21/09/2015

¿Hay motivos para patalear cada vez que anuncian una gira y ves el precio? ¿Quién tiene la culpa de que no se llenen las salas o de que no venga tu grupo preferido: el gobierno, el promotor o tú? Reflexionamos sobre ello.

Es algo que ya me venía rondando la cabeza desde hace tiempo, pero hace unas semanas lo vi claro en el concierto que las gentes de CaixaFòrum Barcelona organizaron con Laurel Halo y Throwing Snow. Como es habitual en ellos, la entrada costaba 3 euros (6 si no eres cliente de La Caixa pero, ¿quién no lo es o no conoce a alguien que lo sea?). Unos amigos las compraron el día antes, lo que me hizo intuir que desde luego no se iban a agotar. Y una vez ahí dentro, comprobé que sí, había mucha gente, pero no sólo no estaba completamente lleno y aún se podían comprar entradas en la improvisada taquilla, sino que en la suerte de entreacto y cuando ya empezó la de Michigan, había aún bastantes personas fuera charlando y apurando el cigarrillo. Estamos hablando de dos potentes reclamos del Sónar de Día de 2014. Ella ya ha editado dos álbumes que van del notable al excelente (su debut, Quarantine, fue de lo mejor de ese 2012); el londinense es uno de los talentos pujantes de la escena electrónico y apuesto un riñón que dará mucho que hablar pronto. Los organizadores, Delicalisten, ya han traído grandes nombres como Fuck Buttons, Julia Holter, Diamond Version o Vessel. En un festival nos pegamos hostias por verlos, pero ahí que casi es gratis, nada. Eso sí, los conciertos gratuitos del BAM, bien llenitos de cotorras.

Este me parece el caso más sonado de que las quejas de los precios de los conciertos no tienen fundamento (buena parte de las veces). Es decir, si te ponen algo interesante que te cuesta lo que una cerveza y no vas, es que aquí hay un problema. Más teniendo en cuenta que estos artistas, si no fueran al DNIT, un evento que imagino que está bastante subvencionado por La Caixa –sino no se explican estos precios–, costarían el triple o más. Pero prosigamos. Hace unos meses Primavera Sound anunció la actuación de Sufjan Stevens en Barcelona y Madrid en salas con butacas y buena acústica por 46 euros y las redes sociales se incendiaron. Veamos, estamos hablando del artista que seguramente para muchos haya sacado el disco del año. ¿Pero acaso no nos acordamos cómo salimos flotando de sus conciertos en el Primavera hace cuatro años diciendo a la salida que eso no era el concierto del año, sino de los mejores de nuestra vida? ¿No se merece el que sea posiblemente uno de los artistas indie más importantes del siglo XXI cobrar un precio que no parece para nada desproporcionado? Y, además, te trae a Austra como telonera.

Siguiendo con los conciertos organizados por Primavera Sound, lo cierto es que nos hemos topado con casos de todo tipo. Quizá fueron algo exagerados esos 38 euros que cobraron por The xx en el Poble Espanyol, teniendo en cuenta que unos meses antes en La Riviera costó 10 euros menos. Pero ahora nos hemos encontrado con un caso inverso. Beach House costaron en 2013 27 euros y en los conciertos que ofrecerán el próximo noviembre costarán 2 euros menos cuando es evidente que su popularidad crece y crece con cada disco que editan (a pesar de que este último haya sido vendido como una vuelta a los orígenes que se desmarca del contexto comercial en el que existen). La promotora barcelonesa acostumbra a traer muchos grupos que, realmente, si no fuera por ellos, no vendrían por aquí. Y aunque se hayan olvidado últimamente de las ofertas por comprar las entradas en el Portal, siguen ofreciendo precios razonables. Kurt Vile y Waxahatchee por 22 euros no parece, desde luego, una cifra desorbitada. Como tampoco cuando trajeron a Craft Spells hace unos meses gratis si tenías la tarjeta del PS. Por no hablar de los ofertones de la tarjeta Apolo 113 que, por ejemplo, te permiten ver a una de las grandes de este 2015, Lower Dens, por 9 euros.

Luego tenemos el caso de promotoras más pequeñas que asumen más riesgos como es el caso de Cloudy Dog. En los pocos años que llevan de vida han apostado por artistas como Patrick Wolf, Purity Ring, Angel Olsen, St. Vincent, Owen Pallett o Future Islands. Se han caracterizado siempre por sacar un pequeño pero suficiente cupo de entradas a precio reducido. Suficiente, decimos, porque si estás atento a la actualidad musical, te puedes hacer con él sin problemas. Con esa política de precios ajustados y grupos que, por lo general, no gustan a toda la raza humana pero, misteriosamente, abarrotan festivales, han conseguido mantenerse a flote, pese a que alguna vez han estado a punto de cancelar un concierto porque se había vendido un número de entradas irrisoria (no diremos cuál, pero basta para dar a la idea de lo que cuesta traer a tu banda favorita y no perder dinero por el camino). En una situación parecida está Cooncert, promotora de conciertos bajo de demanda, que según comentaron en sus inicios, el primer cupo de entradas era para cubrir costes, es decir, que en la mayoría de casos no es que obtengan beneficios ni mucho menos. Ya no digamos enriquecerse. Gracias a ellos hemos podido ver a James Vincent McMorrow justo antes de petarlo, Cold Specks, Other Lives Ólafur Arnalds sin tener que quedarnos pobres. Su original propuesta y su valentía ha sido premiada de algún modo en el sentido de que han podido colaborar con entidades más potentes como el Grec para tirar adelante sus propuestas y, también, hacerlas más ambiciosas.

¿Pero qué es lo que determina la entrada de un concierto? Es muy sencillo quejarse del precio sin ni siquiera detenerse a analizar los factores que influyen en el número final. Veamos: primero de todo tenemos al grupo, que cobra un precio normalmente cerrado (lo que se conoce como caché) y que a su vez tiene que repartir entre sus miembros, incluyendo el manager o acompañantes como el técnico de sonido (si es que llevan). Ese número es el que marca la base, pero a eso el promotor le tiene que añadir el alquiler de la sala, así como el del equipo de sonido, y el coste de la promoción del concierto. Con esa suma total del gasto que supone celebrar el concierto en una fecha concreta (ya no para ganar dinero con él, simplemente para no perderlo), luego tiene que calcular el precio de la entrada en función del aforo de la sala, teniendo en cuenta que un 21% de ese precio irá a parar a las arcas públicas en forma de IVA, y otro 10% (generalmente) a la SGAE en derechos de autor. El encaje es fácil de hacer en la teoría, pero enormemente difícil de cuadrar a la práctica.

El problema en esencia viene de que la industria de la música en directo en salas está más desarrollada y es más competitiva –es decir, hay más público y más acostumbrado a pagar– en otros países europeos, por lo que muchos artistas no quieren rebajar sus cifras para poder visitar ciudades españolas sin que sus promotores pierdan los pantalones. Muchas veces, son los propios promotores los que renuncian a programar a los grupos por la imposibilidad de cuadrar las cuentas ya de entrada, en el mejor de los escenarios posibles. La única solución –al menos de cara al público– pasa por los patrocinios de marcas, que en ocasiones han propiciado que la entrada para el concierto de un mismo artista cueste considerablemente más en Barcelona que en Madrid. Pero en los tiempos que corren no es en absoluto fácil conseguir patrocinios de estas características, y eso abre otro debate, el del papel de las marcas en la cultura, mucho más ideológico y profundo.

A estas alturas de la película ya sería ridículo e inútil defender a las promotoras por la sangrante subida del IVA, pero es una realidad que está ahí y que, hasta que otros gobernantes más interesados en la cultura no lo remedien, será un lastre que nos perjudicará especialmente a nosotros al impedirnos ver según qué grupos por su difícil viabilidad económica. La culpa es de los políticos, sí, pero también nuestra. Si nos descargamos discos a cholón o los escuchamos en plataformas de streaming, qué menos que gastarnos ese dinero que nos ahorramos en ir a conciertos. No es un reproche, es el signo de los tiempos. Y si todos estos argumentos y datos no convencen siempre hay algo que es aún más efectivo: si te parece caro un concierto, no vayas. Así de simple. Nadie obliga a ir. El promotor de turno pone el precio, sí, pero tú eres el que debes decidir qué valor darle a tal o cual concierto. Eso sí, con algo en mente, cuando cierren las salas o en la próxima gira no venga tu grupo favorito haz el favor de no quejarte.

Publicidad

Foto. Pablo Luna Chao   Opinión
Publicidad