22/12/2014

Los 30 mejores discos del año.

10. Ty Segall – Manipulator

TY SEGALL

Ty Segall es uno de los tipos con más talento de la música actual sin ningún género de dudas. Ya me dirán ustedes si no merece tal elogio un chaval de 27 años que en los últimos tres ha firmado con su nombre y apellido salvajérrimo Twins (puf, ‘Thank God For The Sinners’), el delicioso Sleeper (¿se acuerdan de ‘Crazy’?) y este impecable Manipulator. Personalmente, me lo paso como dios cuando Ty saca disco. Solo, con banda, en dueto. Haciendo psicodelia, punk, folk. Lo mismo le da. Siempre ofrece. Esta vez otro disco de los de comprar en plástico y dejar que el tiempo curta. Manipilator es la enésima demostración de soberanía del sanfranciscano: 17 canciones en 55 minutos en las que toca prácticamente todo lo que suena y desde luego firma todo lo que vibra. Abre la que bautiza con un homenaje poco disimulado al temón de los Stooges, retoma glamberra la genial ‘Tall Man Skinny Lady’, escampa en la bonita ‘The Singer’, revienta en la furiosa ‘It’s Over’ y desemboca en ‘Feel’, alegato rock con alma de hit y batucada central (¿?). Cinco temas y todas las cartas de Ty sobre la mesa: melodía, gusto y toneladas de sabrosos guitarreos en todas sus formas posibles. Todos con ese bendito sabor a puchero de barro en horno de piedra que da la grabación en cinta. Un sonido graso como lechal de pueblo castellano (esa guitarra de ‘The Crawler‘, el punteo glorioso de ‘The Hand‘): proteína rica que se deshace en los oídos. Se nota aquí el mimo y la falta de prisas. El proceso de creación ha durado más de un año (algo excepcional en su discografía) y, sin perder el grano, todo suena más en su sitio. A partir del segundo tercio el álbum todo se abrevia y florecen píldoras de menos de tres minutos como ‘Green Belly‘, la calámbrica ‘The Connection Man‘ o la heterodoxa ‘Mister Main‘, una de esas en las que Ty hace un poco lo que le da la gana. No se dejen ahuyentar por el síndrome Spotify. Gloria guitarrera, por la gracia de Ty. (Daniel) Escúchalo en Youtube.

9. Beck – Morning Phase

Beck

El protagonista de uno de los conciertos más sublimes que han pasado por nuestro territorio este año es el autor de un disco de terciopelo. El animal salvaje que irrumpió en el escenario del madrileño Dcode 2014 para dejar sobrecogidos a todos los que pudieron asistir a su exhibición es el mismo capaz de escribir una maravilla llamada ‘Morning’, en la que se despereza en un día mejor que cualquier otro. No hay nada de fariseísmo en este Morning Phase, tan solo la constatación de que el talento de Beck no conoce límites. Sin los efluvios hip-hop o psicodélicos de álbumes históricos como Mellow Gold o Odelay, el ecléctico californiano se presenta en su duodécimo trabajo como un cantautor, un preboste folk que conoce bien el camino directo a las entrañas. Con menor sentimentalismo que el que presentó en Sea Change, señalado por su autor como predecesor directo de Morning Phase, sin las dudas perecederas de ‘Guess I’m Doing Fine’ ni la depresión intrínseca de ‘Lost Dudes’, Beck elabora un fresco cálido y hermoso. Durante el lanzamiento de su disco anunció que había sufrido una lesión vertebral en algún momento de los seis años que le separan de su último trabajo de estudio y en los que ha mantenido su inherente hiperactividad en producciones para Charlotte Gainsbourg o Thurston Moore. Ahora ha encontrado el momento para volver a componer maravillas como ‘Heart Is a Drum’, ‘Blue Moon’ o ‘Don’t Let It Go’. Demasiadas genialidades que dejan claro lo mismo que se pudo ver sobre las tablas: que en esto de la música, Beck puede hacer lo que le dé la gana. (Carlos) Escúchalo en Deezer.

8. Strand of Oaks – HEAL

STRAND OF OAKS

Tim Shoewalter tiene 32 años pero pero las arrugas profundas debajo de sus ojos le envejecen la cara casi un lustro. Desde que HEAL vio la luz Tim da entrevistas con una sonrisa inmensa. Pasa por platós de radio y toca ‘Goshen 97’ cerrando los ojos fuerte. “I was rotting in the basement / buying casos with my friend / then I found my dad’s old tape machine / that’s where the magic began”. Tim no cuenta en estas primeras líneas la historia de un chaval imaginario que juega ante el espejo a clavar los fill de ‘Muzzle’. Es él, todo el rato, constantemente, sin pausa, sin censura: él. No hay una puta metáfora en esta letra, ni en todo el disco. No hay una mentira. Y eso es extraordinario. Tim estaba cansado de folk, de letras con referencias bíblicas, de esconder sentimientos en giros líricos. Hasta los huevos. Estaba justo en la cumbre de la crisis de los 30 cuando se fue de gira con su anterior álbum. Meses y meses fuera de casa. Tocando y bebiendo como un cabrón. Mientras, back home, su mujer empezó a tirarse a otro. Cojonudo. Más alcohol, más conmiseración, más mierda. Como muchos grandes discos, este nace de los peores fangos de la vida de un ser humano. Es la crónica de una curación, 10 entradas en el diario de un paletillo del Midwest norteamericano al que SANAR le ha servido para crear uno de los discos más descarnadamente sinceros y bonitos del año. “Botas negras, vaqueros negros, barba negra, camino calle abajo con el aire de la mañana, enciendo un cigarro, me pongo los cascos y escucho a Van Etten cantar: ‘you gotta give out, give in…”. La canción que da título al álbum es la semilla y tiene más plomo vital que muchos discos de este año. Tim descarga la letra sin rabia pero con tensión. Cuenta cómo hizo daño a gente a la que quería, cómo su mujer le engañó. Se acuerda de Catlin, quizás él la quiso a ella y ella no; y de Kristian, al que agradece haberle mantenido sobrio. Y tras los arranques, la moraleja como un salmo: «you gotta heal, you gotta heal…» . En la portada del álbum se escribe HEAL no por casualidad. Es una mayúscula imperativa, una orden. Lo cuenta en esas entrevistas en las que sonríe como si acabase de aprender el gesto y no lo dominase todavía: exagerado, como si acabasen de decirle que va a ser padre justo hace tres segundos. Pero en las pausas, cuando no habla y se le relaja la mirada, algo desmiente tanta euforia. Es como si el pozo del que viene asomase por sus córneas. Y es que no fue sólo el alcoholismo y lo de su mujer. Un accidente de tráfico estuvo cerca de costarle la vida, aunque afortunadamente quedó en un costillar maltrecho. Acabó el álbum recuperándose y en esa época dedicó su antebrazo derecho a tatuarse otra palabra en mayúsculas: SURVIVE. Uno habla de este disco y no puede no hablar de su gestación porque en el fondo es hablar de la misma cosa. Pero con una gran historia y unas buenas letras no bastaría. Hace falta además música y aquí la hay a chorro. ‘Goshen 97’ es un chute de rock vitaminado, ‘Shut In’ un clásico instantáneo, ‘JM’ una carta de amor a un genio (Jason Molina) que cuando explota despeina. “I was a Indiana kid, getting no one in my bed, I had your sweet lunes to play (…) I was mean yo my dad cause I was mean to myself, I had your sweet tunes to play”. El tsunami de guitarras que arrasa en el último tercio del tema es uno de los momentos musicales más salvajes del año. Impresionante. Lo que sigue, ‘Plymouth’, es de los más bonitos. Tan sencillo, tan dulce, que desarma. “I met you when your hair was short and your ego had barely formed, it took a jug of wine just to ask you home (…) we where beautifull, broken and young”. Pedacitos de vida. Tremendo disco. (Daniel) Escúchalo en Deezer.

7. Real Estate – Atlas

Real Estate

Conocidos y mimados de modo unánime por la redacción, Real Estate tenía que estar en esta lista con el notable Atlas como insignia. La duda principal era la plaza exacta a ocupar. Si tomamos como referencia la anterior entrega de la banda, Days, son inevitables las comparaciones: mismo planteamiento, misma producción, mismos resultados. ¿Muestra de cansancio, pues? No todavía: hay tiempo, mucho tiempo, para disfrutar del paisaje. Las guitarras se sumergen por parajes bellos y accesibles, hilvanando codas de ensueño que estremecen a adolescentes asustados y adultos sobrecogidos. Quizá el mérito de la banda de New Jersey es que es capaz de hacer pasar por fácil lo difícil. Que es precisamente la función principal de la música pop. ‘Had to hear’ es pop. Y la deliciosa ‘Talking backwards’. Y la instrumental ‘April’s Day‘, una canción en la que apetece quedarse a vivir. Y bueno, todas. Presten atención a las escalas, a los arpegios, a las armonías. A cómo van encajando todos los elementos de la canción, uno a uno, como si fueran ladrillos que formasen un muro multicolor. A esa única y reconocible encrucijada donde se encuentran el folk como estilo, la bossa nova como actitud y el shoegaze como espíritu. A veces -quizá muy a menudo- la sensación de déjà vu asoma la patita. Ya saben, empieza una canción, yo qué sé, ‘Crime’, y algo en nuestro interior nos dice: “¡Un momento! Esto lo he oído antes”. Bueno, como ya se ha dicho, hay tiempo para disfrutar del paisaje. Uno siempre puede volver a ese lugar simbólico, a esa noche de verano, a ese atardecer de domingo invernal, cuando escuchaste a conciencia alguna canción de Atlas y algo en tu vida empezó a cambiar. El hogar es ese lugar al que siempre hay tiempo de volver. Y para disfrutar Atlas hay tiempo, mucho tiempo. Toda una vida. (Álvaro) Escúchalo en Deezer.

6. Lykke Li – I Never Learn

LYKKE LI

Hay individuos hechos de cemento, porque los hay, que no se cayeron de culo la primera vez que escucharon I Never Learn, el lacrimógeno tercer álbum de Lykke Li. Algo parecido a “si es que no arriesga nada, es más de lo mismo” suele ser su argumento. De locos: si semejante ejercicio de exhibicionismo emocional no conlleva riesgo, habrá que replantearse cosas. Porque esto no es un disco, es un diario abierto de par en par. No hay más que leer los títulos que adornan su tracklist para comprobarlo. El topetazo amoroso de rigor (¿qué si no?) desencadena una purga que lleva aquello de meter unas cuantas fotos, una camiseta olvidada y un libro prestado en una caja y devolvérselas al que pasa a ser un desconocido un paso más allá. O nueve, tantos como canciones incluye este desgarrador I Never Learn. Nueve estaciones para el particular viacrucis de la sueca, que se expone sin filtros ni corazas. Y no es una metáfora: ahí está esa crudísima ‘Love Me Like I’m Not Made of Stone‘, aparentemente registrada en vivo, en la que la voz le patina de puro compungimiento; o ‘Sleep Alone‘ y la canción titular, austeras como ellas solas. En el lado opuesto, ‘Gunshot‘ o ‘Silver Line‘, épicas, grandilocuentes e incluso vigorosas y decididas. Dos espejismos: no hay mal que cien años dure, pero a Lykke Li aún parece quedarle luto para rato. Disfrutémoslo, egoístas de nosotros, mientras aprende a pasar página. (Víctor) Escúchalo en Deezer.

Páginas: 1 2 3 4 5 6 7 8

Publicidad
Publicidad