02/10/2014

Repasamos la historia del canadiense Lewis, una especie de nuevo Rodriguez... sin final feliz.

Parece uno de esos consejos de «periodismo para dummies«: lo más importante es tener una buena historia. Y precisamente cierto periodismo musical (el más fetichizado y añorado) nació a base de crear y alimentar grandes historias, ya fuera en la Rolling Stone, la NME o la «Gran Revista» de turno. Las grandes narrativas, lo que podemos llamar las historias de épica rock, se fueron diluyendo a partir de los años 90 hacia discursos más fragmentarios. Parte del público lo asumió con tristeza y nostalgia, no en vano uno de los discursos más repetidos desde hace tiempo ya (y se repite entre gente joven, lo cual es cuanto menos curioso) es que ya no hay grupos como los de antes. Que ya no tenemos unos The Beatles o unos The Clash. Y como parte de esa reacción nostálgica ante el cambio aparecen fenómenos como el de Rodríguez, la odisea del mexicano que vivía ajeno al éxito e importancia social de sus discos de folk amable a miles de kilómetros de su hogar. Una historia irresistible que llevó a un documental (Searching For Sugar Man) que llevó a apariciones en macrofestivales y reconocimiento popular. El público se siente cómplice de la reivindicación de Rodríguez y así parte del final feliz de la gran historia. Entre medias hay un gran negocio y un par de discos estimables a los que se les alabó hasta la náusea (aún resuenan los ecos de los que decían «¡mucho mejor que Dylan!«).

El caso de Lewis es paradigmático. Un ‘digger‘ (que es la forma elegante de llamar a los exploradores masturbatorios de cubetas de vinilos) se topa con un disco curiosísimo titulado L’Amour en un mercadillo en Edmonton, Canadá. En la portada un señor rubio algo perturbador nos mira con una seriedad tal que parece que nos pueda explicar lo humano y lo divino. En los surcos hay una mezcla curiosa de folk y ambient, canciones bonitas que, como muy atinadamente dice la nota de prensa, parece un intermedio entre el Springsteen del Nebraska en su plañido rural y las atmósferas de psicofonía de bosque que Badalamenti preparó para Lynch. Canciones de entrada en la fase REM, de llorar porque te ha dejado la novia mientras das vueltas por un bosque del norte de Oregon, de conexión con la naturaleza y lo espiritual. El digger vio que el álbum había sido, para más inri, publicado en 1983. Antes de Twin Peaks y en un momento en el que la música yanqui se debatía entre la nueva ola más blandengue y el heartland rock. No resulta difícil imaginarse al digger en cuestión viéndose en los libros del futuro, pasando a la historia como «el descubridor de Lewis«. Había dado con un disco totalmente extemporáneo y lleno de misterio. En el libreto había una dedicatoria a la supermodelo Christie Brinkley y la foto de portada era obra de Ed Colver, uno de los grandes fotógrafos del punk. La mezcla de nombres conocidos con un ignoto disco de folk ambiental avant la lettre parece, cuanto menos jugosa. Parece material para una gran historia.

La maquinaria se puso en marcha. El digger original dio la voz de alarma y comenzó la caza y captura del individuo. ¿Quién estaba detrás de ese L’Amour? ¿Hay detrás de su hierática voz una gran narración que poder trasladar a un documental? Las primeras pistas que se consiguen alimentan aún más el misterio. Colver declara que el hombre al que fotografió apareció en un descapotable con una rubia, que tenía pinta de tener bastante dinero y que le pagó 250 dólares (con un cheque sin fondos) por la sesión. Aparece un segundo LP del susodicho, titulado Romantic Times y datado dos años después. En la portada vuelve a aparecer Lewis, esta vez ataviado de yuppie de manual, con su descapotable y su jet privado. El disco carece del encanto psicofónico de L’Amour, se aproxima más al Leonard Cohen ochentero, menos sutil y más pomposo, pero siempre con un punto de desesperación, de gran sufrimiento. Y después de este segundo álbum la búsqueda llegó a su fin: Lewis no era un ‘hoax’ ni había muerto despeñado en su Mercedes convertible por un acantilado. Seguía vivo y coleando en un pueblo Canadá. Los responsables de la discográfica que reeditó el LP, Light in the Attic, fueron allá y se lo toparon tomando un café en una terraza. No quería saber nada de royalties ni de fama, no estaba interesado en que se reivindicara su figura. Para él el disco era pasado: no le interesaba ayudar a escribir ninguna gran historia.

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Ha pasado poco más de un mes desde que Lewis decidiera quedarse en las sombras, con su vida. Terminados los misterios concluye el interés por rentabilizarlos. Ahora quedan un par de discos (tres si contamos las supuestas demos de un disco posterior con el sobrenombre de Randy Duke) apañados, con detalles interesantes, pero que no superan en nada a las obras con las que se le compara. Y queda, sobre todo, la sensación de que se quedan cojos sin el apoyo de una historia, de que eran la banda sonora de una película que jamás se rodó. Puede que esta historia de fantasmas dé más de si, quién sabe, los caminos de la industria musical son inescrutables. Aún estamos a tiempo de vivir un nuevo final feliz.

Puedes escuchar L’Amour en Deezer.

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