21/04/2018

La estrella nostálgica de una América dorada que hoy se desmorona irradia luz pálida en su regreso a Barcelona.

Lana Del Rey, estrella fugaz. Así titulamos un artículo sobre la artista neoyorquina en 2012, cuando todo apuntaba a que acabaría siendo víctima de su propio éxito tras la publicación del irregular Born to Die. No podíamos estar más equivocados respecto a Lizzy Grant, hoy ya un icono perfectamente asentado en la cultura pop que ha ido perfeccionado su personal sello sonoro, conceptual y estético a cada disco: de las baladas melancólicas de Ultraviolence a la oscuridad hollywoodiense de Honeymoon, así como su reciente trabajo ligeramente más optimista –aunque no pidamos peras al olmo– Lust For Life, con el paso de la década hemos constatado cómo Del Rey ha logrado unificar su pop sofisticado, lujoso y decadente, hilando con cada vez más gracia sus composiciones y diferenciándose del resto de imitadoras satélite hasta convertirse en una figura de la música sin apenas competencia directa en la peculiar constelación del indie-mainstream. Y todo ello, armando un discurso que musicalmente resulta creíble, que no es poco.

 

 

Seis años después de su primera visita con motivo del Sónar 2012  y cinco tras un show en el Festival Jardins de Pedralbes –aunque actuó muy cerca para el Vida 2014–, ‘13 Beaches‘ de su último disco fue la canción encargada de inaugurar su regreso a la ciudad condal en un Palau Sant Jordi que no acabó de llenar del todo, ni de asistentes ni de magia. “I’ve been dying for something real“, narra en su letra, y ciertamente la crooner que vimos encima de un tropical aunque algo desangelado escenario nada tiene que ver con aquel personaje prefabricado, artificial y grotesco que algunos quisieron ver en ella en sus inicios. En pleno centro de la exótica postal, vimos a una Lana real, cercana y sonriente. Incluso me atrevería a decir que algo cansada por el fin de su gira, ¿pero no es acaso la languidez una de sus características más atractivas? ¿No es el suyo un retrato decadente del amor? “I fall to pieces“, cantaba en ‘Cherry‘, deprimente balada en la que dos ¿coristas? aka bailarinas se unieron a la banda y acabó casi rozándose con el guitarrista.

Pese a este arranque centrado en Lust For Life, las canciones de su último disco casi brillarían por su ausencia en un concierto en el que prefirió desplegar los temas más icónicos de su discografía en la primera parte y ceder completamente el protagonismo a los fans en la segunda. Se echaron en falta ‘Love‘, apertura del LP que se convierte en su mejor himno para la generación millennial, y ‘Get Free‘, su polémico cierre cuyos problemas legales con Radiohead parece que no se dirimirán finalmente en los juzgados. Tendida bocarriba en el suelo y creando bellas proyecciones en blanco y negro en las pantallas recuperaría por primera vez Ultraviolence con la preciosa ‘Pretty When You Cry‘, y echada encima del piano entonaría ‘White Mustang‘; más tarde incluso llegaría a tumbarse en una hamaca situada en el nivel más elevado del escenario. El único momento de la velada en el que se proyectaría –por muy pocos segundos– la bandera norteamericana sería ‘Born to Die’, por aquello de que Trump gobierna América, y aunque su embrujo para sacarlo de la Casa Blanca no parece haber tenido aún éxito, si logró hechizar a sus seguidores con dicho tema, uno de los más coreados.

Sin embargo, tanto en este antiguo hit como en otro como es ‘Blue Jeans’, en el que protagonizó el primero de sus ya clásicos baños de masas arrimándose a la primera fila, echamos de menos los acompañamientos orquestales de las secciones de cuerda de antaño y un poco menos de karaoke; demasiadas veces a lo largo del concierto Lana Del Rey quedó sepultada bajo la electricidad y las voces pregrabadas, siendo pasajes de su penúltimo álbum como ‘Terrence Loves You’, con referencia al Major Tom, y ‘Honeymoon’, con luna llena de fondo, momentos ciertamente más evocadores. Poco después, ella y sus bailarinas repartirían flores por doquier cual ninfas antes de que ‘Lust For Life’, colaboración con The Weeknd de la que dijo sentirse especialmente orgullosa, sonase bastante deslucida sin la presencia del cantante canadiense. Pese a que Del Rey se ha esmerado en su última obra en introducir mediante featurings pinceladas de hip hop y R&B modernos entre su iconografía más bien extraída del movimiento hippie y el espíritu rock and roll, el flow y el dinamismo escénico no son su fuerte. Sí el cuidado storytelling a la hora de revelar vaporosas diapositivas de otros tiempos más dorados, como demostró en un medley que convirtió ‘Change’, ‘Black Beauty’ y ‘Young and Beautiful’ en una sola canción, o en la retrosesentera ‘Ride‘.

Como en el videoclip de la anterior, no se despegaría de un columpio colgado del techo ni en ‘Video Games’, canción que pasen los años que pasen seguirá siendo su estandarte, ni en ‘Old Money’, uno de los momentos vocalmente mejor ejecutados de la noche. Y tras tanto balanceo, la diva triste decidió ejectuar por primera vez un instrumento, la guitarra eléctrica, para recuperar su canción más desnuda y solitaria, ‘Yayo’, momento tras el cual dejó que el transcurso del concierto quedase bajo el mando del público, que pediría la muy prescindible ‘Carmen’ y ‘Gods & Monsters’. Sin embargo, entre medio de ambas todavía hubo tiempo para ‘Summertime Sadness’ y ‘National Anthem’, que sonaron frías y enlatadas pese a que de buenas a primeras parecen sus canciones más apropiadas para llenar pabellones, y una ‘West Coast’ durante la cual se dejó querer más que nunca por los fans, hasta el punto de que estuvo alrededor de diez minutazos –sin música– haciéndose selfies, firmando autógrafos y restregándose con ellos. Quizá para algunos aquello supuso la apoteosis, pero un servidor desconectó ya del todo; ni las rezagadas ‘Ultraviolence’ y ‘Off to the Races’ captaron de nuevo mi atención.

Como decía al principio, Lana Del Rey ha resultado no ser una estrella fugaz: su nombre está ya esculpido en nuestra era, en las paredes de hormigón del Palau Sant Jordi y en los telefónos móviles de quienes se apretujaron entre las primeras filas. Sin embargo, vivimos tiempos inciertos, una época oscura en los que la norteamericana se avergüenza incluso de ondear la bandera de su nación cuando sale de gira. Como idea muy loca, me gusta pensar que el día que la brujería de Lana Del Rey haga efecto y Donald Tump sea definitivamente expulsado del primer puesto en el escalafón del orden mundial por los millennials que tanto veneran a la artista, su directo por fin brillará tanto como las linternas de los móviles que estos jóvenes sujetaron en alto el jueves para iluminar algunas de sus canciones. Aunque mientras el mundo sigue en guerra, seguiremos danzando bajo la pálida luz que proyecta.

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