18/12/2015

Segunda y definitiva parte del repaso a los discos para resumir un año de música.

10. Hudson Mohawke – Lantern

Hudson Mohawke

(En Spotify)

Entre las muchas cosas que le debemos a Kanye West, está haber empujado hasta la primera plana a varios de los productores que están definiendo el lenguaje electrónico de esta década. A saber: Evian Christ, Arca y Hudson Mohawke. Mientras los dos primeros pueden resultar esquivos hasta para algunos expertos en la materia, el escocés se posiciona como la ‘alternativa amable’ de este particular tridente. Más aún después de desmarcarse del nada acogedor universo Yeezus y de su reciente trabajo junto a Lunice en TNGHT para entregar este Lantern de marcado acento pop, como demuestra la reluciente nómina de vocalistas que desfila a lo largo de sus explosivos tres cuartos de hora (Antony Hegarty, Miguel, la pujante Jhene Aiko o Irfane, habitual socio de Breakbot). Una prueba clara del nuevo estatus de HudMo que aporta una indudable variedad y, sin embargo, termina quedando en anécdota al lado de los cortes instrumentales, mucho más inspirados y bastante más cercanos al beatmaker que parece querer ser Mohawke. Quizás porque su propuesta, un caudal arrollador de samples, ya resulta lo suficientemente barroca y maximalista como para necesitar ingredientes externos. Y es que a ver quién es el guapo que puede mejorar bombazos como ‘Scud Books‘, ‘Shadows‘ o ‘Ryderz‘. (Víctor Trapero)

9. Neon Indian – VEGA INTL. Night School

Neon Indian

(En Spotify)

Vaya por delante que estamos ante un disco hecho por y para la pista de baile en el que resulta prácticamente imposible tomarse un momento de asueto. Sin complejo ninguno. Ya lo advierte el tema inicial con su título: ‘Hit Parade‘, algo así como «lista de éxitos«. Concretamente, como las que presentaba Joaquín Luqui, ya que VEGA INTL. Night School, el tercer trabajo de Neon Indian, es, sobre todo, un tributo al legado musical de los 80. Tan asombrosamente fiel que solo podía haber visto la luz en nuestros días, bajo la perspectiva que dan treinta años, una vez que la célebre década ya ha sido versionada, revisitada y homenajeada hasta la saciedad. Esta es, posiblemente, la revisión definitiva. El ejercicio casi podría tacharse de caricaturesco si no fuera porque Alan Palomo ya ha demostrado con anterioridad ser un completo y sincero enamorado de los sonidos ochenteros: disco, boogie, funk, techno cósmico, italo-disco… Todo cabe en un álbum con alma de sesión dj, tremendamente cohesionado proporcionado a pesar de contar con tres potenciales candidatas a canción del año: ‘Annie‘, ‘The Glitzy Hive‘ y ‘Slumlord‘. (Victor Trapero)

8. Floating Points – Elaenia

floating points

(En Spotify)

La música libera la dopamina del cerebro y después se prolonga en una miríada de sensaciones que dependen de cada receptor. El primer paso lo conoce bien Sam Shepherd gracias a su titulación como neurocirujano. Sus ratos libres los usa para materializar el segundo proceso, el que convierte las melodías que escuchamos en vivencias únicas. Floating Points culmina con este Elaenia el trayecto que venía siguiendo con su ya extenso catálogo de singles y EPs. Una electrónica de poca mecánica rítmica, con notables excepciones como ‘ARP3’ o ‘Nuits Sonores’, onírica, espacial y de alta carga sensitiva. El ‘coma flotante’ al que hace referencia el nombre del británico se refiere a la notación de grandes números en fórmulas más breves. Traducido al ámbito que nos ocupa, serían pequeños impulsos sonoros que desencadenan intensas emociones, una fórmula resumida por el ‘Nespole’ que inicia el viaje catártico de este enorme debut. Shepherd ha manifestado su gusto por el jazz que vierte a través de miles de bits y que propicia largos desarrollos como el de ‘Silhouettes’. Es un disco conceptual, ya que si se obvia alguno de los cortes se produce un bache en un discurso afectivo elaborado con extrema meticulosidad. La trayectoria de Floating Points ya advertía de unas virtudes que ahora, con ‘For Marmish’ o ‘Peroration Six’, se exponen en todo su esplendor. Pero, antes que nombres y tecnicismos, es mejor poner un salón a media luz y dejarse llevar por las reacciones químicas que produce en cualquier organismo vivo Elaenia. (Carlos Marlasca)

7. Tame Impala – Currents

Tame Impala

(En Spotify)

Tama Impala han acaparado toda la atención con el goteo incesante de los singles que precedieron a su último trabajo y ha grabado desde La Geodé, una grandilocuente sala de proyecciones parisina, su ya emblemático ‘Let It Happen’. Todo lo que acontece alrededor de los australianos se ha convertido en objeto de noticia. Y Kevin Parker ejerce ya un control absoluto sobre su juguete favorito, un proceso que esté quizá escondido en el ¿falso? romanticismo de la autobiográfica ‘New Person, Same Old Mistakes’. El motivo de todos estos hechos son tres discos monumentales y una evolución que comienza desde la psicodelia lo-fi de sus primeros trabajos hasta el cristalino tapiz con el que ha cubierto el alma máter a los suyos en este Currents al ponerse tras la producción sustituyendo a todo un prócer como Dave Fridmann. Parker exhibe su nueva dimensión y descarga múltiples emociones con las reverbs en ‘The Moment’ o las reconocibles oscilaciones de ‘Past Life’. Es obvio que Tame Impala (o Kevin Parker) han perdido algo de su esencia germinal, que las guitarras, a pesar de riffs indelebles como el que marca el paso de ‘The Less I Know The Better’, han decaído a favor de la bacanal efectista en la que bucea el sagrado líder. Pero si la nostalgia debe quedar de lado para que emerjan maravillas como ‘Yes I’m Changing’, ‘Eventually’ o ‘’Cause I’m a Man’, dejemos que ocurra. (Carlos Marlasca)

6. Grimes – Art Angels

Grimes

(En Spotify)

Desde el lanzamiento de Visions hace ahora cuatro años hemos intentado interpretar, y casi destripar, la personalidad de Claire Elise Boucher, fallando casi siempre en el intento. No han ayudado sus idas y venidas en la blogosfera, su incursión en géneros en los que nos costaba encasillarla –ese ‘Go’ tan EDM que iba a ser para Rihanna– y las múltiples opiniones que la artista suscita, no siempre ligadas a un contexto musical. Mientras tanto, ella ha hecho lo suyo, poco satisfecha de sus creaciones DIY anteriores y siempre pendiente de su proyección estética. Durante un largo y meticuloso proceso, Boucher ha escrito, interpretado, diseñado y producido ella sola todas y cada una de sus nuevas canciones –abriendo la puerta para colaborar, con acierto, con Janelle Monáe y la rapera taiwnesa Aristophanes, y cerrándola para la mayoría de instrusiones masculinas tras haber denunciado en más de una ocasión el sexismo latente en la industria–. “Oh, baby, every morning there are mountains to climb / Taking all my time, oh, when I / get up, this is what I see / welcome to reality”, canta Boucher emergiendo desde la  superficie hacia la cima en esa primera demo que tanto nos gustó –y cuyo hechizo desaparece completamente en la versión incluida en el álbum–. Lejos de volverse su música más mundana, el personal unvierso de Grimes alcanza en este nuevo trabajo un estadio superior, más nítido y diáfano. Poco queda de esa catarsis dreamy ochentera y esas melodías en bucle acompañadas por hipnóticos sintetizadores casi ambient; su voz se ha engrosado y la producción denota ahora una premeditada agresividad. En Art Angels la canadiense ruge con una consistencia nunca vista y, sin perder su habitual extravagancia, la mayoría de sus temas suenan potencialmente comerciales –’Flesh without Blood’ es un auténtico bombazo–. La inclusión de nuevos instrumentos que Boucher ha aprendido a tocar recientemente, sobre todo guitarras que nos remiten al pop más dulcificado de principios de los 90s –‘California’, ’Belly of the Beat’–, no son sólo una novedad sino también una constante a lo largo del disco. La duda que nos surge es si un espíritu posmoderno en constante construcción de sí mismo, con cierta tendencia a adoptar un tono subversivo –escuchen la canalla ‘Kill V. Maim’–, es capaz de virar hacia derroteros tan easy listening como los de su admirada Mariah Carey y demás artistas de radiofórmula. Lo que es seguro es que ha sabido traducir todo tipo de influencias accesibles a su propio lenguaje. El delicioso cierre dance/r&b ‘Butterfly’, inesperadamente explosivo, sólo nos deja con ganas de más. (Max Martí)

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