13/07/2016

El cantautor sueco encandila una vez más al público de Barcelona con un concierto impecable. Ojalá se pudiera vivir en sus arpegios...

José González es un tipo sorprendente y un artista mayúsculo. Se le ve siempre tranquilo tocando, de pie o sentado, con la dignidad y la parsimonia de un busto clásico, sacando partido a una dilatada carrera de tan solo tres discos –cinco si contamos los de Junip– en trece años, y uno podría pensar que tira de rentas. Pero no: nada más lejos de la verdad. González es de esos músicos que van a su ritmo, lento y cadencioso, pero que nunca paran de darle vueltas a su trabajar y a su pasión para seguir vivos. En ese sentido, el cantautor sueco demostró ayer en el acto final del Festival Jardins de Pedralbes por qué sus conciertos son siempre únicos, aparte de experiencias cálidas que nos transportan a los idealizados mundos internos del artista. Con una ornamentación sonora nueva con respecto a su última visita a Barcelona, nada menos que al Auditori del Fórum, González aportó tema a tema un plus extra a su actuación, que ya tenía ganados de antemano muchos enteros por celebrarse en tan distinguido emplazamiento, donde por momentos, por cierto, olía a poder. Porque ayer, más que nunca, dibujó con su música imágenes irrepetibles.

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Lo único malo que puede decirse del concierto es que duró poco, apenas hora y cuarto: insuficiente para –el precio que muchos pagaron– lo bien que estaba funcionando. Aun así, y dado que aparentemente el setlist estaba adaptado al timing de los festivales, clavando la hora de duración con 13 canciones, es de agradecer que el artista sueco volviera al escenario para alargar un poco más la lección sonora que estaba impartiendo. Porque pocas cosas hay en esta vida tan gratificantes e hipnóticas como escuchar en directo a José González alargando hasta el infinito uno de sus arpegios. Podríamos hacerlo durante horas, como quien mira un río discurrir en lenta y harmoniosa calma; siempre tan igual, siempre tan distinto. Así nos quedamos, por ejemplo, en el final de la versión que hizo de ‘Hand on your Heart’ de Kyle Minogue, una de las varias que poblaron su repertorio, y que obviamente se llevó a su terreno: el del ritmo pausado y perfeccionista, el del susurro firme; el del arpegio deslumbrante. Y también en el final de ‘What Will’, que sonó en segundo lugar tras la apertura en solitario con ‘Crosses’, ya con la banda sobre el escenario. Una formación que, a la postre, no sería en absoluto testimonial.

En cualquier caso, lo verdaderamente notable del concierto de González fue la manera en la que interpretó las canciones elegidas. En todas ellas vertió algo nuevo, algo delicado y bien metido: una envoltura de cuerdas por aquí, un volumen más moldeado a base de percusiones por allá, unos coros por acullá… Todo con un gusto exquisito, poso de habérselo trabajado bien en equipo, y una serenidad alucinante. Empezó a quedar claro por cómo hicieron sonar ‘With the Ink of a Ghost’, de una belleza y dulzura escalofriantes al principio, pero con un recorrido en el que arreglos y coros fueron construyendo un candor casi orgásmico. Pero sobre todo por cómo hicieron sonar ‘Walking Lightly’, de Junip, dibujando la imagen sugerente y cálida de una Latinoamérica soñada a través de una ventana helada en una ciudad cualquiera de Suecia; y por ‘This Is How We Walk on the Moon’, la extraordinaria versión de Arthur Russel en la que González y compañía pudieron incluso coquetear con la electrónica orgánica. Así, poco a poco, a base de ritmo y de crecidas de intensidad, de carácter y de protagonismo instrumental, el sueco se fue metiendo a todos en el bolsillo. Lástima que no pudiéramos quedarnos ahí el resto de nuestras vidas.

José González (57)Rp

Otros momentos sobresalientes del concierto coincidieron con la interpretación de ‘Every Age’, con unos coros que llevaron al sueco en volandas, de ‘Leaf Off / The Cave’, cuyo ritmo precipitó rápidamente toda una celebración comunitaria, y de ‘Killing for Love’, donde el sueco ya directamente enseñó las uñas, a doble guitarra y doble percusión, para empezar a montar un gran (falso) final rematado después con la versión de Arthur Russel y con el infalible doblete ‘Teardrop’ – ‘Heartbeats’. Luego en los bises, pedidos casi a gritos y reloj en mano, González acabaría resumiendo el increscendo del global del concierto encadenando ‘Line on Fire’, de Junip, estando solo él sobre las tablas, ‘The Forest’, con escolta de cuerdas y un silencio sepulcral entre el público, y una trotona y galopante ‘Down the Line’, ya con la banda de vuelta sobre el escenario. En resumidas cuentas, si hubiéramos podido restar los 40 minutos que sobraron el lunes en el concierto de M83 para añadírselos ayer al de José González, seguramente habíamos salido ganando todo.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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