22/07/2015

Crónica completa del festival, con Blur, Florence + The Machine, Noel Gallagher, Los Planetas, Portishead...

A los enviados de indiespot nos sucedió una, llamémosla así, catástrofe logística y no pudimos llegar a tiempo para el show de Public Enemy, que provocaba ciertas suspicacias a priori (aunque solo fuera por el llevar 20 años sin sacar material memorable) pero que despertó reacciones muy positivas entre quienes fueron, que lo narraban como una experiencia entre lo circense y el baile desenfrenado. Pudimos entrar para ver terminar a unos Vetusta Morla que llevan girando de forma ininterrumpida y siendo progresivamente más populares desde hace ya siete años. Suponemos que junto a arrasar en el Palacio de los Deportes madrileño, estos son cimas de una carrera sustentada en la conexión emocional con su público (mediante letras siempre un tanto flácidas y pomposas, todo sea dicho, incluso cuando se acercan a la temática social) y una innegable ambición escénica. El suyo es un triunfo trabajado pero discutible en lo musical, aunque es indudable que para un alto porcentaje del festival eran cabezas de cartel.

Qué alegría, qué alboroto, lo de tener ante nosotros la improbable reunión de Franz Ferdinand y Sparks, FFS. Los primeros, uno de los grupos de la generación NME circa 2003 en relativas horas bajas. Aunque conservan mucho público sus últimos álbumes han ido pasando progresivamente más desapercibidos y sus últimas actuaciones españolas parecían más bien desganadas (aquel Primavera Sound 2013…). Los segundos, uno de esos grupos inclasificables, supervivientes del glam, americanos anglófilos y santos patrones de la excentricidad en escena. Juntos se convierten en un combo imparable. Los Franz, henchidos de admiración y orgullo por tocar junto a unos héroes, aportan músculo y energía. Incluso interpretan sus propias canciones con renovado entusiasmo. Los Sparks se dan un baño de masas improbable a estas alturas y tienen un arsenal de trucos (¡ese baile de Ron Mael!) capaz de descolocar incluso a aquellos hooligans que minutos antes de que empezara el show se preguntaban “who the fuck are those Sparks and why are they playing with FF?”.

Portishead

Es complicado saber qué decir de Portishead en el festival. Por una parte, y ateniéndonos a lo estrictamente musical, es innegable que suenan como nadie. Potentes, aterradores en ocasiones, sensuales casi siempre (hasta sus composiciones tardías tienen un extraño, enfermizo deje sexuado). Beth Gibbons sigue siendo capaz de transformarse en una presencia misteriosa de voz arrebatadora. Pero también hay que rendirse a la otra evidencia y es que su popularidad ya no es la que era. Resultaba un tanto desconcertante ver un escenario Las Palmas con montones de gente sentada, charlando, tomándose bocadillos de mortadela o ingiriendo cerveza sobrepreciada sin prestar atención ninguna al escenario. Quizá tenga que ver con el hecho de que llevan ya 8 –¡ocho!– años presentando el –sí, prodigioso, pero todo tiene un límite– Third,  En plena actuación de un teórico cabeza de cartel, la mente de buena parte del público estaba puesta en la joven boyband Bastille que actuaba a continuación. Y no ayudaba que, como obligación contractual, ordenaran que todo el festival se quedara en silencio mientras ellos actuaban. ¿Capricho arty o necesidad artística? Aquí un dilema para el festival, saber cómo orientarse en casos como este.

Empezaron con cierto retraso The Cribs, grupo longevo y con una fiel base de fans en Albión pero que nunca ha acabado de cuajar en España. Lo que ocurre con estos muchachos es que nunca han sido capaces de labrar un repertorio consistente a la altura de su voluntariosa mentalidad DIY y filopunk. El público agradece la electricidad para darse a los siempre necesarios pogos, pero se veían pocos puños en alto y gargantas irritadas por chillar, lo que siempre es indicativo de que algo falla. Como ideal despedida para el festival se erigió, sorprendentemente, Joe Crepúsculo. El ex-Tarántula ha movido su paleta estilística progresivamente del pop lofi (aquel exitoso y bello Supercrepus) a latitudes más bailables, ya sea por la vía del tecno a piñón, la cumbia, electrónica contemporánea o, directamente, cualquier cosa que haga menearse a la juventud. La actitud, plenamente influenciada por las orquestas de pueblo (esos “¡ARRIBA!» constantes), los invitados estelares (el increíble Tomasito, el exfocoforero y director de cine ocasional Nacho Vigalondo) entregados a coreografías bufonescas pero, qué coño, divertidísimas y contagiosas. Crepus fue capaz de convocar el espíritu de rave puro, el de la diversión desprejuiciada y enloquecida. Cerró con un “visca Catalunya” que pilló a contrapié a parte del público.

The Cribs

Hablar del FIB en retrospectiva es reconocer que la fórmula sigue funcionando. Se escuchaban quejas en el camping de un cartel poco atractivo, con “pocas cosas que ver”, y lamentaciones por la triste cancelación del gran Stromae, pero parecía haber consenso en que la experiencia merece la pena. Es un festival que trata de avanzar, que incorpora nuevos géneros y intenta abrir su paleta progresivamente, metiendo la pata a veces y triunfando en otras ocasiones. Las conclusiones económicas hablaban de un aumento del 6% en afluencia y el pueblo parece seguir volcado en su continuidad (la perturbación de ver la playa invadida por cuerpos blanquecinos la compensa el impacto económico sobre el comercio local, aunque la tendencia natural del joven británico medio sea en invertir en el vodka de a 5 euros la botella del Mercadona). Al ver al organizador jefe, el británico Melvin Benn, presencia constante en el recinto, se podía percibir satisfacción. De planes que salen adelante, de triunfo. Por 2-1 y en la ida en casa, pero al fin y al cabo victoria.

Páginas: 1 2 3 4

Publicidad

Foto. Pau Bellido   Festivales
Publicidad