22/07/2015

Crónica completa del festival, con Blur, Florence + The Machine, Noel Gallagher, Los Planetas, Portishead...

Sobre la jornada del sábado, empezar con dos breves reflexiones sobre dos grupos nacionales. La M.O.D.A. son un grupo extraño por su transversalidad, pueden tocar perfectamente en Benicàssim, en el Viña Rock y en el Resurrection. Su herencia folk punk (algo –bastante– aguada, todo sea dicho) y un sentido escénico poco habitual en los grupos hispanos los hacen golosos para programadores. Lástima que sus canciones estén más cerca de los Celtas Cortos que de Against Me! o los Pogues. Más voluntariosos que efectivos. Hinds son harina de otro costal. Han provocado desde el minuto cero reacciones muy extremas (evidenciando en muchos casos el poco sutil sustrato machista de parte de la crítica y aficionados al así llamado indie). También se podría decir que gran parte de su gracia reside, perfectamente, en su nada disimulado amateurismo, en su condición de grupo hecho aquí y ahora que ha aprovechado unas circunstancias muy favorables. El repertorio es efectivo, con dejes a los grupos femeninos de soul sesenteros, canciones con esquemas pimpinelescos hechas con gracia y ligereza. Pero hay algo en ellas que no deja de recordarnos que son una especie de broma de colegio privado, un breve experimento de rock pijo, con voluntad hedonista pero sin urgencia de ningún tipo.

Después de Hinds, pasar a Curtis Harding es poco menos que un shock. Igual que ocurre con los grupos de rock apreciablemente revivalistas, enfrentarse a un concierto de alguien que remite a tiempos pasados es siempre un duro ejercicio. Es inevitable querer comparar con unos originales que proyectan tremenda sombra. Sin embargo, tiene talento, voz, y transmite esa sensación de grupo americano de estar muy rodado, curtido en mil batallas y de tener absoluto dominio del escenario. De haber tocado horas y horas en bares de provincias yanquis, de esos que sirven como decorado a las películas de Steven Seagal. Una versión extática del eterno ‘Ain’t No Sunshine‘ de Bill Withers fue, tal vez, el momento de mayor comunión con un público, que, pese a la tortícolis que garantiza el tercer escenario, disfrutó con él. Al de Michigan ahora le espera seguir desarrollando su repertorio y tratando de escapar del nicho del soul purista, porque tiene madera para el éxito global.

Ay, Los Planetas, ay. La mayor parte de las crónicas hablan y hablarán del triunfo por la vía de la sucesión de hits generacionales y de guiños nostálgicos, rizando el rizo con la aparición de Mendieta en la eterna ‘Un buen día‘. Que lo fue, de triunfo, eso resulta innegable. Pero, ¿alguien se ha puesto a pensar en qué puede sentir en un concierto de los totems (en todos los sentidos posibles) del indie nacional los profanos en sus encantos? Esencialmente, aburrimiento. El discurso de Los Planetas es apelar a los que ya los aman de antemano. Posiblemente algún periodista ya haya utilizado esta imagen antes, pero los granadinos, por mucho que hagan sucesión de hits y eviten sus canciones más hoscas, siguen siendo una misa para gente que viene convertida de antemano, una misa de espaldas y en latín, hostil con el desconocido. Poco impresionante desde el punto de vista musical (salvo Éric, que tampoco tuvo una de sus noches más espectaculares, siguen sin ser gran cosa como intérpretes), siguen ahogando su sobresaliente talento lírico para ocultar las deficiencias como vocalista de Jota. A su público, que se sabe de antemano el repertorio, le da igual, mientras toquen las canciones que les definieron en su tardoadolescencia y que les siguen manteniendo como uno de los grupos más relevantes del panorama nacional actual.

Mendieta

Pocos cabezas de cartel son más cabezas de cartel para el FIB que Blur. Lo tenían todo para venir este año: el disco nuevo que presentar, el tener que tapar un lejano desastre en Benicàssim (2003, la poco brillante gira del Think Tank), su renovada condición de grupo que trasciende lo generacional. Han variado poco su setlist desde su última visita al Primavera Sound, y la incorporación de temas de The Magic Whip es escasa: se dan a la celebración de todo su repertorio exceptuando el majestuoso Modern Life is Rubbish. Es sorprendente su condición como banda. Albarn está prodigioso e hiperactivo, y tal como sucede en su recién presentado LP, los demás miembros hacen de convidados de piedra ante un frontman hipnótico sin perder la comicidad hooliganesca. El concierto aporta poca cosa a quien los haya visto recientemente, pero resultó contextualmente adecuadísimo: su repertorio triunfa entre nacionales y británicos, y atrae por la vía de las entradas de día a un público algo más talludo que viene a rememorar viejos tiempos. Abrumados por la elasticidad de Damon muchos compañeros generacionales daban la impresión de sentir la necesidad de apuntarse el lunes posterior a un gimnasio.

Blur

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Foto. Pau Bellido   Festivales
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