22/12/2017

Primera parte de nuestro repaso a los discos favoritos del año.

MEJORES DISCOS 2017: MENCIONES DE HONOR.

50. Cala Vento – Fruto Panorama

Si hace poco más de un año el debut homónimo de Cala Vento insufló cierto aire puro y jovial a nuestras vidas (y a una escena pop rock nacional algo adormecida), la agradable brisa de autenticidad que emana de la rugiente guitarra de Aleix Turon y la certera batería de Joan Delgado en Fruto Panorama, su segundo largo en BCore, resulta todavía más palpable. Casi tanto como si abriéramos la ventanilla de uno de los blablacars con los que surcan carreteras en busca de garitos en los que dar rienda suelta a sus abruptos versos y melodías, que hasta en los pasajes más compungidos irradian vitalidad y frescura. Y es que sus nuevas canciones nos hablan de todo lo que les ha acontecido tras empezar a despuntar como banda e ir tocando aquí y allá, así como de emociones inherentes a la mayoría de jóvenes de su generación. Siguen encandilándonos con estribillos de los que perduran en la memoria (‘Historias de Bufanda’ e ’Isla Desierta’), suculentos himnos románticos (‘En Cueros’ y ‘Sin Apenas Conocernos’) y trallazos post-hardcore altamente emocionales (‘Antes de Él’ y ‘Fetén’) en los que se desgañitan en homenaje a su propia formación como dúo. No se preocupen: su fórmula sentida pero desacomplejada no ha perdido un ápice de verdad. (Max Martí)

49. Cloud Nothings – Life Without Sound

El iniciático piano con el que abre ‘Up In The Surface’ presagia la mutación de Cloud Nothings. Los furibundos ímpetus que engendraron Attack On Memory y su posterior Here And Nowhere Else han evolucionado, al menos temporalmente, en melodías más apacibles, en canciones que, como ‘Things Are Right With You’ o la brillante ‘Modern Act’, tienen su fortaleza en lo estimulante de sus estribillos más que en la contundencia cruda y distorsionada de sus guitarras. A pesar de que Dylan Baldi escribió este Life Without Sound en un proceso de ruptura sentimental, no existen signos, más allá de retazos escondidos tras las letras de ‘Sight Unseen’, de una intensa dolencia y se aprecia el deseo de complacer en canciones como una ‘Internal World‘ que parece inspirada en los tiempos en los que Weezer recordaba a Buddy Holly. A pesar del cambio de producción, tras la que esta vez se asienta John Goodman (Sleater-Kinney, Death Cab For Cutie), y la evidente dulcificación, la banda no olvida su pasado más primitivo y lo actualiza en ‘Darkened Rings’ y ‘Strange Years’. Lejos de mermar su hechizo, el proceso de desaceleración en el que Baldy ha sumergido a su criatura la convierte en algo más complejo y seductor. (Carlos Marlasca)

48. Mura Masa – Mura Masa

Con las canciones publicadas antes de este debut homónimo largo, el joven británico Alex Crossan ya había empezado a escribir la crónica de un éxito anunciado. De la jugetona ‘Firefly’ con NAO a la explosiva ‘What If Go?’ junto a Bonzai, pasando por la divertidísima ‘1 Night’ en colaboración con Charli XCX y un hit de alcance global como ‘Love$ick’, que ya sonaba glorioso incluso antes de que le acompañara A$AP Rocky, podemos afirmar que el pop electrónico fraguado en dormitorios está hoy de enhorabuena. La música de Mura Masa es agradable, pero en el sentido menos peyorativo que puede desprenderse del término: sonidos de marimbas, cosquilleantes percusiones metálicas y deliciosos sortilegios electrónicos revisten la mayoría de sus caleidoscópicas gemas con sello propio, que con una clara fijación por las distintas subculturas londinenses tanto beben del hip hop y el UK garage como de las más dispares influencias tropicales. Cojan por ejemplo la deliciosa canción que abre el trabajo, ‘Messy Love’, y traten de no caer rendidos a los delicados ritmos house que martillean su voz distorsionada. Ni las gratificantes aportaciones de Desiigner en su senda más trap, ni una desencajada Christine and the Queens entre bases drum ‘n’ bass ni el mismísimo Damon Albarn en su contemplativa despedida difuminan el perfil de un bedroom producer capaz de asaltar el mainstream como ningún otro. (Max Martí)

47. Los Punsetes – ¡Viva!

Quedarse indiferente al escuchar a Los Punsetes parece ser algo casi imposible. Tanto si los odias como si los admiras, el grupo madrileño tiene el poder de generar siempre una reacción en el público con su original propuesta. Y su quinto disco, ¡Viva!, es otro claro ejemplo de ello. Irreverentes y reivindicativos, Los Punsetes regresan siendo absolutamente fieles a su reconocible estilo con un potente, fresco y rabioso disco producido, de nuevo, por el que sería (casi) el sexto miembro del grupo: Pablo Díaz-Reixa (El Guincho). La fórmula, entonces, sigue siendo la misma de siempre – más allá del cambio de sello discográfico a Mushroom Pillow-. Un catálogo de once hits rotundos a caballo entre el punk y el pop que rebosan actitud y carisma en los frenéticos ritmos, las explosivas guitarras y el personal timbre de voz de Ariadna y que muestran, en todo momento, ironía, sarcasmo y diversión en sus letras. Una mezcla sonora que encuentra su mejor versión en temas como ‘Mabuse‘, ‘Tu Puto Grupo‘ y ‘¡Viva!‘, claros caballos ganadores de este más que notable último trabajo. (Raquel Pagès)

46. Exquirla – Para los que aún viven

Más allá de preferencias, hay poco argumentario para rebatir que Niño de Elche es la figura más interesante que ha emergido en mucho tiempo en el panorama nacional. Su talento es tan descomunal que con una cadencia tan ligada a algo parecido al flamenco abarca cualquier ámbito que se le antoje. Lo ha hecho con el post-punk en ‘Oso Polar’, una versión cañí del ‘Eisbar’ de los suizos Grauzone, con la electrónica junto a Los Voluble y ha visto en Toundra el acicate adecuado para erigir un auténtico monumento en su inmersión rock. Los madrileños, con los que había tocado el cielo previamente con la estremecedora ‘Canción de Amor de San Sebastián’, musican el estentóreo lamento del poeta valenciano Enrique Falcón dotando de músculo a este Para Quienes Aun Viven. El trabajo que compite en importancia y trascendencia con el Omega de Enrique Morente y Lagartija Nick es un tratado antibélico, evidente en ‘Canción de E’ Y ‘Europa’, escrito sobre sombríos e incisivos pasajes instrumentales que retratan el fragor de la batalla en un continente decadente con el abrumador cierre de ‘Destruidnos Juntos’ y vislumbra páramos desiertos sobre los que aun yace el último “hombre que está muriendo y no hace ruido”. Una postal turbadora que el cante de un genio de rumbo incierto convierte en una obra magna. (Carlos Marlasca)

45. Stormzy – Gang Signs & Prayers

La historia del grime es curiosa. Aparición subterránea en el East End a principios de la década pasada, rapidísimo ascenso al trono de subgénero-de-moda-en-UK, con Dizzee Rascal como figura mediática, lenta decadencia coronada por inexplicables abortos chiclosos (al Doin It Again de Skepta me remito) y súbito reaparecer circa 2014, cuando la vieja guardia empezó a recuperar los sonidos primitivos y unas cuantas nuevas figuras llegaron al mainstream. El bueno de Stormzy, puro Londres sur, ha sido el más espabilado de su quinta (junto a la titánica Lady Leshurr), y eso ya se notó desde que sacara el histórico ‘Shut Up‘ en un icónico videoclip a coro con todo su gang. Tiene flow, excelentes producciones (sobre todo las de Sir Spyro), ambición (como prueban los experimentos melódicos de ‘Blinded By Your Grace, Pt 1‘), potencial comercial (‘Big For Your Boots‘ no es su mejor canción, pero sí su single más immediato) y el futuro por delante. En sus manos está tomarse en serio su carrera o dejarse llevar por los cantos de sirena de BBC Radio 1 y las entregas de premio en Londres. (Santi Fernández)

44. Feist – Pleasure

Puede que Feist suene un poco a la aspereza de St. Vincent en ‘Pleasure’ y en ‘Century’, y a la crudeza de la Cat Power de Sun en ‘Get Not High, Get Not Low’ y, sobre todo, en ‘Lost Dreams’, pero su nuevo disco evidencia claramente la dulce potencia de su personalidad musical. Ésta aflora especialmente en forma de cantautora íntima, de tú a tú: la que se basta de sí misma, de su voz firme y de su guitarra para derretir hasta los polos. Así son sus canciones más emocionantes: ‘Wish I Didn’t Miss You’, ‘Baby Be Simple’ y, por encima del resto, ‘A Man Is Not His Song’ y ‘I’m Not Running Away’. La primera es una preciosa e íntima balada nocturna en la que se oyen hasta los grillos, mientras que en la segunda, un intenso blues de zapato grueso, casi se oye el recuerdo del bueno de Neil Young grabando la BSO de Dead Man. Fuera de ese patrón destaca también ‘Any Party’, una pieza medio country que resume de algún modo el contenido lírico del álbum al definir el amor sano como un compendio de dulzura, pasión y complicidad: enseñanza que deriva de una madurez personal y artística patente en todo Pleasure. Después de seis años de silencios, ha vuelto la mejor de las versiones de Leslie Feist. (Pablo Luna)

43. Loyle Carner – Yesterday’s Gone

No parece haber termino medio entre los rimadores británicos más populares, al menos de un tiempo a esta parte. O escupen sus textos poseídos por la rabia, como los popularísimos Skepta o Stormzy, o desgranan sus historias sumidos en una melancolía desarmante, caso de Mike Skinner (The Streets), Kate Tempest o, especialmente, un Loyle Carner que, dentro de un género tan tradicionalmente machote como el hip-hop y aledaños, destaca por su poco miedo a expresar sentimientos a pecho descubierto. Yesterday’s Gone, su primer álbum, es un libro abierto. Para empezar, en su primer corte, ‘The Isle of Arran‘, ajusta cuentas con su padre biológico, aparentemente ausente en la vida de Carner (“I wonder why my dad didn’t want me”, suelta). El referente paterno de este londinense de 22 añitos es su difunto padrastro. Su figura se eleva omnipresente a lo largo de Yesterday’s Gone, aunque no tanto como la de su madre, a la que incluso escuchamos en algún interludio o en la final ‘Sun of Jean‘, que se cierra con la mamá de Carner recitando un poema sobre él: “él era y es una completa alegría / el mundo es suyo”. Quizá exagere, pero a una madre no se le puede pedir objetividad respecto a su retoño. Lo que sí parece claro es que su irrupción, nominación al Mercury Prize incluida, ha sido un soplo de aire fresco dentro de la escena rap inglesa: su alma soul, su flow relajado y su presumible obsesión con el legado de J Dilla son la cara opuesta de la nueva edad de oro del grime. (Víctor Trapero)

42. Alex Cameron – Forced Witness

Esperemos que el bueno de Alex Cameron disfrutara de su actuación en el Auditori Rockdelux en la pasada edición del Primavera Sound para presentar el taciturno The Jumping Shark (2016): salvo giro futuro, el australiano jamás volverá a actuar en este espacio íntimo. Ya con Forced Witness, su segundo trabajo, entre nosotros, cuesta imaginarle de nuevo ante una audiencia cómodamente sentada. A la postre, ha resultado casi premonitorio que el corte más formalmente festivo de su debut se llamara ‘The Comeback‘: efectivamente, el regreso ha llegado y aquella canción parece ser el punto de partida para este Forced Witness, ahora multiplicado y potenciado, acelerado salvo en contadas excepciones (‘Candy May‘, ‘Studmuffin96‘) y recubierto de una buena capa de brillantina que contrasta con unos textos tan amargos y patéticos que casi da cosa arrancarse a bailar. Ya más Spandau Ballet que Suicide, aunque todavía ochentero hasta el tuétano, Cameron, siempre equilibrado entre lo épico y lo decadente, pasa por una versión menos artificial de Brandon Flowers, aquí invitado a los coros en ‘Runnin’ Outta Luck‘. Angel Olsen, por su parte, hace lo propio en la estelar ‘Stranger’s Kisses‘, pero nadie (si acaso, su omnipresente saxofonista, Roy Molloy) le hace sombra al de Sidney: todos en pie. (Víctor Trapero)

41. Los Planetas – Zona Temporalmente Autónoma

Solo por haber firmado una canción como ‘Islamabad’ a estas alturas de su carrera merecería la pena Zona Temporalmente Autónoma, el nuevo disco de Los Planetas. Siete años después de su anterior largo, cuando muchos no solo dudábamos del momento creativo del grupo sino que llegábamos a cuestionar su continuidad, Los Planetas nos hacen este regalo en forma de auto-homenaje. Porque aunque el título (Zona Temporalmente Autónoma, sacado del ensayo anarquista de Hakim Bey, pseudónimo de Peter Lamborn Wilson) y la propia ‘Islamabad’ amagan con la simbología religiosa y política (Jota ha explicado en entrevistas que parte de la liberación espiritual que propone el islam para llevarlo al terreno social y personal), ZTA es en realidad un disco de puro desamor… y también de amor. Es un viaje: a través de la desazón inicial de “No ha habido en el mundo nadie / Que te quiera más que yo” en ‘Soleá’ (la hija de Enrique Morente es protagonista indirecta del disco, con su participación en la mágica ‘Una cruz a cuestas’, el título de ‘Soleá’ y quién sabe si la propia letra de ‘La Gitana’) y de “Y lo que me da más pena / Es que ya nunca seamos almas gemelas” de ‘Hierro y níquel’ a la felicidad sanadora de “Me senté a la vera tuya / Y se me quitó la pena” de ‘Espíritu olímpico’ y “Entonces te veo a ti / Cuando menos lo esperaba / Y de nuevo soy feliz / Solo con verte la cara” de ‘Amanecer’. Pero ZTA también es un viaje musical, a través de la trayectoria del grupo granadino: de los largos desarrollos instrumentales de sus primeros discos (‘Islamabad’) a la experimentación con el flamenco de La Leyenda del Espacio (‘Seguiriya de los 107 Faunos’, ‘La Gitana’, ‘Libertad para el solitario’, si bien rebajando la densidad) pasando por las joyas de pop casi amateur que son ‘Hierro y Níquel’ y ‘Ljtihad’ o los deliciosos arreglos de cuerda de ‘Amanecer’ y ‘Porque me lo digas tú’ que evocan a la placidez de Encuentros con entidadesContra la ley de la gravedad. El poso que queda, al final, es el de un trabajo cálido en esencia, embriagador por momentos, quizá un pelín desenfocado en primeras escuchas debido a su largo minutaje pero que poco a poco se va revelando como un tratado inspirado en el que no sobra nada. Un disco que abriga y que emociona, que tanto puede hacer que te desmorones como que reboses felicidad. Y claro, que contiene ‘Islamabad’, monumental pieza de la que ya lo hemos dicho todo y que abre el disco con el mensaje más optimista a la postre: que Los Planetas siguen siendo capaces de hacer grandes discos mirando atrás a su legado, pero también siguen contando con esa chispa que tan pocos grupos tienen para salir de su zona de comfort. (Aleix Ibars)

40. Phoenix – Ti Amo

El retorno del cuarteto de Versalles, Phoenix, era uno de los más esperados de este año y, a pesar de haber apostado por una línea algo diferente a la que nos tenían acostumbrados, los de Thomas Mars se han apuntado uno de los discos más redondos y disfrutables de su ya dilatada trayectoria. La sombra de Wolfgang Amadeus Phoenix sigue siendo muy alargada, pero el sexto trabajo de la formación francesa, Ti Amo, ofrece una suave y cálida oda al buen tiempo, al clima mediterráneo, a la energía positiva y, por supuesto, a Italia. Todo ello al ritmo de pegadizos estribillos y frenéticos sintetizadores, sonido por el que han apostado por encima de las guitarras eléctricas. El buen rollo y la luminosa fiesta que irradia Ti Amo se contagia desde un principio, con rotundos hits veraniegos como el que fue el primer single ‘J-Boy’, la memorable ‘Ti Amo’, ‘Fior Di Latte’ o ‘Fleur De Lys’. Lástima que este soleado guateque conseguido hasta mediados del disco pierda un poco el fuelle cuando el cuarteto francés apuesta por canciones algo más insípidas y modestas como ‘Via Veneto’ o ‘Role Model’, piezas que hacen perder el equilibrio “festivo” del trabajo. Pero, detalles a parte, Ti Amo sigue siendo una de las mejores bandas sonoras para el verano eterno: un buen helado, el calor del mediterráneo, un día en la playa y mucha dosis de Phoenix(Raquel Pagès)

39. Rostam – Half Light

Aunque Rostam Batmanglij no pertenece a Vampire Weekend oficialmente desde enero de 2016, lleva toda esta década preparando el que ha sido, por fin, su álbum de debut en solitario: Half-Light. En 2011 publicó ‘Woods’ –pieza étnica entre india e iraní– y la festiva y rítmica ‘Don’t Let it Get to You’, pero no fue hasta el año pasado cuando se tornaron adelantos de un álbum real situado en el horizonte. El resultado final de tanta espera, 52 minutazos repartidos en 15 canciones de todo tipo. Las hay de ese pop artístico y entusiasta escuela de Vampire Weekend (‘Sumer’, ‘Bike Dream’, ‘Never Going To Catch Me’, ‘Don’t Let it Get to You’), del tipo armónico orquestal (‘Half-Light’, ‘Tatch Snow’, ‘I Will See You Again’, ‘Gwan’), étnico (‘Woods’, ‘When’), una saltarina y casi reggae ‘Rudy’, la joya minimalista y vocal ‘EOS’ e, incluso, concentradas en la parte final del álbum, piezas próximas al R&B sintético (‘Hold You’, con Angel Deradoorian, ‘Warning Intruders’). Ya conocíamos su versatilidad por los álbumes y artistas a los que ha producido (Ra Ra Riot, Cass McCombs, Santigold, Frank Ocean, Solange, etc.), y su capacidad muliinstrumental por los créditos de Modern Vampires of the City, el insuperable último trabajo de su banda mater, pero ahora las ha concentrado y unido en un trabajo generoso, valiente y muy bien ligado pese a la heterogeneidad de sus formas. (Pablo Luna)

38. La Bien Querida – Fuego

Es perfecto que el quinto disco empiece con una canción llamada ‘Dinamita’. Porque es un tema dulce, precioso, emocionante al máximo, construido a base de cuerdas y una épica contenida. Es delicado. Ana Fernández-Villaverde canta en ella, seguramente con toda la intención: “Y es que siento / Como si toda mi vida / Me hubiera estado conduciendo / A este preciso momento”. Tras esta introducción, el despliegue: en Fuego, La Bien Querida juega. Se lamenta bailando entre sintetizadores en ‘7 Días Juntos’ junto a Joan Miquel Oliver, firma una rumba irresistible en ‘Recompensarte’ con J de Los Planetas y Muchachito, se entrega al pop de cámara exquisito en ‘Permanentemente’ y al synth pop desatado en ‘Si Me Quieres A Mí’ y ‘La Pieza Que Me Falta’. El trasfondo lírico es agridulce, entre el desengaño y la resignación, pero como su título anticipa es solo para renacer más fuerte. (Aleix Ibars)

37. Björk – Utopia

La herida que Björk arrastra desde Vulnicura, su devastador disco de ruptura, no se han cerrado por completo. Más bien se ha transformado en una puerta hacia una realidad utópica reflejada en paisajes en los que el amor fluye sin forma, sin llegar a ser definido con exactitud, entre graznidos de pájaros, flautas pastorales y ráfagas de sintetizadores a cargo de Arca. La islandesa sigue sintiéndose muy cómoda entre los brazos del impetuoso productor venezolano, a quien en esta ocasión eleva como cocreador del álbum y con el que vuelve a entregar una obra superlativa respecto a su propio catálogo. De su despertar con un beso en ‘Arisen My Senses’, caleidoscópica apertura repleta de explosiones centelleantes y armonías luminosas, pasamos al romanticismo nerd de ‘Blissing Me’, tema en el que los mp3 se comparten al son un de un arpa inquieta como prueba fehaciente de amor posmoderno. La naturaleza nos envuelve en el selvático corte homónimo del trabajo, que da paso a la inconmensurable pieza catártica ‘Body Memory’ (manifiesto de superación que nace como reverso del océano de lágrimas en el que se ahogó en ‘Black Lake’, canción central de su anterior álbum). Pese a que a lo largo de los más de setenta minutos de su extenso Tinderálbum, como ella misma lo denomina, el resentimiento florece de nuevo en ‘Sue Me’ y ‘Tabula Rasa’, pronto la voz de la artista vuelve a revolotear entre instrumentos de viento y arreglos glitch dándonos luz y espacio, alejándonos de la violencia masculina y remitiéndonos a la protección maternal. Utopia concluye como las utopías, quizá demasiado optimista, pero a la vez tan sincera y real que no se nos pasa por alto que Björk ha vuelto a enamorarse… y a enamorarnos. (Max Martí)

36. Courtney Barnett & Kurt Vile – Lotta Sea Lice

Entre el lanzamiento de tantos discos a lo largo del año da gusto encontrarse con trabajos que respiran tanta verdad, naturalidad y conexión como el de Lotta Sea Lice. Valoro esta característica por encima de la innovación o riesgo musical porque realmente la simbiosis entre la australiana Courtney Barnett y el estadounidense Kurt Vile en este disco acontece más como un diálogo íntimo, confidencial y amistoso entre ambos que no como un ejercicio de experimentación con su sonido. Algo que, en parte, tampoco era necesario. Y es por eso que las nueve canciones que construyen este trabajo, protagonizadas por guitarras envolventes y narrativas nostálgicas y costumbristas, brillan por su sencillez y su franqueza. Algo singular que permite al oyente conectar de una manera espontánea y sincera y sentirse como si fuera el tercer componente de esta reunión. Quizás el efecto sea más contundente en ‘Over Everything’, ‘Continental Breakfast’ o ‘Fears Like a Forest’ que en el resto de canciones pero, aún así, la entrañable y vinculante sensación impregna la totalidad del disco. Un proyecto conjunto que resulta ser una puerta abierta hacia los mundos de dos de los compositores de folk rock más preciados de los últimos años. (Raquel Pagès)

35. Haim – Something to Tell You

Se han hecho de rogar las hermanísimas con la reválida de su debut y la verdad es no parece que haya pasado casi un lustro entre esta colección de canciones y la anterior. Something to Tell You es bastante continuista respecto a Days Are Gone y lo es por tanto con su lista de referentes ochenteros, con Fleetwood Mac a la cabeza y hasta Michael Jackson a la cola. Salvo cuando se dejan caer en lo electrónico en esa ‘Walking Away’ que podría caber en el último de Lorde, las Haim son mejores cuanto más se parecen a las que recordábamos: jugonas, gamberras, bailables. Y no lo lean como un halago sin matices. Como ocurrió en su debut, lo mejor está aquí en la primera mitad. No en vano entre sus tres primeros temas están los dos singles que precedieron a la publicación del álbum: la sincopada ’Want You Back’ y la divertida ‘Little of Your Love’, que podría estar en un remake de Grease. Tanta dinamita tan arriba hace que el álbum, sin bajar del notable casi nunca, sólo vuelva a esos niveles en contadas ocasiones (‘Something to Tell You’ o ‘Kept Me Crying’). En esa segunda mitad hay experimentos que salen bien, como la mencionada ‘Walking Away’, y otros que no tanto, como la melosita ‘You Never Knew’ o la extraña ‘Right Now’, a la que creo que mata una producción equivocada. Al final los hits compensan el balance y hasta los traspiés se perdonan cuando se pretende avanzar. Seguiremos atentos. (Daniel Boluda)

34. Hurray For The Riff Raff – The Navigator

Me interesa la música que retrata, estos discos a los que dentro de veinte años alguien irá a hurgarles el libreto para encontrar en sus letras la atmósfera que rodeó sus publicaciones. Todos los discos, de alguna forma, retratan el tiempo en el que son compuestos y publicados, pero unos lo hacen de forma más obvia. Este es el caso. Alynda Segarra es una descendiente de puertorriqueños, criada en el Bronx, paseada por medio país, arraigada temporalmente en Nueva Orleans, y probablemente desarraigada en general. Extraña en la isla donde tiene sus raíces, extraña en el país donde paga sus impuestos. Más ahora, en la era Trump, donde los dreamers pagan la condena injusta de sus padres. The Navigator es un disco conceptual, introspectivo y político. Un tránsito que va del folk y la americana al salseo caribeño. Que empieza en inglés, se asoma al castellano y acaba, como se canta en ‘Finale’: “navegando identidades, navegando la raza, navegando todos los géneros que hay, navegando la clase”; todo en un viaje casi de aceptación sanguínea y cultural. La propia Segarra cuenta que, cuando vivía en Nueva York, en el Bronx, bajaba mucho al Lower East Side. “Ese lugar está muy relacionado con el arte y el activismo puertorriqueño. Yo ni siquiera me daba cuenta de que estaba relacionándome con mis ancestros, simplemente me estaba dejando llevar por la escena punk. Creo que hasta ahora no me he dado cuenta de que tenía que aprender de dónde vengo. Ha sido una experiencia sanadora. Tenía que curar la vergüenza que sentía de niña, tenía que demostrarle a esa niña que no tenía razón”. Así, el disco está salpicado de esa herencia. Desde las percusiones de ‘Rican Beach’ (“Now all the politicians / They just flap their mouths / They say we’ll build a wall to keep them out / And all the poets were dying / Of a silence disease / So it happened quickly and with much ease“) hasta el extracto de poesía política de la tremenda ‘Pa’lante’. No sólo un buen disco: un disco importante. Fuck Trump. (Daniel Boluda)

33. Thundercat – Drunk

Era cuestión de tiempo que Stephen Brunner eclosionara con su proyecto Thundercat. Después de colaborar y de haberse frotado bien las nalgas con sus amigos Kendrick LamarFlying Lotus y Kamasi Washington en los últimos años, el bajista, compositor y vocalista californiano ha entregado un álbum que nos emborracha de su estilo. Hay de todo: r&b moderno –‘Jethro’–, free-jazz fusión –‘Uh Uh’–, una genuina mezcla entre soul sintético, orgánico y funky subterráneo –‘Tokyo’, ‘Friend Zone’, ‘Them Changes’–, hip-hop suave –‘Walk On By’ (con Lamar) y ‘Drink That’ (con Wiz Khalifa)– y una producción electrónica (a cargo de Flying Lotus, claro) glamurosa y rimbombante que se acopla al entramado siempre conductor de bajo y teclado. Drunk podría funcionar perfectamente como mixtape dado el elevado número de canciones, de cambios de ritmo y de ambientación que tiene, pero sobre todo por la presencia de muchos cortes breves que sirven de transición y desahogo: ‘Capitan Stupido’, por ejemplo, ‘Jameel’s Space Ride’, ‘Day & Night’, o la terna ‘I Am Crazy’–‘3AM’–‘Drunk’. Porque si hay una sensación imperante durante la escucha de este disco es el empacho (para bien), el hedonismo, el cadente frotis de infinidad de influencias y referencias en el espacio reducido de una cama redonda dentro de un perfumado antro de perversión. Con la serie de importantes colaboraciones que hay en el disco Thundercat aparentemente corría el riesgo de quedar determinado por ellas, pero su verborrea estilística ha propiciado justo lo contrario. (Pablo Luna) 

32. Bonobo – Migration

Outlier’ es un buen ejemplo de lo que es Simon Green. El vigor creciente de las percusiones y la letanía de pequeños garabatos sintéticos que van incorporándose, todo dirigido a generar estímulos. No hay nada de visceral, Bonobo es un minucioso orfebre cuyo último objetivo es emocionar a su oyente, encerrarlo en su taller y avasallarle. La espontaneidad y la calidez en este inmenso trabajo, que llega después del también abrumador The North Borders, corre a cargo de unas colaboraciones estelares, entre las que destaca la ternura de Rhye en la maravillosa ‘Break Apart’ o la hedonista ‘No Reason’ con la voz de Nick Murphy (el hombre antes conocido como Chet Faker). Bonobo entra en Migration con la canción homónima, una invitación a admirar la precisión con la que erige su particular universo buscando las sonoridades exactas, en este caso el piano de otro tótem como Jon Hopkins. En anteriores discos, el músico británico parecía explorar elementos con los que abastecerse y ahora ha sido capaz de aunarlos todo en un solo disco. ‘Kerala’ lleva consigo el espíritu de Black Sands y algo similar ocurre ‘7th Sevens’ y su álbum anterior. Y todavía hay espacio para los coqueteos de ‘Surface’, con la voz de Hundred Waters, y la intimidad de ‘Second Sun’ y el final de ‘Figures’ en la nueva joya de un preciso alquimista. (Carlos Marlasca)

31. Dirty Projectors – Dirty Projectors

No puede pasarse por alto el hecho de que una banda le ponga su propio nombre a su séptimo (!) álbum. Ese detalle, infinitamente más propio de un debut, esconde cosas necesariamente. El más reciente disco de Dirty Projectors, convertidos hace tiempo en el diván personal de Dave Longstreth, es un acto de reafirmación. Quedan atrás años, trabajos (todos genuinos y algunos, caso de Bitte Orca o Swing Lo Magellan, excelentes) y miembros que parecían fundamentales, pero no la esencia de un proyecto clave si se quiere entender el sonido de la última década. Sin su obra, punto de encuentro imposible entre Beyoncé y Oneohtrix Point Never, entre folklore y futurismo, mainstream y underground posiblemente serían dos mundos bastante más irreconciliables. Entre esos dos terrenos se mueve, más ambiguamente que nunca, Longstreth en este Dirty Projectors que aligera notablemente las líneas maestras de su habitualmente barroca propuesta musical, quizás porque su interior ya contiene suficiente trascendencia. La sombra de Amber Coffman, ex-pareja de Longstreth y ex-componente del grupo, sobrevuela sus 48 minutos, a menudo de manera tan explícita como para que escuchemos sentencias como “no sé por qué me abandonaste, eras mi alma y mi compañera” en ‘Keep Your Name‘, tema inicial que marca la pauta para los ocho cortes que vienen después: Dirty Projectors es un imaginario mundo digital en el que todo, por extraño que parezca sobre el papel, funciona. Todo salvo, claro, el amor. (Víctor Trapero)

30. (Sandy) Alex G – Rocket

El mundo del indie es indefectiblemente idólatra. Se nota en sus festivales, donde las cabeceras están ocupadas por grupos que peinan canas y hace mucho dejaron de ser relevantes. Se nota en su permanente diálogo con el pasado. Y se nota en lo difícil que le resulta decir de alguien que ya es histórico. Así que permítanme lanzar un triple: Alex Giannascoli ya está en la liga de los songwriters históricos, mirándole a los ojitos a Elliott Smith, dándole la manita a Neil Young y dándole abrazos a Robert Pollard. Su reconversión de geniecillo lo-fi hacia expansivo líder de banda indie rock que pica tanto del country (‘Powerful Man‘) como de Frank Ocean (‘Sportstar‘) o de Death Grips (‘Brick‘) ha sido perfecta: no ha perdido ni un ápice de profundidad como compositor, y ha ganado en ambición, confianza y recursos. Puede que no sea una estrella, pero eso son chorradas contextuales. La música de Giannascoli es adictiva, profunda y única. Denle una oportunidad. (Santi Fernández)

29. Bicep – Bicep

Músculo, fuerza y potencia son las características de un bíceps bien trabajado. Pero en el caso del de los irlandeses Bicep, el concepto además transmite elegancia e inteligencia. Desde sus primeros singles en su prolífico sello Feel My Bicep, aquellos ‘You‘ y ‘Vision of Love‘ cercanos al desparrame, al UK Garage y al beat travieso, han ido labrando y puliendo su propuesta para que más allá de ser resultones tuvieran una carrera con recorrido, y lo suyo no solo fuera un puñetazo aislado. Ya en 2015 vivieron un verano de reconocimiento con la oscura ‘Just‘ (uno de los temas electrónicos de ese año), pero es sin duda con este largo con el que consolidan su idea. Un LP, el primero si no nos fallan las cuentas, en el que se acercan al techno y las melodías entrecortadas de la pista de baile más elaborada. Las paradas y el coqueteo con la IDM en ‘Glue‘, los paisajes de ‘Kites‘ o la definitiva ‘Aura‘, en la que arrasan en el rectángulo de combate. Sin flaquezas, y a por todas. (Jordi Isern)

28. Mount Kimbie – Love What Survives

Dicen Mount Kimbie que están “menos interesados que nunca en la escena clubber“, aunque realmente nunca han parecido estarlo demasiado. En sus dos primeros trabajos, Crooks & Lovers (2010) y Cold Spring Fault Less Youth (2013), solían tomar la electrónica de baile únicamente como casilla de salida, aunque la abandonaban a toda prisa, hasta acabar los temas bien lejos de allí. Ahora, ni siquiera parten de ahí. Love What Survives se mueve por muchos terrenos, pero ninguno es la pista. La tercera entrega de los londinenses es post-punk (‘Blue Train Lines‘), música de cámara (‘Poison‘), soul (‘We Come Home Together‘), krautrock (“Delta“) y folklore oriental (‘SP12 Beat‘), todo mezclado en un disco que no parece sacado de la mente de un dúo de productores, sino del trabajo de una banda al uso que, por supuesto, tiene su vocalista. O, más bien, vocalistas: James BlakeKing KruleMicachu y Andrea Balency ponen voz a prácticamente la mitad de las escalas de un estimulante viaje que parece ideado para recorrerse en solitario, sin prisa, a oscuras, de vuelta a casa mientras el club ya queda definitivamente atrás. (Víctor Trapero)

27. Vince Staples – Big Fish Theory

En cierto pasaje de Big Fish, el film de Tim Burton, Ewan McGregor viene a decir que las dimensiones de la pecera son determinantes en el tamaño que alcanzará finalmente el pez. “Si tiene más espacio, puede duplicar, triplicar o cuadruplicar su tamaño”, asegura su personaje. Una frase de coach vendehumos que habla mucho de la nueva entrega de Vince Staples. Si damos por bueno que la pecera de un MC es el conjunto de bases instrumentales sobre las que rapea, este Big Fish Theory ha hecho crecer mucho al californiano, cada día más versátil (últimamente se le ha escuchado en los discos de James Blake, Flume o Gorillaz), marcadamente maximalista en muchos tramos del sucesor de los más austeros Summertime ’06 (2015) y Prima Donna (2016). Hinchado a lo largo, a lo ancho y a lo alto por productores variopintos como Sophie, GTA o Flume, Staples ahora luce pinta de tiburón que se zampa lo que le echen: techno (‘Rain Come Down‘), funk (‘Big Fish‘), drum&bass (‘Crabs in a Bucket‘), idm (‘Alyssa Interlude‘), grime (‘Party People‘). En general, un conjunto fascinante pero no demasiado acogedor. Áspero, férreo, apocalíptico, algo así como el desierto de Mad Max. Obra transversal, Big Fish Theory lo mismo deja pasar a Bon Iver que a Kendrick Lamar, a Damon Albarn que a A$AP Rocky, pero todos los colaboradores quedan a la sombra de un Staples que se lleva a todos a su terreno, aunque cada vez sea más complicado saber cuál es: hablar del mejor álbum de rap de la temporada quizá sea justo, aunque también impreciso. (Víctor Trapero)

26. Aldous Harding – Party

A nadie se le escapa: el paso dado por Aldous Harding entre su debut homónimo, lanzado sin que muchos se enteraran en 2014 y reeditado un año después, y este Party es de gigante. Mientras que el primero era otro disco de chica-triste-con-guitarra-acústica, ya fuera por decisión propia o por falta de medios, el segundo muestra a una compositora e intérprete que crece en todas direcciones. Casi da cosa seguir hablando de folk: la etiqueta ya se le queda algo pequeña a la neozelandesa, que aquí, producida por John Parish, recubre su discurso con más capas y nuevos trucos. De repente, puede aparecer un pulso sintético (‘Blend‘) o un coro infantil que primero descoloca y después termina fascinando (la maravillosa ‘Imagining My Man‘); o asomar ligeramente un saxofón en ‘I’m So Sorry‘ o en el tema titular, también elevado con un coro inesperado. La paleta instrumental se ha ampliado, aunque queda en anécdota al compararla con la versatilidad y elasticidad que luce la voz de Harding, el verdadero instrumento estrella de Party. Cuesta creer que la persona que suena enrabietada en ‘Horizon‘ y absolutamente frágil en ‘Swell Does the Skull‘ (un dueto junto a Perfume Genius) sea la misma. De lo agudo a lo grave; de lo ligero a lo solemne sin despeinarse. Incluso una misma canción, caso de las citadas ‘Imagining My Man‘ u ‘Horizon‘, puede encerrar varias personalidades vocales muy diferentes. Esa es la verdadera fuerza de un trabajo con aires de clásico que no es exactamente una fiesta (su negrísima portada no engaña: anda más cerca del funeral), pero sí un festín. (Víctor Trapero)

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