08/07/2015

Crónica de la segunda edición del festival, con The War On Drugs, 'Fucker' John Misty, Woods, Benjamin Clementine...

Contó Nacho Vegas durante su soporífero concierto en el escenario de El Vaixell que cuando le llamaron para actuar en esto del Vida Festival pensó que era una cosa proabortista. “Luego ya me enteré que eran los del Faraday y acepté”, matizó. La cita, inteligentemente ubicada en el calendario, se celebra en el bonito pueblo de Vilanova i la Geltrú, a unos 30 minutos al sur de Barcelona en Rodalies (las Cercanías barcelonesas). Se trata de un festival joven y bonito; pequeño pero elaborado con una fórmula clara y bastante buen gusto. El grueso del cartel se lo reparten propuestas filopuretas escogidas con tino (The War On Drugs, Benjamin Clementine o Father John Misty) y algunas (no tan) viejas glorias (Super Furry Animals o Primal Scream) que ejercen de interesantes reclamos. El resto lo forman una cuidada selección de bandas nacionales, con preferencia catalana, que van desde el mencionado Nacho Vegas, de nuevo reclamo para treintañeros, a los salvajes The Saurs o las libérrimas Hinds, más fesquitas y juveniles.

A pesar de ser Vilanova un emplazamiento puramente costero, con su faro, su puerto y su paseo marítimo, el grueso de los conciertos se celebra en una gran masía a las afueras de la ciudad, lejos de la costa. A medio camino de ambas cosas está la zona de acampada para los pobres de la Quechua, que es básicamente un secarral con algunos árboles salvadores que comparte manzana con el Polideportivo Municipal. Allí se ducha uno, en el polideportivo, y ese es el único respiro acuático que ofrece la zona, más allá de la propia playa, hacia la que cada mañana, con las tiendas ya ardiendo a las 9:00 de la mañana, se produce la lógica peregrinación de pulseristas. Allá abajo, en el pueblo, la gente no está muy enterada. La localidad es más grande de lo que parece en un principio y el festival, al celebrarse en el extrarradio, no tiene mucha visibilidad para el vecino medio, que no sabrá probablemente ni que existe tal cosa.

Ezra Furman (20)R

Como a todos en casi cualquier rincón de este país, nos tocó pasar el Vida en medio de una ola de calor bastante perra. Arrancamos visitando a nuestro queridísimo Ezra Furman, que acaba de publicar esta misma semana Perpetual Motion People, el sucesor de su gamberro e infravalorado Day of the Dog. Al bueno de Furman lo pusieron cara al sol en el escenario mediano del festival a las 19h. Caía a plomo. Muy a plomo. En primera fila estábamos nosotros, irredentos fans, y una señora con un paragulas oriental de los de hacer sombra, acompañada de su chico. “I see we are the most popular band in this festival”, bromeó Furman, (tra)vestido con medias negras, bañador, camiseta de Fender reconvertida en harapo para danza del vientre, gafas de sol de cristal negro y montura blanca y pinta labios rojo. Difícil no quererle. Su propuesta ha ido con los años saliendo de un indie rock más convencional para acercarse a un rock más clasicote, pero con la impronta definitiva se su voz y su locura. Perfecto para un bolo veraniego. Cayeron varias de su nuevo disco, en apariencia tan juguetón como el anterior (mención especial a esa ‘Restless Year’ con sus coros como de doo wop). Al final la gente salió del bosque aledaño y se unió a la juerga, más desatada a medida que se llenaba la explanada y The Boyfriends, la banda de Furman, iba entrando en calor. Mención especial, por cierto, para su dotadísimo saxofonista, Tim Sandunsky, que ejerció casi de colider de la banda, además de ser el productor de sus dos últimos trabajos. Nos encantaron, como no, la preciosa ‘My Hero’, que sonó fiel a su versión grabada; y la nihilista ‘I Wanna Destroy Myself’, cumbre de un bolo divertidísimo a la postre en el que nos quemamos la nuca por no echarnos crema

Xoel López (25)Rp

No sabría bien decir si ha cambiado Xoel López o he cambiado yo. Probablemente los dos. Personalmente me separé de la carrera del gallego cuando acabó Deluxe, y salvo en algún tema suelto no me había convencido del todo su producción en solitario. Hasta que llegó ‘Patagonia’. Escuché la canción un día, por casualidad, en un atasco de esos de M30 en los que te enchufas Radio 3, cansado de politiqueo. Caí embelesado ante esa letra onírica llena de imágenes tan imposibles como bellas (“sorprendimos a la luna besando a los volcanes, surcando el lomo de una serpiente de fuego”), pero pensé que sería otra excepción para confirmar la regla de mi poca pasión. Y no. Paramales se está conviertiendo a lo tonto en uno de mis discos del año. Esa brisa atlántica la supo plasmar sobre El Vaixell, con el sol empezando a rendirse ya tras las copas de los pinos. Xoel estuvo mágnético, cantando como los ángeles, vestido de hombre orquesta, con un par de micrófonos para separar las letras de sus adornos vocales y una guitarra que tocó con una confianza enorme, complicándose cuando tuvo que hacerlo sin equivocarse nunca. Sonaron muchas de su nuevo trabajo, como la citada ‘Patagonia’, o como ‘Serea e o Mariñeiro’, para la que Xoel nos pidió, simpático como toda la tarde, que le echásemos una mano con el “como un soño ela chegou”. Pero también hubo tiempo para otras más añejas, como ‘De Piedras y Arena Mojada’ o ‘Joven Poeta’, y hasta para rescatar ‘Quemas’ y ‘Ver en la oscuridad’, de Deluxe, en versiones adaptadas al formato. La segunda, con Xoel percutiendo en la guitarra mientras la tocaba, fue sobresaliente. Grandísimo concierto en resumen, y sólida reconciliación con un artista que parece claramente en estado de gracia.

Benjamin Clementine (46)Rp

Terminado Xoel, llegaba uno de los momentos más esperados de la segunda edición del festival: el advenimiento de Benjamin Clementine, anunciado de alguna manera como el cabeza de cartel encubierto del festival. El artista británico sin duda tiene madera de estrella: aposentado en su taburete alto, como de bar, con su gabardina azul eléctrico sin camiseta debajo, despachaba su chorro de voz y su virtuosismo pianístico con una actitud entre ausente y poseída por su propia música. Como si fuera a levitar en cualquier momento. Fielmente acompañado por una banda muy solvente con violonchelo, batería y teclados, desplegando una intensidad vocal que por momentos recordaba al Tom Waits de los primeros tiempos con el áurea de Rufus Wainwright, brilló en piezas portentosas como ‘Nemesis‘, ‘Condolence‘ y ‘London‘, y convenció a cualquier escéptico con una interpretación mágica de ‘Cornerstone‘, en perpetua subida, en solitario únicamente acompañado del piano de cola y su mirada perdida. Y al final quedó tan claro que estamos ante un artista con un futuro brillante como que todavía le falta algo de repertorio para brillar como se merece.

Joan Miquel Oliver (35)Rp

Y de artista a artista, porque no podemos calificar de ninguna otra forma a Joan Miquel Oliver. Bueno, de genio quizá, porque la trayectoria del mallorquín, sea como compositor principal de Antònia Font o en solitario, resulta francamente intachable. Y claro, llega a un festival y te planta su arsenal de micro-hits de pop con alma lo-fi y esencia galáctica y uno no puede resistirse. Sonriente, con camisa hawaiana, Oliver te dispara como sin querer temas como ‘Flors de Cactus’, ‘Final feliç’, ‘Pegasus’ y ‘Hansel i Gretel’, y… ¿cómo no le vamos a querer?

The War on Drugs (25)R

Qué vamos decir ya sobre The War on Drugs que no hayamos dicho. Que un disco como Lost in The Dream generase consenso en esta redacción que flirtea cada vez más (afortunadamente para vosotros) con el hip hop, la electrónica y el hedonismo pop, ya habla mucho del nivel. No en vano, el que es sin duda mejor disco de su carrera les ha valido a The War on Drugs para subir al menos un par de peldaños en popularidad y poder ejercer mejor que bien como cabezas de cartel de un festival como el Vida. Salieron al escenario grande pasadas las 23:30 de la noche, ya con el cielo oscurecido por completo. Arrancaron con ‘Burning’ y un sonido algo plano que no les hizo justicia (algo habitual en ellos, todo sea dicho), pero con los minutos aquello ganó cuerpo y ya para ‘Baby Missiles’ había mejorado notablemente. Con todo, algo más de volumen les hubiese venido de perlas. Acercándonos, conseguimos meternos más. Granduciel soplaba su armónica entre humos artificiales mientras abajo una brisa nocturna aliviaba el sofocón de un día de calor intenso. Fue un concierto relajado, comtemplativo, que nos acarició en vez de pasarnos por encima, como en el PS del año pasado. Mientras sonaba ‘An Ocean in Between The Waves’ uno podía mirar al cielo y ver una luna casi llena escondiéndose tras un rastro de nube larga. “Just wanna lay in the moonlight, see the light shine in, she you in the outline; It never gets to dark to find, anybody at time”, cantaba, y parecía entonces que había escrito esa letra para ese momento, para esa noche cálida. Mientras la canción se cargaba y Grandudiel encaraba el enésimo solo de guitarra, paseando los dedos por el mástil con la facilidad del que amasa o masajea sabiendo lo que hace, uno no podía querer estar en otra parte. Por desgracia, Granduciel volvió a ciertas incómodas andadas. Especialmente esa de cantar un poco como le da la gana, infiel a los discos, apelmazando las letras al comienzo de los compases de manera que es imposible, aun sabiéndoselas, cantar con él. Entre eso y el sonido mejorable, sobre todo el comienzo, no podemos decir que fuese de sobresaliente, pero desde luego estuvo de notable muy alto y nos regaló varios compases de viaje musical, y varios solos (el de ’Comin’ Though’, ojo) que bien merecen que sigamos adorándole.

The War on Drugs (136)R

A otros que adoramos pase lo que pase es a Nueva Vulcano, reactivados esta temporada presentando su como siempre  vibrante nuevo disco, Novelería. En realidad da igual lo que hagan los de Artur Estrada en el escenario, porque siempre consiguen contagiar su inagotable energía, sea a base de “hitets” como ‘Esto no es París‘, ‘Níquel, Canela‘ y ‘Te debo un baile’ o de nuevas composiciones (pronto clásicos) como ‘El mirlo‘ y ‘Pop y espiritualidad‘. Sin pretenderlo, seguramente incluso queriendo evitarlo, Artur se convierte en uno de los mejores frontmans que uno pueda ver encima de un escenario, y con sus versos desafinados y la imparable sección rítmica de Wences y Albert (y la guinda de Marc) el público no puede sino fundirse en una suerte de abrazo colectivo celebratorio y agradecido. Los conciertos de Nueva Vulcano siempre se hacen cortos, y eso lo dice todo.

Nueva Vulcano (40)Rp

Estamos convencidos de que no siempre es así, pero nos duele reconocer que el concierto de Super Furry Animals sí se hizo largo. Y mucho. Quizá por haber sido programados a las 2 de la mañana, quizá por el derroche de testosterona de Nueva Vulcano, o simplemente porque ellos no supieron adaptarse al contexto, lo cierto es que nos perdimos en su mar de progresiones psicodélicas, que tuvo en su parte central (tras un inicio esperanzador) una travesía en el desierto que no pudimos superar.

Super Furry Animals (78)r

A esas horas de la madrugada, pasadas las tres, uno quiere ya un poquito de mandanga. Bajamos a La Cabaña Jägermeister buscándola de la mano de The Saurs, un trío punkarra de las afueras de Barcelona del que conocíamos poco más que el nombre. Pecadores nosotros, porque los chavales tienen buenos temas y un directo acojonante que con el tiempo podrá mirar a la cara al de potentes bandas del género como nuestros queridos Thee Oh Sees, referente obvio en temas como el urgente ’Came to You’. Canciones certeras, bien tocadas, bien cantadas y, sobre todo, presentadas con actitud, creyéndolselo, echándole gasolina desde el escenario al fuego de cuerpos que se empujan abajo. Bailamos como cosacos, sudamos como gorrinos, tuvimos que apretarnos un Jäger para cargar las pilas y acabamos bebiendo agua y volviendo a casa con las zapatillas hechas mierda. Impecable. Esperamos el disco con ganas.

Y mientras algunos desfilaban, la sección más nocturna de Indiespot se sacrificó (ironía on) para vivir una de las sesiones más festivas que le recordamos a DJ Coco últimamente. En una La Cabana Jägermusic completamente abarrotada, con litros de euforia en el ambiente, el DJ barcelonés transitó desde el pop electrónico más fiestero al punk-rock sin tapujos ni cortapisas, terminando con una deliciosa ‘Can’t Do Without You‘ de Caribou para gozo de una casa, esta, que la escogió canción del año pasado. Bien ahí.

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Foto. Pablo Luna Chao   Festivales
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