04/10/2014

Como una somanta de hostias.

Este verano, como a mediados del mes de julio, de pronto un oso gordo invadió mi muro de Facebook. «El oso más triste del mundo», decían los titulares. Era Arturo, huésped de un zoo mugriento en Mendoza, Argentina. Un animal demacrado y taciturno, encerrado en un molde de cemento y agua sucia. Viudo, roto y miserable. «Está volviéndose loco», decían los artículos, y los más técnicos apelaban a un término para mí desconocido hasta entonces, la zoocosis. Simplificando, una patología que incluye prácticas de automutilación y que se manifiesta en la repetición incesante de patrones de movimiento. El animal da dos pasos hacia delante, menea la cabeza hacia los lados, resopla, dos pasos hacia atrás, menea la cabeza, resopla, dos pasos hacia delante, menea la cabeza, resopla… La imagen del triste Arturo zoocótico, balanceándose metódico, encerrado y oprimido, me asalta cada vez que pongo To Be Kind y arranca esa ‘Screen Shot’ como un mantra.

«No dream, no sleep, no su-ffering, no dream, no sleep, no su-ffering, no dream, no sleep, no su-ffering, no dream, no sleep, no su-ffering, no dream, no sleep, no su-ffering, no pain, no now, no time, no here, no pain, no now, no time, no here, no pain, no now, no time, no here, no pain, no now, no time, no here, no knife, no mind, no hand, no fear, no knife, no mind, no hand, no fear, no knife, no mind, no hand, no fear, no knife, no mind, no hand, no fear». Arturo se para de pronto y baila opaco. «Love! Now! Breathe!, Now!, Love! Now! Breathe!, Now!, Love! Now! Breathe!, Now!, Love! Now! Breathe!, Now!». Y descarga. «Here! Now!, Here! Now!, Here! Now!, Here! Now!, Here! Now,! Here! Now!, Here!!! Now!!!». Pum. Los silencios en un disco de Swans funcionan como pausas. En concierto son directamente alivios.

swans

Es el final del waterboarding, el éxtasis de que te vuelvan a su sitio los tímpanos, una pequeña descompresión en la caja torácica, la carne dejando de vibrar. El disco uno puede pararlo cuando quiera, pero, a no ser que uno decida abandonar por completo, en directo no hay escapatoria. Son dos horas y media con no más de cinco pausas en las que uno ha de aguantar lo que le echen. Y por las pintas de la banda ya se adivina que no serán nanas. El quinteto que acompaña a Gira luce como una troupe de expresidiarios. El guitarrista chupado y tatuado hasta los dedos; el cromañón percusionista descamisado, el cirujano del slide repeinado y gélido, como sacado de una escena de Reservoir Dogs… Ante todos ellos Michael Gira, vaqueros negros, camisa negra, melenita alopécica, 60 añazos y los que falten. Tras el show, en el batallón de cronistas se rescata la misma cita.

«El objetivo es alcanzar una experiencia extrema, algo que aporte júbilo a quien la viva. Esa debe ser la razón de cualquier músico de verdad: crear una experiencia abrumadora a través del sonido». (Michael Gira, 2012).

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El ritual es de un primitivismo severo. La banda construye en bucles y avanza a empujones. Todas las canciones laten de alguna forma. ‘A Little God In My Hands’ de pronto explota al minuto y medio en una bola de estridencia. Al desvanecerse, se abre otro ciclo. Gira mira a sus músicos, como convenciéndoles de algo con los ojos. Los ladrillos se apilan con los segundos en un edificio a prueba de bombas, un búnker. Las canciones no tienen nunca pinta de ir a acabar. En directo ocho minutos pueden convertirse en 14 y uno directamente se pierde, se olvida. Gira se balancea zoocótico por el escenario, ensimismado cuando no canta, pero de pronto abre los ojos y con medio gesto ordena otro bombazo. El batería se levanta y hace atronar un silbato, como si el aire que expulsa estuviese a mil grados. Rojo, sudado, al borde del desmayo. Las ejecuciones no son cara a la galería, son con todo.

La media hora de ‘Apostate‘ es un trance, un paseo por el infierno. De las guitarras retorcidas del principio a la somanta de hostias del final: dos baterías desordenados destrozando cajas y timbales. Como una lapidación sin muerte, como un granizo apocalíptico sobre una chabola de chapa, como 2.000 antidisturbios tirándote abajo la puerta de casa. Violencia pura. Pero no todo es ruido.

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En ‘Just a Little Boy’ el control de la intensidad es un arte. Uno cierra los ojos y se deja mecer por la voz ajada de Gira, reposa sobre la mullida línea de bajo, se deja acariciar por las largas manos de las guitarras. Todo como en éter. Pero la puta infección acaba llegando. La voz ajada pasa al desquicie. «I’m just a little boy!!», grita dando miedo. «I NEED LOOOOOOVE!!!!!!!!, I NEED LOOOOOOVE!!!!!!!», berrea después. Las explosiones al final del tema, que en el disco acongojan, en directo te barren. El volumen llega incluso a doler. A mitad del concierto las primeras filas están cómodamente habitables. El embudo se forma a media sala, zona de confort acústico.

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Tras dos horas largas y una última descarga brutal ni hay bises, ni hacen falta. El sexteto hace formación en primera línea de escenario y de pronto los expresidiarios se desafilan. Michael Gira saluda incluso amanerado, la sonrisa del cromañón transmite hasta buen rollo. La ovación es larga y agradecida. «AMOOOOOR, ES PAÑAAAAAA!!», grita cómico el jefe, jugando con la letra de la inabarcable ‘Bring The Sun / Tussaint L’Ouverture’. El viaje al extremo ha terminado y tras la última nota hasta los jinetes del Apocalipsis son humanos.

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Foto. Daniel Boluda   Conciertos
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