11/02/2018

Crónica de su histórico concierto de ayer en la sala Apolo de Barcelona.

La primera vez que vi a Yung Beef en directo fue el 23 de septiembre de 2016 en Madrid. No entendí nada. Recuerdo indignarme bastante por el descaro con el que él y sus acompañantes abusaban del playback, por la agresividad que se desprendía del escenario y por mi falta de conexión con todo ello. Recuerdo, también, emocionarme un poco cuando toda la sala coreó al unísono la por entonces aún desconocida para mí ‘Ready pa morir’.

La segunda vez fue el 7 de abril de 2017, esta vez como Los Santos, la nueva encarnación de PXXR GVNG. Fue aún peor. Con la sala medio vacía, el escenario lleno de amigotes del grupo y Khaled afónico, Yung Beef pasando de todo y Kaydy Cain como el único tratando de salvar el barco, no vi por ningún lado el discurso del trap conectando con la nueva generación.

La tercera vez, en el Sónar 2017, algo cambió. Como dije en la crónica, estaba claro que ese circo caótico y el autoboicot a su propio concierto venían dados por el contexto (el Sónar, un festival de masas, volvía a fijarse en Yung Beef tras haber programado a PXXR GVNG en 2015), pero también percibí cierta ansiedad por forzar ese caos, por transgredir porque es lo que se esperaba de él. El resultado fueron momentos de energía cruda y pura entre artista y público pero también situaciones cercanas a la vergüenza ajena que ni la “intención artística” podían justificar.

La cuarta vez fue ayer, en la sala Apolo de Barcelona, dentro de la gira de presentación de la nueva mixtape de Yung Beef, A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 4. Y, esta vez sí, fue una de las noches más excitantes y simbólicas vividas recientemente en la ciudad. Porque, por primera vez, todo encajó: un artista en su mejor momento, un público totalmente entregado no solo a él sino también a un disco que llevaba solo 10 días en la calle, y un discurso que por fin cobró sentido.

(Todo esto lo explico porque quizá para mucha gente, igual que para mí, sea necesario este trayecto para entender de qué va todo esto. El trap lleva mucho tiempo en boca de todos los medios, a menudo más como circo que con interés real, a menudo más por su carácter sociológico que por su componente musical, demasiado a menudo visto desde ojos ajenos que no pretenden comprender el fenómeno).

 

Al lío: como si la primera frase que se escucha en A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 4 fuera premonitoria, ayer todo estaba escrito: “Antes de empezar ya estoy llorando”, suelta Yung Beef en ‘Intro’. Y desde que uno ponía el primer pie en la grande de Apolo (el concierto se trasladó allí tras agotar las entradas para La [2]), aquello pintaba a noche histórica: una jaula ubicada en el centro de la pista de baile dominaba el espacio, con el público distribuido a su alrededor como esos escenarios 360º que se han puesto de moda en las giras de estadios.

No sé si Yung Beef salió de dentro de la jaula, lo cual hubiera añadido una capa de significado al impacto de la noche, pero, ya desde la primera nota, donde se situó fue encima. Como un puto vampiro. A contraluz, con las luces de fondo rojas, sus colegas esta vez en el escenario, y lo más alto de la jaula reservado únicamente para el protagonista y los selectos acompañantes: su habitual MC Hakim, el rookie MC Buseta durante un rato, un par de bailarines portentosos un momento, y una chica para la cuota de perreo en la última canción.

 

El único que se quedó todo el rato, salvo algún momento de crowdsurfing inevitable, fue, claro, Yung Beef. Y durante una hora toda la sala estuvo, literal y metafóricamente, a sus pies. Todo funcionó: presentaba un disco buenísimo como es A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 4, puede que su obra más ambiciosa y completa (con clásicos instantáneos como ‘Daniela Bregoli‘, ‘Infierno‘, ‘Rosas azules‘ y el bonus track ‘EFFY‘), y la noche tuvo todo lo que ha caracterizado al trap en estos últimos años pero sublimado: hubo playback, claro, se notaba cada vez que El Seco se dirigía al público entre canción y canción con voz rotísima y casi incomprensible; hubo caos, claro, y hubo ese espíritu punk que te permite dejar fuera precisamente esa ‘Ready pa morir’ que hubiera hundido definitivamente el Apolo. Quizá por eso se la dejó. Hubo energía contagiosa, canciones a medias, inicios en falso (la ya legendaria ‘Rosalía’), repeticiones (‘Me perdí en Madrid’, que cerró el show, ya había sonado en los primeros compases), y guiño a Los Alemanes. Hubo una DJ brillante, la canadiense Brat Star, que estuvo espléndida desde dentro de la jaula tanto en el warm up como en su faceta de pinchatemas para Yung Beef, bien secundada por un volumen ciertamente atronador.

Y hubo autenticidad, claro, la base de todo este movimiento que conocemos como trap y que hasta ahora en muchos casos se había tenido que conformar con solo eso, con ser auténtico. A partir de ayer, el juego pasó a otro nivel. Y Yung Beef pasó de ser un artista en bruto a ser un artista total.

Yung Beef, una jaula, el trap y las masas ayer en @sala_apolo 🦇

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Foto. Twitter Yung Beef   Conciertos
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