” en calzoncillos de oro que no puede ser otro que Trump en ‘Golden Trunks’. O la taquería en la Luna que recibe puntuaciones de cuatro sobre cinco y que se llama Information Action Ratio, concepto extraído del libro Divertirse hasta morir de Neil Postman que definió ¡en 1985! este tsunami de entretenimiento que nos ahoga, en ‘Four Out of Five’, mitad anuncio publicitario y mitad epopeya pop. O la mordaz crítica a Instagram y Tinder en ‘She Looks Like Fun’: “Buenos días / Hamburguesa / Snowboarding”. O el desprecio con el que se burla de los gurús tecnológicos (“Los avances tecnológicos me ponen a tono”, canta en la canción titular del disco) y del “exótico sonido del almacenamiento de datos” en ‘The World’s First Ever Front-Flip Monster Truck’, título extraído de una noticia real en cuyo pseudo-clickbait Turner picó.

Con todo, la verdadera lucidez de Alex Turner en este disco se revela cuando rompe la cuarta pared y en ‘Four Out of Five’ dice que “Puedo subirte otro semitono” y en efecto lo hace, o cuando en ‘Science Fiction’ reconoce haber intentado escribir una canción para hacerte sonrojar pero que tiene la sensación de que quizá ha acabado siendo algo pretenciosa. Cuando en Tranquility Base Hotel & Casino dice que se plantea todas las preguntas pero no acaba de responderlas (“where I ponder all the questions but just manage to miss the mark”).

He hecho cosas que no debería haber hecho

Resulta curioso leer a Alex Turner tratando de minimizar el cambio estilístico de Tranquility Base Hotel & Casino e incluso comparándolo con el de AM. Cuenta que al propio grupo le sorprendió el giro que dieron entonces en 2013 y que sintieron mucha inquietud por ver la reacción de los fans. En cambio, Turner confesaba a Mondo Sonoro no estar tan nervioso esta vez por no haberse arriesgado tanto (!). Puede que no sea más que una manera de compensar nuestro shock inicial, o que realmente la evolución para él durante estos 5 años haya sido completamente natural. Sea como sea, Turner lo resume bastante bien en LA Times: “Las reacciones [al disco] hacen que parezca que tenía otra opción. Pero no sé si podía haber hecho otra cosa”.

Sobre la frase de los Strokes, Alex explica a Radio X que la escribió en las primeras fases del disco y la dejó pensando que, cuando tuviera el concepto y tono del disco más definido, volvería a ella para cambiarla. Pero no lo hizo. “Me recuerda a la manera en la que escribí las letras del primer disco en su momento. Hay algo sobre este disco y ese primero… Una similitud entre ellos que no he sido capaz de trazar con ningún otro disco”. Quizá es esa honestidad, la que le lleva a cerrar el disco mirándose al espejo como nunca (“I’ve done some things that I shouldn’t have done / But I haven’t stopped loving you once“, en la clasiquísima ‘The Ultracheese‘) o la que ahora mismo le llevaría a decir que ya no quiere ser uno de los Strokes porque el grupo de Julian Casablancas se ha estancado en repetir su fórmula y han acabado siendo una sombra de lo que fueron.

Yo, en cambio, a mis (casi) 33 años y aún más con este disco, sigo queriendo ser uno de los Arctic Monkeys. Ya no tengo un grupo ni creo que lo sé todo ni intento demostrar nada. Pero aquí estoy, celebrando que uno de los grupos de mi vida me lleve de paseo espacial y, sobre todo, no pretenda seguirme cantando sobre noches infinitas y juventud eterna.

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