27/12/2017

Los discos por los que recordaremos este año.

LOS MEJORES DISCOS DE 2017: DEL 50 AL 26

25. C. Tangana – Ídolo

Aunque Ídolo no es ni mucho menos el debut de C. Tangana, para la mayoría de sus oyentes actuales sí lo será. Su trayectoria en la escena hip hop underground, bien como Crema o con su grupo Agorazein y con maravillas del calibre de LOVE’S, importa poco ante la consolidación del personaje de C. Tangana, uno que da siempre entrevistas jugosísimas (solo este año en Indiespot le hemos hecho dos) y parece tener medido al milímetro cada uno de sus pasos. Fichaje por todo lo alto con Sony, el beef de rigor cada cierto tiempo, una lona gigante en el centro de Madrid… Pero más allá de eso, ¿qué tal Ídolo, el disco? Pues muy bien, la verdad. Ídolo es, discurso lírico a un lado, un inmenso caballo de Troya al mainstream español. El señuelo es la latina ‘Mala Mujer’ (ni siquiera ha incluido aquí ‘Antes de morirme’, su gran hit con Rosalía), pero dentro de ese caballo inmenso de madera encontramos, producción de Alizzz mediante, un muestrario certero de la música urbana actual, de una deliciosa ‘De Pie’ que podrían haber firmado Drake y Mura Masa a una agresiva ‘Caballo Ganador’ en clave trap, la melodía pop de ‘Pop Ur Pussy’ y sus verdaderos hits, esas ‘Inditex’, ‘No Te Pegas’ y ‘Demasiao Tarde’ en las que funde todas las referencias para acabar colándonos un disco de claroscuros, adictivo y mordiente, que nos muestra al (merecido) triunfador pero también a la persona que se da cuenta (y teme) lo que hay detrás del gran circo. (Aleix Ibars)

24. Kelly Lee Owens – Kelly Lee Owens

Hay que suponer que fue Daniel Avery el responsable de que Kelly Lee Owens reconvirtiera en digital los beats de The History of Apple Pie. La entonces bajista militó en la banda británica, de pop rock amable, un buen lugar desde el que despegar. Pero se descabalgó de un proyecto que seguía la estela de formaciones como The Joy Formidable optando porque sus coros decoraran con ese ‘Noise Flight High‘ el sublime Drone Logic del productor londinense. La sorpresa de Avery ha debido ser mayúscula al haber visto que la aprendiz se convertía en competidora directa. Solo se puede reverenciar el álbum homónimo con el que la galesa se ha presentado en formato largo. Una hipnótica aventura, grabada con excelsa meticulosidad en la que los elementos digitales que la conforman y que sumergen al oyente en un universo subacuático de una belleza abrumadora desde el inicio de ‘S.O’. La influencia de tiempos pretéritos hace que este disco tenga pequeños matices de dream pop en ‘Throwing Lines’ o ‘Anxi’, en la que la noruega Jenny Hval pone las voces. Prefiere Owens, no obstante, que el protagonismo vocal recaiga sobre ella, convirtiendo ‘Lucid’, con el magnético inicia de chelos, y ‘Keep Walking’, en dos de las piezas imprescindibles. Con preeminencia absoluta de bajos, los guiños más pisteros los conforman ‘Evolution’ y una ‘Bird’ que contiene fragmentos que podrían haber sido extraídos de la sala de máquinas de Bonobo. La de Kelly Lee Owens es una de esas mutaciones que descubre un excepcional talento por encima de cualquier etiquetado. (Carlos Marlasca)

23. Mac DeMarco – This Old Dog

Cuando echemos la vista atrás y pensemos la música de la década (“los años diez” o como carajo los vayamos a llamar) poca gente con guitarras vamos a recordar. Entre una pléyade de sintes, 808s, plugins del Ableton y demás historias, hay un par de tipos aferrados a un mástil, y uno de esos va a ser Mac DeMarco. Por su sonido (tan personal como copiado), por su imagen, por su personaje y por la recua de jóvenes macdemarquitos que lo imitan a lo ancho del globo. Lo que ha pretendido con este This Old Dog es, precisamente, evitar dar una dosis más de saludable y emporrado pop slacker para, sin salirse de las coordenadas de su sonido, madurar. Una palabra terrorífica aplicada al pop pero que, cuando se da con las teclas adecuadas, funciona. En este caso pasa por explorar la figura de su padre (ausente), y hacerlo en el lenguaje musical, precisamente, de la “música de padres”: una canción como ‘A Wolf in Sheeps Clothes‘ podría estar en un casette de disco de soft rock californiano de mediados de los 70. Si uno se atiene a las reglas de un disco que carece de la jovialidad inmediata de álbumes previos se encontrará con una joya atemporal, emotiva y redentora, como ese ‘Watching Him Fade Away‘ final en el que Mac se desnuda, y, por una vez, no es para enseñar el culo a sus fans. (Santi Fernández)

22. Father John Misty – Pure Comedy

La comedia del hombre empieza así: nuestros cerebros son demasiado grandes para las caderas de nuestras madres. Así que la Naturaleza diseña esta alterativa: salimos al mundo a medio hacer, esperando que quien quiera que nos reciba al otro lado sea tan amable como para sacarnos adelante”. Este es el primer verso, y desde luego marca el tono de lo que sigue. Si Father John Misty miró hacia adentro en I Love You, Honeybear, enamorado hasta la barba de su recién conocida mujer, aquí mira hacia afuera. No esperen en Pure Comedy una ‘I Went to the Store One Day’. No hay canciones para ella, salvando, quizás, ‘Smoochie’, que suena a un “cari, gracias por aguantarme”. Porque, más allá de la fachada de seductor inteligente, el Josh Tillman que potencian estas letras es el misántropo simpaticón con dotes de cirujano social, el cascarrabias irónico un poco hasta la polla del mundo y sus miserias. Pero es ese tono hiriente, de criticar riéndose, llevando al ridículo nuestras mierdas modernas, lo que lo hace irresistible. En ‘Total Entertainment Forever’ Tillman habla de esa obsesión por ser entretenidos y arranca la canción con la imagen de alguien follándose a Taylor Swift cada noche a través de un dispositivo de realidad virtual (“not bad for a race of demented monkeys”). En ‘Ballad of a Dying Man’, un ególatra moribundo se preocupa de qué será del planeta cuando falten sus críticas cibernéticas. En su lecho de muerte, actualiza su news feed por última vez, sólo para saber qué se va a perder. Son letras llenas de política, de antropología y sociología. Quejas musicales para un disco largo -hora y cuarto- pero que, como hiciera Kate Tempest con su descomunal Let Them Eat Chaos el año pasado, engorda el necesario álbum de fotos fijas de este mundo que tenemos entre manos. Ah, por cierto. Tillman no se libra ni de sí mismo. En ‘Leaving L.A.’ (más de 13 minutos de chapa) no se deja nada. Sirva un verso: “And I’m merely a minor fascination to / Manic virginal lust and college dudes / I’m beginning to begin to see the end / Of how it all goes down between me and them / Some 10-verse chorus-less diatribe (inciso: habla de la canción que interpreta) / Plays as they all jump ship, “I used to like this guy / This new shit really kinda makes me wanna die”. (Daniel Boluda)

21. Rosalía – Los Ángeles

Con Los ÁngelesRosalía firma su primer alegato como futura referencia a tener en cuenta cuando analicemos por qué el pop español, o al menos lo que algunos ya empiezan a catalogar como “el nuevo pop”, despertó. A la jovencísima cantaora hay que elogiarle el haber logrado que letras y melodías extraídas de nuestro folclore conmuevan a las generaciones venideras, descolocadas en un contexto en el que las grandes discográficas habían dejado de oler el talento genuino para adormecerse en el pop rock de corte más insustancial. Con el acompañamiento de un artista tan prolífico, visionario y desprejuicidado como Raül Refree (Sílvia Pérez Cruz, Rocío Márquez), responsable no solo de la producción del disco sino también artífice junto a la catalana de una sinergia musical que traspasa piel, carne y huesos, estamos ante una suerte de experimento que, pese al meticuloso trabajo de documentación que hay detrás al arraigarse en elementos cuando menos centenarios, conecta en todo momento con el ahora. Con la muerte como elemento central, su tratamiento e inspiración folk logran abrir un canal en el que fluyen sentimientos primarios y desnudos que tanto habrían podido emocionar en su momento a un seguidor de La Niña de los Peines como despiertan ahora la atención de los chavales millennials. Es ilusionante que una canción como ‘Catalina’ pueda entrar hoy dentro de la categoría de hit popular, que la letra de ‘Por Castigarme Tan Fuerte’ nos descomponga casi tanto como cuando la cantaba Manolo Caracol o que la versión de ‘I See A Darkness’ de Bonnie “Prince” Billy, descontextualizada hacia el final del álbum tanto por idioma como por autoría, parezca un guiño a lo que una de las artista nacionales con más proyección de la actualidad nos depara en un futuro posiblemente cercano. De lo que no queda ninguna duda es de que Rosalía ha descendido a nuestro mundo para quedarse. (Max Martí)

20. Slowdive – Slowdive

Fue el propio Primavera Sound el que en 2014 acogió el retorno de Slowdive, y los que pudimos ver su hipnótico concierto entendimos enseguida que a los británicos les quedaba cuerda para rato. Su álbum homónimo, el cuarto de su carrera, es un digno sucesor de su obra maestra, el Souvlaki de 1994, con las mismas señas de identidad y obviando la experimentación, en absoluto trivial, del posterior Pygmalion. El romanticismo oculto tras un denso onirismo vuelve a estar asentado en lo estimulante de unas guitarras que mutan desde los pasajes más acelerados de ‘Don’t Know Why’ o ‘Everyone Knows’, en las que el tándem vocal de Rachel Goswell y Neil Halstead es, de nuevo, delicioso, a las propuestas más sosegadas, encabezadas por la nostalgia de ‘Sugar For The Pills’. Más camuflados los hits que en la etapa de ‘Alison’ o ‘Machine Gun’, este renacer tiene mucho de la melancolía que atestigua ‘No Longer Making Time’, con su vacío de espacios sonoros que se desbordan y habilitan el cénit emocional que tan bien saben explotar. El estimulante adiós de ocho minutos de ‘Falling Ashes’ es el mejor argumento de que Slowdive ha retornado al espacio que siempre les añoró. (Carlos Marlasca)

19. Moses Sumney – Aromanticism

Durante los últimos años, Moses Sumney ha logrado condensar infinita belleza con un repertorio relativamente reducido: un single por aquí, un EP por allí… Californiano criado en Ghana, su voz ha sido reclamada por artistas como Solange Sufjan Stevens, pero es con su debut largo, Aromanticism, cuando finalmente hemos podido tomar conciencia de la complejidad y envergadura de su excelso mundo solitario, un embriagador universo sónico en el que conviven refinado electro-soul, ligereza folk, paisajes cercanos al ambient e incluso reminiscencias del jazz brasileño. Desde la misma apertura del trabajo, su falsete celestial nos mantienen a flote en su personal cosmovisión sonora, lírica y casi mitológica contraria al amor romántico en el que la mayoría hemos sido educados. “No podemos ser amantes, porque yo soy el otro”, canturrea su voz cálida y catártica en ‘Quarrel’, canción a la que sucesivamente se van añadiendo sonidos de arpa y arreglos electrónicos. En su corte central, ’Lonely World’, el minimalismo instrumental acompaña sus llorosos cánticos hasta verse erosionado por un majestuoso despliegue de elementos percutivos, sintetizadores destelleantes y el infalible embrujo de Thundercat al bajo. “No quiero acostarme contigo, solo quiero hacerlo en el coche”, narra únicamente en la sensual y sinuosa ‘Make Out in My Car’, rematada con una flauta jazzy. Pero si hay un tema que logra encapsular el aislamiento de una vida sin amor, ese es sin duda ‘Doomed’, un ritual que arranca a capela y, a través de sonidos atmosféricos, casi inertes, lanza una cruda pregunta al vacío: “¿Estoy condenado si mi corazón está inactivo?”. (Max Martí)

18. Perfume Genius – No Shape

Desde su debut, las canciones de Perfume Genius han abordado con extrema crudeza temas como el abuso sexual, el suicidio y la drogadicción, por nombrar solo algunos de sus traumas personales más recurrentes. Lejos de haber superado la tristeza existencial de sus primeros experimentos lo-fi, en su cuarto álbum el cantautor Mike Hadreas enfrenta la aceptación social dibujando un universo mucho más colorido. En cierto modo, No Shape es la continuación natural de Too Bright, donde el crooner gay de Seattle ya manifestaba una incipiente sensación de liberación y un sonido mucho más rico en texturas. Y aunque ‘Otherside’, el corte de apertura, arranca con sus habituales notas de piano afligidas, al minuto nos invade una densa explosión de purpurina sónica, fruto de un proceso de orfebrería pop completamente nuevo junto al productor Blake Mills. Del intenso barroquismo de ‘Slip Away’ a los seductores ritmos preciosistas de ‘Go Ahead’, pasando por el art pop ruidista de ‘Wreath’ y la belleza extática de ‘Sides’ en colaboración con Weyes Blood, Hadreas se muestra cada vez más desacomplejado respecto a todas aquellas características que le diferencian del resto. Y aunque el fetichismo sexual de ser asfixiado en la angelical balada R&B ‘Die 4 You’ pueda parecer algo perverso, no es más que una metáfora alrededor de la idea amorosa de entregarse a alguien por completo. Tanto es así que le dedica el desgarrador cierre del álbum a Alan Wyffels, su pareja sentimental y musical durante los últimos ocho años. “I’m here / I’m weird”, canta desde ese nuevo estadio en el que su pop subversivo para minorías queer ha adquirido un alcance que muy pronto reclamarán los grandes escenarios. (Max Martí)

17. Kelela – Take Me Apart

Qué nos parece lo más trascendental de este álbum, ¿el allstars de productores que se han sumado a la causa? ¿Qué cumple con los prometedores precedentes de su autora, muy en activo desde 2013? ¿La voluptuosidad y particularidad de su lenguaje musical, apoyado en la aportación de gente como Jam City, el infalible Ariel Rechtshaid, kwes, el rompedor Arca o Kingdom? A final, permítanme, lo que nos atrapa es la narración en primera persona de una experiencia personal tan universal como es el fracaso amoroso; doble, en este caso. Take Me Apart, el esperadísimo álbum de debut de Kelela, representa un magnífico relato de ello firmado con estilo, una navegación con timón firme sobre las aguas ondulantes del R&B, solidificándolas entre las costas de la vulnerabilidad y las de la seguridad en sí misma. Siguiendo siempre una dirección clara –aunque la cambie–, combina claridad y profundidad en su planteamiento musical, moviéndose entre lo alternativo, lo impresionista y lo jodidamente efectivo, poniendo invariablemente por delante su estilo natural. La historia, que dura casi una hora, es plenamente suya, por mucha aportación que se note en las bases. Ruptura, recuperación, motivación por un nuevo amor y un segundo fracaso. “There’s a second in time when the shit hits the fan”, dice en ‘Onanon’, certificando el nuevo final. Todas las fases están bien descritas: la decidida argumentación de la primera ruptura en ‘Frontline’, sobre esa ritmo R&B-trap, la refinada (Ariel) flaqueza de un reencuentro con su ex –‘Waitin’–, la recaída –‘Take Me Apart’–, donde la melodía vocal, como ella misma en lo que cuenta, se deja arrastrar por una producción (a doce manos) abrumadora, la sensación desdibujada y sedosa de ‘Enough’, que es pura vulnerabilidad (Arca), la pacificación entre ambos seis meses después –‘Better’–, con ese ingeniería de la emoción y del preciosismo tan característica de Rechtshaid, y el himno de empoderamiento sentimental que es ‘LMK’, una vez superada la primera relación descrita. A partir de aquí la vibración del álbum se vuelve más sensual, atrevida en ‘Truth Or Dare’ y entre dulce e intensa en ‘Blue Light’ –“Darling, my guard is down / When I know you’re around”–, donde Kelela claramente se ha dejado vencer otra vez por el amor. Una segunda relación, en cualquier caso, finiquitada entre la ya mencionada ‘Onanon’, de eco triphopero, y la devastada ‘Turn To Dust’. (Pablo Luna Chao)

16. LCD Soundsystem – American Dream

Fue por estas fechas hace dos años cuando James Murphy salió de la alargada sombra que había dejado con LCD Soundsystem en 2010 para anunciar su vuelta. Fue con un “villancico depresivo” (‘Christmas Will Break Your Heart‘), un disco por venir, dos fechas (Coachella y Primavera Sound) y un texto en el que, de manera muy detallada, se excusaba de este regreso tras el final de la etapa de su banda y pedía disculpas a los fans que sentían que su discurso era una farsa. Entonces la palabra “equidistancia” no la teníamos tan a mano, pero en perspectiva, esta fue la posición de muchos para valorar el regreso. La ilusión por material nuevo y el reencuentro en directo con los himnos generacionales, contra el desengaño de alguien con un discurso impecable ahora roto. A la hora de la verdad, los conciertos de LCD Soundsystem siguen siendo una sucesión implacable de sudores y lágrimas. Angustias cantadas a pulmón; a todos nos vienen temas diferentes pero ahí quedan ‘All My Friends‘, ‘Losing My Edge‘ o ‘Dance Yrself Clean‘. ¿Hemos podido sumar esas emociones en American Dream? Bajo un título que se puede interpretar de manera irónica (la era Trump ha empequeñecido el orgullo yankee de la América más progresista), nos encontramos un disco continuista de los derroteros más punk de la banda. La faceta más fría y cortante. Pocos momentos de percusiones y cow bell (‘other voices‘ y ‘tonite‘), pero sobretodo guitarras afiladas, como las de la esquizofrénica ‘how do you sleep?‘ o ‘i used to‘. Un James Murphy enfadado canalizando su angustia, a su manera, por la senda del baile, pero esta vez con menos maquillaje. Con menos “post” y más “punk”. La vorágine del tiempo y las fechas de conciertos han terminado por difuminar el debate alrededor de vuelta, y valorar el disco como el cuarto de la banda, y ya no tanto como el de su regreso. A cuentas generales nada ha cambiado tanto, y nada es lo que era. Las emociones de antes en los tiempos de ahora. (Jordi Isern)

15. Tyler, The Creator – Flower Boy

La mayoría de las veces, la obra del capitán de Odd Future es escrutada en base a su subversiva y controvertida personalidad. Desde la publicación de Bastard, su mixtape de debut, infinitas líneas se han escrito acerca de sus anárquicas convicciones, sus instintos líricos abiertamente homicidas y la vulgaridad de sus salidas de tono, aislando casi siempre de la ecuación su irreverente a la vez que fascinante juventud. Con Flower Boy, un cuarto álbum de estudio que llega tras su primer cuarto de siglo, Tyler, The Creator parece haber abandonado la exaltación de la violencia en aras de un mensaje más maduro que arroja, además, su sonido más radiante hasta hoy. Un trabajo mucho menos abrasivo y caótico que los interesantes Goblin y Wolf en el que algunas de las ideas que no acabaron de cuajar en Cherry Bomb, como las influencias de N.E.R.D. o Stevie Wonder, empiezan a dar fruto. Escoltado por múltiples vocalistas que sin ser imprescindibles saben encontrar su lugar en cada uno de los temas, como A$AP Rocky, Frank Ocean, Lil Wayne, Jaden SmithKali Uchis y la revelación Rex Orange County, Tyler tanto nos deleita con joyas dulcemente texturizadas, como ‘See You Again’, ‘Boredom’ y ‘911 / Mister Lonely’, como nos somete a las rimas desafiantes y la producción claustrofóbica de ‘Who Dat Boy’ y ‘I Ain’t Got Time!’. Sus canciones siempre han explorado la soledad y el aislamiento, pero en este álbum, por primera vez, el rapero manifiesta una especie de florecimiento personal a través de una identidad más fluida, que se replantea a sí misma. La maravillosa ‘Garden Shed’, que podría parecer una metáfora de salir del armario, demuestra cuando menos que en el armario tenía guardadas sus más excelsas composiciones hasta la fecha. (Max Martí)

14. St. Vincent – MASSEDUCTION

Annie Clark está todavía por sacar un disco irrelevante, un borrón en su expediente, algo en lo que no merezca la pena detenerse. Desde que hace ya seis años nos deslumbrase con el brutal Strange Mercy, disco del aquel año para esta redacción, su figura se ha agrandado. Comparada por algunos con el mismísimo Bowie (ya, no), Annie sumó puntos a su perfil de excéntrica con el homónimo de 2015 y ahora pone algo más que un granito de arena en esa montaña de discos de ‘nuevo pop’ (llámenlo como quieran) que han salido este año. Poderosa, inteligente y tan versátil como siempre, Annie es capaz de estremecernos con ‘New York‘, una de las canciones más bonitas del año, y retorcernos con la afiladísima ‘Masseduction’. Del “you are the only motherfucker in the city that can stand me” al “I can’t turn off what turns me on”; del piano íntimo y la voz melosa a un pop retorcido y electrificado producido con un esmero exquisito. Con todo al frente en ‘Sugarboy’ o en ‘Pills’ (pastillas para despertar, para dormir, caminar, para pensar, para follar, para dormir…), más sutil en ‘Savior’ o ‘Slow Disco’. Hay miga. Exploren las capas y las texturas de ‘Los Ageless’, esas guitarras, esas segundas voces, ese momento en que la canción se rompe y la guitarra se convierte en un abejorro enfurecido. “I’m a monster and you are my sacred cow, but I can keep running, no, I can keep running, oh no…”. La amplitud térmica de MASSEDUCTION es inmensa. Si aquí quema, en ‘Happy Birthday, Johnny’ (“Since we last spoke you live on the street. Yeah, I wouldn’t believe all the shit that you’ve seen”) nieva con una ternura de cine. El disco, ya ven, lo tiene todo. No se dejen engañar por las florituras y los neones que resaltan en una primera escucha. Aquí hay mucha vuelta. Como siempre. (Daniel Boluda)

13. Cigarettes After Sex – Cigarettes After Sex

Cigarettes After Sex se convirtieron rápidamente en uno de los nombres a seguir más de cerca a principios de este año tras reactivar el proyecto que deslumbró en 2012 con el EP I. Su presencia en el Primavera Sound 2017 (volverán en noviembre) y el anuncio de su primer largo asentaba el grupo liderado por Greg Gonzalez. Por suerte, la presión no les ha podido: el primer álbum homónimo del cuarteto tejano es algo parecido a una piedra preciosa, una gema de un exquisito y envolvente dream pop que tiene como protagonistas las suaves y delicadas melodías, el nostálgico timbre de voz de Gonzalez y las apasionadas y románticas letras, que hablan abiertamente de distintas experiencias amorosas. Cigarettes After Sex sorprende canción tras canción ya que, a pesar de explorar una sonoridad de tintes sombríos y algo oscuros bastante uniforme, esconde secretos en cada uno de sus cortes. Quizás sea por la proximidad de los (casi) susurros de Greg cuando recita, por ejemplo, “Your lips, my lips. Apocalypse” en la brillante ‘Apocalypse’, o puede que sea la capacidad a nivel armónico de inmersión en su sonido. Sea lo que sea, Cigarettes After Sex es todo un viaje introspectivo hacia una realidad intensa y apasionada de la mano de un pop minimalista y atmosférico. Una experiencia que vale la pena sentir. (Raquel Pagès)

12. Mount Eerie – A Crow Looked at Me

La muerte “no es para cantar sobre ella, no es para convertirla en arte“, canta Phil Elverum en el corte de apertura de su octavo álbum bajo el alias Mount Eerie. Pese a ello, la muerte ha sido el tema central de algunos de los discos más excelsos de la historia y de la música contemporánea reciente. Sin irnos demasiado lejos, podemos recaer rápidamente en el doloroso Skeleton Tree, el disco que Nick Cave publicó el año pasado tras la muerte de su hijo; Carrie & Lowell, un trabajo que Sufjan Stevens escribió aún conmocionado por el fallecimiento de su madre; o Young Prayer, que le sirvió a Panda Bear (Noah Lennox) para afrontar la pérdida de su progenitor masculino. Todo ello sin mencionar las geniales despedidas en forma de álbum de David Bowie y Leonard Cohen del pasado año. Sin embargo, pocas veces un artista ha abordado esta preocupación universal de una forma tan descarnada y visceral como Elverum, que grabó A Crow Looked at Me en la misma habitación en la que el pasado verano falleció su pareja sentimental y compañera de vida, la artista Geneviève Castrée, utilizando los instrumentos de ella.

El dolor y la congoja emanan de todas y cada una de las canciones del trabajo, y cada rasguño al instrumento, cada sílaba desubicada, cada suspiro destripador y cada silencio entumecido martillean al oyente en esa calma de forzosa irrealidad que acontece cuando el mundo se ha convertido en un lugar peor. Pero en lo inhóspito de los paisajes e incendios forestales que Elverum evoca, en la crudeza de la austera producción de la que irremediablemente ha dotado este legado sobre la pérdida, hay sobre todo un mensaje de amor. Y es que incluso en los pasajes musicales de más desasosiego, Mount Eerie conjura una suerte de preciosismo melódico, de virtuosismo terrenal, que de bien seguro guarda relación con las cosas importantes por las que seguir viviendo, como su hija de solo un año que pregunta si su madre sabe nadar en la desgarradora ‘Swim’ y susurra en sueños en la enternecedora ‘Crow’. Absolutamente lacrimógeno. (Max Martí)

11. Julien Baker – Turn Out The Lights

Muchos versos podrían resumir el contenido de Turn Out the Lights, pero ninguno lo hace mejor que este: “What is it like to be empty? / Full of only echoes / And my body caving in / A cathedral of arching ribs / Heaving out their broken hymns” (‘Everything To Help You Sleep’). Porque son 11 himnos rotos, 11 pequeñas confesiones que giran en torno a lo difícil que resulta luchar contra los fantasmas autóctonos de nuestras vidas. El lenguaje musical de Baker apenas ha variado desde Sprained Ankle: sigue siendo austero, íntimo, invernal y, por momentos, escalofriante. En una palabra: solitario. Más redondo ahora, tal vez, con efectos de temperatura –frío gélido fuera y calidez interna– que recuerdan a Explosions in the Sky, Mono o Daughter, y un uso más calculado de instrumentos y silencios. Pero lo que sobre todo ha hecho con esta nueva entrega es consolidarse como trovadora de su propia desgracia. Desde la aparente sencillez de su guitarra –que en realidad oculta una constante gestión de pedales y efectos–, con un apoyo creciente en el piano y contados arreglos de violín, Baker expone uno a uno sus tormentos de forma abierta y dolorosamente sincera. Así lo parece, sobre todo porque abordando temas tan universales como son la soledad o la necesidad de amor y de fe, logra conectar con todo ser humano mínimamente herido que le preste atención.

Aunque no es un manual, una guía de pasos, ni mucho menos describe un proceso lineal para (volver a) abrazar la religión perdida –ya que pone en duda su ética con el maravilloso verso: “Living with demons I’ve / Mistaken for saints / If you keep it between us / I think they’re the same” (‘Claws in Your Back’)–, sí que hay una curva de evolución en el discurso de Baker, tanto en el lírico como en el musical. Así como en los primeros temas manda la guitarra y aborda sus asuntos desde la problemática misma, desde la oscuridad del fondo de un agujero, a medida que avanza el álbum se vislumbran algunas soluciones y el piano y la fe se hacen cada vez más fuertes. Canciones perturbadoras como ‘Turn Out the Lights’ –“When I turn out the lights / There’s no one left / Between myself and me”– o ‘Shadowboxing’ –“When you watch me throwing punches at the devil / It just looks like I’m fighting with me” – o ‘Sour Breath’ –“Oh, the harder I swim, the faster I sink”– dan paso al cierto alivio de ‘Everything To Help You Sleep’ –“If I scream a little louder I know you would have heard it”– a la autocrítica mínimamente constructiva de ‘Happy to Be Here’, a la lenta curación de ‘Hurt Less’ –“See, I’ve started wearing safety belts / When I’m driving / Because when I’m with you / I don’t have to think about myself / And it hurts less” – y, sobre todo, a esa frase final que dice: “I wanted to stay”, cerrando la puerta a cualquier idea de suicidio previamente expresada por pura aceptación de la oscuridad que siempre le acompañará. “The violent partner you carry around”, según lo llama ella. (Pablo Luna Chao)

Páginas: 1 2 3

Publicidad
Publicidad