11/03/2018

Un repaso a los distintos herederos del "sonido DeMarco".

Han pasado seis años desde la salida de 2, el disco que tras su juvenil paso por Makeup Videotape y el errático Rock and Roll Night Club (2012), catapultó a la fama a Mac DeMarco. Han sido seis años emocionantes para el melómano medio, con subgéneros que han nacido y muerto y vuelto a renacer en este lapso, con ascensos que parecían improbables (el reggaeton llegando a formar parte natural del canon otrora conocido como indie), grupos que han dilapidado su capital cultural (saludos a Arcade Fire desde aquí) y, en general, la sensación de que la música popular, gusten más o menos sus ramificaciones y derivas, sigue tan viva como siempre. El rol de la música de guitarras es, desde finales de la década anterior, uno de los mayores debates: ¿qué hacer con ese simpático instrumento, centro del pop (entendido como lo popular) en la segunda mitad del siglo XX, en un mundo dominado por los sintetizadores y DAWs? ¿Queda algún sitio para las seis cuerdas sin que estas sean sinónimos de nostalgia por el rock de otros tiempos o acompañamiento de melosos cantautores?

Fue precisamente en cuando DeMarco encontró una respuesta a la pregunta: “chill, mate”. Todo el LP estaba basado en la idea de lo “chill“, traducido como relajado, como tranquilo, pancho, traducido como haga falta, pero la idea está ahí. La música de guitarras como algo carente de adrenalina, cannábico, perezoso.

El amigo Mac, interpretándose a si mismo

El mayor logro de aquel disco no eran tanto sus canciones (que, de todas formas, eran buenas), sino el haber sido capaz de crear un sonido y un personaje inconfundibles. Podía gustar más o menos, podía resultar atractivo o cargante, pero no se perdía en la maraña de referencias clónicas del rock de aquel año. Tenía guitarras con toneladas de flanger y chorus, ritmos cadenciosos, canciones construidas sobre un beat casi de hip hop, melodías que sonaban a la vez a los 70 (con referencias tan alejadas de lo canónico como Billy JoelGrateful Dead) y a la actualidad, vía Connan Mockasin. Su imagen, de payaso slacker, de meme humano que aspira a entretener y caer bien (pese a algunos momentos repulsivos), era un elemento imprescindible en el constructo Mac DeMarco. Las gorras, la ropa exageradamente ancha de segunda mano, los petos, su cercanía con el público, sus entrevistas emporrado: todos eran factores necesarios para crear un público que lo adoraba. Consiguió crear una legión de seguidores a base de ser “él mismo”: chavales de alrededor del planeta que se veían reflejados en su actitud, en su imagen y en su personaje, pequeños MacDeMarquitos que compraban cigarros Viceroy como un ritual de paso a la madurez, que asaltaban las tiendas de ropa de segunda mano y que, como ha pasado con tantos iconos pop antes, “querían ser como él”.

Los primeros ecos del “sonido DeMarco” fueron los más cercanos, y por ello es injusto reconocerlos como herederos del canadiense, se trata más bien de contemporáneos, de gente con quien comparte influencias, estética y un mundo referencial: Homeshake, el proyecto de su exguitarrista Peter Hagar, incide en el toque R&B de los momentos más cadenciosos de DeMarco, explotando sonoridades sensuales, y comparte con su compatriota la querencia por el chorus. Con Mild High Club ocurre algo similar: no podemos decir que simplemente sea un imitador de DeMarco, pero el parecido es evidente, en efectos, en sensaciones, en imagen. El proyecto de Alex Brettin aspira, eso sí, a fusionar las sonoridades demarquianas con cierta psicodelia sesentera, la que parte de Love y su Forever Changes.

Si nos atenemos exclusivamente a la progenie de Mac, los últimos dos años nos han revelado grandes sorpresas. El influjo de bandas que lo imitan, fusilan y adoran es sorprendentemente amplio, variado y, sobre todo, joven. El ejemplo más obvio tal vez sea el de Boy Pablo. Venido de ese teórico paraíso socialdemócrata que es Noruega, país prosperísimo, hijo de emigrantes chilenos, su ‘Everytime‘ se ha convertido en uno de esos pequeños hits, que, apoyados por los algoritmos de youtube, se van convirtiendo poco a poco en virales. Su música recuerda al lado más pop y amable de DeMarco, su imagen (sudaderas de Antisocial Social Club y Palace, videoclips ligeros y cuasihumorísticos) delata filias típicas de su generación. No deja de ser un chaval de instituto que descubre una sonoridad juvenil y se lanza a imitarla con desparpajo y naturalidad. Su proyecto ha pasado, en pocos meses, de entretenimiento casero a fenómeno viral, incluyendo una completa gira europea que pasará hasta por Zaragoza y Valencia.

Pero dar por hecho que la herencia de DeMarco se ha producido exclusivamente en países con salarios medios estratosféricos sería un tanto injusto. En un país tan (normalmente) ajeno al entramado conocido como indie como es Tailandia, Phum Viphurit ha conseguido aspirar a la misma viralidad, con similares ingredientes. Hay ritmos aplatanados, ropa ancha de segunda mano, sensación chill, guitarras con chorus; aunque también hay elementos que lo conectan con una tradición folk-rock más tradicional. Las canciones de Clairo, por otro lado, consiguen adaptar ciertas sonoridades demarquianas (en su vertiente más sentimental y sintetizada) a la autoconfesionalidad casi dolorosa del pop de dormitorio. ‘Pretty Girl‘ es una canción sobre negarse a uno mismo en una relación para agradar al otro, una canción perfecta de autoanálisis (pos)adolescente convertida en encantador pop lofi. Su caso es paradójico y indicativo del éxito del subgénero: pese a su apariencia de fenómeno casero, horizontal, existe una cuidada campaña de marketing detrás de su fulgurante ascenso. Se podría hablar del primer caso obvio de intento de la industria musical de rentabilizar el ingente capital cultural del bedroom pop. Hay decenas de nombres que se podrían unir a la lista: desde nuestro querido Gus Dapperton a Yellow Days, todos con ciertas reminiscencias, ya sea sonoras, ya sea de imagen, a Mac.

Cabe preguntarse hasta qué punto ha calado todo esto en el mundo hispanoparlante. CUCO parece aspirar a ser, al mismo tiempo, DeMarco y Tyler, the Creator, a cantar en español y en inglés. Da la impresión de querer ser una figura híbrida, muy propia de nuestros tiempos, que tan pronto se arranca con bonitos intentos de hacer su ‘Chamber of Reflection’ particular como te hace una versión de los Hombres G (y no le queda nada mal). Todo cabe en su discurso, desde sonoridades cloud rap a trompetas chicanas. En Argentina, Luca Bocci parece un rarísimo híbrido entre Spinetta y el estilo de gente como DeMarco o Ariel Pink. En un país con una cultura rock tan arraigada y poco dependiente de influencias externas, la influencia globalizadora pasa siempre por el filtro de la fuerte idiosincrasia local. ¿Y en España? Cierta prensa le otorgó el título del Mac DeMarco español a Sen Senra, que acabó, no sin cierta razón, hasta los cojones. Su música, como la de CUCO, ha demostrado ser poliédrica y apuntar en muy distintas direcciones, con unos últimos singles que lo acercan a la herencia de otra figura generacional clave, Frank Ocean. Ciertos grupos, como Alien Tango o Baywaves, también han apuntado en direcciones similares, aunque tirando más de la rama psicodélica.

En 2017 DeMarco publicó This Old Dog, un LP que entraba dentro de los estereotipos de lo que debe ser un disco “maduro” y “personal”: un movimiento que no le ha hecho ganar popularidad pero que sí lo ha alejado de convertirse en una parodia de su propio personaje. Él ya está a otras películas, ahora es el turno de ver como sus mil hijos, repartidos por el mundo, se transforman y se convierten en otra cosa.

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