20/02/2015

Empezó aséptico y terminó mágico. Crónica de una victoria anunciada.

Existe un principio bioquímico que explica que cuando están en contacto dos sistemas, la energía se transfiere entre sus moléculas como resultado de las colisiones. Aparentemente es una terminología que puede mantener poca relación con la música, pero es algo que José González parece no haber olvidado tras su dilatado tránsito por el mundo de la ciencia. El músico sueco de origen argentino añade una variante más al fundamento termodinámico; el tiempo que requiere para que su legado de ensoñación terrenal impacte en el subconsciente de sus fieles acólitos.

La celeridad no existe en el diccionario de un tipo que se presentaba en Madrid con siete años de diferencia entre su penúltimo disco en solitario y el reciente Vestiges & Claws. Lo hizo reivindicando el presente de ‘Afterglow’ y también el sólido pasado de ‘Slow Moves’, pero a la vista del acreditado maestro de ceremonias, el dulcificado relato se presentaba aséptico, más allá de la impoluta ejecución de las canciones. Una cuestión de tiempo. Una espera que abrevió el sentido aplauso para ‘Kiling for Love’.

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José González no podía presentar quejas por la falta de entrega. Cualquier mínima concesión, y todas ellas fueron escuetas, fue celebrada con fervor. La mejor recompensa fue prescindir de sus músicos y enfrentarse cara a cara con los aduladores. Y, paradójicamente, en medio de esa soledad escénica es donde González comenzó a aumentar la temperatura, a emanar energía y a certificar el principio, también físico, de causa-efecto, en el que la causa era el calor que irradiaba de la maravillosa ‘Crosses’ o del ‘Heartbeats’ de sus compatriotas The Knife; y el efecto el torrente emocional que se expandía entre el público.

A las virtudes de esa todopoderosa sencillez se sumaron sus músicos en un momento en el que todo fluía con la misma facilidad con la que los sistemas de los que hablábamos al principio traspasan su energía. Y continuó González demostrando sus descomunales aptitudes para desenchufar temas indelebles sin restarles un ápice de excelencia. Si antes era el ‘Hearbeats’, ahora le tocaba pasar por el delicado tamiz al ‘Teadrop’ de Massive Attack. Ni la propia Elizabeth Fraser habría rechistado.

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La perfección de la sencillez o la complejidad de lo perfecto. La lectura es poliédrica, pero todo alude a paraísos próximos, casi palpables, como las montañas bajo una noche estrellada que se cernían sobre la banda. Una carrera para hurgar en los recuerdos, para conmover con los fantasmas que aparecen en ‘The Ink of a Ghost’ o a estimular con ‘Down The Line’. Los términos habían cambiado, desde un comienzo frío hasta los matices extrañamente festivos de cada canción. El adiós lo hizo con ‘Always’ y ‘Walking Lightly’ de Junip, el proyecto con el que González se ha mantenido ocupado los años en que su carrera en solitario permanecía latente. Una demostración de que él no es un músico perezoso. De que tan solo necesita que transcurran los minutos para trasladar la emotividad de sus cuerdas y su voz al corazón de su audiencia. En resumen, una sencilla ecuación científica.

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José González toca hoy viernes en L’Auditori de Barcelona, mañana en  la sala Capitol de Santiago de Compostela y el domingo en el Auditorio y Centro de Congreso Víctor Villegas de Murcia. Todo sold out. Su última oportunidad si no tienen entrada para estos conciertos es verle en la próxima edición del Primavera Sound, donde también tiene asistencia confirmada.

 

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