14/06/2015

'Busero Español' en directo ya valió la entrada.

La música de Pablo García, alias Pablo Und Destruktion, es algo con lo que se conecta o no. Creo que caben pocos términos medios. Como ya nos contó hace unos meses, la clave para él consiste en creer en lo que hace, independientemente de qué vaya a pensarse por ahí o por dónde vayan más modas sonoras y estéticas del momento. Su último disco, Vigorexia Emocional, hace alardes notables de esa idea. ‘Busero español’ es de puerta grande o enfermería: o la adoras o piensas que el tipo está grillado y que es un provocador, un inconsciente. Es verdad que con banda, Pablo gana enteros pero pierde quizás algo de magnetismo. Cuando canta más desarropado, mantiene la voz en tonos graves, arrimándose al micrófono, dramático, masticando las palabras; pero cuando truena su Tribu del Trueno (una suerte de Bad Seeds astures que en la segunda mitad del bolo hicieron honor a su apodo), Pablo cambia ese cantar grave por un cantar gritado donde gana intensidad pero pierde esencia. Y esa es casi la única pega que se le puede poner. Este que escribe, fan declarado, se plantó a verle el jueves pasado en Teatro Lara que no llenó por poco. A nosotros nos tocó en la fila 13, debajo del voladizo del palco, cerca de la mesa, y la verdad es que no tuvimos el mejor sonido posible. Arrancó con ‘Los Días Nos Tragarán’ y ‘El Aire Puro’ que abren sus dos últimos trabajos, los sobresalientes Vigorexia Emocional (2015) y Sangrín (2014), dos canciones puramente dramáticas para un tipo que venía también a eso, a hacerle honor a las tablas de un teatro.

pablo und destruktion

La intensidad rural de muchos de sus temas contrastaba con el humor extraño de las pausas. En una nos reconoció haber sufrido un poco de canguelo ante la cita de esa noche, en la que rozó el sold out («hace un año toqué en Madrid para 10») y bromeó, como ya había hecho antes, con la plausible presencia en el concierto de la reina Letizia, vista no hace tanto en La Bicicleta, un bar de la misma calle. «Creo que lee compulsivamente libros de anarquismo místico», bromeó el gijonés. «Sabéis que estoy tratando de seducirla con las armas que mejor manejo: las playas nudistas y la poesía». Pablo tuvo también un recuerdo para el Patio Maravillas («el que es y será», apuntó), desalojado esa misma mañana y al que dedicó implícitamente la poderosa ‘Pierde los Dientes España‘, uno de los temas que le ha granjeado esa fama de músico político. Ahí el concierto empezó a ganar enteros.

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Y es que está muy bien que haya canciones digeribles sobre lo que mola que haga bueno, o livianos relatos melódicos sobre solitarios médicos rurales, pero también nutre esta severidad que te cala hasta los huesos. Ahí tienen ‘No sientes el peso’, que empieza como susurro y evoluciona hacia lamento («¡Acaso no ves que nos vamos a hundir! ¡Acaso no sientes el peso!»); o ‘Leona’, un polvo musical («quiéreme, leona, como los soldados quieren a la guerra») de los que te dejan mordido y arañado. Me sobrecogió también ‘Califato’ con sus hechuras de anti-himno y esa letra tan hija de puta que acojona: «Tenemos todos la sensación de estar llegando al final, de dejar ruina a nuestra espalda; tenemos todos, tenemos la sensación de estar aterrizando pero esto sólo va a despegar y eso sí que da pavor, eso sí que debe dar pavor», frase tras la cual arranca una gaita casi apocalíptica, como sonando entre la bruma de una estafa piramidal.

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Foto: María Arranz

Aunque objetivamente la cima del show fue la inexplicable ‘Busero español’, ese viaje catártico de chakras podridos dentro de un bus de Montpellier a Colonia, sin váter químico en el que aliviarse. Pablo, ya entonado, sudado y casi descamisado, bajó al patio de butacas a sacarse de las tripas esa narración áspera cargada a la vez de amor fraterno y de ira. Una narración que empieza describiendo y que acaba hablando de cartas que hacen reventar. Un ejercicio radical que sólo puede interpretarse con la misma radicalidad: caminando como una pantera por al patio de butacas, saltando en las explosiones, acariciando las calvas de tu público, absorto mientras gritas eso de «¡puedo ver cómo las fronteras desaparecen! / ¡puedo sentirme unido a todos vosotros!». Sin red y cayendo de pie siempre. Fue apabullante y todavía no había terminado la cosa. Como sospechamos rápido al verle por los aledaños del teatro, al escenario subió el amigo Nacho Vegas, que se unió a una nutrida troupe de paisanos para hacer retumbar las paredes del Lara con ese himno cargado de historia y de carbón que es ‘Santa Bárbara Bendita’. Puño en alto y orgullo en ristre, como otras veces.

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Foto. Lolasartphoto   Conciertos
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