22/07/2015

Crónica completa del festival, con Blur, Florence + The Machine, Noel Gallagher, Los Planetas, Portishead...

El viernes entramos al recinto con La Bien Querida. Otrora la más castiza de aquella generación de cantautoras que los semanarios de tendencias intentaron empaquetar como un todo unitario, siempre destacó por una simplicidad compositiva que suplía con capacidad melódica. O, en otras palabras, destacaba por componer puñeteras canciones de misa. Su progresivo abrazo al tecnopop ha sido un gran acierto, insuflando energía donde antes había indolencia y languidez. La influencia -obvia- de New Order llamó incluso la atención de un par de británicos despistados (que colectivamente, exceptuando en Hinds, volvieron a mostrar el más absoluto desinterés por los grupos hispanos).

Lo de Jamie T produce una de esas recepciones bipolares tan propias de un festival dividido entre dos colectivos tan marcados. Para gran parte del público español no es más que otro “grupo” británico divertidillo e inocuo de esos que lanzaba la NME, como una versión solista de los View o cualquiera de esas bandas semiolvidadas. El público británico le tiene mucho más aprecio, sabe de sus dotes como formidable letrista con acerbo cockney y gusto por la narrativa urbana, que junto a su batiburrillo sonoro inequívocamente londinense (resuenan ecos de los Streets, de los Clash, incluso de unos Specials espídicos) han hecho de su regreso a la escena tras un impás de cinco años un gran éxito. Él mismo agradecía a su público haber contribuido al “mejor año de su vida”, y es cierto que no ha perdido ni un ápice de popularidad: ha conseguido que sus canciones permanezcan en el imaginario popular y se hayan convertido, a la manera del primero de los Arctic Monkeys, en un mito generacional. Jamie parecía consciente de su suerte y no paró de moverse en todo el concierto, vibrante y emotivo.

Jamie T

Resultará difícil que Palma Violets mantengan su posición en los festivales mucho si no dan un paso adelante necesario en lo musical. Indagar más allá de las poses copiadas a los Libertines (el enfoque punkoide, la tensión pseudoerótica entre los dos líderes del grupo) es darse de bruces con un repertorio preocupantemente plano, que, aún enfocado con cierto músculo y buena voluntad resulta bastante deficiente, incluso para sus sufridísimos oyentes compatriotas. Precisamente durante el concierto de estos nuestros bisoños vecinos británicos compraron a un dealer local un pequeño cargamento de MDMA sospechosamente barato que, por supuesto, jamás hizo efecto alguno. Es bonito pensar que alguien vagaba por el festival ofreciendo pastillas Juanola a ingleses jóvenes en búsqueda de nuevas experiencias.

Qué decir de Noel Gallagher a estas alturas. Soy de los que opina que su repertorio en solitario no está a la altura ni de los más dudosos momentos de Oasis (de hecho, me recuerda preocupantemente a la definición que dio el mismo Noel de los discos de Adele: “música para putas abuelas”). Pero en directo es harina de otro costal. Se ha ganado su lugar en el pabellón de las leyendas, a la altura de una muy comparable como es Paul Weller, pero, al contrario que este, no parece avergonzado de los momentos de gloria de su carrera y no dejó de alternar sus canciones más potables en solitario con clásicos de la banda madre. Y qué decir. Cuando tocaba ‘Digsy’s Dinner‘ o ‘The Masterplan‘ aquello devenía romería a las cinco de la mañana, abrazo colectivo y Singstar: Britpop para las masas. Nadie le puede echar gran cosa en cara: con una puesta en escena sorprendentemente poco ególatra (los High Flying Birds casi chupaban más cámara que él) puso patas arriba el festival. Como era previsible, dejó la mayor carga de profundidad para el final. ¿Han visto alguno de esos videos que rondan youtube anunciados como “amazing crowd massive singing”? Éramos nosotros cantando ‘Don’t Look Back in Anger‘, la de Sally, la que empieza como ‘Imagine‘ pero es mejor y menos cursi.

Sabíamos que Godspeed You! Black Emperor andaban por el segundo escenario, pero sin ser los canadienses santo de nuestra devoción aquello resultaba un tanto desangelado, por cantidad de gente y por un volumen que intentaba abrasar y se quedaba en un “turn it to eleven” de escuela de arte. Preferimos ir, como el españolito medio (y el británico medio, y, básicamente, todo el mundo) a contemplar la pirotecnia de The Prodigy. Convertidos en habituales del circuito de festivales españoles, cualquier factor sorpresa se ha disuelto a estas alturas, pero a cambio ofrecen diversión fácil. Lejos quedan ya aquellos videoclips asustaviejas de los 90. No resultan transgresores, pero sí ciertamente graciosos, en el buen sentido, y entretenidos. Su show es eminentemente físico y de interacción, buscando tanto el baile histérico como directamente el pogo. Buenas hostias fueron repartidas a lo largo de un setlist que demuestra que confían, y mucho, en sus dos últimos LPs, y que, sorprendentemente, han resistido el cambio generacional: aún gustan a la gente de 18 y 20 años.

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Foto. Pau Bellido   Festivales
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