18/10/2014

Crónica de un concierto de gala en el que el público acabó ovacionando en pie a la artista danesa.

¿Creen ustedes que hay clases sociales en la música? Ayer la elegancia personificada en la pianista danesa Agnes Obel actuó en el Teatre Principal de Barcelona: un emplazamiento de excepción para una artista joven que, desde hace unos tres años, viene deslumbrado al público en su país y en buena parte del continente gracias a dos discos sensacionales. Pero es también un recinto que conserva la absurda práctica de tener en los baños a una persona encargada de abrirte el grifo, de ponerte jabón en las manos y de abrirte la puerta a cambio de una pequeña propina. Una mujer y un hombre en cada aseo correspondiente, de punta en blanco, que para colmo son negros. La sensación fue extraña, y la imagen más propia de un pasado colonialista rollo criollo o de los primeros minutos de la película Fitzcarraldo, que de la realidad que vivimos o que queremos vivir.

La actuación de la nórdica, además, ralló lo aristocrático en las formas: con modales, vestimenta y porte de alta clase, y un sonido a caballo entre la música clásica y la vanguardista herencia de Satie. Acompañada de otras tres mujeres que tocaban dos chelos, un violín, un autoarpa, una guitarra, un teclado Mellotron y hasta percusión, Obel conformó su particular cuarteto de cuerdas, y dio rienda suelta a los frutos de su evidente buena educación. Compaginó un piano de cola y uno vertical, sin escatimar un solo gramo de voz, y nos encandiló con su espalda siempre recta, los pizzicatos de chelos que nos recordaban constantemente a la pausada elegancia de Li-zhen en In The Mood For Love, y la sugestión continuada de imágenes armónicas, pulcras y ordenadas en su etérea belleza. En el fondo, aunque la fastuosidad del teatro, con candelabros y todo, nos hiciera sentir tontamente un poco más ricos, fue la música la que nos hizo sentir como auténticos privilegiados.

Agnes Obel

Triunfadora en los premios de la música danesa en 2011 con su álbum de debut Philarmonics (PIAS, 2010), Obel se presentó anoche en Barcelona, de la mano de Primavera Sound, como una figura plenamente formada, muy hecha como artista, y con un discurso musical muy claro que revela un riquísimo mundo interior que aflora con fuerza y carácter. Planteó un concierto que fue subiendo de tono e intensidad de forma paulatina, pasando exitosamente por temas como ‘Dorian’, ‘Fuel To Fire’, ‘Aventine’ – que da nombre a su segundo trabajo, Aventine (PIAS, 2013) –, ‘Run Cried The Crawling’, o ‘The Curse’; y logrando que la materialización de cada tema, de sobra conocidos por el público, resultara siempre una grata sorpresa a desenvolver poco a poco; capa a capa. Canciones que en sus manos parecían arcilla, moldeada con la fuerza transformadora de su voz.

Por otra parte, Obel ha demostrado tener una alta sensibilidad folk en el trasfondo de algunas de sus canciones –‘Pass Them By’, ‘Just So’, ‘Riverside’, ‘Brother Sparrow’, o ese guiño a Elliot Smith con ‘Between The Bars’–, conectándola de alguna manera irremediable con lo popular pese a lo distinguido de sus orígenes y de su estatus. Además, el profundo carácter que imprime en sus partituras y la poderosa fuerza cinemática de su expresión musical facilita que la contemplación de una belleza tan pura nos iguale un poco a todos. Porque si algo tiene la música, y tiene muchas cosas buenas, es que es capaz de derribar todas las fronteras; incluso las que hay, aunque no se ejemplifiquen precisamente con lo que acabo de contar, entre las todavía existentes clases sociales. Así que la respuesta a la pregunta inicial es: sí, porque están ahí para demostrar que en este terreno sí pueden ser derribadas.

Agnes Obel

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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