18/12/2015

Segunda y definitiva parte del repaso a los discos para resumir un año de música.

2. Sufjan Stevens – Carrie & Lowell

Sufjan Stevens

(En Spotify)

Si a uno no le da por leer la Wikipedia podría pensar que Sufjan Stevens es un pijo de Brooklyn. Un chavalote delicado, de vida fácil, clases de música, grupos con los colegas, “mamá cómprame un piano” y tal. Pero no exactamente. Sufjan es hijo de un señor llamado Rasjid y de una señora, de nombre Carrie, que ya no está. Mamá Carrie era una joven depresiva, alcohólica y esquizofrénica que descubrió demasiado tarde que con semejante cóctel la maternidad podía ser una movida. Así que se fue y abandonó a sus hijos. Luego conoció a un señor, de nombre Lowell, con el que compartió la vida un rato. Durante los veranos en los que Sufjan creció de los cinco a los ocho años, Carrie, Lowell y él tuvieron algo parecido a una familia. Luego todo volvió a irse a la mierda. Hace tres años un cáncer de estómago atropelló a Carrie y se la llevó por delante. El disco que nos ocupa narra el duelo, el dolor y la nostalgia resultantes. El llanto musical por la pérdida de esa madre que se fue sin serlo. Sufjan no la culpa, la entiende. 

Lo dice en ese primer tema como de juguete que inaugura el álbum. “I forgive you mother, I can hear you and I long to be near you, but every road leads to an end”. Stevens sólo necesita su voz y una gotera aguda de notas de guitarra para armar una obra maestra. Un minimalismo soberbio, una dulzura escalofriante (ese piano al final), una renuncia inteligente a toda ampulosidad. Sufjan ha hecho canciones así, pero no discos así. La que es considerada su mejor obra por la mayoría, Come On Feel The Illinoise (2005) empieza austera, pero enseguida vientos, percusiones y cuerdas entran en una tromba de colorido orquestal que amaina sólo a ratos; sus dos últimas obras como Sufjan Stevens (los superlativos All Delighted People The Age of Adz, ambos de 2010), a pesar de tener temas equiparables (‘Heirloom’ el primero, ‘Futile Devices’ el segundo) no alcanzaban ni por asomo este grado de intimidad. 

Aquí es Sufjan siempre, constantemente, a un palmo, sacando de la memoria aquel día, cuando tenía tres, quizás cuatro años, en que su madre le abandonó en un videoclub. El día en el que, algo más mayor quizás, Sufjan manchó la camisa de su madre de yogurt de limón y tiró el cenicero al suelo. “I just wanted to be near you (…) Since I was old enough to speak I said it with alarm, some part of me was lost in your sleeve, when you hid your cigarretes. No, I’ll never forget, I just wanted to be near you”. Las dosis de tristeza y ternura que salen de estas canciones casi ahogan. Puede uno imaginar a ese pequeño Sufjan que mira a cámara en la cubierta del vinilo pasando el duelo en silencio, solo. No es un dolor de llanto desconsolado, no hay aspavientos ni maldiciones, sólo una triste calma, un silencio apenas roto. En ‘Fourth of July’, Sufjan se pregunta cómo podría rescatarla a ella de entre los muertos, y es el niño el que habla a la madre justo como las madres hablan a los niños: “my firefly”, “my little Versailles”, “my dragonfly”… 

Es un ajuste de cuentas como a besos, un adiós bellísimo y doloroso que cala hondo. Asoman en flashes ideas suicidas, lágrimas a un Dios injusto, fotografías de aquellos veranos en Oregón, respirando olor delantal y sonriendo fuerte. Las letras te cortan las yemas como un papel, traicioneras. “I am a man with a heart that offends with it’s lonely and greedy demands There’s only a shadow of me; in a manner of speaking I’m dead”, canta en la brutal  ‘John My Beloved’“We’re all gonna die”, repite ahogado en los últimos segundos de ‘Fourth of July’“There’s blood on that blade, fuck me I’m falling apart” en ‘There’s No Shade in the Shadow of the Cross’). Canciones como flores sobre una lápida fría, pero de esas con una virtud propia: no marchitarán jamás. (Daniel Boluda)

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