15/12/2015

Empieza el repaso a los discos escogidos por la redacción para resumir un año de música.

50. Núria Graham – Bird Eyes

Nuria Graham

(En Spotify)

Por encima de inútiles concreciones geográficas, el hábitat natural de la vigitana Núria Graham es la noche: una atmósfera silenciosa y con las luces justas, inspiradora y mágica, en la que hace crecer y cuida, como a los habitantes de un jardín bajo las estrellas, temas delicados y personales con morfología de pop-rock de puertas adentro. Surgidas como de un refugio confortable en plena e inocua naturaleza, las canciones de este Bird Eyes con el que debuta Graham en formato largo contienen trazas de un evidente talento –que ha despachado con creces en las muchísimas veces que lo ha defendido en directo– con todavía mucho margen de desarrollo por delante, ejemplos hermosos de confluencia entre el canto y un uso de la guitarra siempre pensado y coquetamente ornamentado, y un muy marcado y elegante carácter artístico, pese a la extrema juventud de su autora. Producción a la medida, desparpajo contenido dentro de unos modales impecables, y melodías cocidas con pausa, a fuego lento, dejando que todos los aromas se junten en una receta que por popular o accesible no deja de rezumar clase un solo instante. Desde el minimalismo incontenido de la extraordinaria ‘Bird Eyes’, de ‘I Worry To Much’, ‘Ages’, o de la sugerente ‘Dark Past’, a la floración de temas delicados como ‘Bad Luck’, o ‘The Sea in Your Eyes’, todo en este primer paso de Núria Graham huele a esa primera noche previa en que te das cuenta que la primavera ya está aquí. (Pablo Luna)

49. Destroyer – Poison Season

Destroyer

(En Spotify)

Dan Bejar juega en primera división desde la publicación de Kaputt, su noveno álbum como Destroyer, en 2011, pero sigue empeñado en esconderse del mainstream. Poison Season, Five Spanish Songs aparte, es su primer trabajo desde aquel gran acierto, y lo más destacable es lo lejos que lo ha plantado de la sombra de Kaputt, dando esquinazo a las expectativas. Exprimiendo al máximo la capacidad directora y melódica de su voz, el canadiense ha construido a su alrededor una especie de musical lleno de arreglos y florituras de invernadero, que recuerda solo levemente –en la proliferación de aportaciones de saxo, indisolubles ya de su marca personal– a su anterior obra, y que establece para él nuevos horizontes estéticos más ligados con la esencia orquestal –‘Hell’, ‘Bangkok’, ‘Solace’s Bride’– clásica –las dos ‘Time Square, Poison Season’– e incluso jazzística –‘Archer on the Beach’– que con el pop. El equilibrio ornamentístico entre voz e instrumentación es otro de los puntos destacables de Poison Season, con espacios para ambos bien delimitados: Bejar no renuncia a su susurro, y los órganos crecen sobre él como si de musgo se tratara; conformando un álbum muy coherente conceptual y estilísticamente hablando. En cualquier caso, ‘Dream Lover’, la prematura pieza cumbre –en cuanto a desatadura y ruido–, y la optimista y golosa ‘Time Square‘ marcan el punto de fuga ambiental de un disco posicionalmente estático pero muy vivo. (Pablo Luna)

48. FFS – FFS

FFS

(En Spotify)

2015. Parecía que Franz Ferdinand se habían convertido en una anécdota de los años locos de chapitas irónicas, camisetas a rayas y Converse All-Star. Apagada su estela de grupo cool parecían reservados a los espacios nostálgicos de festival indie, siempre con la dignidad que da el porte doriangrayesco de Alex Kapranos. Mientras tanto Sparks desarrollaban su carrera en el cómodo rol de ser un grupo de culto, de esos que a duras penas arrastrará a más de 1500 personas a un teatro pero que sabe que un alto porcentaje de esas personas estaría dispuesto a sacrificar a su primogénito con un cutter por verlos por vez número seis millones. Y van, y a estas alturas de la película, y deciden colaborar. Como en una fantasía adolescente, los «jóvenes» se meten con sus ídolos al estudio y casi sin comerlo ni beberlo ambos grupos sacan su mejor trabajo en una década. Ya sea en el pop espídico de ‘Johnny Delusional‘ o en el pop progresivo (etiqueta terrorífica a priori pero les juro que certera con respecto a esta canción) esquivo y saltarín de ‘Collaborations Don’t Work‘ se muestran como un grupo sólido, divertido y con enjundia. Al fin y al cabo esto no es más que dos grupos que se sabían perdedores quedando para mostrar sus capacidades, ajenos al contexto y a cualquier tipo de moda. «Mozart didn’t need a little hack to chart. Warhol didn’t need to ask De Kooning about art». Haciendo lo que les da la puta gana. (Santi Fernández)

47. Pxxr Gvng – Los Pobres

Pxxr Gvng

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Si hubiera que definir en pocas palabras lo que ha supuesto el debut en discográfica grande de PXXR GVNG la definición más precisa sería algo así como «gozoso fracaso«. Y es que las expectativas eran tales, en haters y en amantes, que la cosa se ha quedado un poco desinflada. Y pese a todo el valor del disco, por capturar el momento y, qué leches, por incluir algún (bastantes incluso) hit es innegable. Todo lo que rodea a los Pobres es aún un fenómeno que, pese a decenas de artículos pseudovirales intentando explicarlos e innumberables periodistas musicales aficionados a la sociología devanándose los sesos para hacerlos comprensibles para todos públicos, provoca tremendas barreras generacionales y la sensación de que hay una ruptura en lo que ha sido considerado durante mucho tiempo «correcto» y «de buen gusto«. Y mientras tanto reciclan hits pasados (la gloriosa ‘Pobres‘ o ‘PXXRIN‘), añaden clásicos a su repertorio (como la excesivísima ‘Cigala‘) o pisan en falso (‘Como el agua‘, pese el voluntarioso homenaje a Camarón). La sensación que queda es de que es un disco más importante que disfrutable como algo unitario, y es que su gran fallo es, precisamente, enrocarse en un cierto purismo trap que no refleja bien toda la entidad creativa que han demostrado ser gracias a su infinidad de AKAs y proyectos paralelos. Pese a todo, y aunque sólo sea por esa obra maestra de las canciones-meme que es ‘Tu coño es mi droga‘ merecen hollar listas como esta y seguir con nosotros muchos años. (Santi Fernández)

46. Disco Las Palmeras – Asfixia

Asfixia

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Cualquiera que conozca mínimamente la trayectoria del trío gallego Disco Las Palmeras! sabrá lo que esperar de este tercer disco. Los que no, tendrán suficiente con su título: Asfixia. Si todavía quieren más señas, veamos el nombre de las canciones: ‘Fuego‘, ‘Cállate La Boca‘, ‘Disparo‘, ‘Morir o Matar‘, ‘Tarde y Mal‘. ¿Aún quedan dudas? Esto es rock directo desde (y al) estómago, ruido canalizado con el punto justo de melodía para que sirva como catarsis y gancho al mismo tiempo, uno de aquellos discos que hay que ponerse cuando uno quiera liberar endorfinas y que sitúa ya a Disco Las Palmeras! como directos sucesores de Triángulo de Amor Bizarro y, por momentos, incluso de Los Planetas más enfurecidos. Una apisonadora sin tregua durante 9 canciones… y en la última, la 10, cuatro minutos de ‘Calma‘ entre celestial y desquiciante. (Aleix Ibars)

45. Nueva Vulcano – Novelería

NuevaVulcano

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Cuando muchos pensábamos que ya no volverían, que la suya era una de aquellas historias que pasaría a engrosar los anales de las bandas de culto de Barcelona –como ya hizo la de Aina, el grupo que lo originó todo–, Nueva Vulcano van y publican un nuevo disco en 2015. Seis años hace ya de Los Peces de Colores, diez de Juego Entrópico, once de Principal Primera. Y ellos siguen igual. Con sus guitarras desgarbadas, su rítmica aplastante, y sus letras entre ingenuas y burlonas. “Quería cantarte y no dar el cante”, canta Artur Estrada en el primer estribillo del disco, de ‘El Mirlo’, y es suficiente para saber que Nueva Vulcano han vuelto en todos los sentidos. Así de primeras, hits claros como ‘Pop y espiritualidad’, ‘El Mirlo’ y ‘Reversible’ destacan entre algunos de sus cortes más pesados (‘Hasta la boya y volver’, ‘Antes de las infraestructuras’, ‘Hemos hecho cosas’). El resto se irán descubriendo a lo largo de los próximos meses, como ha sucedido con el resto de discos de Nueva Vulcano: de entrada no son inmediatos, pero van adueñándose de nosotros con el paso del tiempo. Y como entre disco y disco pasan años, cuando sale uno nuevo el anterior ya es un clásico. Nuevas historias, nuevos himnos, excusa para verlos en directo, y once canciones para degustar hasta que decidan volver a sorprendernos con otro disco. No necesitamos más. (Aleix Ibars)

44. Max Richter – SLEEP

Max Richter

Max Richter, para los que no lo conozcan, es un compositor y pianista de clásica contemporánea que se ha ganado el respeto y la admiración de medio mundo gracias a discos como Memoryhouse y The Blue Notebooks, en los que mezcla su composición neoclásica con electrónica sutil y ambientaciones ensoñadoras, y a su aportación a las bandas sonoras de películas y series (la última de ellas para The Leftovers de HBO). Más allá de esto, lo que hace que este compositor alemán esté en esta lista es SLEEP, el disco que ha publicado este año. Que dura ocho horas y está pensado para escuchar mientras uno duerme. 31 canciones que empiezan cuando uno cierra los ojos y terminan cuando se vuelven a abrir, en un proyecto que Richter ha elaborado como experimento y con vocación terapéutica al mismo tiempo, por aquello de comprobar cómo afecta la música al descanso y cómo incide en el mundo de los sueños. Si ya sabemos qué sentimos cuando escuchamos música despiertos, ¿por qué no investigar lo que sucede mientras no lo estamos? Escuchar SLEEP mientras se duerme es una experiencia muy interesante e incluso reveladora, pero huelga decir que también se puede escuchar, si bien por fragmentos, perfectamente despierto para disfrutar de los paisajes sonoros que recrea el compositor. Para los menos valientes, hay una selección de temas (escogidos por el propio Richter) en Spotify, que es lo que se ha publicado como disco al uso, pero es en el exceso, en su ambición, en su propio sueño donde realmente reside la relevancia de esta obra experimental y monumental al mismo tiempo. (Aleix Ibars)

43. Hot Chip – Why Make Sense?

Hot CHip

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Quitémonos, de una santa vez, la careta: nadie se sumerge en la pista de un club, en esa espiral de sudor, decibelios y luces que van y vienen, para bailar. Uno hace semejante esfuerzo para enamorarse, aunque solo sea durante un par de canciones. El baile no es el fin, sino el medio. Teoría que Hot Chip llevan alimentando desde que en 2004 arrancaran una bendita sucesión de discos notables en la que, efectivamente, el baile solo parece ser el medio. Y es que el libreto de alguno de sus trabajos podría intercambiarse con el de cualquier cantautor de corte llorica y habría que esforzarse para encontrar la diferencia. Con el corazón en una mano y el Red Bull en la otra, los londinenses siempre le han cantado al amor (o la falta de él), aunque es posible que nunca lo hayan hecho con la franqueza que muestran en este Why Make Sense?, tan variado en lo musical (rap, disco, soul, garage) como en lo sentimental (flechazos, soledad, monogamia, desencantos). Quizás por eso, por ese marcado exhibicionismo emocional, Hot Chip han tratado de recubrir su discurso con una coraza lo más humana posible. Herramientas reales para sentimientos reales: el álbum más sensible de su carrera es también el más orgánico, el que menos le debe al software. No es, eso sí, el mejor. Pero ni falta que le hace para ser uno de los hitos en materia de pop electrónico del 2015. (Víctor Trapero)

42. Blank Realm – Illegals in Heaven

Blank Realm

(En Spotify)

Los australianos Blank Realm, que disfrutan del estupendo momento musical que vive su país con bandas como Jagwar Ma, Cut Copy o Tame Impala, han dado la estocada definitiva tras un reseñable repertorio a sus espaldas. La mayoría lo hará a toro pasado, pero sumergirse en trabajos notables como Go Easy habilita una comprensión mejor de la línea ascendente que culmina este Illegals in Heaven. Víctimas potenciales de la mala baba de Billy Corgan por su parecido con Pavement, y también con otros iconos de los ochenta como Pixies, el reino vacío al que hace referencia su nombre ha sido saturado con guitarras punzantes y los ritmos dislocados de ‘Costume Drama’ o la atmósfera estival de ‘Cruel Night’. Se trata de un disco de contrastes con un ruidoso trasfondo alternativo, un trabajo terriblemente sincero que comenzaron a desarrollar durante los directos de su anterior álbum y que, por este motivo, destila una espontaneidad magnética. Un diamante en bruto que puede seducir tanto con el desparrame de ‘Palace of Love’ como con la melancolía de la exquisita ‘Gold’. (Carlos Marlasca)

41. Empress Of – Me

Empress Of

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Últimamente parece que cada día nace alguna estrellita en esto que venimos a llamar pop electrónico: el género más en boga de nuestros tiempos. Pero el caso de Lorely Rodríguez (a.k.a. Empress Of) es distinto. Su discurso carece de esa aspiración glam que otras rebosan –con mayor o menor fortuna–, de impostura, y de efectismos de hojalata. En cambio, esta californiana de origen hondureño ofrece en su álbum de debut –muy esperado debido a los antecedentes– altas dosis de naturalidad, como si supiera que no necesita maquillaje para ligar, además de un lenguaje, sin pretenciosos juegos de palabras, que podemos atribuirle por completo a ella. Es cierto que las bases de producción electrónica tienen bastante peso específico, sobre todo en la vertical ‘Water Water’, en la saltarina ‘How Do You Do It’, en la contundencia de ‘To Get By’ y en la ya carismática ‘Kitty Kat’; pero no son más que las botas, duras y adaptadas a todo tipo de terrenos R&B, synth pop o incluso dream pop, de un vestuario completamente personal y bien ceñido a la piel de Rodríguez. Con más modestia que ambición, y midiendo bien los pasos para dar bien el salto, Empress Of ha aterrizado en pleno género con una propuesta que, sin ser original, nos ha conquistado a base de sinceridad y un ritmo muy bien administrado. (Pablo Luna)

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