26/04/2015

Comentamos 'The Magic Whip', el retorno discográfico de Blur más de 10 años después.

El negocio de la nostalgia en el pop actual se ha convertido en algo de tal magnitud que ya no se le presta atención. Se da por hecho que tarde o temprano todos los grupos van a reunirse en una muy lucrativa gira y que ocuparán posiciones en los lineups que en su momento de gloria ni sospechaban (saludos desde aquí a Ride). La famosa “retromanía” que denunciaba el pope noventero Simon Reynolds parece solidificarse. Es tal la cantidad de grupos que vuelven a la vida (hemos visto cosas insospechadas, ¡han vuelto hasta Menswe@r!) que lo lógico sería fruncir el ceño ante el grupo que regresa y preguntarse un sonoro “por qué”. En el caso de Blur, los años de espera no han sido en vano. Damon Albarn se ha convertido en una de esas figuras omnipresentes adoradas por prensa y público. El otrora niño pijo de la oleada britpop ha alcanzado el estatus de venerable y eclético genio que, Gorillaz aparte, lo mismo te prepara una ópera china que se inspira en el Londres del siglo XIX. Graham Coxon ha continuado sacando discos interesantes con encomiable regularidad y transmitiendo la sensación de que todos sus lanzamientos se daban con el mismo techo de cristal con el que se dan los “grandes guitarristas” británicos, como Johnny Marr o John Squire. Nunca podrá desterrar el sambenito de “miembro de Blur”, ese que Albarn a base de estajonovismo, hits y vampirismo musical fue capaz de quitarse de encima. Dave Rowntree ha cumplido su sueño de tener un trabajo de oficina y meterse en política. La vida al revés, ya ven lo que es. Y Alex James abandonó su ajetreada existencia de socialité pasada por farlopa para darse a la fabricación de queso y la vida campestre en general.

Con unas existencias tan completas cabe preguntarse: ¿cómo terminaron los zagales de vuelta al estudio juntos? ¿Qué les llevó a preparar este The Magic Whip? La primera parte de su reunión, la que les llevó hace seis años a volver al directo en unos emotivos directos en Glastonbury y Hyde Park, ya fue narrada en forma de épica -y un tanto artificial- historia de redención en el documental No Distance Left to RunDesde aquel 2009 fueron tocando aquí y allá, siempre dándole un (rentable) halo de “irrepetible gran ocasión”. Y es en uno de esos descansos entre conciertos de donde nace este álbum. Si nos atenemos a la historia oficial, el álbum se gestó cuando se vieron “atrapados” una semana en Hong Kong en plena gira asiática. Con la tontería, se meten en el estudio y ven que aún siguen funcionando juntos como creadores. Ya habían ido dejando pruebas por aquí y allá, pero sacar adelante un álbum debía ser la prueba de fuego de la convivencia como banda. Limadas las asperezas preparan una colección de canciones que se abre con ‘Lonesome Street’, un tema que resulta al mismo tiempo tranquilizante y preocupante. Tranquilizante porque suena a puritito Blur del 94. Preocupante porque suena a cara B, a canción perdida y poco entusiasmante de las sesiones del glorioso Parklife que va remontando con los minutos. Se aprecia que Coxon sigue conociendo los trucos para empujar las canciones (lo mejor del tema es el interludio en el que el guitarrista canta a lo Syd Barrett) y que más o menos saben sonar a sí mismos en 2015. Le sigue ‘New World Towers’, balada puramente albarniana que no desentonaría en Everyday Robots, tristona, de inspiración hongkongesa y que sigue un poco esa línea de “aquí estoy en mi carísima habitación de hotel viendo una civilización que no comprendo”. Como una versión musical de Lost in Translation, se salva por la siempre excepcional conjunción del timbre de Albarn con el género baladón melancólico. ‘Go Out’, sin embargo, es un hit atípico sobre la misma temática: tiene el regusto a XTC que les hizo grandes y un no-estribillo que pide ser berreado, como debe ser. ‘Ice Cream Man’ es un alegre medio tiempo nostálgico y poco pretencioso que contrasta con la gravedad de ‘I Thought I Was a Spaceman’, una de esas canciones “de desarrollo” de aspiraciones pseudo postrockeras que trufaban el bello 13.

El álbum da un giro interesante con la potente ‘I Broadcast’, hermana melliza de aquella ‘Popscene’ que marcó su carrera para siempre en el lejanísimo año 92. Igual que en ‘Go Out’, aquí consiguen sonar por fin a grupo, a “aquí estamos todos juntos haciendo el gañán”, sin excesivas pretensiones arties ni luchas de egos. Por desgracia ‘My Terracota Heart’ desequilibra la balanza de nuevo. No es una mala canción, ni mucho menos, pero suena tan excesivamente a la melancolía de Everyday Robots que una vez más te da la impresión de no estar escuchando a Blur, como entidad, sino a Albarn con unos músicos de estudio. Le sigue una marcial ‘There Are Too Many of Us’, otro tema que se recrea en la incomprensión y miedo a lo contemporáneo, y en la que Coxon parece buscar emparentarse con el Robert Fripp del Heroes de Bowie. ‘Ghost Ship’ es una canción soleada que sirve para descansar de las sobredosis de pesadumbre a la que podría llevarnos un álbum tan ciclotímico. Y que recuerda a los nunca bien ponderados Super Furry Animals. El disco lo cierran unas canciones que son sintomáticas de lo que es todo el LP. Podríamos decir que ‘Pyongyang’ es otro momento de “ay qué solito estoy en el extranjero” de Damon, pero lo cierto es que es el tema más ambicioso del álbum y el más logrado, gracias a una melodía preciosa y unos arreglos irreprochables. Funciona como resumen de la esencia del disco, como metáfora y conclusión de lo que tiene que ofrecer. No es banal la comparación con ‘This is a Low’, que cumplía más o menos con la misma función en Parklife. Lo que viene a continuación descoloca y entusiasma a partes iguales. ‘Ong Ong’ es un estribillo constante, una canción tan ligera y bobalicona como redonda. Es inevitable pensar en festivales de verano, puestas de sol y abrazos con desconocidos sudorosos al oír una melodía tan redonda y agradable. También es una canción que da que pensar por qué, con la capacidad que tienen de fabricar hits, en vez de enrocarse en la melancolía no se ponen a hacer singles pegadizos. Cierran con ‘Mirrorball’, una balada americanófila que te quita la sonrisa que dejaba en la cara ‘Ong Ong’.

Cuando tu grupo favorito decide volver después de 12 años sin publicar nada, lo primero que se siente es una mezcla de excitación (¡¡¡¡al fin!!!!) y miedo (¿lo joderán TODO?). Con Blur las sensaciones finales son agridulces. Ahora que el britpop, después de años de ostracismo crítico, vuelve a ser reivindicado, resulta natural que quieran aprovechar la situación reclamando su parte del pastel. Y con The Magic Whip ocurre que casi nunca da la impresión de que hayan vuelto Blur, sino de que Albarn tiene como banda de acompañamiento a Coxon, James y Rowntree. Los mejores Blur nacieron de las tensiones creativas entre el cantante y el guitarrista, pero ahora todo parece, para bien o mal, plegado a los deseos de un Damon que vertebra el álbum alrededor de unas obsesiones sociales que poco se aproximan a la riqueza lírica y musical del periodo 93-96, o a la pura desesperación personal del 97-99. Al final a lo que más recuerda, en intenciones, tono y resultado es a aquel menor pero interesante Think Tank, un disco alienado e impersonal. Les ha servido, eso sí, para sacarse de la manga un puñado notable de buenas canciones y les servirá para llevar adelante una gira que pasará por España. Si consiguen entrar poco a poco en una dinámica de banda como la de sus mejores años, este The Magic Whip podría ser el primer paso de algo muy interesante. Si no, se quedaría en un buen disco menor, que comparado con algunos de sus coetáneos no es moco de pavo.

Blur The Magic Whip

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