19/04/2018

Del debut de Vetusta Morla a la llegada del trap.

Este año se cumplen diez años de la edición del debut de Vetusta Morla. Como efeméride, a priori, no se trata de algo demasiado espectacular: no estamos hablando de la llegada del hombre a la luna, del 23F o del alcorconazo. El pop español es poco dado a momentos épicos, no tenemos ni Woodstocks ni Spike Islands, ni gente diciendo que «el día después del Sargent Pepper’s el mundo nunca volvió a ser igual». España tiene una muy sana pero poco rentable incapacidad para crear mitos. Pocos recordarán el día exacto en el que salió Un día en el mundo: no venía rodeado del halo (artificial) de acontecimiento que tuvo, por ejemplo, el debut de los Arctic Monkeys en el Reino Unido. Sin embargo, pocos negarán, a día de hoy, su cualidad de clásico, en el sentido más estricto del término. Pocos discos nacionales de los últimos 20 años han gozado de tanta fama a largo plazo, han sido tan imitados y siguen siendo tan escuchados a día de hoy, sin que el tiempo parezca hacer mella en cuanto a popularidad. Y más allá de sus canciones, el lanzamiento fue simbólico de un cambio de guardia en la estructura de la industria musical española.

El término indie, que tan nostálgicamente adorna el título de esta web, tuvo hasta mediados de la década de los dosmiles en España un componente casi tribal. No tribal en el sentido ochentero: los fans de Los Planetas no se dedicaban a las zurras multitudinarias en las puertas de la Sala Maravillas como hicieran mods y rockers en Rock-Ola diez años antes, ni mucho menos sacaban la navaja con la alegría que podía ocurrir en ciertos ambientes en la década anterior. El tribalismo indie estaba basado en el cambio constante (o en la imitación ciega de cualquier moda que viniera avalada por los medios extranjeros de moda en cada momento, si nos ponemos cínicos) y en compartir una serie de referentes. Rockdelux, Radio 3, adorar (o cagarse en la madre) a los Planetas o el Festival de Benicàssim: todos ellos fueron elementos centrales en un culto nacional que pasó de adorar el ruidismo noise a darle con alegría al MDMA en las sesiones de Sideral para luego desembocar en el folk de camisas de cuadros, todo en cuestión de poco más de una década. Como todas las escenas tribales, tenía un punto endogámico, de olor a cerrao, de aula de instituto cuando los alumnos vuelven de haber hecho educación física. Parecía que había dos mundos paralelos: el de la música comercial y el del indie, con los grupos que formaban parte de este último haciendo ver constantemente lo ajenos que eran al mundo de «los 40», aunque formaran parte de las mismas discográficas. Hacia principios de los dosmiles, y gradualmente, alentados por una mezcla de recuperación de referentes pre-indie (ya no existía la necesidad de matar al padre, y tanto la movida como los 60 hispanos empezaban a ser reivindicados con alegría), el asumir que cantando en un inglés deficiente difícilmente se iba a aspirar a encabezar Glastonbury, y, sobre todo, la muy saludable necesidad de comer caliente, muchos grupos cambiaron su rumbo. Adiós al pichinglis y a los muros de distorsión, a las producciones con las voces bajadas a mínimos, adiós a la tribu. Con mejores o peores resultados una gran cantidad de grupos (Love of Lesbian, Deluxe, Sidonie, Second…) modificaron su idioma y su discurso musical, decidieron ser más ambiciosos y optar a romper techos de cristal de público. Quisieron crecer.

En este contexto aparece el debut de Vetusta Morla. Es un disco atípico en varios sentidos, comparado con gran parte de sus predecesores y coetáneos. El primero: está bien cantado y ejecutado, es sorprendentemente redondo y casi virtuoso, y tiene una fortísima influencia de Radiohead. El segundo, el disco es ambicioso, busca el himno, busca el estribillo gritón, busca que cantes con él: canciones como ‘Copenhague‘ o ‘Valiente‘ están diseñadas para el abrazo grupal y el coro puño en alto, hay querencia por los crescendos y por la épica de estadio, otrora anatema. No hay en todo el disco una sola traza de la tradicional timidez indie, ni rastro de ese chaval cabizbajo que se camufla mirando a los pedales de guitarra. Es, también, un disco que puede resultar cargante de lo pulido que resulta: no hay un rastro de imperfección o peligro, las letras suenan a poética calculadamente vacía para que uno pueda introducir en ellas sus propias neurosis: es el perfecto equivalente musical a un catálogo de Ikea, tan agradable como perfectamente inofensivo. Su historia, la del grupo que empieza a finales de los 90 y armados de paciencia, tesón y inteligencia a la hora de autogestionarse llega al éxito (vía disco autoproducido y saltándose los habituales canales promocionales) oscila entre el triunfo meritocrático y la dialéctica americanoide del emprendedor hecho a sí mismo. Vetusta Morla el grupo que rompe definitivamente la identificación de la etiqueta del indie con la tribu, no pertenecen a ninguna escena (ni central ni periférica), sino que vienen de un pueblo del extrarradio madrileño, de un no-lugar de pura clase media: ellos mismos son su propio universo, no necesitan de un mundillo indie que les respalde. Su música apela, como apuntaba un inteligente artículo de Hipersónica, a una audiencia total: a quien en 2004 escuchaba a La Oreja de Van Gogh, a quien escuchaba a Los Planetas y a quien escuchaba a Amparanoia.

El disco tuvo un éxito gradual, catapultado por éxitos proto-virales como el vídeo de ‘Un día en el mundo‘ en el que grupo interpretaba el tema mentado en un largo plano secuencia que comienza con Pucho cantando a capella y terminaba con el grupo al completo entrando en la FNAC de Callao, triunfal, dándose un temprano baño de masas en el decadente hipermercado cultural que antaño tuvo inspiración trotskista. Daban imagen de tipos cercanos, normales, poco dados a excentricidades de rock star, y eso molestó a ciertos sectores críticos (no sin antes espolvorear unas dosis de clasismo y racismo, faltaría más). Si en el quinquenio anterior había destacado un temprano boom de los festivales, al calor de la especulación inmobiliaria (recuerden Sinnamon, el Summercase y la Gúrtel), los enormes presupuestos que permitían carteles pantagruélicos o ideas descabelladas no se sostenían en la España poscrisis. Se gestaron decenas de nuevos festivales al calor de una serie de grupos que enarbolaban tímidamente la etiqueta indie, y que coincidían en hacer un pop épico y, valga la redundancia, festivalero. Decenas de ayuntamientos y diputaciones de provincias se apuntaron al indie de festivales, que resultaba una apuesta segura en cuanto a público, relativamente barata y con un cierto caché artístico que, muy probablemente, no hubiera dado el contratar a Juan Magán para las fiestas patronales. De Teruel a Quintanar de la Orden, de Monzón a Arenas de San Pedro, de Córdoba a Astorga, y así hasta el infinito, los festivales indie suponían un complemento (o alternativa, en los casos más radicales) a las fiestas patronales, pero con un añadido de capital cultural.

Muchos grupos se adaptaron a este nuevo panorama: Lori Meyers abandonaron el proyecto de ser unos Brincos redivivos para apostar por las canciones de corte discotequero, Love of Lesbian dejaron de lado las referencias a Joy Division para centrarse en un pop bufo y sentimental con pretensiones de gran relato generacional, y Sidonie dejaron de seguir la senda trazada por Syd Barrett para centrarse en estribillos grandilocuentes. Sus canciones eran sinónimo del festival como ritual de paso, como evento que marca un cambio de edad. ¿Cuántos otrora fans de Pereza y El Canto del Loco tuvieron ‘Club de fans de John Boy‘ o ‘Mi realidad‘ como canciones favoritas alrededor de 2010? ¿Cuántas primeras vomitonas, pérdidas de virginidad, y, sobre todo, de dignidad, se vivieron al calor de los festivales indies de provincias de principios de década? Los grupos previamente mencionados ofrecían un sonido continuista con el pop/rock español de toda la vida, pero bañado en referentes cultos de alumno pretencioso de primero de bachillerato, poemas de Benedetti, camisetas del Unknown Pleasures y novelas de Holden Centeno.

Como sucedió durante la segunda mitad de los 80 con los grupos de la Movida, gran parte de los grupos del indie de festivales alcanzaron un gran éxito. Los propios Vetusta Morla demostraron ser capaces de llenar recintos de 15.000 personas por sí mismos, Love of Lesbian fueron capaces de llenar tres noches seguidas La Riviera, y Lori Meyers se atreven a tocar en el Palacio de los Deportes. Pero como pasó con esos muchos grupos de la Movida, a su ascenso en popularidad le correspondió un notable descenso del interés crítico y reputación de las bandas. Han vivido una trayectoria paralela a la de, por ejemplo, Gabinete Caligari, pero sin que quede muy claro si han sido capaces de entregar un Camino Soria, ni nada que llegue remotamente cercano a ese nivel. La excepción a esta regla son probablemente los propios Vetusta Morla, siempre un paso por delante, ya sea en cuanto a posicionamiento político o en cuanto a ambición sonora. A esos grupos les crecieron los enanos en forma de competencia joven: grupos como Supersubmarina o Miss Caffeina eran algo más jóvenes y conectaban mejor con la siguiente generación; mención aparte merecen Izal, una start-up en forma de grupo pop que evidencia el total divorcio con cualquier referencia de aquello que se conocía como indie español allá por los 90. Las referencias son ahora Queen, John Meyer y, sobre todo, los mismos Vetusta Morla. O escuchar música al azar de una forma, cuanto menos, curiosa, como cuentan en esta entrevista.

Resulta interesante pensar cuál es el siguiente paso para este nicho musical. Los cinco últimos años han evidenciado que la música urbana española (etiquetada a menudo como trap, otra palabra tan vacía y sobreusada como indie), otrora una música de tribu, tiene, como en el resto del mundo, potencial para ser masiva, para llenar polideportivos y, sobre todo, viralizarse vía youtube. ¿Será capaz de hacerse con los festivales (y fiestas patronales) españoles y dejar en el paro a los izales del mundo, o serán incapaces de apelar a más de una generación? ¿Se montarán dentro de diez o quince años cruceros nostálgicos con Santi Balmes y Mikel Izal surcando el mediterráneo? Sólo Cecilio G lo sabe.

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