26/11/2014

La tejana Annie Clark defendió con uñas y dientes su último trabajo en Barcelona

Extraordinario concierto anoche de St. Vincent en la sala Apolo. Con esta son ya dos las veces que la norteamericana ha tocado en el mítico recinto de Barcelona; a las que hay que sumar una visita anterior – su debut a cubierto en el Casino del Poblenou – durante el Primavera Club 2011, y al menos otro par de actuaciones en sendas ediciones del Primavera Sound en estos últimos años. Y en todas y cada una de sus apariciones el público ha salido del concierto absolutamente extasiado, de un magnífico humor y todavía bajo la irrefrenable agitación interna que provoca esta bomba de relojería hecha mujer. Annie Clark, al frente de un cuarteto pensado y colocado sobre el escenario para el lucimiento de la estrella, está protagonizando una de las carreras más meteóricas y exuberantes de la actualidad: tejana de adopción, con apenas 32 años y poco más de cuatro álbumes editados hasta la fecha, ha alcanzado el éxito de masas con merecimiento, derrochando personalidad, y además reinterpretándose con el pasar de los discos. Lo de anoche en Barcelona, en una sala abarrotada que tuvo en todo momento a sus pies como la reina electa que es, no fue más que otro pasito de Clark hacia el Olimpo.

Después de la propuesta contenida de la jovencísima vigitana Núria Graham, que teloneó a la de Tulsa en solitario con una guitarra, voz y mucho carácter pese a los nervios, la explosión de estilo y estética de St. Vincent quedó más remarcada aún si cabe. Lo de Clark es un rock potente, chirriante, y tan embadurnado de su propio aroma personal y natural que ningún maquillaje, peinado ni traje puede condicionarlo. Algunos temíamos que esta nueva estética, algo más distante, mecánica y deshumanizada, nos impidiera volver a ver a la Clark más ardiente, carnal y revoltosa; pero no tardó ni dos temas en disipar ese miedo. En sala, la nueva imagen de St. Vincent nos remite a la misma artista inquieta y transgresora de siempre, capaz de subirse al pódium para tocar mirándonos desde lo más alto, y de revolcarse en el suelo, segundos más tarde, en un último espasmo de punteo.

St Vincent

Con un setlist de auténtico vértigo, Annie Clark devoró el tiempo – una hora y media larga – proponiendo un ejercicio musical siempre estimulante, y armando un sonido tan tenso y firme que parecía constantemente a punto de estallar. Entre la contundencia de una batería casi marcial, y el arropo de dos teclado y, en ocasiones, de un bajo, la figura esbelta y de cuello largo de Clark se plantó en Y invertida frente al público, dejando caer un hit tras otro en una noche memorable de principio a fin. Abrió con la terna ‘Rattlesnake‘, ‘Digital Witness‘, ‘Cruel‘, punteando sobre esa guitarra áspera, y hondeando su inconfundible melena blanca mientras se movía de un lado a otro como si de un robot flotante se tratara. Después no hubo más pausas que las utilizó para hablar; pero de treguas reales nada de nada. Intercalando aspereza, severidad y majestuosidad, Clark interpretó a la perfección los papeles de temas como ‘Every Tear Dissapear‘, ‘Chloe In The Afternoon‘ o ‘Severed Crosses Fingers‘, ya subida al pódium, para luego poner patas arriba la sala con ‘Regret‘, ‘Surgeon‘ y ‘Cheerleader‘.

El último tramo de su actuación fue probablemente el más brillante, desbocaba ya de esa irrefrenable, pulida y adorable irreverencia. Su extremada extroversión musical definitivamente había eclosionado, por lo que resultó todavía más acentuado y embriagador el contraste entre la Annie solemne y regia de ‘Prince Johnny’, la seductora y femenina de ‘Huey Newton’, y la atrevida y directa de ‘Birth In Reverse’ y ‘Bring Me Your Loves’. Subida a un auténtico pedestal de éxito, Clark terminó echando hasta la última gota en unos bises en los que sonó la muy querida y cañera ‘Krokodil’; y acabó, como ya lo hizo en su otra visita a Apolo, paseándose como un icono entre el público, en esta ocasión a lomos del guardia de seguridad. Y protagonizando un final extenuante en el que fusionó sus extremidades con los dedos ansiosos de sus admiradores. Definitivamente la realidad de St. Vincent se ha convertido en mito.

St Vincent

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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