01/04/2015

El dúo británico refrendó con creces en directo el éxito de su álbum de debut en Barcelona.

Hace ya tiempo que Pirelli nos viene advirtiendo de que la potencia sin control no sirve de nada. Un eslogan que se hizo aún más convincente en el pecho de un Ronaldo (el gordo) que, durante sus años en el Inter de Milán, hizo peligrar su carrera por el excesivo castigo que su ímpetu futbolístico ejercía sobre sus rodillas. Es una verdad como un templo; y en la música suele cumplirse a menudo. Por muy marrullero que sea el pacto entre el músico y su público, éste siempre le exigirá al primero cierta precisión, como mínimo la necesaria para reproducir fielmente en directo lo que hay en los discos. Pero es casi un axioma, una relación indirecta: a más potencia, menos control. Sin embargo, el caso de Royal Blood parece distinto. Son un poderoso ejército de dos, con dos generales con alma de soldado raso al mando, y su dominio de la situación es total en todo momento sobre las tablas. Anoche se presentaron por fin en la sala Apolo de Barcelona, tras cancelar su debut hace cosa de seis meses, y cumplieron de sobra con las altas expectativas generadas con su primer álbum homónimo, uno de los más destacados de 2014.

Con aforo completo y cola desde varias horas antes para coger buen sitio, el dúo inglés hizo una auténtica exhibición de contundencia en los dos focos instrumentales en los que se centra su propuesta. Dos depredadores del sonido, precisos e implacables, que aunque parecen batallar en guerras diferentes y distantes, suman sus fuerzas de manera exponencial en directo. Por un lado la batería de Ben Thatcher, golpeada por éste como si realmente la odiara; y por otro, la fórmula especial y secreta de Mike Kerr, que hace salir de su bajo un sonido desdoblado, afilado y brutal de guitarra. Pero fue siempre una intensidad bien calculada; desbordante, sí, pero perfectamente calibrada. No aminoraron ni en las curvas durante el primer cuarto de hora: un inicio arrollador donde interpretaron ‘Come On Over’, ‘You Can Be So Cruel’ o ‘Figure It Out’ de manera impecable. ¡Pinchazo al empezar la quinta, ‘Better Strangers’! No pasa nada, se cambia la rueda, y de 0 a 100 de nuevo en tres segundos y medio. Una instrumentación clavada con martillo neumático, que exigía de Kerr sus mejores alaridos para ser oído.

Royal Blood (213)Rp

Además de la intensidad, también dominaron el tiempo y el tempo del concierto. Una hora puntual; para exponer un trabajo de apenas 40 minutos. Dilataciones típicas entre canción y canción a parte, aprovechando los «¡qué bien estar en Barcelona!» y los «Are you – fucking – ready?» de rigor, supieron ser concretos y dejar a todo el mundo bien saciado. Las dosis energéticas también estaban calculadas, bien repartidas; y no se anduvieron por las ramas innecesariamente. Todos sabíamos que el partido no iba a durar 90 minutos, así que el ambiente fue de prórroga constante; de montaña rusa en invariable picado. Ayudó a alargar la cosa que incluyeran en el setlist ‘Hole’ –con la que de hecho abrieron– y ‘One Trick Pony’, que sonó con una entonación muy soberbia, a juego con el espíritu del movimiento perpetuo de Kerr sobre el escenario. El control, está claro, lo sobrelleva Thatcher desde el altar marcial de su percusión incontestable. Impertérrito y sin esbozar siquiera una sonrisa bajo la gorra, a veces se erguía y otras, como mucho, levantaba los brazos; pero no se arrugó ni alteró ni un instante. Puede que ni sudara.

Sabiendo que interpretarían íntegro su exitoso álbum de debut, no quedaba mucho espacio en el repertorio para las sorpresas. Destacó, eso sí, la elección de un final con la terna ‘Ten Tonne Skeleton’, ‘Loose Change’, que hasta el despegue pudo significar de los pocos momentos de relativa relajación, y la monumental ‘Out Of The Black’, que por categórica sirve casi mejor para conclusiones que para inicios. Exultantes de principio a fin, no hubo mejor cierre posible que el de una sala abarrotada no pidiendo bises: ración completa, concierto redondo. En directo se nota más intensamente el grosor de las cuerdas de las que nace todo, y el impacto poderoso de las baquetas retumbando con potencia. La prueba es que limpiaron con sus efluvios musicales las rejillas de ventilación de la sala, provocando por momentos la precipitación de plaquitas de pelusa gris del techo que, afortunadamente, no causaron daño alguno. Una purga calibrada y total.

Royal Blood (120)Rp

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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