08/05/2018

Otra cita generacional para la historia de nuestra música contemporánea.

«Hay una cosa que no se puede negar: si hablamos de trap, nosotros somos los papás», suelta Yung Beef en ‘Youtubers‘, uno de los cortes de Pxxrificacion (2017), el más reciente lanzamiento de Los Santos. El combo antes conocido como PXXR GVNG ha reivindicado más de una vez ese estatus, tanto en su discografía como en sus entrevistas, ya sea por separado o ejerciendo como crew. Si dejamos a un lado el desvirtuado término «trap», ya convertido en poco menos que un clickbait, y ampliamos el espectro para hablar de música urbana, uno puede decir sin demasiados miramientos que Bad Gyal es la mamá de la escena patria. El símil cobró todo el sentido del mundo el pasado domingo, precisamente en el Día de la Madre, en su segunda actuación programada en la madrileña Sala But tras el sold out de la noche anterior, ambas organizadas por Ochoymedio y TRVMP. La fecha de propina llegó en un horario tan atípico como las 16:30, quizá por problemas de agenda, quizá por esquivar la franja del Barcelona – Real Madrid.

Lo mismo dio: nadie eligió siesta. Tampoco el propio Yung Beef, que, a sus 28 años, debió sentirse viejo desde el lateral del escenario. La protagonista, la catalana Alba Farelo, nació en 1997, antes de ayer. Fake Guido, el dj que la secunda, su productor de confianza, en 1993, aunque podría pasar por su hermano pequeño. Frente a ellos, un millar de personas que, en su mayoría, encajan a duras penas en el tan traído y llevado colectivo millennial, ya superado a ambos lados del negocio musical. La apabullante juventud de unos y otros marcó el código y las normas de un encuentro generacional réplica del que se vivió hace poco menos de un mes en la Sala Apolo, otra cita histórica dentro de una gira de alcance global. Ya lo dice Bad Gyal en ‘Internationally‘: «todo está sold out / hemos visitao once países / los bolos llenaos». Definitivamente, no conviene subestimar a esta camada de artistas que está poniendo del revés el establishment, casi siempre desde la más absoluta independencia. No cuesta imaginar a algún directivo de compañía discográfica tirándose de los pelos por no habérselos tomado en serio antes: a estas alturas de la película, ya no está claro quién necesita más a quién.

Se ha escrito mucho, puede que demasiado, sobre Bad Gyal y sus coetáneos desde un punto de vista sociológico y hasta antropológico, no pocas veces a través de un prisma caricaturesco o prácticamente despectivo, siempre por encima del hombro. A menudo, literatura amarillista hecha por y para personas poco interesadas en conocer el trasfondo musical de todo este fenómeno, que, evidentemente, lo tiene, por si queda alguna duda. Es innegable que cuesta advertirlo a primera vista por la barrera que conforman jerga, estética y canales de distribución, pero no hay mejor terapia que verse en medio de un show como el de Farelo, más cerca de la performance que de un concierto al uso, para comprender la fuerza de propuestas como la suya y echar abajo unos cuantos argumentos en contra.

Empezando por esas acusaciones de playback que, básicamente, no tienen razón de ser: Bad Gyal no trata de engañar a nadie. Posiblemente, ella sea la primera en saber que no cuenta con un poderío vocal de impresión. Ni oculta ni disfraza que, efectivamente, canta, atiborrada de auto-tune, sobre su propia voz grabada. Y, a ratos, ni siquiera canta, quizá porque sabe que es capaz de poner al público a jalear sus estribillos unánimemente como lo hacen Alejandro Sanz, David Bisbal u otros nombres del viejo star system que llenan recintos monstruosos sin despeinarse. Ella, en cierto modo, también actúa cada noche ante decenas de miles de personas: su audiencia se multiplica exponencialmente con cada móvil al aire listo para alimentar perfiles de Instagram, esa red social que Badgy domina como si fuera el patio de su casa. Las pantallas iluminadas se cuentan por un centenar cuando llega el turno de hits como ‘Jacaranda‘, ‘Candela‘, ‘Blink‘ o la final ‘Fiebre‘, especialmente cuando a Farelo la escoltan dos hiperactivas bailarinas. Verlo desde casa es perder la partida del «está pasando»: sin saberlo, o puede que siendo perfectamente consciente de ello, ya está vendiendo entradas para sus futuros conciertos a todos aquellos que se quedaron fuera.

La experiencia, por lo tanto, se vive in situ y también a distancia: puro 2018. En cualquier caso, la onda expansiva de su discurso es especialmente poderosa en estos tiempos de cambio. Bolos como el de Bad Gyal son algo así como el reverso hedonista de las manifestaciones del 8-M, una actualización de las célebres palabras de Emma Goldman («si no puedo bailar, tu revolución no me interesa»); y su figura, una bendición para toda una generación necesitada de referentes con los que identificarse, por más que alguno se escandalice con sus letras, que no destilan poesía (ni falta que hace), pero sí verdad. Aunque escame, o precisamente por eso, su actitud, que pocas veces encaja dentro del rol femenino que la sociedad tenía preparado para ella, resulta tremendamente pedagógica tanto para chicas como para chicos, tanto para mujeres como para hombres. Especialmente, quizá, para ellos, para nosotros, para los tíos a los que Alba Farelo ha regalado una enseñanza valiosísima. Hace tiempo que teníamos que haber comprendido que un grupo de amigas bailando no es más que eso: un grupo de amigas bailando. Más vale tarde.

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Foto. Nacho Nabscab   Conciertos
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