31/12/2016

La banda de "hippie rock" catalana culmina la gira de presentación de su disco de debut dándose un baño de multitudes en una de las salas más emblemáticas de Barcelona.

Con el concierto del jueves, los chicos de Holy Bouncer cierran quizá el año más intenso de sus vidas. Solo hace tres meses que publicaron Hippie Girl Lover, su disfrutable disco de debut, pero por la forma en que se mueven sobre el escenario, por cómo enfrentan sus canciones y por cómo las defienden sin pudor alguno, se nota que detrás de todo ello se esconde un prolongado recorrido fruto de una férrea obstinación adolescente y su subsiguiente esfuerzo (ahora sí) adulto. En la emblemática Luz de Gas de Barcelona, la ciudad donde empezó todo, el quinteto catalán que conforman el vocalista Jordi Figueras, los guitarristas Pol Rendé y Miguel Robres, el bajista Bernat Cuyas y el batería Manu Abel apuraron las últimas horas del año, después de una gira de más de 60 conciertos por todo el país y parte de Europa –recientemente han tocado en Francia, Portugal, Bélgica y Reino Unido–, dejándose querer y dándose un baño de multitudes en una cita que congregó alrededor de 600 personas. Que no es poca cosa para unos chavales de apenas 21 años que además hacen la música que ellos hacen.

Incluso antes de empezar, jugaban con ventaja. Luz de Gas es uno de aquellos mágicos lugares en que cualquier sonido venido de otra década encaja a la perfección, y las canciones añejas de Holy Bouncer, plagadas de influencias del rock de los 60 y los 70, con matices de la psicodelia y algún que otro desliz hacia el grunge de los 90, encontraron rápidamente un espacio idóneo en el que fluctuar. Quizá no encajaron tanto (tampoco lo pretendían) con la ubicación escogida en cuanto a elegancia, ya que una vez se alzó el telón, el grupo irrumpió con la irreverencia y los modales ásperos propios de las rock stars más desbocadas. Cual gladiadores saltando a la arena, arrancaron con una rugiente y dilatada introducción instrumental ambientada con coloridos visuales psicodélicos, muy en la línea estética de los Tame Impala más ácidos, y tras el despliegue inicial de adrenalina, llegó la voz… y qué voz se gasta Figueras. En ‘I’m Back’, tema con el que quizá quisieron mostrarnos su satisfacción por estar de vuelta, el cantante exhibió uno de aquellos aullidos rasgados que sube cualquier canción de categoría y que, por momentos y salvando las distancias, fue una especie de Joe Cocker meets Janis.

Sin embargo, todos los músicos reclamarían protagonismo a lo largo de la velada, en especial el bajista, dejando poco claro si aquí hay un auténtico frontman. El primer pequeño gran hit llegaría poco después a ritmo de western con ‘Madeland‘, aunque cuando realmente caldearon el ambiente fue con la excelente ‘Reading the Bible Without Eyes, You Can Get a Big Surprise‘. Sin ojos no sé, pero lo que es seguro es que el vocalista los tuvo tapados por el gorro que llevaba puesto buena parte del concierto, algo que no le impidió cantar ni echarse al suelo en repetidas ocasiones. Con ‘My Mother Is a Yonkie‘ empezaron las avalanchas humanas por parte de un público entusiasta y prominentemente joven, y luego hasta hubo tiempo para sacar a relucir la armónica. Fue justo después cuando llegó ‘Anticipation‘, canción emblema del disco con la que, ahora ya sí, pusieron Luz de Gas patas arriba. Mientras Rendé, Robres y Cuyas esgrimían y rasgaban cuerdas, el hiperactivo cantante bajó del escenario y, rodeado por el público, arreó la percusión al tiempo que Abel protagonizó otro memorable espectáculo de autolucimiento a la batería.

En ese punto de la función, cuando ya no había nada que perder, animaron a sus amigos y allegados a subirse al escenario, desmadrando al personal con una sucesión de escenas entre épicas –con un guitarrista surfeando por encima del gentío– y bizarras –algún que otro asistente no dudó en subirse copazo de gin-tonic en mano, que no queda ni muy hippie ni muy rockero–, pero en definitiva divertidas. Y es que el concierto fue todo él una celebración, un autohomenaje tras un año redondo. Dejaron la canónica ‘Get Higher‘, su oda a colocarse ya sea de drogas o de sueños, para el final de la noche, recibiendo el caluroso aplauso de los suyos y con la vista puesta, inevitablemente, en un 2017 que por ahora les sonríe. Porque aunque musicalmente podría parecer que los palos que tocan no están precisamente de moda en los tiempos que corren, se da la paradoja de que los cinco integrantes de Holy Bouncer se entregan en mente y alma en convertir dicho bagaje en su hecho diferencial; un lugar seguro en el que afianzarse, encontrar una voz propia y empezar a demostrar, más pronto que tarde, que han venido para quedarse. Hay talento, ganas y, sobre todo, tiempo de sobras.

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Foto. Carlota Figueras   Conciertos
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