16/11/2017

Algiers monumentalizan la canción protesta. Así debería ser el nuevo discurso del proletariado: visceral y de soul industrial.

La sala Razzmatazz 2, tristemente reducida debido al escaso aforo registrado, acogió anoche el concierto de presentación de The Underside of Power, segundo álbum de los norteamericanos Algiers. No exageramos al afirmar que los pocos intrépidos que se aceraron al Poblenou de Barcelona en la noche más fría de lo que llevamos de otoño asistieron a uno de los mejores directos de la temporada. El ahora cuarteto –se ha incorporado Matt Tong, ex-Bloc Party, a la batería– de Atlanta (Georgia) ya nos impresionó hace dos años cuando defendió su álbum de debut homónimo como broche final del Primavera Club 2015, y ahora que le ha dado notable continuación sus conciertos han multiplicado su capacidad de impacto.

Aunque la actuación no duró más de una hora, fue tan tremenda la tormenta de metralla exhalada por la banda que el público se marchó con los oídos bien dilatados. No es fácil mantener tal tensión durante 60 minutos, hacer que masquemos el sabor metálico del post-punk al tiempo que notamos como el fango de los pantanos del Mississippi nos llega hasta el cuello, pero Algiers lo consiguen. Franklin James Fisher, vocalista y compositor principal de la banda, escenifica a la perfección ese estado de alarma, de vigilante denuncia; ese grito inconfundible de la bestia que clama venganza divina y marcial. Es todo nervio. Su voz es un puñetazo certero, una bocanada de soul justiciero necesaria ahora y siempre. Y sus temáticas no se restringen a una problemática racial, van más allá. A cuestiones de identidad socioeconómica, al autoreconocimiento del proletario como lo que es: un ente poderoso; y como lo que no debe ser: un cómplice del capitalismo y del fascismo.

El concierto comenzó de manera arrolladora: de 0 a 100 en lo que tardó Fisher en coger el micrófono. La bestial ‘Animals’, ‘Walk Like a Panther’, con la locución de Fred Hampton y esa especie de rap hecho a convulsiones, y ‘Cry of the Martyrs’, que acabó desatada, sentaron las bases en cuanto a mensaje, lenguaje y actitud de la banda, fuertemente corporal en todo momento. El nivel de visceralidad no se redujo en nunca, pero sí es verdad que a partir de ese inicio tan extremo supieron también airear sus canciones, aunque fuera mediante un oxígeno sucio y alquitranado. En ‘But She Was Not Flying’, uno de los contados temas de Algiers que interpretaron, pero sobre todo en ‘Death March’, que sonó absolutamente espectacular. Relajada y engalanada al principio con aportaciones amables de piano, xilófono y teclado, creció de manera soberbia en base a una batería espartana y monumental, al vozarrón de Fisher y a una instrumentación potentísima que se iba envenenando.

Y de ahí a ‘Cleveland’, una avalancha de justicia divina por la memoria de los muchísimos (con nombre y apellido) negros asesinados a manos del poder. Su base post-punk electrónica apocalíptica y su desafiante teatralidad nos trajeron a la mente, por un momento, el Hopelessness de Anohni. En ese sentido, la propuesta de Algiers sobre los escenarios resulta enormemente dramática pero muy creíble. No solo Fisher, el guitarrista y multiinstrumentalista Ryan Mahan también se muestra igual de frenético que su líder, ayudando a expresar de manera conjunta el nervio y la visceralidad de su música y de sus letras.

El ritmo del concierto se redujo ligeramente en la recta final. Con ‘Hymn for an Average Man’ y ‘Blood’, pese a las contrapartidas de ‘Irony. Utility. Pretext.’ y una ‘Old Girls’ que al romper recordó al post-punk seco y duro de Savages; pero, sobre todo, con el experimento instrumental titulado ‘Bury Me Standing’. Ésta fue en realidad la antesala del acto final, protagonizado por una destartalada, desbocada pero brillante ‘The Cycle/The Spiral: Time to Go Down Slowly’, un temazo de blues-rock y soul combativo, y por ‘The Underside of Power’, posiblemente la mejor canción de Algiers hasta la fecha. Llena de carisma y más luminosa que ninguna otra pieza de la banda, rescata el optimismo del sonido de los 70, y bien podría convertirse en nuevo himno para el proletariado. Todas sus canciones, en realidad. Porque es normal que el discurso de los obreros, lleno de pasión, fogosidad y clamor de justicia, tenga también algo de lenguaje industrial. ¡Conciertazo!

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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