13/11/2015

Sensacional actuación del dúo de electrónica anoche en Barcelona: la del Sónar no fue un espejismo.

Enmendarse es de sabios, y en esta casa no tenemos problemas en admitir que fue un error ignorar la existencia del primer disco de Kiasmos a la hora de elaborar nuestra lista de los mejores discos de 2014. Pasaron desapercibidos hasta su soberbia actuación en el Sónar de este verano, pero no solo para nosotros, sino también para la mayor parte del público general. De hecho, es probable que casi todos tiráramos de la misma antena de datos móviles durante aquel concierto para enterarnos de que el proyecto, en realidad, lo conformaban dos viejos conocidos del panorama musical contemporáneo: nada menos que Ólafur Arnalds y Janus Rasmussen. Del segundo se pueden tener menos referencias, pero del primero sobran las presentaciones. Baste decir que es un músico que abarca con las dos manos la vanguardia más modernista de la electrónica y la composición más clásica centrada en el piano. Al final, la opinión de que habían ofrecido uno de los mejores –si no el mejor– directos de todo el festival fue bastante unánime. Y aunque hayamos tenido que esperar seis meses para verlos protagonizando una velada en sala en la capital catalana, les aseguro que ha merecido la pena.

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Porque definitivamente la música de Kiasmos tiene algo de sublime, una belleza intrínseca que nos conecta con un lado habitualmente poco atendido de nosotros mismos, y que de alguna manera nos purga de todo agente contaminante y molesto que habite en nuestro organismo. Se puede definir como techno, pero está tan cargada de pureza, pulcritud y blancura que resultaría insensible cerrarla a unas coordenadas que no apuntasen única y exclusivamente al norte. Su estilo está borracho de determinismo geográfico: es casi un mapa mudo y en cámara lenta de los territorios inhóspitos y salvajemente serenos del borde del Ártico, con sus picos imposibles, sus laderas cubiertas por mantos de nieve virgen y sus vastos espacios abiertos. Arnalds es islandés, Rasmussen feroés, y se nota. Luego es innegable que tienen química, que uno encuentra en el otro el resorte que necesita para construir una idea musical tan precisa y especial. Una idea que descansa en el tremendo poder del piano, que circula a una velocidad inferior al beat, y en un ritmo que jamás se desborda sobre la primacía de la ambientación, tan poética como todo lo que toca el bueno de Ólafur.

Tras una buena apertura de “electrónica andina” a cargo del franco ecuatoriano Nicola Cruz, los dos artistas del Atlántico septentrional tomaron las riendas de una velada que transcurrió en medio de una atmósfera de elevada motivación por parte del público. Pocos eran los asistentes neutrales, y los que se vieron allí arrastrados por el consejo de algún acertado amigo, pronto entendieron que no estaban ante una sesión cualquiera de música electrónica. Porque aunque los mismos Arnalds y Rasmussen sucumban al movimiento, la finalidad de Kiasmos en el fondo no parece tener nada que ver con las pistas de baile, sino más bien con algo más elevado, venerable e inhumano. Llevan el norte en las venas y su misión parece la de exportarlo al resto del planeta, como una impresionante glaciación musical acelerada. Cerrando los ojos podíamos transportarnos al frío, escalar cumbres y mirar a la inmensidad desde las alturas, incluso sin haber estado allí jamás. Son los embajadores itinerantes del sonido natural, traducido en techno experimental, del Reino más allá del Muro.

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En algo más de una hora plantearon un setlist muy similar –por no decir idéntico– al que ofrecieron en el Sónar, enlazando al principio ‘Lit’ y ‘Looped’, y cerrando con ‘Bent’ a modo de bis tras una breve pausa. Sacaron a relucir algún que otro tema de su nuevo EP, pero el aura de abisal verticalidad y de perfecta harmonía entre agudos y graves quedó más bien restringida a los temas más conocidos, que forman un todo homogéneo y circular del que da rabia salir. En cualquier caso, no hay que interpretar toda esta retahíla de adjetivos como sinónimo de pasividad: es verdad que por una parte transmitían paz y equilibrio con sus aristas bien rectas y el piano marcando simples pero perfectas figuras naturales, pero también una energía muy activa y efervescente, como la que nos invade de repente a los habitantes del sur cuando amanece –ese único día del año– todo el barrio blanco y además sigue nevando. La única duda que nos quedaría irresuelta sería saber qué hace exactamente cada uno de ellos tras la mesa y su par de ordenadores; pero la verdad es que da igual, porque, como bien saben, en un quiasmo normal la variación del orden no suele alterar el producto.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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