23/07/2015

Crónica del evento ideado por Vernon en su localidad natal, en el que tocaron Bon Iver, The National, Sufjan Stevens...

La figura de Justin Vernon es de sobra conocida desde que en 2007 saliera de esa cabaña de Wisconsin con un disco irrepetible como For Emma, Forever Ago, del que restan pocas cosas por decir pero al que nunca nos cansaremos de volver. El resto, como suele decirse, es historia, destapando de esta forma un personaje de talento infinito como Vernon, capaz de combinar el éxito a nivel prácticamente masivo con la autenticidad y la fidelidad a sus valores, y un carácter lo suficientemente humilde como para empezar desde cero en proyectos paralelos como Volcano Choir o The Shouting Matches. Pero más allá de la leyenda que se ha forjado Justin Vernon en estos años, y más allá de la incógnita que rodea el nuevo disco de Bon Iver, hay que reconocer que el festival Eaux Claires era toda una incógnita. Una incógnita avalada por el buen gusto de Mr. Vernon, acompañado en todo momento por el de Aaron Dessner de The National, pero al fin y al cabo una suerte de salto al vacío. ¿Un festival ideado por dos músicos de fama mundial y ubicado en una remota localidad de unos 70.000 habitantes en Wisconsin?

Las premisas estaban muy claras: el Eaux Claires Music & Arts Festival quería traspasar la barrera de los escenarios, crear una comunión entre arte, música, naturaleza y gente. Mezclar nombres consagrados como los de Bon Iver, The National, Sufjan Stevens, Spoon y The Tallest Man On Earth con instalaciones, propuestas artísticas, bandas desconocidas y un entorno natural como el de Eau Claire, la ciudad natal de Justin Vernon. Situada en Wisconsin, en el Chippewa Valley, ya sea por el frío del largo y duro invierno que te obliga a refugiarte en casa o por algún motivo mágico que se nos escapa, la zona es un vivero de músicos que, a la que asoman los primeros rayos de sol de la primavera, llenan el valle con festivales de todos los estilos: jazz, country, gospel, rock… Y ahora el Eaux Claires, imposible de clasificar en un solo estilo, con el firme objetivo de situar a Eau Claire en el mapa musical de Estados Unidos. Vernon y Dessner lo tenían claro: puede lograrse, pero tiene que ser de forma sostenible, con respeto a los orígenes, evitando el modelo de parque temático y sin dejarse arrastrar por las modas pasajeras. Sin patrocinios, con amor a su gente, a la música, y con ritmo de carrera de fondo.

Eaux-Claires

Este ha sido el secreto del festival. Las cabezas de cartel no han sido las bandas del panorama indie como The National, Sufjan Stevens o el mismo Justin con el primer concierto de Bon Iver en tres años (en el que, además, tocaron dos canciones nuevas), sino todos los vecinos del valle de Chippewa y el propio valle. Nadie faltó a su cita. Se podían ver familias enteras con bebés, abuelos, adoloscentes con hormonas disparadas, seguidores de las bandas (por supuesto)… Todo el mundo desfilando por los tres escenarios (dos de ellos, los prinicpales, en un mismo espacio; el tercero separado por un sendero a través de un bosque iluminado) o simplemente tumbado en el césped escuchando la música con sosiego.

La jornada inaugural empezó con “caloret” (las temperaturas en Fahrenheit dan mucho susto). The Staves, con su último álbum producido por el propio Vernon, defendieron su propuesta (a la hora de la siesta) en un ambiente tan relajado y sutil como su música, asentada en el folk dulce y con el gran atractivo de las voces de sus protagonistas. A la misma hora, el trío Low ofrecía la otra cara de la moneda con sus paisajes oscuros, tenebrosos y aún así bellos en el escenario más alejado. Ese mismo escenario acogería poco después una de las sorpresas absolutas del festival para los neófitos: el derroche energía, voz y vitalidad de Blind Boys of Alabama, una formación de gospel y blues formada por cinco músicos ciegos que, atención, cantaron por primera vez en ¡1944! Su set fue, para resumirlo, una auténtica fiesta. Imposible no bailar con ellos. Aquí el ideólogo del festival hizo uno de sus primeros (y múltiples) cameos en el escenario, acompañando con la guitarra uno de los temas, y demostrando que el cartel había sido escogido con mimo y pasión entre amigos y referentes de Vernon.

Blind-Boys

Tras el ya habitual derroche de voz, intensidad e impecable actitud escénica del sueco The Tallest Man On Earth, que hizo cantar de lo lindo al personal, la atención se centró de uno de los grandes reclamos musicales de la noche, el de los eternos The National. Su concierto empezó con una lectura poética de Michel Perry para dar paso al primer tema de la noche, que Matt Berninger interrumpió a los pocos segundos para empezar de nuevo. La búsqueda de la excelencia de Matt tuvo su recompensa y el concierto de los norteamericanos, como de costumbre, no decepcionó a nadie, seguramente tampoco a aquellos vecinos que escuchaban la banda por primera vez. Luego llegaron los cameos en el escenario de Sufjan Stevens, que acompaño a la banda en tres temas, así como del performer islandés Ragnar Kjartansson (con quien el grupo hizo la perfomance A Lot Of Sorrow), y finalmente, cómo no, de Justin Vernon, que tocó con ellos ‘Solo Show‘ y ‘Terrible Love‘. Colaboraciones todas ellas que ya habíamos visto en otras ocasiones, pero que en este contexto, en este espacio y en este preciso día, cobraron un significado especial. Una exaltación de la amistad, del talento artístico, y del amor por la música.

The National - CJ Foeckler Photography

Ya el sábado, la banda Poliça se encargó de iniciar la jornada liderada por una Channy Leaneagh que lució talento, elegancia y barriguita de embarazo. Con otro estilo, el del folk de raíz más tradicional, las Indigo Girls endulzaron la explanada principal y su público, interpretando al completo su disco Swamp Ophelia, uno de los álbumes favoritos de Vernon, que las convenció para que lo tocaran al completo en su festival. Minutos antes de su concierto niñas de unos 5 o 6 años pintaban carteles donde se podía leer “Amamos a las Indigo Girls”, y probablemente Justin hubiera hecho lo mismo.

A esa hora Sylvan Esso hacían bailar al personal con su adictivo pop electrónico de cariz más bien hedonista, perfecto para quemar algunos cartuchos de energía antes de deshacer el camino del bosque y volver a la explanada principal para el doble surtido artístico que deparaba la última noche del festival.

Sufjan - CJ Foeckler Photography

Primero, Sufjan Stevens. El músico de Detroit, venerado por obras maestras como Illinois y autor de unos de los álbumes más bonitos de este año, Carrie & Lowell, confesó de buenas a primeras algo ya conocido: que no es muy amante de los festivales ni de los conciertos multitudinarios («tengo miedo de pillar la enfermedad de Lyme o alguna enfermedad de transmisión sexual«, dijo concretamente el muy bestia), pero que la experiencia durante el día previo en Eaux Claires le había hecho cambiar de idea. Estuvo muy inspirado (tiene esa cosa zen que da buen rollo) presentando las canciones de su nuevo disco en formato más bien íntimo, y firmó un concierto preciosista teniendo como partenaire la cantante de Brooklyn Dawn Landes, dejando al público en el estado mental perfecto para el clímax final de la noche.

Más de 20.000 personas esperaban con ansia el concierto de Bon Iver, la estrella mundial de la música pero también el vecino del pueblo que haciendo lo que le gusta ha traspasado todas las fronteras. Volvió a aparecer Michel Perry, el autor de Wisconsin, pronunciando esta vez una metáfora sobre la confluencia de fuerzas que son dos ríos, como lo es la música y como lo es la gente. Y empezó el concierto, los aplausos y también algún grito eufórico. Costó no emocionarse…

Bon-Iver-new

A veces cuesta encontrar adjetivos para describir algo, porque simplemente es imposible reproducir lo sentido con palabras. El concierto de Bon Iver en Eau Claire fue de esos. El sonido durante todo el festival fue espectacular, pero, quién sabe si por el silencio o la emoción del momento, este sonó mejor que cualquier otro. Las voces de las tres componentes de The Staves acompañaron a Justin durante un par de canciones, y también los hermanos Dessner, así como Colin Stetson, en otra señal de fraternidad musical de las que ponen los pelos de punta. Los temas clásicos como ‘Holocene‘, ‘Calgary‘, ‘Flume‘ y ‘Skinny Love‘ (que cerró el concierto con la emoción a flor de piel) se extendieron por el Valle Chippewa como la dulce brisa de verano, igual que la primera interpretación en vivo de ‘Heavenly Father‘ (la canción de Bon Iver para la película Wish I Was Here), y la recuperación en directo de la maravillosa ‘Blindsided‘, que no tocaban desde 2008. Detalles que solo contribuyeron a engranceder la mística de la noche, como el estreno de dos canciones nuevas, totalmente inesperadas, casi en el tiempo de descuento.

Todo ello culminado por las palabras de Vernon, a modo de agradecimiento a su pueblo, y de guinda del pastel: “Cuando hay cosas que no entiendes en la vida lo único que tienes claro es que sin amistad, sin unión, no tienes nada”.

Porque el objetivo estaba cumplido: la naturaleza, la música y el pueblo fueron, por unas horas, una misma cosa.

Justin Aaron - CJ Foeckler Photography

Texto: Marina RoCa

Bosque Ambient Ambient - Zoe Prinds

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Foto. Marina RoCa, Mike Diskin, Zoe Prinds, y Cj Foeckler   Festivales
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