20/11/2017

Una diminuta Julien Baker hace inmensa la sala La [2] de Apolo de Barcelona con un repertorio inmaculado, escalofriante y catártico, ante un público que estuvo a la altura del silencio requerido.

En el patio de Apolo, el nuevo espacio habilitado para los fumadores, se juntaron ayer durante algunos instante el público de Julien Baker y los asistentes a la habitual sesión dominical del VenTú!. Como si fueran habitantes de planetas distintos, los primeros parecían latir en silencio a poquísimas pulsaciones mientras que los otros, más numerosos y alborotados, se distinguían por su contagiosa extroversión. Los de Baker, que invadieron la renovada y ya no tan pequeña La [2] como un rebaño esperando a su pastor (en sentido religioso), conocieron de paso a un interesante y simpático st Woods, artista madrileño que quedó en segundo lugar en el BCoder 2017, el concurso de maquetas del festival DCode, y que mostró dotes interpretativas en la línea del último Damien Rice que nos ha visitado.

La joven cantautora de Memphis –en teoría– venía a presentar Turn Out the Lights, un segundo álbum que ha sobrepasado las mejores expectativas creadas, hace apenas dos años, con Sprained Ankle, su fantástico debut. No tanto por una evolución en su sonido, que se mantiene contenido, austero, invernal y escalofriante, sino por la universalidad de su discurso. Sus canciones siguen siendo pequeñas, pero su eco se ha hecho inmenso. Ataviada con una camiseta del Barça –talla minúscula–, la menudísima Baker ocupó el escenario con rotundidad y delicadeza a la vez, con un único amplificador –hacia el que se giraba para encarar cada tema–, su guitarra y una docena de pedales que gestionaba sutil y constantemente. Parecía mentira que tal sencillez precisara tanto cuidado, tanta manipulación del silencio y de los espacios vacíos, tanta programación de arpegios en loop. Y pareció soñada pero real la atmósfera atemporal en la que nos sumergió durante la hora que duró su actuación.

Porque el dolor de Julien es el dolor de todos. Porque todo tenemos alguna herida que cicatrizar. Todos necesitamos sentir alguna vez el clavo ardiendo de ese “Maybe it’s all gonna turn out all right” que solloza en ‘Appointments’, tema con el que arrancó en absoluta pulcritud. Todos contuvimos el mismo aliento al oírle gritar “Oh, the harder I swim, the faster I sink” en ‘Sour Breath’, corte que inició tras un entrañable suspiro de alivio. Y todos nos derretimos, como el hielo y su guitarra, cuando interpretó, justo a continuación, esa maravilla convertida en clásico llamada ‘Sprained Ankle’.

Lo curioso del concierto es que Baker no tocó ni media docena de canciones de su recién estrenado nuevo álbum. Además de las dos ya mencionadas, solo sonaron una intensa ‘Shadowboxing’, ‘Happy to Be Here’ y una desgarradora ‘Turn Out the Lights’ casi a final. La magia de este último corte radicó en que, pese al poder oscuro y devastador de ese “When I turn out the lights / There’s no one left / Between myself and me”, al escucharla de manera tan brutal y sobrecogedora a todos se nos hizo la luz. Con ese final distorsionado que nos limó hasta el alma.

Porque, todo hay que decirlo, el concierto habría sido la mitad de extraordinario si el público no hubiera sido tan absolutamente respetuoso. En religioso silencio, los asistentes guardaron para sus adentros la misma catarsis que Baker expresaba rompiendo la contención en determinadas canciones. Sobre todo hacia el final del repertorio: en una ‘Rejoice’ muy aplaudida, contrastando guitarrazos de músculo y distensión, en el escalofriante final de ‘Happy to Be Here’, gritada y rasgada, en la ya descrita ‘Turn Out the Lights’ y en ‘Something’, pieza con la que Baker cerró el concierto como si implantara un halo reparador.

La apuesta, en este caso, le ha salido bien al Primavera Sound. Programada desde el verano como una de las giras más apetecibles de todo el otoño –opinión refrendada a la luz de su nuevo álbum–, ha encontrado perfecto acomodo en el reducido e íntimo espacio de la sala Sol de Madrid y La [2] de Barcelona. Lejos de las pobres entradas registradas en los conciertos de Julie Byrne o Algiers –también organizados por el Primavera y emplazados en salas reducidas– y no tan concurrida como la de Jungle, la actuación de Julien Baker de anoche quedará grabada en la memoria de todos sus asistentes como el concierto perfecto. Antológico en su contenido, y en la justa medida de su minúscula y grandiosa forma.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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