21/08/2015

Artículo de opinión a raíz de la polémica generada por la cancelación (y posterior rectificación) del concierto de Matisyahu en el festival Rototom Sunsplash 2015.

Ha sido una de las noticias de la semana: el festival de reggae Rototom Sunsplash de Benicàssim, que está teniendo lugar estos días en la localidad valenciana, cancelaba el pasado sábado 15 de agosto la actuación del artista estadounidense Matisyahu (anunciada en abril) debido a que el artista, judío, no se había pronunciado al ser interpelado por el propio festival sobre su postura acerca de las políticas de Israel con respecto a Palestina y su opinión “a favor de la paz”. El festival le había solicitado su postura sobre el conflicto al ser a su vez amenazado por la organización BDS País Valencià (Boicot, Desinversiones y Sanciones “contra la colonización, el apartheid y la ocupación israelí”) por el hecho de contar con Matisyahu en su cartel. Matisyahu no se manifestó hasta dos días después, diciendo en su perfil de Facebook que apoyaba “la paz y la compasión para todas las personas”, que la política no tiene espacio en su música, y que consideraba “horrible” y “ofensivo” que intentaran que hiciera una declaración política para poder actuar.

Su concierto quedaba, por tanto, cancelado, calmando así las amenazas de boicot del BDS pero a su vez desatando las protestas del otro bando, desde la Embajada de Israel al Ministerio de Asuntos Exteriores español, pasando por la multitud de mensajes en las redes sociales e incluso una denuncia de Manos Limpias al festival por “coacciones a Matisyahu”. Lejos de dejar enfriar el asunto, y en un intento de diálogo y comunicación loable –si bien bastante ingenuo–, la organización del festival, representada por su director Filippo Giunta, primero intentó argumentar la cancelación, y días después rectificó totalmente la decisión: hace dos días invitaron de nuevo a Matisyahu a actuar en el día que originariamente estaba programado (esto es, mañana sábado 22 de agosto), admitiendo “su equivocación, fruto del boicot y de la campaña de presiones, amenazas y coacciones promovidas por BDS País Valencià“. Hasta el momento, Matisyahu no ha contestado (ACTUALIZACIÓN: El festival acaba de confirmar que finalmente sí actuará).

Actúe finalmente en el festival o no, el asunto ha reavivado el debate, cada vez más presente, de la incidencia de la política en la música. Especialmente cuando se trata de artistas que a priori no hacen bandera de sus convicciones políticas, como es el caso de Matisyahu. El boicot propuesto por la rama valenciana del BDS se basaba en la postura personal, raramente expresada en público, del músico, conocido durante años por haber practicado el hasidismo, “interpretación ortodoxa del judaísmo que destaca por la minuciosidad de los mandamientos que la regulan”, que le hacía visiblemente reconocible por la larga barba. En 2011 se la afeitó por completo y anunció que dejaba atrás esa fase de su vida religiosa.

Sea como fuere –porque el hasidismo no implica de entrada ninguna postura política–, el BDS desgranaba en su alegato las pocas veces que Matisyahu se ha manifestado públicamente a favor de Israel: bien actuando en algunos festivales o eventos pro-sionistas y de apoyo al ejército Israelí, bien estallando en momentos muy puntuales sobre episodios como el Ataque a la flotilla de Free Gaza en 2010, donde murieron diez activistas a manos del ejército de Israel (“Estoy flipando con la cobertura mediática tan parcial”, dijo, ya que durante el episodio se encontraba en Inglaterra. ”Trajeran o no ayuda humanitaria esos barcos, las aguas pertenecen a Israel, está acordado internacionalmente”). Obvian, incomprensiblemente, el que posiblemente sea el episodio más evidente y público: un tuit de 2011 en el que Matisyahu comparte un vídeo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel en el que su viceministro explica sin tapujos la versión israelí del conflicto territorial, histórico y político de la zona. Todos estos episodios están recogidos en este post, con sus correspondientes links.

Resumiendo, resulta innegable que Matisyahu es más o menos favorable a la posición de Israel en el conflicto, si bien apenas lo expresa públicamente y resulta evidente que no lo evidencia en sus canciones, sea por el motivo que sea, amén de por tanto tampoco expresar si tiene simpatías por el otro bando o matices en su apoyo (uno puede ser pro-Estados Unidos y no apoyar la guerra de Irak ni Guántamo perfectamente, ¿no?). “Solo soy un músico”, suele repetir cuando le preguntan al respecto.

La pregunta de rigor entonces es: ¿le hace esto merecedor de un veto? ¿En qué momento una opinión pasa de ser respetable a censurable o boicoteable? ¿Cuando implica apoyo económico, por ejemplo? ¿Cuando se es un personaje público? ¿Acaso no somos todos –los que tenemos un perfil de Facebook, de Twitter, de Instagram– personajes públicos hoy en día? Son preguntas reales, sin ninguna intención ni connotación. El debate es largo y complicado, y yo no tengo las respuestas. Irónicamente, la rama valenciana del BDS reconoce que no ha obrado siguiendo al pie de la letra las directrices globales de la Campaña Palestina para el Boicot Cultural y Académico de Israel, en las que se propone boicotear a las instituciones y no a los individuos, salvo que se trate de “un artista/escritor individual” que tenga una “complicidad clamorosa” con las leyes internacionales. No parece exactamente el caso. Pero bueno, eso es anecdótico porque el mal ya está hecho.

La pena es que estos casos abren la puerta de par en par a los extremismos, que en este caso han surgido de ambos lados: iniciado por el BDS con la amenaza de boicot, avivado por el festival al tratar de mediar con resultados desastrosos (luego rectificados), y replicado por una comunidad pro-Israel mucho más establecida e institucionalizada a todos los niveles, el asunto refleja las peores características del conflicto real, en el que ningún lado parece querer salir del blanco o negro. Ni el Rototom es pro-sionista por programar a un artista como Matisyahu, ni es antisemita por cancelarlo tras las presiones: hay tonos, motivos, argumentos, profundidad. Y demasiadas veces brillan por su ausencia. Especialmente llamativa fue la editorial de El País al respecto, calificando la cancelación de “discriminación inaceptable” sin apenas pararse a valorar nada, dejando a la vista todas las costuras del medio, que ni siquiera se pronunció sobre la cancelación, por ejemplo, de un concierto del grupo vasco Soziedad Alkoholika en Madrid el pasado mes de marzo por parte del Ayuntamiento de Madrid por motivos claramente políticos.

¿Votamos a políticos que son extremadamente ambiguos en miles de cuestiones sensibles, y ahora exigimos a los músicos posturas claras y meridianas sobre temas en los que decir blanco o negro supone dejarse los matices en casa? No lo sé, quizá debería ser así, puede ser, pero entonces estamos abriendo la puerta a que empiece el escrutinio público a cualquier artista o formación sobre conflictos políticos, bélicos o sociales en todo el mundo y a lo largo de toda la historia. Una cosa es manifestarse públicamente a favor o en contra, conscientemente de lo que se está haciendo, y la otra que se ponga el foco sobre todo. Porque este episodio deja claro que, para algunos sectores, evitar pronunciarse sobre algo –o apenas hacerlo– supone unirse al otro bando.

Al final, conviene no perder de vista que por mucha vocación, mucho romanticismo y mucha creatividad que haya en este arte, esto no deja de ser la forma de vida para muchos músicos. Un trabajo, vaya. Maravilloso y afortunado muchas veces, pero también exigente y desagradecido muchas otras. Y que por tanto tiene una capa profesional –pública– y otra personal –privada–, y que la profesional suele ser la primordial. Es evidente que si un artista se dedica a hacer bandera del holocausto, dedicarle canciones a Hitler y promulgar el odio contra los judíos será condenable a todos los efectos y a todos los niveles, pero apoyar ciertos aspectos –poco esclarecidos– de un país con muchas sombras no implica necesariamente estar totalmente a favor de unos y en contra de otros.

Al mismo tiempo, exigirle al artista que clarifique su postura públicamente le sitúa en una encrucijada de la que solo puede salir perjudicado. Especialmente si lo que ha intentado todo este tiempo es mantenerse al margen.

Vivimos una época en la que la responsabilidad y la integridad de cada uno –especialmente si uno es un personaje más o menos público– está a la vista, está sujeta al escrutinio constante del público, tanto para bien como –especialmente– para mal. ¿Pero quién marca la línea? ¿Qué opiniones, declaraciones, posicionamientos son amparables en la libertad de expresión y de culto? ¿Una opinión en privado también es censurable, o solo cuando se hace pública?

El pasado mes de junio vivimos el caso de Ten Walls, productor lituano que tras firmar uno de los hits electrónicos de 2014 con ‘Walking With Elephants’, arremetió en su perfil de Facebook contra los homosexuales, comparándolos con los pedófilos entre otras lindezas. Inmediatamente fue fulminado de todos los festivales en los que estaba programado (entre ellos el Sónar), se quedó sin discográfica ni agencia de management, y tras un mensaje de disculpa eliminó toda su presencia en las redes sociales. Ten Walls tiene ahora mismo la carrera arruinada, y si vuelve a producir música será o bien dentro de mucho tiempo o bien bajo un pseudónimo. Por supuesto que fueron declaraciones repugnantes, injustificables y las reacciones fueron las que tenían que ser. ¿Pero ya está, nos quedamos aquí? ¿No hay opción a réplica, a la rectificación, deja de existir para siempre? ¿Ser mala persona o tener ideas injustificables te invalida completamente para seguir existiendo? Repito: no son preguntas retóricas, son preguntas en voz alta.

Curiosamente, al otro lado tenemos a Mark Kozelek (Sun Mil Moon), uno de los personajes más desagradables que he tenido la oportunidad de ver encima de un escenario. Un genio componiendo música y canciones en las que su cinismo extremo queda encajado poéticamente y se convierte en un delicioso costumbrismo, pero que pierde toda la magia cuando el tipo se sube a un escenario y arremete contra todo, bien contra otros músicos, sus propios fans o lo que se le cruce. A Kozelek, en cambio, le reímos todas las gracias. Bueno, quizá no todas pero casi todos. En él sí que se separa la persona del músico. ¿Por qué? La rajada contra Adam Granduciel de The War On Drugs al menos fue entre iguales, y podía tener un tono jocoso pese a resultar extremadamente maleducado, pero el reciente episodio con la periodista británica Laura Snapes, a la que llamó “zorra” desde el escenario y acusó de querer acostarse con él y tener sus bebés por haberle hecho una entrevista, debería haber generado una oleada de repulsa que, en general, no provocó. ¿Por qué en su caso separamos el artista del personaje, y no en el caso de Ten Walls o (por parte de un sector) Matisyahu?

Y eso sin entrar en terrenos pantanosísimos como los de la aceptada e incluso celebrada misoginia en el hip hop, o el propio caso del Rototom –de nuevo– este año con el artista jamaicano Capleton, que ha actuado en el festival pese a contar con letras anti-gays entre sus canciones (firmó en 2007 lo que se conoció como Reggae Compassionate Act, aunque al parecer siguió cantando dichas canciones después).

Volviendo al asunto Matisyahu, con su “rectificación” el Rototom Sunsplah no ha hecho más que hurgar en la herida: ya cuenta con la enemistad de ambos bandos, y lo que parece pretender es recuperar al menos la del artista (algo que dudo que suceda) y la reputación a nivel público, atacada por todos lados debido a su pésima gestión del asunto. Pero en algo tiene razón su director: “en este asunto salimos todos derrotados”.

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