30/06/2015

Hudson Mohawke, PXXR GVNG y Jon Hopkins triunfan en el festival madrileño.

Andaba el Mulafest como perdido desde su nacimiento, hace ya tres años. Desorientado, confuso. Todos hemos pasado por esa etapa: uno no sabe bien qué quiere ser de mayor y avanza dando palos de ciego. Prueba-error, prueba-error. Hasta que encuentra su identidad, a menudo como consecuencia de haber tenido una revelación en forma de espejo en el que mirarse. Nuestras madres tenían razón: «a ver con quién te juntas». Hay que cuidar las influencias.

Algo así parece haberle pasado, al fin, al Mulafest, sumido en la intrascendencia y la inconcreción durante sus tres primeras ediciones. A la cuarta, en 2015, llegó la vencida para el festival madrileño («somos los mismos pero diferentes», anunciaban en marzo), aparentemente influenciado por un gigante como Sónar. El famoso espejo, ya saben. Hasta cuatro nombres de su escueto cartel pasaron hace apenas diez días por Barcelona (Sophie, Hudson Mohawke, PXXR GVNG y Evian Christ) y otros tres pisaron Sónar años atrás (John Talabot, Mount Kimbie y 2manydjs). No puede ser casualidad. Y si lo es, bendita sea.

RHYE

Los que nunca habían pasado por Madrid o Barcelona hasta la fecha eran Rhye. Con ellos parecía arrancar la programación musical «de verdad» del festival, siempre concentrada en el Escenario Desperados, encajonado entre bloques de cemento, atiborrado de controles en accesos y salidas y acústicamente impecable. En la otra punta del recinto, en un Escenario Coca-Cola con look de chiringuito playero, se sucedieron los dj’s maximalistas y poco sutiles durante todo el fin de semana. Nada que ver con lo que ofrecieron los angelinos, maestros del silencio narrativo y el «menos es más». Dos armas tan efectivas en estudio (al ya algo lejano Woman aún le queda cuerda) como peligrosas en el ambiente hostil de un festival. A punto estuvieron de naufragar en la sosegadísima y ambiental primera mitad de su concierto, campo minado para el falsetto de Mike Milosh y tentación insalvable para los inevitables charlatanes («ah, ¿que no canta una tía?»), pero todo empezó a funcionar a partir de una ‘Last Dance‘ acelerada y musculada para la ocasión. Alivio de los gordos: la sensación de (precioso) chasco se esfumaba. En adelante, la banda (bajo, batería, violín y trombón, impecables) se ganó el sueldo mutando en The Roots o sorprendiendo con algún arrebato casi post-rock, pudimos escuchar un tema nuevo y hasta acabamos bailando.

De todo ello pareció tomar nota el bueno de Jon Hopkins, que no se andó con contemplaciones. Su cara más sesuda y esquiva, la que le ha convertido en la figura internacional que es a día de hoy, solo asomó al inicio de un set intenso y algo tramposo. Dicho en el mejor de los sentidos: por más previsible que pueda terminar resultando, al juego de intensidades que propone el británico, hiperactivo tras sus cachivaches y arropado por unos visuales apropiadísimos, es imposible resistirse. Pico-valle, pico-valle. Hasta terminar haciendo cumbre bien cerca de las constelaciones que parece dibujar su música.

_rCzehhpGY5C0uvD5YA-cvwZbNa0v4IkVtARM91wr64,G5R5_CI5QXSg0UoVMydEAL6VUO3vZ17dJ9-jta1vPC4,-sx2lEK2EGU2Q1JtOQcFhMLkX5lWpurl8PraxGYDleQ,TY2uN3mR4T8mTStYOVfHyutXtPXfvXn7pJxbzTNdaI0

Nada de lo que vino después estuvo al nivel. Atica, sustitutos a última hora de Klangkarussell, se pasaron de verbeneros (¿quién tuvo la idea de darles un micrófono?), John Talabot y su luminosa sesión, en la que hubo hueco para ‘Loud Places‘ de Jamie xx, pareció algo desubicado de madrugada y 2manydjs vivieron de las rentas una noche más. Como ese mago que repite por enésima vez su mejor truco, entretuvieron pero estuvieron bastante lejos de sorprender con su carrusel de grandes éxitos (de Chimo Bayo a The Smiths) concentrados y, eso sí, perfectamente ensamblados. Conviene revisar continente y, sobre todo, contenido.

La jornada del sábado arrancaba para la mayoría con un discurso muy diferente al del viernes. De la elegante insinuación de Rhye, a la descarada explicitud de unos PXXR GVNG que se hicieron de rogar. Y es que hasta un cuarto de su actuación fue territorio exclusivo de una intro a manos de Steve Lean en la que saltamos de Rae Sremmurd a Nicky Jam sin despeinarnos. El prólogo perfecto, una especie de aviso a navegantes: «esto es exactamente lo que vais a tener en un ratito». No mentían. Su show (sí, esa es la palabra) tuvo dos mitades perfectamente diferenciadas, la hiphopera de inclinación trap (‘Pimpin‘, ‘Amor a quemarropa‘) y la reggaetonera (‘Maldades‘, ‘La disco resplandece‘). Entre medias, una confesión de Yung Beef: «esto del rap es una jugada de marketing, ahora viene lo que nos mola de verdad». Se refería, sí, a su debilidad por los ritmos puramente latinos. Esa que alimenta el discurso de su furiosa legión de detractores (cuyas críticas en redes sociales fueron proyectadas en las pantallas en una jugada maestra), esa que puso patas arriba la explanada de Mulafest. Curioso: en el cara a cara, el carisma, la frescura y la aparente autenticidad de estos «pobres que se la han sabido buscar» se llevan por delante las comprensibles dudas de los más escépticos. Entregarse a su desacomplejada y honesta batidora de influencias callejeras termina resultando inevitable y hasta aconsejable. «Si al final, nos morimos todos», dijeron. Mejor que el ineludible desenlace nos pille bailando.

Bien de eso, de baile, también tuvo el esquizofrénico directo de Sophie. Aunque él no coge ideas a ras de calle, sino en alguna dimensión que a nosotros, simples mortales, se nos escapa. O en un laboratorio. O vaya usted a saber, porque resulta imposible adivinar la procedencia de su propuesta, cambiante y multicolor. Cuando crees estar a punto de encariñarte con una melodía, cuando parece que puedes empezar a tararear algo parecido a un estribillo, el londinense agita su flequillo, cambia de tercio y te deja con cara de pringado. Con él, nada es lo que parece. Empezando por el nombre.

Sin Twin Shadow, Is Tropical, sospechosos habituales de nuestros festivales últimamente, pasaban por ser la única opción netamente «pop» para un público de perfil claramente electrónico. Una papeleta, un amor imposible: bajo el escenario no parecía haber el más mínimo interés y encima de él se ofrecía poco. En realidad, nada que no se haya visto mil veces antes. Mucho corito onomatopéyico de-primero-de-indie y unos cuantos riffs de cara a la galería que dejaron un tufillo raro en el ambiente, solo disipado cuando Hudson Mohawke puso orden posteriormente. Antes de eso, la sesión del 50% de Mount Kimbie pecó de dispersión (barra libre de house trotón, melodías orientales y rap old school) y falta de punch. El auto-homenaje final con la gloriosa ‘Made to Stray‘ solo consiguió hurgar en la herida: qué bien lo hubiéramos pasado en un live.

Y, pasadas las 3AM, apareció él, con su cara de primera comunión. Ross Birchard, más conocido como Hudson Mohawke. El despliegue sobre las tablas ya anticipaba algo gordo que, finalmente, se cumplió. Un derroche de todo. El escocés no vino precisamente solo: le acompañaban un batería, un escudero encargado de lanzar programaciones y un juego de luces tan resplandeciente como la portada de su reciente y explosivo Lantern. Sobre él giró el setlist de una actuación épica hasta el extremo (cayeron ‘Ryderz‘, ‘Shadows‘ y ‘Scud Books‘), pero la verdadera apoteosis llegó con material anterior: ‘Goooo‘, cogida prestada del repertorio de TNGHT, y ‘Chimes‘. Nos bombardeó sin clemencia y nosotros, medio embobados, le despedimos entre vítores.

Tan intenso fue lo de Mohawke que Evian Christ se encontró un panorama bastante desolador cuando saltó a escena. Muchos se habían quedado sin fuerzas por el camino y otros perdieron las pocas que tenían al poco de comenzar su set, exigente y poco agradecido. No apto para todos los púbicos. Tampoco para todos los horarios y espacios, ya que su apocalíptica y oscurísima visión de la electrónica, casi cacofónica, está bastante más dirigida a cabeza que a extremidades. No pide pista, sino butaca. Y, a esa hora, lo más parecido era el asiento del metro de vuelta a casa.

Publicidad
Publicidad