28/05/2015

Seleccionamos 15 recuerdos de nuestro paso por la historia del Primavera Sound

Hoy empieza lo gordo en el Forum de Barcelona. Hoy empieza el festival que nos define, en el que lo damos todo cada año. Algunos ya llevamos más de un lusto dejándonos caer por esa meseta asfáltica ávidos de música. Afortunadamente, un festival como este te deja más que canciones. Uno va a ver a una banda de la que sabe poco o nada y acaba ensimismado, uno confirma héroes y adopta nuevos. En fin, que son años de peregrinación y los momentos se agolapan. Este es un pequeño álbum de recuerdos asociados al Primavera Sound confeccionado con urgencia para arrancar esta nueva historia. Vamos para allá, listos a aumentar nuestro álbum de fotos primaveriles.

Pablo Luna

Haciendo gala de un espontáneo y pasajero sentimiento anti-mainstream, y también porque el foso de fotógrafos estaba con aforo completo para Blur, decidí en aquella noche de luna llena de la edición 2013 arrimarme al escenario justo de al lado de los británicos, para ver lo que fuera que estuviera programado allí. Eran Goat, un extraño y misterioso grupo sueco amante de lo esotérico y lo tribal, que presentaban sugerentemente enmascarados y en danza continua su primer álbum World Music. Los pocos asistentes en seguida percibimos una atmósfera diferente, mágica (no precisamente blanca) y casi atávica. Acojonante, en pocas palabras. Muchos salimos de allí encantados, por lo mucho que nos había gustado, pero también en el sentido del encantamiento propio de la brujería: las guitarras arenosas del desierto, los ritmos étnico-primitivos y el hipnótico movimiento de dos de sus integrantes femeninas enmascaradas, generaron en nosotros la sensación de haber asistido a una especie de ceremonia o ritual pagano, y durante el resto del festival, yo, al menos, repasé una y otra vez aquel rato en mi memoria, preocupado por si había mirado o no a los ojos a los tremendos Goat. Fue la mayor sorpresa que recuerdo de aquella edición.

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Como buen madrileño con exámenes universitarios hasta bien entrado el mes de junio, no fui al Primavera Sound hasta la edición 2011, ya mayorcito, cuando la flexibilidad del máster que hacía me lo permitió sin problemas ni agobios. Los días previos a mi viaje a Barcelona viví en la Puerta del Sol, implicado en el 15M, y con la ilusión de estrenarme en el Primavera bastante en segundo plano. Pero fui, me impliqué en el 15M de Plaça Catalunya, y me quedé en casa de una amiga que, dicho sea de paso, me gustaba. Asistí extasiado a los conciertos de Grindermann, Interpol, The National, Explosions in the Sky y Pulp, entre otros; pero el día grande, el que no olvidaré durante el resto de mi vida, fue el sábado 28. A eso de las 6am empecé una historia de amor con esa amiga, que aun hoy dura felizmente; y con el corazón bien gordo vi al Barça, de quien soy ultrafan desde los 4 años, ganar una Champions de manera gloriosa, en un emparedado aun más inolvidable entre Fleet Foxes y PJ Harvey, coronado por los escoceses Mogwai. Desde entonces vivo en Barcelona, y el Primavera Sound quedará siempre ligado a las cumbres que he alcanzado en mi vida con respecto a mis tres grandes pasiones: el futbol, la música y la persona con quien comparto mi vida.

No me pregunten por qué, pero nunca me han enamorado The Cure. En cambio, The War on Drugs y Kurt Vile sí. Por eso apenas lo dudé cuando coincidieron en horario en el Primavera Sound 2012. Opté, obviamente, por The War on Drugs – aunque lo dejé a medias por entrar en el foso a sacar fotos bajo la papada de Robert Smith. Sobre decir lo cojonudo que fue el concierto de Granduciel y compañía. El problema es que durante todo el concierto pensé que en el escenario también estaba Vile, craso error. Tardé un año en descubrir que, tiempo atrás, había dejado la banda: exactamente cuando al año siguiente le vi actuar en el PS13, y no entendía cómo le había crecido tanto el pelo. Me consoló entender que muchos tampoco lo sabía.

The War On Drugs (52)RetP

Santi Fernández

Yo tardé mucho en ir al Primavera. Está lejos, es caro y se celebra en unas fechas que parecen calculadas estratégicamente para evitar universitarios de poco poder adquisitivo y ansias alcohólicas. Yo fui al Primavera lleno de prejuicios. Sólo hay pijos, sólo hay snobs, todo está patrocinado (es difícil desligar el Primavera de las marcas, de tus «momentos especiales» patrocinados por Vice, Jack Daniels o Navidul). Iba con un amigo, y íbamos como Paco Martínez Soria por la gran ciudad. Sólo nos faltaba señalar a los aviones. Teníamos muchas ganas de ver a Refused, que habían sido uno de esos grupos capitales (sic) de una adolescencia pseudopunk. Vimos pasar por el recinto a Dennis Lyxzén dos o tres veces, con su facha de dios nórdico disfrazado de situacionista.  Lo íbamos viendo nerviosos, en creciente estado de euforia (y ebriedad). Para cuando llegamos al escenario Rayban™ nos topamos con una serie de soflamas bastante poco creíbles. Money proves the point and I’m stuck between summer holidays & punk routine. Ellos eran animales escénicos. Nosotros nos convertimos en simios ultraviolentos. Para cuando llegó ‘New Noise‘ (himno eterno de 4º de la ESO) yo ya me había roto las gafas y recogido los pedazos. Al día siguiente, en una óptica de Gràcia, el dependiente me preguntó que cómo leches las había roto. «Pues haciendo pogo en un concierto anticapitalista en el escenario Rayban™ de un macrofestival, caballero». Obviamente, no dije nada. De ser subnormal, mejor callárselo.

Yo insisto siempre que hablo del tema. Lo mejor del Primavera, ese festival construido en el repugnante Forum, es el Auditòri. Pocos, poquísimos festivales de ese tamaño se pueden permitir tener un Señor Auditorio donde uno puede sentarse cómodamente (hasta el punto de dormirse si se viene cansado de la jornada anterior), escuchar los conciertos de ambient, o de folk, o, en general de «esos géneros lentitos» en la intimidad de un teatro que, desde la pura ignorancia audiófila, suena maravillosamente. Lo de Nick Garrie me pilló de sorpresa, y también le pilló de sorpresa a él. Su historia (la del hombre que à-la-Rodriguez publica un disco maravilloso que es olvidado por la mala suerte discográfica hasta que años después los buscadores de rarezas lo sacan a pasear) era su principal activo antes de empezar el concierto. Ni buena parte del público ni yo conocíamos sus canciones (aparte de las tres escuchas apresuradas en Spotify para cerciorarse de que al menos no vas a un concierto de avant-drone o algo así). Cuando terminó el concierto no me podía creer lo que había visto: estaba realmente apabullado. Garrie era un bardo británico, como Paul Heaton o Chris Difford, un narrador hipnotizante y profundamente humano, dotado de una capacidad melódica enorme. Acompañado de banda y un puñetero cuarteto de cuerda. Era un mesías del pop y de la artesanía en medio de un maremagnum de grupos de moda, en un festival que le venía grande, pero que conquistó sin esfuerzo ninguno. Contándote las historias que te contaría en el pub, con una pinta de ale delante.

Suele ocurrir en los festivales que lo más interesante es, precisamente, lo que menos te recuerda a la estructura del festival en si. Lo que va más allá de tus expectativas previas, y sobre todo, de lo que «esperabas ver». Los Dexys trascienden los festivales de música como trascendieron en los 80 la prensa. Grupo autodestructivo por excelencia, no en el sentido rockandrollero de heroína, enfermedades venéreas y tristeza perpetua, sino en el del autosabotaje, la ética de grupo llevada a extremos de suicidio comercial. Esperar de ellos en el Primavera un complaciente show de grandes éxitos era un absurdo, iba contra la misma esencia del ejército capitaneado por Kevin Rowland. Muchos despistados se pasaron el concierto esperando ‘Come On Eileen‘, pero lo que había en el escenario no tenía nada que ver. Era un musical, en sentido estricto, con sus diálogos y su dramatismo y su ahora me echo a cantar. Rowland, enjuto, con la mirada de dictador que le caracteriza, dominando un espectáculo que tenía más que ver (para bien y para mal, pero sobre todo para bien) con un espectáculo para la tercera edad en un teatro de Bournemouth. Nadie del público se quedó indiferente: no es tan fácil viajar en el tiempo y en el espacio dentro de un festival.

Daniel Boluda

Fue mi primer Primavera Sound, mi primera vez sentado en el Auditori. Hablaré de memoria aunque mienta porque esto no va de verdad, sino de recuerdos. Recuerdo una habitación de hostal algo mugrienta en una paralela de la rambla. Una resaca descomunal y los ojos achinados de B., compañera de facultad entonces, amiga ahora y espero que para siempre, con la que me escapé en AVE esa primera vez. Que le follen a los exámenes de Junio. Yo estaba emperrado en ver al tipo ese que se había ido a la cabaña y no sé qué. Había escuchado ‘Skinny Love‘ en Radio 3 esa misma semana y casi había tenido que parar el coche para respirar. Comimos unos noodles en un Wok to Walk, escalamos el metro hasta el Fórum, sentamos nuestros jóvenes culos en las butacas y creo que sólo nos miramos un par de veces para darnos la razón con los ojos: aquello era descomunal. El trío sobre el escenario, alaridos innopinados de Justin Vernon, su falsete erizador, el bombo golpeándonos el pecho, los coros limpiándonos la cara. Creo que se me escapan lagrimita cuando volví a escuchar este tema. Enorme.

Jordi Isern

La primera vez, el primer Primavera. Ese año, aún en la universidad y con un gran «me coincide con examenes» que se repetía siempre a cada edición, decidí que ya basta, que al menos un día. El sábado tocaban Kitty Daisy & Lewis, Neil Young, Deerhunter y no necesitaba nada más. Bueno, me faltaba veteranía, y no a las 00:30h como si fueran las 4am. Fui el que más salto en todo el concierto de ese Microcastle, seguro. Y como gran recuerdo, tengo una foto con Eric Fuentes, ya con The Unfinished Sympathy disueltos, por primera vez y que no tocaban, simplemente como puro fan, en el stand de BCore. Los dos con mucho más pelo que ahora.

El antiguo Pitchfork, entre columnas y diminuto, con el sonido rebotando como una bola de billar haciendo carambolas. Medio solapado con Beach House y Standstill en el Auditorio, nuestros corazones lanzában fuego y nos fuimos a Japondroids. El plural mayestico es para incluir a un servidor, por esos tiempos con un blog diminuto (Dimelorapido) con Aleix, flamante editor de un Indiespot que no paraba de crecer. Y allí, entre puños al aire y comentar solapes y discos bajados con Megaupload, en un pogo cumbre de un auténtico bolazo, sudados y descamisados, nos despedimos de las primeras gafas que le conocí al querido Mr. Indiespot. Gafas al aire, corazones con fuego. Japaondroids 2010 en el recuerdo.

Carlos Marlasca

El Primavera Sound como reivindicación del brit pop de los noventa. Fueron dos conciertos en diferentes ediciones, pero sirvieron para adoctrinar a los imberbes que casi no nos percatamos de la nueva hegemonía británica que enterró al reinado grounge estadounidense. Por diferentes festivales habían pasado los estertores de aquella generación, muy bien representados por Super Furry Animals, y alguno de sus nombres más ilustres, como Oasis. Pero las apariciones iban siendo cada vez más efímeras con el paso de los años. E independientemente de que haya quien defienda con toda lógica, discos como Definetely Maybe o What’s The History Morning Glory?, la inmóvil soberbia de los Gallagher sobre las tablas, especialmente en el caso de Liam, imponía un cierto escepticismo sobre si todo aquello había sido una ilusión. Para evitar falsas expectativas, los de Manchester son una de las peores cosas que pueden pasar encima de un escenario. Pulp fueron los primeros en paliar los intensos daños producidos por sus compatriotas. A lomos de Jarvis Cocker, la banda fue artífice de una de las mejores catarsis que se vivieron en en el Primavera Sound de 2012. Tras una salida impetuosa, su líder manifestó la intención de hacer historia aquella noche. Y lo consiguió. Un concierto enérgico, dando aire al movimiento indignado que se producía en todo el territorio durante esos días y demostrando la vigencia de temas históricos como ‘Disco 2000‘ o ‘Common People‘ con un sonido atronador. Fue en aquel momento cuando muchos de los que habíamos permanecido ajenos y reticentes, optamos por cobijarnos bajo el paraguas del pop inglés de los noventa.

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El festival anunció a bombo y platillo a Blur como cabezas de cartel al año siguiente. Damon Albarn y los suyos demostraron que no hay debate posible sobre quién sostiene el cetro británico. Su comparación con Oasis, más a día de hoy, solo puede ser interpretada como una broma de mal gusto. Lejos del brillante paroxismo de Cocker y los suyos, Blur se mostró aquel año como una banda compacta y consciente de sus posiblidades, tantas como para abrir con ‘Boys & Girls‘. Pese a que muchos pudieran contentarse con contar que vieron a Blur sobre un escenario, la banda realizó un concierto inmenso tanto con sus temas más conocido, como ‘Parklife‘, ‘The Universal‘, ‘Song 2‘ como sacando del baúl de los recuerdos ‘Trimm Trabb‘ o ‘Caramel‘. Fueron dos noches en las que la cuna de los Beatles y los Rolling Stones, de los Clash y los Sex Pistols, de los Stones Roses y los Happy Mondays, volvió a revelarse como fuente inagotable de talento con su última generación prodigiosa.

Álvaro García Montoliu

Si tuviese que escoger un momento, sólo uno, de los siete años que llevo yendo al Primavera, sería, sin duda, la final de Champions League que el Barça ganó al Manchester United y el siguiente concierto de PJ Harvey. Todo fue muy especial. Ese año, en 2011, había ganado la porra que se hace en el foro (entradas VIP, hotel y cenas para mi novia y para mí). Tras acabar Fleet Foxes me fui corriendo al Princess con unos amigos a ver el partido y al terminar, pasaron cosas que prefiero no recordar, pero eso de llegar al escenario principal y escuchar entonar a Polly Jean ese Let England Shake – que no podría sonar más apropiado para el momento – fue algo mágico, que no se me olvidará nunca. Disfruté del concierto eufórico, sí, pero con el silencio sepulcral que requerían las canciones de su nuevo disco, y cuando un amigo me envío la imagen de Éric Abidal levantando la Cuarta, todo fue un baño de lágrimas.

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Uno de los grandes momentos de 2010 también fue el conciertazo que se marcaron Cold Cave en el anterior Pitchfork (no el original, en el que ahora está toda la zona de restauración principal). Era medianoche y su post-punk y dark-wave oscura pegaba de puta madre. Pero no hablaré de estos, sino de The Soft Moon y de su estreno en el Primavera un año después. Les tenía muchas, muchísimas ganas, pues no en vano son uno de mis grupos darks preferidos, por no decir el que más (a diferencia de Cold Cave no se han ido ablandando por el camino y siendo más accesibles, lo que les hace más genuinos). El caso es que ansiaba el momento de que empezase el concierto y que fuese bien entrada la madrugada, pero los pusieron a las 6 de la tarde con todo el solano pegando fuerte en los terrenos de Llevant. Y, oye, aunque no pegaban ni con cola a esa hora y en ese lugar lo pasé en grande junto a otras almas negras que se refugiaban en la poca sombra que había para disfrutar de la sequedad de Luis Vasquez y compañía. Hasta me encontré con Ángel Molina, que es alguien que no se pierde ni una con este tipo de bandas, y recuerdo pasarlo muy, muy bien.

Hay momentos en los que la distancia entre la victoria y el fracaso se mide en milímetros. Eso viví yo en 2010 en el concierto que ofrecieron Les Savy Fav en el antiguo escenario ATP. La noche prometía, recuerdo que un par de horas antes ya disfruté de Beach House en el mismo emplazamiento. Eran las 11 y pico, una buena hora para que el alcohol empezase a subir. Era la primera vez que veía a los neoyorquinos y ya sabía que la liaban bastante grande. A la primera o segunda canción ya me puse solo entre las primeras filas. Y cuando Tim Harrington decidió bajar del escenario hice todo lo posible para tocarle las chichas sudorosas. Mira que no me caracterizo por mi efusividad ni por ser muy fanboy, pero estaba dentro, tan metido en el concierto que lo fui persiguiendo hasta que le toqué, sí, pero no sin antes destrozarme la tibia y el peroné contra las gradas. Por suerte sólo fueron unos moratones, pero bien podría haber acabado ahí mi Primavera.

Lo reconozco, cuando confirmaron a Sufjan Stevens le conocía, pero no es que me hubiese adentrado en su discografía. Sé que amigos míos flipaban con el Illinois, pero nunca le había dado la oportunidad que se merecía ese genio. Luego salió The Age Of Adz y como casi iba sin prejuicios, es decir, no esperaba un disco folk como Seven Swans, me encantó esa mezcla entre pop barroco y electrónica. Fui al Auditori el segundo día, que era el que mejor encajaba con mi ruta, es decir, ya sabía que su show era orgásmico por lo que decían otros que ya lo habían visto. Pero ni mucho menos mi cabeza podía imaginar que iba a serlo tanto. Cogí buen sitio y durante todo el rato permanecí callado, embobado por lo que estaba viendo. Fascinado cuando abrió las alas o extasiado con los visuales en ‘Vesuvius‘. El gran final de fiesta con ‘Chicago‘ fue la culminación de una actuación que quedará por siempre grabada a fuego en mi memoria.

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