25/11/2015

Crónica del paso del de Filadelfia por Madrid.

Empecemos por el contexto: Kurt Vile es un padre de familia en el momento más estable de su carrera musical. Con media docena de discos en solitario a sus espaldas, el de Filadelfia tendría que hacer un auténtico descalabro musical para desaparecer del mapa. Y no parece que vaya camino. Desde que su cuatro LP, el magnífico Smoke Ring For My Halo (2011) asomase incluso en las listas de ventas de su país natal, Vile no se ha bajado del notable a la salida del estudio. Consecuentemente, su base de fans no ha dejado de crecer. Ayudó que el sucesor del mencionado disco, Waking On A Pretty Daze (2013), fuese su mejor trabajo hasta la fecha. Han pasado dos años desde entonces y ahora Vile ha vuelto presentando un disco muy apañado, con alguna maravilla de las que sin duda aparecerá en las listas de mejores canciones del año. Pero, por desgracia, b’lieve i’m going down no ha continuado la línea ascendente de sus dos últimos trabajos.

Su concierto de Madrid era el último de su gira española, el penúltimo de su gira europea y el antepelúltimo de antes de que el 2 de diciembre se baje del Webster Hall de Nueva York para pegarse un mesecito de merecido descanso. Sirve el apunte porque vimos al muchacho un poco cansado. Salió al escenario zigzageando, encorvado frágil y aferrado a los restos de una botella de Marqués de Cáceres (morro fino) que apuró en apenas dos temas.

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Abrió el show con ‘Dust Bunnies’ y el sonido empezó por no acompañar. No sabemos hasta qué punto morder la mano que nos da de acreditar, pero cualquiera que viva por la capital sabe que la Penélope no es la mejor sala de Madrid. Por decirlo suave. Suficientemente cerca, el sonido pasa por decente, pero comprendemos el cabreo de algunos asistentes que sintieron que 25€ de entrada hubiesen sido más acordes con otro recinto más digno. Los teloneros de Vile, los neoyorkinos Lushes, resultaron un convincente dúo de rock oscuro y retorcido al que las limitaciones acústicas no perjudicaron demasiado; pero sustituido el minimalismo de una batería, una guitarra y una voz por la complejidad de una banda con dos guitarras, teclado, bajo, batería y dos voces, la cosa empeoró. No fue catastrófica, pero tampoco buena. Dicho queda.

No ayudó tampoco a la primera impresión el mencionado arranque con ‘Dust Bunnies’ y ‘I’m An Outlaw’, que siendo muy buenas canciones están entre las más planitas de su nuevo trabajo. Dio la sensación de que los Violators, la banda de Vile, no terminó de engrasarse hasta la cuasipopera ‘Pretty Pimpin’, en la que se levantaron los primeros coros desde el público y vimos por fin a un Vile motivado con las seis cuerdas, soleando sin estridencias pero con tino, cantando relativamente fiel a la versión del disco. El tipo no es, como se intuye por sus canciones, un showman voluntario. Se mueve por el escenario como un muñeco de trapo empujado por enemigos imaginarios. Se quita las guitarras con un latigazo espinal estudiadísimo que libera su melena de la bandolera en apenas unos segundos. Habla poco y sonríe mucho. “Le han tenido que llover collejas en el cole”, piensa uno, pero luego le pone la cejilla a la acústica y te recuerda que ‘That’s Life, Tho (Almost Hate To Say)’ es suya, y entonces se agiganta. Le ves cantando con los labios pegados al micro eso de “the laws of physics have shown that a man must walk through life via peaks and valleys” y te das cuenta de que es en esa fragilidad aparente, en esa calidez de chimenea y manta, donde resulta único. Jugando con esa imagen de los picos y los valles, Vile convenció en esos extremos mucho más que en los medios tiempos. Hechizó sólo en el escenario con la preciosa ‘Stand Inside’ (“That’s my good girl / my whole world turning on the couch / close that cute mouth and kiss me”) y nos movió los pies cuando recuperó la banda para retomar contundente con ‘KV Crimes’ ‘Wakin on a Pretty Day’, en las lograron sonar como merecen.

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La segunda parte del bolo tuvo mucho de vista atrás, primero rescatando esa joya que es ‘Jesus Fever’, y tirando después de Childish Prodigy (2009) para tocar techo de intensidad en ‘Freak Train’. Con esa abandonaron momentáneamente el escenario. El bis fue puro Smoke Ring… con ‘Puppet To The Man’ y, sobre todo, la reclamadísima ‘Baby’s Arms’ broche no por esperado menos bonito.

Que no fue su mejor concierto lo sabe hasta él, pero no todas las noches puede salir uno sobresaliente. Esperamos pillarle en otra más lúcida y con mejor escenario para poder ponerle más de un notable.

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Foto. Pablo Luna Chao (BCN)   Conciertos
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