25/07/2015

Crónica del concierto de la islandesa en Barcelona. ¿Un concierto para quién?

Sin concesiones. Exigente. Catártico (para ella). Björk volvió a actuar anoche en Barcelona tras más de una década sin hacerlo (tardará en olvidarse su cancelación en el Primavera Sound 2012), y seguramente no fuera el mejor momento de verla para todos aquellos que no habíamos podido hacerlo en ocasiones anteriores –célebremente en 2001 en el Liceu y 2003 en el Sónar–. Porque los adjetivos que abren este texto se quedan cortos para definir el concierto de ayer. La artista islandesa presentó, eso ya lo sabíamos, Vulnicura, su trabajo publicado este año en el que por una vez no nos transporta a otro universo sino que nos abre la puerta al suyo, en el que disecciona el después de una dolorosa ruptura amorosa y vital, la suya con su pareja tras 13 años de relación. Lo hizo acompañada por una numerosa sección de cuerda, por su nueva mano derecha como es el productor venezolano Arca (productor de Vulnicura; que, por cierto, después pinchó en un club de la ciudad) y por el percusionista austríaco Manu Delgado. Sonido sinfónico, bases retumbantes de electrónica futurista, y predominio de la voz y la emoción de la protagonista por encima de todo en una noche en la que no faltaron los fuegos artificiales y en la que sí brilló por su ausencia cualquier composición que no fuera de su último disco o rescatada de los espacios remotos de su discografía.

Bjork-3

Hasta aquí los hechos del concierto de Björk de anoche en Barcelona. Ahora ya puedo decirlo: no me gustó. Mejor dicho, no conecté con el relato conjunto de Björk, que por otro lado es lo que entiendo que la islandesa pretendía hacer: una suerte de concierto conceptual alrededor de su último disco y de toda su sonoridad y temática, algo probablemente necesario, imprescindible, para ella y su concepción artística (ver esta entrevista) pero en repetidas ocasiones impenetrable para el público allí presente. Por supuesto que ella es la artista, y que no debería ni siquiera saber que llevaba años sin actuar en Barcelona, y ni mucho menos articular su setlist alrededor de ello –no se le puede pedir a Björk un concierto de greatest hits–… pero algún guiño se hubiera agradecido. Incluso puede ser síntoma de vitalidad artística el hecho de olvidarse del pasado, pero no lo es tanto que el vínculo con el público, que al final tiene que ser el receptor de lo que se está comunicando, acabe atascado. No dudo que hubiera una cantidad importante de público que saliera maravillado del concierto, en gran medida por el estatus de diva y de fenómeno místico que desprende Björk (ayer se aplaudieron a rabiar sus bailes en escena, sus constantes “¡Gracias!” –qué ridiculez celebrar que un un músico te dé las gracias–,), pero tampoco me extrañaría que hubiera una notable mayoría de desubicados, de desconectados. Björk firmó un concierto para una minoría.

Y no se confundan: me gusta Björk. No soy de aquellos fans que sabrán reconocer cualquier cara B de su discografía pero escucho discos como Homogenic, Vespertine y Debut y tengo que reprimir las emociones (y no es algo que me suceda a menudo). Me refiero a que mi predisposición era excelente, sabía que no iba a ser un repaso a su discografía y que aquello iba a requerir atención. Pero ayer me faltaron sitios a los que agarrarme, puntos de referencia: la sonoridad del concierto fue tan uniforme, la duración de sus canciones tan extensa, que no solo requería de una concentración extrema (algo que, probablemente, no tenga su mayor aliado en un Poble Espanyol al aire libre con parejitas haciéndose fotos y vendedores ambulantes de cerveza navegando entre el público) sino también de una inmersión previa, y profunda, en su último disco. Y también, claro, me faltaron (algunas) canciones que transmitieran más. El espectáculo visual, por otro lado, no había por dónde cogerlo: lo de alternar videoclips ya publicados con imágenes de insectos y piezas que parecían sacadas de la app de Biophilia no tenía coherencia alguna, y sorprende viniendo de una artista como ella. Y me perdonarán, pero los fuegos artificiales (especialmente los aéreos, no tanto los del propio escenario), mejor en una fiesta mayor o en un concierto de David Guetta. Aunque eso es anecdótico.

Bjork

Claro que hubo momentos emotivos y emocionantes: resulta imposible no sucumbir al lamento desesperado de ‘Black Lake’, a la apoteosis instrumental –en comparación con el resto– de ‘Quicksand’, al vibrante descenso de ‘Wanderlust’, al rescate –si bien readaptado– ‘Come To Me’, o a ese inicio majestuoso con ‘Stonemilker’. En el resto sobró languidez y faltó músculo, si bien esa es probablemente la descripción a grandes rasgos de Vulnicura (si te lo juegas casi todo a un disco, es el riesgo que corres). Que en el bis, acompañando la bonita ‘One Day’ interpretada en formato íntimo, no se dignara a regalarnos ni siquiera ‘Hyperballad’ (no pedíamos demasiado: la venía tocando en conciertos anteriores de la gira) no hizo sino acentuar la sensación general de la noche: ¿ayer íbamos a ver a la Björk artista con más de 20 años de trayectoria o a la Björk de Vulnicura?

Quizá Björk, además de su petición por escrito al público de no hacer fotos ni vídeos para “disfrutar de la actuación” (algo que muchos se pasaron por el forro, por otro lado), también debería haber advertido de que había que estudiarse Vulnicura –no solo eso, sino forzarse a adorarlo– para, también, salir maravillado del concierto.

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Foto. Francesc Fàbregas (cortesía de Live Nation)   Conciertos
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