27/10/2015

Nuestro repaso al hermano pequeño del Primavera Sound, centrado en descubrir las bandas del mañana.

Si el Primavera Club se consolida en su formato actual (algo que esperemos que suceda, aunque sea a pesar de trabas como el cierre del Teatre Principal por parte del Ayuntamiento de Barcelona a escasos minutos del inicio del primer concierto de esta edición), será interesante comprobar cuántos de sus grupos acaban en la primera división a medio/largo plazo. Resulta evidente que para el grueso de bandas y artistas del cartel seguramente no sea así, y puede que incluso no acaben volviendo a Barcelona en su vida, pero incluso así, sirva este formato de festival pequeño, arriesgado y con nombres desconocidos como oportunidad de ver a formaciones que de otra forma sería impensable ver por estos lares incluso en un gran festival. Y si del Primavera Club del curso pasado sacamos referencias tan jugosas como Jungle, Movement y Childhood, esta edición con toda seguridad será recordada por ser la de Algiers, Shura y Empress Of. Dando de comer aparte, por supuesto, a la verdadera revelación para muchos, entre los que nos incluimos: la del outsider Lubomyr Melnyk, pianista ucraniano de 66 años, que ofreció un recital emotivo y desbordante. En el tintero se han quedado las propuestas de Jessica Pratt y Novella, interesantes pero algo ausentes de conexión, y decepciones como las de NAKED y Chastity Belt, o esa peculiar performance/karaoke de U.S. Girls que dejó sentimientos encontrados. Pero miremos al futuro con los ocho conciertos que sí nos han convencido, en riguroso orden de menos a más.

8. FORMATION

Formation

Está claro que Formation no han inventado ninguno de los elementos que componen su música o de los recursos que utilizan en ella, pero desde luego parecen dispuestos a usar todo lo que tengan a mano y sea necesario con el único fin de poner a bailar a su público. Y el viernes pusieron a Apolo a sus pies a la primera. Con un planteamiento escénico frontal y muy en la línea de Jungle, abordan el ritmo de una manera masiva, sin contemplaciones ni complejos, recurriendo igualmente a recursos facilones de electrónica pop, como a otros que evocan desde la distancia cierta fijación por el dance, el tropicalismo y la música negra. Todos remitiendo, en cualquier caso, a una sobreexposición y riqueza rítmica apabullante y siempre creciente. Los dos hermanos Ritson se desdoblan en directo en una banda donde gana importancia la conexión entre bajo y batería, aunque el protagonismo vocal y escénico se lo lleva uno de los hermanos, Will, que actúa como elástico frontman. Alrededor de esa conexión desperdigaron siempre un sinfín de detalles, más rítmicos que melódicos, dando a entender que prefieren invertir 100$ en 100 trucos sonoros de badulaque, sin que signifique que sean cutres, que no en dos de 50, de tienda especializada. Cantidad sobre calidad, ritmo sobre melodía: un viejo atajo al éxito que sigue más vigente que nunca. (Pablo Luna)

7. FRASER A. GORMAN

Fraser A. Gorman

Con su honesta sencillez, Fraser A. Gorman nos ganó desde el primer momento. Con su camiseta de The Velvet Underground, su genuina felicidad por estar tocando en Barcelona por primera vez, y una buena dosis de folk-rock vitaminado, más cercano en directo a la garra de Courtney Barnett o el siempre imprevisible Ezra Furman que a la suavidad de M. Ward que apunta en su delicioso debut Slow Gum. Puede que esta sonoridad se derivara del formato trío (batería, bajo, y él a la guitarra) con el que se presentó, dejándose en Melbourne los arreglos de piano y cuerdas, y apostando por más músculo y actitud, algo que celebramos enormemente después del bonito pero también frío concierto de Jessica Pratt. Valor en alza. (Aleix Ibars)

6. DERADOORIAN

Deradoorian

Por ser quien es quizás sorprenda menos, pero un concierto como el que dio el viernes la antigua bajista de Dirty Projectors, incluso a pesar de su apresurada reubicación, solo puede augurar cosas buenas para su incipiente carrera en solitario. Buenas en plan masivo de llenar escenarios principales de un festival quizás no, sobre todo a tenor del constante murmullo de quienes prefirieron – y no fueron pocos – hablar en lugar de escuchar; pero sí de cara a la crítica y a quien tenga el oído afinado y sediento de propuestas originales. Y esta lo es. Acompañada de una cómplice centrada en el apartado rítmico, Angel Deradoorian planteó un espectáculo musicalmente vivo, orgánico, casi vegetal y tremendamente húmedo, casi indígena; con volumen y mucho relleno. Por el contenido y la forma, sus canciones podrían entenderse como una suerte de dreampop, aunque visto desde una perspectiva nueva: en ellas cabe desde lo absurdo hasta lo mágico, pasando por lo surrealista y hasta lo dadaísta. Son estructuras y envoltorios caprichosos, como el fruto dulce de la ausencia total pero momentánea de cualquier tipo de ley; intimistas y muy detallistas. Y, sin embargo, todo se reduce a un ritmo básico, mantos de teclado, un bajo, algunos loops y juegos vocales infinitos. Fueron de más a menos, pero dejando claro que el proyecto Deradoorian tiene, más que jugo, mucho néctar. (Pablo Luna)

5. ROOSEVELT

Roosevelt

A diferencia de Formation, en Roosevelt el ritmo parece algo verdaderamente innato: groove de buena cepa, sangre de electrónica de pista reconvertida a través de la luminosidad del pop. Sobre el escenario, el alemán Marius Lauber utiliza menos recursos, aunque de manera más consecuente, para levantar un sonido de electrónica orgánica con las vestiduras bien pegadas a la piel. Luego todo se sostiene gracias a un súper bajo conductor y a una batería que filtra funk mecánicos entre golpeo y golpeo. No hay nada impostado en su fórmula: es todo hueso, músculo y cartílago. Con el público entregadísimo, el alemán se fundió el viernes noche en su banda de tres entre teclados, voces condensadas y una guitarra siempre decorativa con respecto al beat, otorgándole a su fórmula pistera una consistencia muy efectiva. El concierto, en ese sentido, empezó y acabó por todo lo alto. Recordaron por momentos a una mezcla desigual entre Delorean, por el brillo incandescente de sus acabados, y los Mount Kimbie más luminosos y accesibles. Llegaban al Primavera Club como uno de los nombres más a tener en cuenta del cartel, y salen de él como la confirmación del nuevo pelotazo que son: dando la sensación de ser una banda más que consolidada formalmente, y con una propuesta musical y escénica muy pulida y muy bien presentada. Están en su punto para entrar en el circuito de festivales grandes. (Pablo Luna)

4. EMPRESS OF

Empress Of

Con Lorely Rodriguez, todo parece cocerse a fuego lento. Larga ha sido la espera entre su aparición, allá por 2012, hasta la publicación de su debut formal, el fascinante Me que acaba de ver la luz; igual que algo titubeante e inseguro fue el arranque de su concierto en el Primavera Club, uno de los más esperados de esta edición y de los que se van a recordar con el paso de los años. Que Empress Of tiene madera de estrella es algo que queda claro al ver cómo despliega canciones increíbles como ‘Everything Is You‘, ‘Need Myself‘ y ‘Kitty Kat‘ encima del escenario, clavando los delicados registros vocales dignos de las armonías femeninas de Dirty Projectors mientras se ocupa de algunas programaciones (va bien secundada por un batería y otro acompañante a los sintetizadores) y trata de llenar el escenario con su presencia. Con todo, uno se queda con la sensación de que todavía está en construcción: en movimientos ni se acerca a la abrumadora presencia de esa FKA twigs con la que resulta inevitable compararla en todos los aspectos, y algunos temas de Me todavía necesitan algo más de recorrido para explotar en directo (tendremos una nueva oportunidad de verla en noviembre, cuando teloneará a Purity Ring en Barcelona y Madrid). Pero, usando una ya célebre frase, Empress Of va despacio porque va muy lejos. (Aleix Ibars)

3. SHURA

Shura

Con Shura no cabe el más mínimo resquicio de duda: llegará exactamente a dónde ella quiera porque lo tiene prácticamente todo para triunfar. Solo es cuestión de tiempo. Entre otras cosas, debido a que más allá de que la presenten como la nueva apoderada del pop, soul y r&b en las islas, la rusa –británica de adopción– Alexandra Denton anda sobrada de algo mucho más importante que unas simples y dilatadísimas etiquetas: tiene carácter genuino, mucha personalidad, y aparte de creer en lo que está haciendo, no tiene miedo de ser ella misma. El suyo del sábado fue un concierto pleno; breve pero intenso, y lo suficientemente variado y rico en recursos como para apreciar la versatilidad y el talento compositivo e interpretativo de esta joven artista. Su expresión estética, en el centro de un entramado de teclados, cuerdas secundarias, percusiones digitales y aparatos de todo tipo, mira de frente al revisionismo ochentero más reciente, pero con deliciosas internadas en el dreampop cuando ella misma coge la guitarra. Pero también tiene piel de productora de moqueta, como la versión más desatada y en femenino del primer Youth Lagoon. Por otro lado, es cierto que exhibe determinados gestos vocales que remiten a la seducción típica de la música negra, y que el sombreado electrónico de las atmósferas que crea bebe claramente del synthpop, pero no son más que acentos mutantes de un estilo muy personal y tremendamente permeable a infinidad de influencias. Con una actuación sobresaliente en un escaparate de nivel como es el universo Primavera, Shura se ha postulado como una de las propuestas más ilusionantes de esta nueva temporada. (Pablo Luna)

2. LUBOMYR MELNYK

Lubomyr Melnyk

En este nuevo Primavera Club, la presencia de un señor ucraniano de 66 años, barba gris y filosofía abraza-árboles se convirtió automáticamente en uno de los reclamos más interesantes del festival. Y pese a una trayectoria que se remonta a los años 70, y a ser considerado un auténtico innovador del piano, creador de lo que él llama «música continua» y con méritos como haber sido reconocido como el pianista más rápido del mundo, Lubomyr Melnyk se presentó ante el público de la sala Apolo con la humildad de un recién llegado, como si fuera uno de esos jóvenes valores en los albores de su carrera. Pocos expertos en música clásica y contemporánea debía de haber en la sala, y en realidad era lo de menos, porque si algo dejó claro el recital de Melnyk es que su música es para sentirla, independientemente de si uno comprende exactamente lo que está pasando o no. Por eso se molestaba en explicar, con sencillez, pasión, y en ocasiones hasta humor, los pormenores de cada una de las canciones antes de interpretarlas. Por eso cuando se sentaba al piano cerraba los ojos y dejaba que su piano y sus movimientos corporales hablaran por él durante los largos minutos en los que cada composición se desarrollaba. Por eso daba la sensación de que tocaba con más emoción que técnica, aún siendo conscientes de que es un portento en el segundo aspecto. Por eso el espectador quedaba hipnotizado por el río incesante de melodía que salía del piano como si brotara directamente –a través– del intérprete, y uno podía cerrar los ojos y dejarse llevar, o quedarse embobado mirando el reflejo de las teclas del piano en su tapa, o intentar capturar lo que estaba sucediendo observando al pianista mientras se comunicaba a través de su música. «Your whole body plays the music«, dijo en una de sus maravillosas introducciones, y de igual manera que el suyo la interpretaba, el nuestro la recibía, llevando a cada uno a un lugar distinto. No se puede pedir más. (Aleix Ibars)

1. ALGIERS

Algiers

De Algiers se esperaba un buen concierto, quizá incluso el mejor; pero pocos imaginaban que sería semejante terremoto musical. Puestos a comparar, podrían ser el resultado de una mezcla forzosa entre Charles Bradley y HEALTH; una carrera histérica en círculos, al estilo Mad Max, por el perímetro más cercano a la locura; o como si un complejo industrial entero, con el vozarrón de Franklin James Fisher como estilete, tratase desesperadamente de interpretar a su manera la música negra. Porque este cuarteto de Atlanta simboliza de alguna forma el punto de encuentro entre el espíritu mecanicista de Detroit y el animista del Mississippi, rebotando siempre con rabia visceral desde los extremos del post-punk oscuro al góspel, del noise al soul, o desde el R&B más sucio al efecto psicodélico de una electrónica experimental enmarañada en un montón de pedales. Un híbrido, rastrero pero poderoso, que resuelve sus conflictos existenciales internos a base de bofetadas estilísticas brillantes. Abrasivos y vehementes, tanto individual como colectivamente, hicieron gala de una elegancia taquicárdica y de plomo en el cierre del festival en Apolo, con un flow impresionante cargado de bilis y credo criollo que tuvo en vilo y en júbilo al público durante toda la actuación. En ocasiones golpeaban el suelo brutalmente a modo de percusión, con las manos y con los pies; en otras se gritaban cosas entre ellos, o directamente cantaban fuera de micro como desafiando al personal; todo como parte de un espectáculo salvaje pero de perfecta ejecución, en el que el rugido de las guitarras fue toda una constante, así como los ritmos asfixiantes de una batería enorme. Lo mejor: la apertura imparable con ‘Black Eunuch’, y el momento intenso de ‘Games’, con un Fisher absolutamente portentoso como solista. No es que prometan, es que ya son una gran banda; con un impresionante directo. (Pablo Luna)

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Foto. Pablo Luna   Festivales
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