15/05/2018

El profeta del jazz sale a captar fieles y hace llegar su mensaje en su concierto en Barcelona.

Por Jesús Boyero

Afanarse en revelar por qué Kamasi Washington es el músico llamado a ser el salvador del jazz en nuestros tiempos es tarea ardua. El instinto exige a la persona melómana tratar de averiguar por qué ha aparecido iluminada una figura dentro de un estilo sometido desde hace décadas a la tibia penumbra mediática. Poniendo atención en la música de este saxofonista y compositor, se podría aludir a su carácter más visceral que cerebral; se podría señalar también su vocación universal, o el semblante homérico de cada una de sus piezas y discos. Incluso, en el esforzado intento de revelar la respuesta, se podría acabar sospechando que, en realidad, la apariencia de titán con ropajes africanos puede ser un trampantojo, si bien la profundidad antediluviana de la mirada de este angelino de 37 años no ofrece lugar a dudas. Pero entonces, si no es el mayor virtuoso ni ha revolucionado las formas para elevar el género a un nuevo estadio, ¿por qué Kamasi es su profeta?

Es el jazz, estúpido. Las preguntas se desvanecen cuando los músicos salen al escenario. La más viva de las músicas se hace carne. Las grandiosas composiciones recogidas con sudor en los álbumes de estudio son solo la plataforma sobre la que impulsarse para subir a las tablas, llegado el momento de disfrutar y hacer disfrutar. Seis intérpretes se reúnen en torno a la sombra de ese gigantesco árbol sereno de nombre exótico. Su propio padre, que se acopla a la banda más tarde, admira cómo ha crecido la semilla, hundiendo sus raíces lo mismo en el arte elevado que en el arte popular, brotando con pasión reivindicativa y a la vez ansia de trascendencia cósmica.

Esta mirada postmoderna explica el dilatado poliestilismo de las canciones en directo, despojadas de su vestido espiritual y abiertamente convertidas en jams. Obertura marcial, guiño al tema de El coche fantástico en ‘Change of the Guard’, envoltorio dub para la sanadora ‘The Rhythm Changes’ sin pasar por el alto el corte de jazz más puro para el compás de amalgama de ‘The Psalmist’, del trombonista Ryan Porter. Pero eso no fue ni la mitad: también fragmentos de cadencia hip-hop, interludio en forma de duelo de baterías, y hubo tiempo para reflejar a Stevie Wonder y su ‘Another Star‘ en un pasaje de disco-soul latino con vocoder en ‘Truth’.

Al contrario de lo habitual, con gallardía Washington optó por reservar para el final los temas que ya ha adelantado de su inminente nuevo álbum doble. La invitación al viaje fantástico en ‘The Space Travelers Lullaby’ precedió al clímax último de ‘Fists of Fury’, llamada a ser la pieza paradigmática de Kamasi, por su triple condición reivindicativa, reflectora y fílmica, pues cita manifiestamente la película homónima de Bruce Lee, de la que el saxofonista confiesa ser fanático. Si alguien tenía dudas sobre el carácter cinemático y cinematográfico de su música, este homenaje las ha resuelto.

En directo, todo este gran mosaico de fuentes, ritmos y timbres se hace aún más colorido gracias a efectos como un delay ensoñador en el saxo de Kamasi, una especie de wah-wah para el bajo y el mencionado vocoder para la voz masculina a cargo del teclista. Con esta variedad y la solvencia de unos músicos muy capaces, la fórmula para estas dos horas de jubilosa presentación sólo podía triunfar. El líder de la banda, quizá mejor compositor que intérprete, también cumplió con buena nota en los solos. Evitando lanzarse pronto a las semicorcheas, tantea las texturas y fraseos y repite las células melódicas, mientras poco a poco va agrandando el sonido hasta el éxtasis, y aún tiene fuerza para mantener en lo alto la bola de sonido distorsionado, casi informe, que ha generado junto a los otros siete miembros de su fantástica escuadra.

En ella merece mención aparte la hiperactiva Patricia Quinn, cuya memorable teatralidad no eclipsa una voz dulce y poderosa, capaz de sustituir a un coro entero. Si a ello se añade que con un efecto para el bajo se pueden simular las cuerdas, el resultado es que no se echa en falta la grandilocuencia que aportan la suma de orquesta y coro en los discos, o en conciertos como el de Coachella 2018 hace un mes.

Aunque haya tenido que aparecerse un peculiar fenómeno para recordárnoslo, el jazz siempre ha estado ahí, para quienes lo han buscado o encontrado en algún local o sala de cualquier ciudad. En este caso se presentó en la Razzmatazz, lugar poco habitual para el género, que sin embargo hizo de marco perfecto (antes y después de la actuación sonaron Roy Ayers, Mulatu Astatke, Kendrick Lamar…) para la congregación de un público diverso: desde jóvenes con camiseta de J Dilla hasta señores mayores de porte cuidado. Ese es el triunfo de Kamasi. Él mismo se refirió a las cinco melodías que conviven simultáneamente en ‘Truth’ para explicar el concepto de Harmony of Difference: “La diversidad no hay que tolerarla, hay que celebrarla”.

Profeta o no, ese es su mensaje. Y en esta velada de jazz brioso y sin prejuicios, no hay duda de que el mensaje llegó. Aplausos extáticos, bis con la misma energía, y promesa de regresar. Te rogamos, óyenos.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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