20/02/2018

¿Es este su retorno definitivo?

La profecía fue falsa. En 2011, Billy Corgan se resistía a la posibilidad de una reunión de su banda, una negativa que reiteró en sucesivas ocasiones. Hasta ahora. Este mismo mes, el todopoderoso líder de The Smashing Pumpkins ha anunciado una extensa gira de retorno de la formación original con el guitarrista James Iha y el baterista Jimmy Chamberlain aunque sin uno de los miembros primigenios. Los contubernios con la bajista D’Arcy Wretzky datan prácticamente de los inicios de la banda y se extienden hasta el presente. Tras un acercamiento, D’Arcy y Corgan han mantenido una disputa a través de declaraciones e incluso ha habido conversaciones de whatsapp reveladas por la bajista. Esta ha negado en una larga entrevista que hubiera una propuesta firme para que se incorporara, debido a que ya estaba contratado Jack Battes, hijo de Peter Hook, para ocupar su puesto. Al tirar del hilo se puede encontrar un culebrón de desavenencias que no impiden una descomunal expectación sobre el retorno de The Smashing Pumpkins.

Al preguntarse por los motivos de este reclamo solo hay que echar la vista a los años 90, en los que la irrupción de la banda de Chicago fue sencillamente imperial. En mitad de la eclosión grunge, del reinado de Soundgarden, Pearl Jam, Alice in Chains, las riot grrrls y especialmente de Nirvana, The Smashing Pumpkins emergieron como una rara avis. Era la versión alternativa (y bastante más reducida) del ‘wall of sound’ de Phil Spector, densidad instrumental frente a la crudeza sin ornamentos de sus coetáneos con la tendencia a un submundo decadente como factor común. La carta de presentación estilística hubiera sido insuficiente si no hubiera ido acompañada de un magistral debut como Gish, que vislumbraba en 1991 unas guitarras con un discurso más preeminente que el que ya se atisbaba entonces y del que se desprendían algunas de las mejores piezas de su sentimentalismo post-apocalíptico, como ‘Rhinoceros’, o de su pegada primitiva, como ‘Siva’.

El disco vería la luz poco antes que el propio Nevermind de Nirvana o el Ten de Pearl Jam y dejaba a la banda en un lugar privilegiado en la antesala de la que sería su obra más celebrada. Para anunciar la gira de reunión el propio Corgan ha utilizado la imagen actual de las dos niñas que aparecen en la portada de Siamese Dream. Un compendio de desastres dio forma a una de las piezas maestras de los noventa, un perfeccionamiento poco predecible de Gish. Un Corgan en estado de depresión se encargó en algunos momentos de todos los instrumentos salvo la batería, además de trasladar a las letras sus diatribas internas mientras Chamberlain se sumergía en estupefacientes y la relación sentimental entre Iha y D’Arcy empeoraba. El riff iniciativo de ‘Cherub Rock’, la intensidad de ‘Disarm’ o la profundidad de ‘Mayonaise’ hacían obviar una coyuntura que ya pronosticaba la imposibilidad de un final feliz.

 

 

Si Siamese Dream fue el Dark Side of The Moon de The Smashing Pumpkins, su siguiente Mellon Collie and The Infinite Sadness sería su particular The Wall. Doble más vendido de la década, directo al número uno de Billboard, con canciones irrebatibles como ‘Tonight, Tonight’, ‘Bullet With Butterfly Wings’ o ‘Galapogos’, personajes en los Simpson… Habían tocado el firmamento y ya Corgan aseguraba en 1995 que este trabajo suponía “el fin de una era”. Quizá Adore, que supuso la salida de Chamberlain de la banda por su responsabilidad en la muerte del teclista provisional Jonathan Melvion, sea el último brote de inspiración. Unos Smashing algo huérfanos logran una introspección desconocida hasta ese momento, pero las turbulencias continúan en el seno de la banda.

Chamberlain quedó expiado de su culpa para el disco que supuso la ruptura definitiva con D’Arcy, sustituida entonces por Melissa Auf Der Maur. La bajista, cuya aportación es indiscutible en los trabajos de la banda, consideraba excesivo el poder que Corgan ejercía en la banda. Poco después tuvo que arreglar asuntos con la justicia por estupefacientes. De alguna manera, Machina / The Machines of God marca el final de lo que un día fue y nunca ha vuelto a ser The Smashing Pumpkins. El propio Corgan sostenía entonces, quizá con una falsa modestia, que “hay algo de las cuatro personalidades que creó ese sonido. No me puedo atribuir el mérito de todo eso”. El 2 de diciembre de 2000 la banda daría su último concierto: cuatro horas en el Cabaret Metro de Chicago, el mismo lugar en el que debutaron 12 años antes.

Los miembros de la banda se embarcarían en proyectos propios, sin que ninguno se aproximase a las cotas alcanzadas con The Smashing Pumpkins. Corgan llegaría a culpar a James Iha de la ruptura de la banda. A partir de entonces, todo se resume en cruces de declaraciones. Intentos de retorno que no fructifican, rencores aireados por altavoces mediáticos y tres discos con formaciones variopintas y descafeinadas que pese a buenas canciones como ‘Panopticon’ o ‘One And Ali’ expresan poco más que un estado latente, que en 2016 parece que puede volver a convertirse en realidad. James Iha se une sobre el escenario a Corgan y Chamberlain, D’Arcy considera “saludable” el encuentro y Guns & Roses protagonizan un esperado retorno (que no consigue superar las cicatrices del paso del tiempo).

El acercamiento vuelve a desembocar en una nueva guerra. La bajista se queja de un contrato que ha sido rescindido, Corgan responde que D’Arcy ha rechazado sucesivas invitaciones y D’Arcy contraataca asegurando sobre Corgan que “estuve fuera de ese mundo por mucho tiempo, no estaba al tanto de muchas cosas locas, como que el hecho de que apoyara a Trump. ¿Qué es eso? Honestamente creo que puede tener un tumor cerebral. Siempre ha sido insufrible”. No parece, una vez más, que vaya a materializarse el regreso definitivo de una de las bandas que marcaron los noventa y, menos aún, que sean capaces de elaborar un disco que se acerque a los de su época dorada. A pesar de que su huella es más que obvia en formaciones como Muse, Placebo o The Silversun Pickups, el egocentrismo de Corgan o el orgullo de D’Arcy impiden, al menos por ahora, la repetición de una historia como la de Slowdive o Portishead.

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