18/12/2015

Segunda y definitiva parte del repaso a los discos para resumir un año de música.

20. Natalie Prass – Natalie Prass

Natalie Prass

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Siento la tierra moverse bajo mis pies, siento el cielo desplomarse. Siento cómo mi corazón empieza a temblar cuando estás cerca de mí”. Así iniciaba en 1972 su inmaculado Tapestry Carole King. Como un deseo incontenible de prolongar esa enajenación amorosa en el tiempo, Natalie Prass presenta su debut también aturdida por los males del corazón. “No siento mucho, no siento nada en absoluto. En el nombre del amor, sigo cerca, pero no soy nadie”, asegura la estadounidense. La protesta como eje central del álbum de la primera contrasta con el abrumador despliegue instrumental de uno de los nombres de este año, pero ambas están unidas por su apabullante talento a la hora de componer. Hasta 36 músicos, vientos, metales, arpas y cuerdas incluidos, ha utilizado Prass para dar forma a su álbum homónimo. Treinta y seis músicos ante los que no ha dudado en desnudarse sentimentalmente para relatar los estertores de una lacerante relación. Un trabajo sofisticado y preciosista, con hits inconmensurables como ‘Bird of Prey’, pero que para los oídos más exigentes también depara las conversaciones de violines y trompetas de ‘You Fool’ o el sutil crescendo de ‘Violently’. Y sobre todas las canciones planea la delicada voz de la alumna aventajada de Matthew E. White, quien la produce y publica en su propio sello con el mismo acierto con el que ha elaborado sus mejores canciones. Un debut que puede resultar recargado para quienes se decantan por la aparente sencillez de Sharon Van Etten, pero que goza de una exquisitez al alcance de pocos. Afirmaba Judy Garland, quien bien podría haber puesto su voz al cinematográfico cierre de ‘It’s You’, que “en el silencio de la noche, a menudo he deseado unas pocas palabras de amor de un hombre, y no el aplauso de miles de personas”. Tras haber exudado sobre sábanas de seda las penas de su último romance, a Natalie Prass no le van a faltar ninguna de las dos cosas. (Daniel Boluda)

19. Father John Misty – I Love You Honeybear

Father John Misty

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Dice el señor Tillman que I Love You Honeybear es un álbum conceptual sobre un tipo llamado Josh Tillman que ha gastado bastante tiempo golpeándose contra los muros, cultivando lazos superficiales con extraños y evitando la intimidad a toda costa”. Es en fin la crónica de un cambio: el tipo de piel dura al que era imposible conquistar convertido de pronto en el hombre conquistado, anillo de casado visible en el anular de la izquierda, maestro repentino en el noble arte del spooning. Es fácil imaginar al primero de los Tillman, al duro, mirando con desdén a eso en lo que hoy se ha convertido. También imaginar al actual sintiendo lástima por el cínico gilipollas que fue, perdonando vidas con miradas de anuncio de colonia, “mañana madrugo, si quieres te llamo a un taxi”. Una conversión tan radical exige una confesión a la altura, por ejemplo un disco con una portada rosa que se titule “Te quiero, osito de miel”. Aquí la lucha entre  quien es y quien fue lo inunda todo. Sin leer el libreto este sería ya un enorme disco de folk grandilocuente, un álbum de género ejecutado con maestría, con arreglos orquestales dignos de banda sonora hollywoodiense, pero entrando en las tripas de sus letras, todo se agiganta. Tillman se ríe de si mismo sin dejar se ser solemne. “La gente es aburrida, pero tú eres otra cosa por completo. Joder, probemos a ver qué pasa. / Quiero follarte en la cocina, levantarte ese vestido de novia en el que probablemente alguien fue asesinada. / Soy demasiado burgués para seguir esperando; de cita en cita durante 20 años parece bastante vulgar”, canta en ‘Chateau Lobby #4 (in C for two Virgins)’, en la que le pone nombre ella (“Emma eats bread and butter”) y parece narrar directamente los pormenores de su primer polvo y el inicio de su relación. Ese es el nivel de desnudez del álbum. “Cuando sonríes a horcajadas sobre mi no puedo creer que te haya encontrado, y eso me aterra”, canta en ‘When You Are Smiling and Astride Me’, desarmado, vulnerable. No le importa. El disco está lleno de esta ternura amarga, de estos abrazos con escalofrío puestos en la voz de un vocalista impresionante. Porque sí: Tillman canta como Dios. Y escribe como Dios. ‘Bored in the USA’ demuestra las dos cosas en menos de cinco minutos. Un disco enorme que tiene pinta de aguantar décadas en el reproductor, igual de relevante que hoy, igual de incisivo y genial. (Daniel Boluda)

18. McEnroe – Rugen Las Flores

McEnroe

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Con la publicación de su quinto disco, McEnroe definitivamente ya no son un secreto para nadie. Pero en el camino han conseguido algo todavía mejor, que es convertir su música en un estado de ánimo, conectar tan directamente sus canciones con las vivencias del oyente hasta el punto de lograr que trasciendan la simple ecuación musical. Todo esto viene a cuento porque en Rugen las Flores el sexteto liderado por Ricardo Lezón no cambia nada de su discurso sonoro: siguen las progresiones de calma tensa, la penetrante voz de Lezón, esas sílabas finales siempre susurradas, las subidas de tono de los estribillos (‘Rugen Las Flores’), los arranques eléctricos… Y es porque no hace falta cambiar nada: llegados a este punto lo que necesitamos de McEnroe es que nos cuenten nuevas historias (en eso Lezón, que este año ha editado su primer libro de poemas, es de los mejores), que nos renueven esas conexiones para seguir atados a ellos con historias distintas. Y eso es lo que consiguen nuevos cortes como la trepidante ‘Caballos y Palmeras’, ‘Coney Island’ o la preciosa ‘Esta Misma Sensación de Soledad’, en la que vuelven a colaborar con Miren Iza (Tulsa). Toda la épica desbordante se la guardan para el final, en esa convenientemente titulada ‘Vendaval’ que cierra el disco con las emociones a flor de piel y nos devuelve al punto de partida: McEnroe son un estado de ánimo. (Aleix Ibars)

17. Courtney Barnett – Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit

Courtney Barnett

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De la Barnett por estos lares nos gustan muchas cosas. Nos hace gracia esa caruza rapaz y esos ojos azulísimos asomando desde el alféizar de su flequillo noventero. Es una tía lista la de Melbourne. No hay más que leerle las letras para darse cuenta de que ve el mundo con los ojos afilados. Ya más que apuntó maneras con el doble EP A Sea of Split Peas. Suficiente para salir por la tele, girar por medio mundo y demostrarnos sobre un escenario que tonadillas mediotiemperas, estiloLance Jr., pueden transformarse en canciones rocosas, mala hostia y pedalera mediante. En su nuevo trabajo hay de eso, pero no sólo. ‘Pedestrian at Best’ ya avisó bebiendo de las fuentes guitarreras de Ty Segall, pero Depreston nos dio el contrapunto: una canción descomunal sobre la bajona de moverse al extrarradio. Casas monas, qué guay tener un garaje para los trastos, etc. Brillante. Aquí lo mismo te cae un bofetón con Aqua Profunda (120 segundos clavaditos de rock hedonista) que te metes en un problemón blusero de punteos retorcidos con gusto antípoda (Small Puppies). Entretenidísimo. (Daniel Boluda)

16. Julia Holter – Have You In My Wilderness

Julia Holter

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Bonito recorrido el de Julia Holter. Su carrera ha seguido el camino que va de la herencia experimental a lo melódico, cristalino casi. Es una historia mil veces repetida, pero que no deja de dar frutos de valor. Si John Cale supo pasar de los experimentos con el drone al ampuloso y bellísimo Paris 1919, si Battiato fue capaz de dejar atrás la electrónica progresiva de Fetus para amenizar verbenas de pueblo con los éxitos de La Voce del Padrone, Julia ha dado un paso adelante en el el proceso de despojarse de ataduras y rendirse al poder de la canción como forma musical, sin renunciar a una cierta complejidad y atavismos ambientales. Tan pronto entra en territorios de indie pop accesible y luminoso, como en ‘Feel You’ o ‘Sea Calls Me Home’ (esta colindando con lo brianwilsoniano y sin miedo a la épica) como se da a los desarrollos kraut en temas como ‘Vasquez’, consiguiendo evitar los tópicos de lo contemplativo, llegando a estar más cerca de Robert Wyatt (más excesiva y sin la tristeza esencial de éste, claro) que de la mayor parte de grupos de post rock que buscan imitar los ritmos germanos. A veces da la impresión de que su merecidísimo éxito no acaba de conseguir las cotas de figuras no tan distantes como Bjork o Joanna Newsom por no cultivar la imagen de excentricidad que emana de sus discos, por empeñarse en parecer normal. Y es que sus álbumes son, a estas alturas, algo excepcional. (Santi Fernández)

15. HEALTH – Death Magic

HEALTH

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Aquellos que hayan llegado hasta Health a raíz de este Death Magic, su tercer LP, quizá se sorprendan leyendo por ahí que se han domesticado, que ya no raspan como solían. Siguen siendo bastante más fieros y extremos que la media, pero lo cierto es que así es: si comparamos a estos Health con los de Get Color y, sobre todo, con los que debutaban en 2007, nos encontramos a una banda mucho menos bestia. En cierto modo, no les quedaba más remedio si no querían acabar presos de su propuesta, tan reconocible y marcada. Con dos discos a sus espaldas, ya parecían andar cerca de su propio límite y, a tenor de los seis años que han tardado en entregar Death Magic, les ha costado lo suyo sortearlo. Nuestros tímpanos sonríen con la decisión: aquí, voz y melodía tienen un peso nunca visto antes en su discografía. Es innegable que a lo largo de su tracklist nos topamos con alambre de espino estratégicamente colocado (‘Salvia‘ suena a metralla, ‘Men Today‘ te arrolla si te pilla despistado, ‘New Coke‘ es pura claustrofobia y la depechesca ‘Stonefist‘ puede espantar a más de uno en su inicio), pero solo sirve para que esa inédita vertiente pop destaque todavía más. La citada ‘Stonefist‘, las radiantes ‘LA Looks‘ y ‘Life‘ (¿alguien imaginaba a Health proclamando un mensaje así de vitalista?) o algo tan elegante como ‘Dark Enough‘ hacen bueno el tópico: más vale maña que fuerza. (Víctor Trapero)

14. Pablo Und Destruktion – Vigorexia Emocional

Pablo Und Destruktion

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Su disco crooner, su disco sin sermones, disco de amor. Creo que Pablo podría hacer un disco sobre el descenso del río Sella y yo lo escucharía. Probablemente me gustaría mucho. Hay algo primitivo en su forma de enfrentar la música y las letras que me atrae, algo muy fundamental que hace que me lo crea todo. Esa virilidad recia, esa dicción seca, esa orquestación oscura. Y sobre todo, esas letras  “Los días nos tragarán como un pez tragó las cenizas que en el mar echamos. / Y antes de que arda nuestra piel prometo hacerte una casa en Valdedios. / Allí los dos podríamos correr de noche entre ganado y eucaliptos. / Tendríamos frío, pero no sed; ya sabes no perder el equilibrio. / En cualquier caso entrego mi carnet de socio en el club del precipicio”. Estrofas que a mi me entusiasman y que a otros les hacen desistir a la primera. No es para todos, ni parece preocuparle lo más mínimo. Vigorexia Emocional es, con todo, un disco más accesible que Sangrín. No tenía aquél algo parecido a la tropical ‘A veces la vida es hermosa’, un single de libro que probablemente le haya valido para tumbar algún prejuicio, aunque a la larga no tenga tanto jugo como otras. La segunda parte del álbum está plagada de esas otras, más difíciles, más densas, más interesantes. A veces un puro desafío, como la marciana ‘Busero Español’; la generacional ‘Califato’; o la descomunal ‘Bares Vacíos’. O te ríes o se te ponen los pelos como escarpias. A nosotros nos pasa lo segundo. Va para mito. (Daniel Boluda)

13. Purity Ring – another eternity

Purity Ring

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Habrá quien diga que Purity Ring han perdido fans con el poco disimulado giro pop de another eternity. Vaya usted a saber. En cualquier caso, es bastante probable que, al cierre de 2015, el balance final sea positivo, que al barco del dúo canadiense se hayan subido bastantes más pasajeros de los que se han bajado. Y es que another eternity es un disco de vocación masiva, hecho para triunfar a lo grande. Las minúsculas de su título son toda una ironía: esto es XXL. Una colección de canciones totalmente accesible, dicho sin pizca de desprecio. Si el mundo fuera un lugar mejor, si en los baños públicos siempre hubiera papel higiénico y nunca lloviera después de lavar el coche, su adictiva mezcla entre continente eufórico (inteligente relectura de hip-hop, EDM y trance) y contenido amargo llenaría todas las radios. Es tan fácil entrar en él como difícil resulta destacar algún tema por encima de otro: diez relucientes joyas sintéticas, todas singles en potencia, que destapan el gigantesco corazoncito pop que ya se vislumbraba bajo la atmósfera neblinosa de su debut. (Víctor Trapero)

12. Deerhunter – Fading Frontier

Deerhunter

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¿En qué quedamos, que Monomania era una mierda y que Bradford Cox se había vuelto loco recurriendo, a ratos, a un sonido más abrasivo que poco tenía que ver con su obra más reciente, o que Deerhunter son unos comodones como han demostrado con el ligeramente conservador Fading Frontier? Creo que después de diez años de carrera y siete discos se les podría conceder la licencia de que hiciesen lo que les saliese de los cojones, y más con resultados tan deslumbrantes como los que ofrecen aquí. Ben H. Allen sacó lo mejor de ellos en Halcyon Digest y, como aquello es difícil de repetir, aquí juega con la misma fórmula con alguna pequeña sorpresa. Por ejemplo, el sencillo de adelanto, ‘Snakeskin’, coqueteaba descaradamente con sonidos funk nunca antes explorados por los de Atlanta. También han entregado uno de los bombones pop más deliciosos de la temporada, ‘Breaker’, que supone el primer dueto entre Cox y el cada vez más esencial Lockett Pundt. O está ‘Ad Astra’ que es una manera fina de demostrar que esto de la psicodelia ya lo reivindicaban ellos antes que Tame Impala. Este nuevo álbum demuestra lo grandes que son Deerhunter, el genio que tienen a la hora de componer y también que su líder no se deja amedrentar por ese síndrome de Marfán, que compara con estar crucificado desde su nacimiento, o por el accidente que sufrió antes de empezar la grabación de este trabajo. Deerhunter es la banda más grande de su generación y, de momento, nadie les va a destronar. (Álvaro García Montoliu)

11. Joanna Newsom – Divers

Joanna Newsom

A estas alturas, con Joanna Newsom ya no hay medias tintas: o estás con ella o estás contra ella. Tres discos como tres universos (el primero por su intensidad, el segundo por la duración de sus temas-fábula y el tercero por sus 18 canciones) han servido para que sus adoradores nos hayamos acostumbrarlo a idolatrarla sin fisuras, y para que los que no logran entrar en su música se hayan quedado sin paciencia. Hay que tener esto en cuenta porque Joanna no hace música para el mundo en general, sino más bien para ese reducido núcleo de devotos, entre los cuales se encuentra gran parte de la crítica. En ese sentido, Divers es la sublimación de su discurso. El álbum que aúna su trayectoria, que resume en 11 canciones quién es Joanna Newsom hoy en día. Más ambicioso que The Milk-Eyed Mender (el primero), más accesible que Ys (el segundo, que sigue siendo su gran obra maestra) y más certero que Have One On Me (el tercero), se trata de su disco más completo de principio a fin, aunque sus canciones más abiertamente amables estén en Have One… (’81’ y ‘On A Good Day’) y las favoritas sigan perteneciendo a Ys (imposible escoger entre ‘Emily’ y ‘Sawdust & Diamonds’).

Newsom ha explicado que este es un disco sobre el amor y la muerte, y cómo el hecho de haber encontrado lo primero la ha llevado a temer de verdad lo segundo. Y seguramente sea la manera de entender esa pátina oscura que sobrevuela por el tema titular del disco, ‘Divers’, una suerte de stream of consciousness en versión musical; o la intensidad casi violenta de ‘Leaving The City’; o la trascendencia de la final ‘Time, As A Symptom’ (“Love is not a symptom of time / Time is just a symptom of love”). Pero también la alegría tabernera de ‘Waltz Of The 101st Lightborne’, y la dulzura de ‘The Things I Say’. Aunque si hay un tema que define ese contraste, y por ende el disco, es ‘Sapokanikan’, la canción más desbordante del año, una verdadera montaña rusa de emociones y sonoridades que pasa del minimalismo a la rotunda exuberancia, para lanzarse a la tristeza más absoluta (“He said / “It’s alright” / And “It’s all over now”) y acabar derrumbándose (“The city is gone / Look and despair / Look and despair”), exactamente como describen esas lágrimas que se intuyen en su precioso videoclip. Esos tres o cuatro segundos son la definición gráfica de la sensibilidad de Joanna Newsom, y de lo que consigue transmitir este Divers. Un disco para pocos, pero uno de los que sacian, por los que vale la pena vivir por su sincera celebración de la belleza y la tragedia que esconde nuestra existencia. (Aleix Ibars)

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