14/04/2016

Recopilamos los mejores álbumes publicados de enero a marzo de este año.

David Bowie – Blackstar

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Lo mundano nunca capturó la atención de Bowie. En la atalaya de los elegidos, los aconteceres de los millones de diminutos seres que avistaba pasaron desapercibidos porque el camino siempre lo marcó él. Tampoco quiso que su muerte desencadenara un luto convencional. Una obra de arte, discutible en qué medida pero arte a fin de cuentas, para iniciar el viaje a la eternidad de Ziggy. ¿Un gesto de generosidad o el último retazo de su grandiosidad? Difícil respuesta para alguien que hizo de la ambigüedad su virtud más fértil. Porque hay muchas vidas, pero todas están en Bowie. El simbolismo de este Blackstar es tan descomunal que es difícil catalogarlo más allá de su propio significado, pero es evidente lo que nadie supo detectar, que era la forma en la que Bowie se iba a despedir sustituyendo las lágrimas del deceso por la perpetua pleitesía de sus aduladores. El epílogo diseñado en mitad de la agonía es un trabajo misterioso, mimado en el estudio y que representa el último aliento por sobrevivir en canciones como ‘Sue (Or In A Season Of Crime)‘ o ‘’Tis A Pity She Was a Whore’ y la consciencia del inevitable desenlace en ‘Blackstar’ o ‘Lazarus’. “Look at here, I’m in heaven” rezaba uno de los últimos versos del gran Duque Blanco. Y nadie supo leer su epílogo. Fue la última genialidad, el último guiño de la estrella que ahora brilla en el panteón de las divinidades. (Carlos Marlasca)

Savages – Adore Life

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Un disco sobre el amor desde las catacumbas del post-punk. No hay que ser muy perspicaz para deducir que Cupido lanza flechas envenenadas en la afrodisíaca premisa con la que Savages han compuesto su segundo trabajo. Inevitablemente este Adore Life es un disco más dulcificado que su predecesor, y que prescinde de la contundencia en los bajos de canciones como ‘City’s Full’ o la propia ‘Husbands’, aunque conservando la apuesta por el legado de Siouxsie o The Fall. Los londinenses se consolidan como una de las firmes apuestas del género con techo aún desconocido y lo hacen ampliando su espectro con protagonismo de guitarras y acentuados contrastes en ‘T.I.W.Y.G’ (quizá impregnados por el recuerdo de la colaboración con Bo Ningen), el devenir melódico de la excelente ‘Adore’ o el nostálgico adiós de ‘Mechanics’. La efervescente pasión de Savages poco tiene que ver con la que Caribou construyó su extraordinario Our Love. Jehhny Beth y los suyos a veces la transforman en ruda pornografía (‘Slowing Down The World’) y en otras la utilizan como dardo reivindicativo contra la iglesia y su influencia en la prohibición del matrimonio gay en Francia (‘Evil’). La entrega siempre requerida para aumentar las pulsiones de un idilio es el factor común que une este trabajo con el de Dan Snaith. (Carlos Marlasca)

Daughter – Not To Disappear

Daughter

Con el terciopelo se hace referencia a cambios históricos de pocos funerales y también, en el vocabulario de David Lynch, a una situación turbia oculta bajo una aparente normalidad. Fluctuaciones escondidas tras la realidad más evidente, podríamos decir. La sensación de extraña suavidad que confieren los miles de filamentos que forman esa tela es equiparable a las alteraciones emocionales que destila Daughter a través de su engañosa simplicidad. El objetivo de su nuevo Not To Disappear, era, además de darle una continuidad coherente a un If You Leave que contenía monumentos como ‘Youth’, incrementar su densidad sonora para aproximarse a Slowdive o Cocteau Twins sin reducir la incidencia de su reconocible sacudida melancólica. Si bien ‘Numbers’ es el sucesor de la joya de su anterior trabajo, los británicos atacan con piezas bailables, inéditas en su repertorio, como ‘No Care’ y alardean del muro sonoro que abarca su nueva dimensión en ‘How’. La banda alcanza el propósito de abrigar con mayor vistosidad las letras de Elena Tonra, que abarcan desde el desengaño sentimental hasta la decrepitud provocada por el avance de los años. Situaciones convencionales, a fin de cuentas, pero que en ocasiones desprenden un halo de trascendencia. (Carlos Marlasca)

Junior Boys – Big Black Coat

Junior Boys

Jeremy Greenspan y Matt Didemus alcanzan la madurez absoluta que supone un quinto disco más inquietos que nunca. Como ese cuarentón que, tras una ruptura como la de Junior Boys con Domino Records (el sello que publicó sus cuatro primeros trabajos), cambia de colonia y se mete a runner. Aquel tufillo a rutina que dejó el simplemente correcto It’s All True (2011) se esfuma ahora con un Big Black Coat aventurero y variado, posiblemente influenciado por el trabajo en solitario de Greenspan y rumiado con calma. Junior Boys vuelven a abrir la boca casi un lustro después porque, efectivamente, aún tienen algo que decir. En un acto valiente y casi romántico, pasan del piloto autómatico, opción tentadora tras más de diez años de carrera, y añaden un buen puñado de colores a su paleta, hasta ahora copada por tonos grises. Su electrónica sobria y aséptica, ya casi marca registrada, muta en Big Black Coat y se arrima al footwork (‘You Say That‘), el tecno-pop más directo (‘Over It‘), el cosmic (‘What You Won’t For Love‘), el techno detroitino (‘M & P‘, ‘And It’s Forever‘) o el funk (‘Baby Give Up On It‘) sin que la cosa rompa nunca en refrito. Una riqueza entre la que, por puro contraste, sus habituales números nostálgicos y sedosos (‘C’mon Baby‘, ‘No One’s Business‘) brillan como nunca, como siempre. Bienvenidos de nuevo. (Víctor Trapero)

The Range – Potential

The Range

Ante ese ya fastidioso mantra que afirma que «en la música ya está todo inventado«, caben, al menos, un par de posturas: someter a todo aquello que llega a tus oídos por primera vez al (a menudo injusto) examen de la originalidad más absoluta o aceptar el asunto con naturalidad y aprovechar el gigantesco bagaje que hemos acumulado tras décadas y décadas de creación musical. James Hinton aka The Range, rara avis electrónica en un sello de tradición rockera o folkie como Domino, es de los segundos. Parece perfectamente consciente de que no inventa nada, casi literalmente, y eso otorga a su propuesta, mezcla de hip hop, neo-soul o UK garage, un aura de originalidad evidente. No es que su segundo álbum, el sinestésico Potential, esté inspirado en otros, es que, directamente, está construido por otros. Por desconocidos localizados y sampleados por Hinton durante interminables sesiones de «buceo» en YouTube (esto viene de esto otro, por ejemplo). Piezas ajenas, tanto vocales como instrumentales, que este productor con pinta de empollón estira, retuerce y deconstruye para formar un puzzle que, a pesar de todo, resulta personalísimo. (Víctor Trapero)

LNZNDRF – LNZNDRF

LNZNDRF

Tras el pseudo fracaso que ha supuesto EL VY, el proyecto paralelo de Matt Berninger, lo natural sería desconfiar de la nueva banda que han montado los hermanos Bryan y Scott Devendorf, bajista y batería de The National respectivamente, junto al polifacético Ben Lanz. LNZNDRF, sin embargo, desprende un aroma rockero con entidad propia, volcado fundamentalmente en su prominente apartado instrumental, que evita que caigan víctimas de la alargada sombra de The National. Es más, puede que uno de sus puntos a favor resida precisamente en la ausencia de la voz del barítono, postulándose LNZNDRF como una suerte de muestra de independencia de la instrumentación de los de Cincinnati; una especie de liberación. El estilo, en general, se aproxima pero no se quema en la comparación – como ‘Beneath the Black Sea’, que sí recuerda intensamente a The National–, con esa elegancia noble en el motor del ritmo, pero con un punto más asilvestrado y desenfadado. Las perimétricas ‘Future You’ y ‘Samarra’, siempre desde un plano instrumental, marcan el carácter y el nervio del álbum, así como ‘Hypno Skate’ con el poder de espacialidad, también manifestado en ‘Mt Storm’. Un álbum inspirado y con un sonido familiar, pero lo suficientemente autónomo como para que nos estimule por sí mismo. (Pablo Luna)

Joana Serrat – Cross the Verge

Joana-Serrat

Rotundo paso adelante de la cantautora vigitana. Cross the Verge es más que una confirmación de su ascendente trayectoria: es una tesis, casi doctoral, sobre cómo una chica de Vic ha aprehendido y se ha empapado del country-folk norteamericano. Manteniendo intacto su espacio como cantautora de interiores, Joana Serrat parece haber completado el proceso de asimilación a unas raíces que ha elegido con el corazón, importando efectos de cuerda, ritmos trotones y narrativas con denominación de origen, pero que cada vez parecen más suyas. Todo con planteamientos directos, sin callejones semiocultos ni atajos de ningún tipo. La excelente producción de Howard Bilerman, además, revela su implicación evidente en el proyecto, y más allá del fichaje de Joana por Loose Music, el paso adelante también se mide por las dinámicas comunes que empiezan a manifestarse entre la cantautora y sus ya habituales colaboradores. Los nuevos, por otra parte, coprotagonizan también grandes momentos del disco: como los duetos con Neil Halstead (Slowdive) en la pegadiza ‘Cloudy Heart’ y con Ryan Boldt en ‘Black Lake’, un poderoso lamento en forma de balada country. Las carismáticas ‘Saskatoon (Break of a Dawn)’, ‘Desert Valley’ y ‘Tug of War’, así como las muy americanas ‘I Follow You Child’ y ‘Solitary Road’, son otros grandes momentos de un disco plagado de aciertos. (Pablo Luna)

DIIV – Is the Is Are

DIIV

DIIV es el pequeño lugar en el mundo de Zachary Cole-Smith, un adolescente problemático reconvertido a estrella del shoegaze que ha encontrado por fin su lenguaje y expresión natural. Is the Is Are es su segundo álbum: una antología de estilo que despeja cualquier duda sobre la estabilidad del proyecto, y una continuación más que satisfactoria de Oshin, su flamante debut en Captured Tracks. Su nueva entrega profundiza agotadora y casi dolorosamente en el género, escarbando una y otra vez la tierra a guitarrazos, sin concesiones ni aperturismos de ningún tipo. Pese a su extensa duración –17 canciones, 63 minutos–, el álbum resulta tremendamente compacto, como si cada una de las pistas fuera tan solo un elemento más del mismo sistema tormentoso. Un trabajo que presenta absolutamente todas las tonalidades del gris, desde las más brillantes –‘Out of Mind’, ‘Under the Sun’, ‘Is the Is Are’, ‘Healthy Moon’ o ‘Loose Ends’– a las más oscuras –‘Blue Boredom’, ‘Yr Not Far’, ‘Take Your Time’, ‘Mire (Grant’s Song)’, ‘Incarnate Devil’ o ‘Dust’–, pasando por un amplio abanico emocional idóneo para sacudirte la tontería de encima. La catarata de shoegaze no se para nunca, y Cole-Smith mantiene la cuerda siempre tensa. (Pablo Luna)

Pinegrove – Cardinal

pinegrove

Música para la promoción de fiestas introspectivas”, puede leerse aún en el perfil de Bandcamp de estos jóvenes de Nueva Jersey. Desconcertante oxímoron para definir la música de Evan Stephens Hall, mente y alma del proyecto, cuya voz expresa afección y sarcasmo al mismo tiempo. Con solo ocho tracks, revestidos de guitarras rasgadas con ímpetu y banjos más sutiles, Cardinal es una obra concisa y directa, aunque no por ello su mensaje es menos certero: combinando calma con desgarro, juegos de volúmenes y letras poéticas que conforman un diálogo con los recuerdos del pasado, la fórmula de Hall y los suyos muestra atisbos de madurez postadolescente con impecable crudeza, como si en la música proveniente de los sótanos destartalados de Montclair se apreciasen ciertos destellos de grandiosidad y alguna que otra verdad universal. La complejidad en la comunicación humana preadulta se erige como material para sus historias, y mientras el track de apertura ‘Old Friends’ se presenta como una oda a las relaciones del pasado, mezclando optimismo con cierta actitud sad boy en ese proceso necesario para superar cualquier pérdida, su canción hermana ‘New Friends’, utilizada como cierre, reflexiona sobre la extraña sensación de llegar a una fiesta y no conocer a las personas que allí se encuentran (“I resolve to make new friends / I liked my old ones but I fucked up so I’ll start again”). Quizá sea ésa la fiesta introspectiva a la que nos invitan los chicos de Pinegrove: la que nos permite volvernos un poco más adultos y empezar de nuevo. (Max Martí)

Cala Vento – Cala Vento

Cala-vento

Parece mentira que una fórmula tan simple y a priori explotada como la del dúo batería-guitarra sea capaz de darnos tantas alegrías. Sea a nivel internacional con No Age y Japandroids, o en un entorno más local con L’Hereu Escampa y Vàlius, hay que tener talento para hacer de las limitaciones (instrumentales) virtud y que la intensidad y actitud no desvíen el camino de las canciones. Cala Vento, dúo de Barcelona formado por Joan Delgado y Aleix Turon, son los últimos en sumarse al elenco de grupos que hay que conocer sí o sí, con una aproximación de la que aprobamos todas las coordenadas: la fuerza melódica de Los Planetas, la intensidad de Japandroids, y las letras naturales y brillantes que tanto nos gustan de Nueva Vulcano. Esos ingredientes son tan suculentos como peligrosos, pero en este primer disco (publicado por BCore) Cala Vento salen más que airosos gracias, básicamente, a algo igual de sencillo que su formato: tener canciones enormes. ‘Isabella Cantó’, ‘Abril’ y ‘Tus Cosas’ (con vientos por ahí en el fondo), por mencionar solo tres, son himnos inmediatos, de los que no hace falta ni media escucha para alzar el pulgar, el puño y lo que haga falta; y cortes algo más punzantes y ariscos como ‘La Estrella de Ballet’, ‘Febrero’ y la final ‘Rossija’ (más cercanas al post-hardcore, para entendernos) aportan el contrapunto perfecto al disco, algo que se encargan de rubricar las más livianas ‘Puertas Traseras’ y ‘Espejímero’. Un debut, diez canciones, y diez dianas. (Y eso que hasta se han permitido no incluir los dos temas con los que se estrenaron en formato single el año pasado, las también excelentes ‘Unos poco y otros tanto’ y ‘Treintaiuno’). Aquí hay futuro. (Aleix Ibars)

Kendrick Lamar – untitled unmastered

Kendrick

El ya innegable triunfo de Lamar, que se certificó con el ambiciosísimo y recargado To Pimp a Butterfly del año pasado es en cierto modo un éxito de otros tiempos. Lo primero: Lamar no es hombre de hits, su discurso sólo se desarrolla como debe en formato LP y cada vez huye más de cualquier vestigio pop -entiéndase pop en su concepción de música amable, radiable, inmediata para todos los públicos- para caer en lo levemente conceptual. Lo segundo, su estatus es tal que puede permitirse sacar lo que a fin de cuentas es una recopilación de caras B y pese a todo ser número uno en Estados Unidos y seguir en el candelero a varios niveles. Conjuga todo: el respeto de la escena rap (a todos los niveles), la admiración institucional (desde la unanimidad crítica hasta ser mencionado en términos muy positivos por Obama) y el tener un público realmente variado, tanto en lo social como en lo étnico. untitled unmastered funciona como reverso de To Pimp a Butterfly. Donde el segundo era excesivo, tanto en minutaje como en una producción que rozaba el mazacote sonoro a ratos, ahora opta por la concisión y por lo directo: ‘untitled 03 / 05.28.2013‘ es puro rap pedagógico –de ese que en España ha terminado por hundir a una generación de mochileros: saludos desde aquí al Chojin– pero en incisivo y con mala hostia, alejándose del tono curil. Incluso cuando el sonido es más ligero, por ejemplo en esa suerte de seudo bossanova que es ‘untitled 06 / 06.30.2014‘, es capaz de ser portavoz de algo más que si mismo. «Put myself in the rocket ship and I shot for the stars»: Kendrick ofrece un mensaje de unidad y de reflexión, de unión frente a individualismo y de búsqueda del rol de uno mismo en la comunidad. Su obra está en las antípodas del Life of Pablo de Kanye West. Si el autor de Yeezus busca la universalidad y lo eterno Lamar se ha convertido en el santo patrón del rap contextual y que responde al mundo que ve. untitled unmastered es una coda a su obra cumbre con la que forma un díptico tan disfrutable como profundo. (Santi Fernández)

Triángulo de Amor Bizarro – Salve Discordia

TAB

La discordia, la “oposición y desavenencia de voluntades”. Compiten, cooperan, en estos 40 minutos dos almas. La melódica, el puro corazón pop de ‘Barca Quemada’ o ‘Baila Sumeria’; y la titánica, el vendaval, la violencia y el vértigo de ‘Euromaquia’ o ‘Luz del alba’. Salve Discordia puede ser a la vez tu disco favorito de pop y tu disco favorito de post-punk; pasa del dulce beso en la mejilla al mordisco caníbal en el cuello con la naturalidad de un amante superdotado. Lo mismo te acaricia en la emocionante (casi épica) ‘Seguidores’ que te revuelca y empotra en ‘Cómo Encontró a la Diosa’. Transpira sudor, arañazos y olor a néctar. La confianza en sí mismos se desborda en cada golpe portentoso de Rafa Mallo, en ese cantar sufrido de Rodrigo, en la voz generacional de Isa. No se bajan del sobresaliente los vocalistas en ningún momento. Ella vulnerable, sensual y poderosa. Excepcional en ‘Qué hizo por ella cuando la encontró’ («Tú, dicen que te quería / habría hecho todo por ti / lo habría hecho todo / Tú, frío como la guerra / Frío como la muerte, /como un día seco en Stalingrado / Habría votado a la derecha por ti«). Él misterioso, áspero, intenso. Increíble en ‘O Salve Eris’, a lomos de esa guitarra de cuchillas. La canción al cierre, la más larga del conjunto, acaba creciendo hasta salirse del mapa. Menos obvia que los muchos hits que tiene el conjunto, pero de esas que no quedan al alcance de casi nadie. Broche de oro a un disco inmenso. Candidato a mejor del año en esos corrillos digitales que ya montamos por aquí. Salve Triángulo. (Daniel Boluda)

Porches – Pool

Porches

Cualquier interés que Aaron Maine haya podido tener en el pasado por el folk y el rock, ya sea en Slow Dance in the Cosmos (2013) o en sus otros trabajos previos, se ha evaporado por completo en las doce pistas cristalinas pero introspectivas de Pool. Para materializar su primer disco en Domino, ha preferido comprarse un ordenador y aprender a producir en el apartamento que comparte en Manhattan con Frankie Cosmos –otro joven talento al alza que aporta compenetradas armonías vocales a algunas de sus mejores canciones, como ‘Hour’ o ‘Braid’–. Pese al amateurismo que se le supone a alguien que se rodea por primera vez de sintetizadores, las composiciones de Maine distan mucho de ser impulsivas o viscerales. El influjo de su hechizo llega más bien a través de una lírica sencilla y abstracta, casi hierática, unida a una voz lánguida y en ocasiones deformada con sobrado Auto-Tune (‘Pool’ o ‘Security’). Ésta sirve de anclaje para desplegar todo tipo de influencias de la electrónica contemporánea, sin desviar del todo la mirada de ciertos sonidos de los ochenta. Con este nuevo mecanismo, que brilla especialmente en los singles ‘Be Apart’ y ‘Car’, el neoyorquino logra evocar todo tipo de sensaciones concretas de su intimidad mediante estructuras deliberadamente repetitivas, que acaban por infundir un efecto casi anestésico a sus temas. Como bien define el título y múltiples referencias en sus letras, Pool nos sumerge bajo el agua, donde todo transcurre de forma más lenta, casi en slow motion. Un lugar desde el que podemos afrontar con algo más de madurez los problemas terrenales que destellean desde la superficie. (Max Martí)

Anderson .Paak – Malibu

Anderson

A sus treinta años, Anderson .Paak ha llegado donde quería. Las canciones de Malibu le sitúan en un privilegiado punto de partida para figurar entre los grandes nombres que hoy abanderan y cargan de vigencia el pasado musical de la comunidad afroamericana. Pero el triunfo de este disco de aromas añejos no puede disociarse del sudor y los obstáculos de su pasado: ya en el seductor track de apertura, ‘The Bird’, el nuevo prodigio de la Costa Oeste nos transporta a sus arduos inicios, cuando tuvo que ver cómo sus padres ingresaban en prisión, perdió su trabajo en una granja de marihuana e incluso fue homeless tras casarse y engendrar a su primer hijo. “Fui llamado por otros nombres durante años / viviendo por debajo de mi grandeza / pero lo que no me mata es la motivación”, persevera en los versos rasposos de ’The Season/Carry Me’. Precisamente bajo el alias NxWorries junto con Knowledge fue descubierto por Dr. Dre, quien le invitó a participar hasta en seis cortes de Compton (2015), dándole el impulso necesario para construir, ahora a su manera, este gran híbrido que nos ocupa, en el cual se sirve de una fórmula parecida a la que se valiño Kendrick Lamar para firmar el magistral To Pimp a Butterfly el año pasado. Arropado por instrumentación g-funk clásica y raperos de renombre (Schoolboy Q, The Game, Talib KweliThe Rapsody), el californiano despliega con maestría un ecléctico abanico en el que confluyen el soul sesentero (‘Put Me Thru’), el hip-hop más peleón (‘Come Down’), brumoso R&B de los noventa (‘Silicon Valley’), funky resplandeciente (‘Am I Wrong?’) e incluso dosis de comedida sensualidad (‘Room In Here’), pasando de pasajes casi conversacionales a fraseos cálidos al más puro estilo Sam Cooke. Si la unión de pasión y perseverancia sonasen de alguna manera, sería como las canciones de Malibu. (Max Martí)

Chairlift – Moth

Chairlift

Se hace raro (y cansino) comentar un segundo disco (lo entendemos así por la trascendencia de las anteriores referencias) de un grupo mirando siempre el predecesor. Es decir, partiendo de que el grupo y sus canciones son lo que son en función de los cambios y no tanto como material nuevo.  Analizar el punto de partida está bien, pero aquí es necesario despojarse un poco de él. Han pasado cuatro años, que para un grupo debutante y de un calado no muy expansivo, es un riesgo. El caso de Chairlift sigue el patrón clásico de progreso, de expandirse, de abrir frentes y a la vez de renovar, pero sobre todo se posiciona como el grupo de Caroline Polachek. El solo hecho de saber su nombre (y escribirlo bien) ya es significativo de la importancia que tiene. Varias colaboraciones y su papel de frontwoman (similar al caso de Chvrches) la sitúan como principal baluarte de Chairlift. En este Moth dejan atrás las estructuras vaporosas, y el músculo y la fuerza de ese primer hit de 2012 ‘I Belong to Your Arms‘ toman el protagonismo, adaptados eso sí a la sonoridad de 2016 y combinados con la fluidez y la frescura de ‘Moth to the Flame‘ o ese arranque fulgurante con ‘Look Up‘. Pero si por algo destaca Moth es por encontrar el punto medio entre lo sensual de Caroline, cuya voz solo imaginamos con bailes descalzos, y la cadencia cabalgante en ‘Ch-Ching‘ y ‘Crying in Public‘. Un trabajo notable que les debería hacer grandes y que ya solo admite que los comparemos con lo que pueden llegar a ser. (Jordi Isern)

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