18/08/2014

Entrevista con el autor del imprescindible Energy Flash, uno de los mejores libros sobre electrónica y la cultura rave.

En una nueva muestra de su buen hacer a la hora de confeccionar su catálogo, la editorial barcelonesa Contra ha publicado recientemente por primera en castellano Energy Flash, santas escrituras de la música de baile y cultura rave. Firmada por Simon Reynolds, autor de los también incunables de la literatura musical Post Punk, Después del rock y Retromanía, esta extraordinaria tesina sobre la evolución de los géneros y subgéneros electrónicos se resuelve un título imprescindible en toda Indieteca que se precie.

(Playlist de Deezer con las canciones mencionadas en el artículo).

La electrónica es algo que me viene acompañando desde los 14 o 15 años”, confiere Simon Reynolds. “Empecé a interesarme seriamente por la música con las producciones de Giorgio Moroder para Donna Summer (especialmente ‘I Feel Love’) y Sparks (‘Number One Song In Heaven’, ‘Beat the Clock’…). ‘Number One Song In Heaven‘ tiene algunos pasajes que, misteriosamente, suenan a algo muy parecido a lo que posteriormente sería el acid house. ¡Y estamos hablando del año 1979!”. Con el tiempo, las estanterías del periodista británico se abastecerían con las obras de Kraftwerk y Suicide . Y un poco más tarde con las de Gary Numan, Human League, Soft Cell, New Order… “Mis amigos de Oxford y yo también nos aficionamos a los discos de música negra de club de los 80”. Grabaciones de figuras como D Train o Man Parrish y su ‘Hip Hop Be Bop’ que, rememora, se basaban, principalmente, en bajos sintetizados y cajas de ritmo. Temas que pinchaban sin parar junto a los primeros álbumes tejidos a partir de samples, como los de Art of Noise. “Recuerdo que ya cuando aparecieron Mantronix en 1986, Nitro Deluxe con su ‘This Brutal House’ en 1987, y las primeras grabaciones de acid house en 1988, me parecieron algo totalmente fresco y excitante, pero al mismo tiempo me recordaban toda la música que había estado escuchando durante los primeros años de la década de los 80: DAF, Liaisons Dangereuses, Cabaret Voltaire…. De algún modo era como si el acid house fuera la reanudación del futuro. De hecho, ya entonces usé la expresión “lost future” para describir algo que percibía como la reactivación de unas ideas que ya habían sido exploradas anteriormente”.

Para Reynolds lo que diferenciaba al acid house y el techno de aquellas primeras ideas exploradas en el post-punk es que no se basaban en canciones sino que era música instrumental refugiada tras un anonimato radical. Además, la cultura que rodeaba al acid house –las raves, la ropa, los rituales…–, todos estos aspectos circundantes eran absolutamente diferentes y nuevos a lo que había vivido hasta entonces. “Lo que más me atraía del acid house, techno bleep y las expresiones más duras del techno facturado en Bélgica, como ya me atraía del rock, era esa intensificación de la energía: agresividad sónica, reiteración hipnótica, pesadez, grandilocuencia apocalíptica… Para mí, las conexiones entre ‘Loose’ de los Stooges y ‘Energy Flash’ o ‘Mentasm’ de Joey Beltram son evidentes. Lo mismo con ‘Iron Man’ de Black Sabbath y ‘Dominator’ de Human Resource. Pero como era música creada por máquinas, el techno resultaba mucho más frío y oscuro. Diría que, en oposición a todas las bandas indie del momento inspiradas por los sonidos de los 60, el techno se convirtió en el rock del futuro y el acid house en la nueva psicodelia”.

PREDICANDO EN LA PISTA

Energy Flash

Energy Flash se reivindica como un fascinante viaje a través de la evolución de los géneros y subgéneros que han alimentado la música electrónica a lo largo de los años. Relato en el que el londinense ahora afincado en Los Angeles, avalado por su irredenta militancia en la escena, adopta un rol cercano al del antropólogo y, con su prosa plúmbea pero irremediablemente atrayente, transcribe todo lo que sintió y experimentó en las miles de horas que pasó en las pistas de baile. “En los 90 no había mucha gente que realmente pillara de qué iba esto, y aquellos que sí lo entendían y lo vivían como una expresión cultural, tendían a hacer artículos muy herméticos, con una visión muy de la escena”. Para Reynolds, la mayoría de sus compañeros gremiales perdían el tiempo escribiendo sobre nuevos temas, nuevos productores, nuevas discográficas, sobre qué molaba y qué no, y muy poco exponiendo la relevancia y trascendencia de la escena electrónica. “Para mí, lo mejor de Energy Flash es cuando tomo esa faceta de practicante-observador, esas partes en las que relato mis propias experiencias, sentimientos y recuerdos de todo aquello que vi con mis propios ojos”. Confiesa que, en su concepción original, el libro iba dirigido a las personas que habían protagonizado en primera persona aquella escena, como queriéndoles advertir que lo que habían vivido no había sido algo trivial, tampoco una pérdida de tiempo y energía, sino un momento cultural relevante, un fenómeno tan extremo como notable. “Con Energy Flash trato de explicar por qué todo aquello tiene su importancia, cuáles fueron sus raíces históricas, sus contradicciones y defectos. Así mismo, el libro también tiene la intención de interesar a aquellos a los que les gusta la música electrónica y que, aunque no militaban en la escena, quieren descubrir por qué esta música extraña fue tan relevante para aquellos que la vivieron de pleno. Un libro que escribí en 1997 basándome en mi trabajo periodístico durante los cinco años anteriores. Artículos que, vistos en perspectiva, tenían un propósito evangelizador”.

Publicando en medios no especializados en música electrónica de baile, principalmente en revistas de rock o periódicos generalistas, Reynolds evoca que sus lectores eran, por lo general, gente que vivía aquella escena desde el extrarradio, por lo que, desde sus artículos, trataba de persuadirles de que algo realmente increíble e importante estaba sucediendo. “Lanzaba proclamas del tipo: ‘Todavía estáis a tiempo de poderos unir. Esta es la música más excitante y representativa del momento. No os lo podéis perder”. Y la esencia de aquellos mensajes fue la génesis del libro. Pero el material que he ido añadiendo en las revisiones posteriores, las de 2007 y 2012, es más objetivo, más centrado en la observación que en la militancia. Diría que actualmente desempeño un trabajo menos evangelizador, aunque me he entusiasmado con mucha de la música electrónica que se ha producido desde que se publicara Energy Flash hace casi 20 años”. Cuestionado al respecto, si tuviera que elegir el sonido con el que ha perdido la cabeza durante los últimos años, el inglés no titubea en apuntar hacia el grime. “Desde 2002 hasta 2005 escribí muy apasionadamente sobre ello, advirtiendo a la gente que debía prestar atención a un género que creía lo más emocionante que se estaba haciendo por aquel entonces. Volví a convertirme en evangelizador, pero como el mensaje no caló pasé de seguir dando el coñazo”.

UN RUIDO NARCÓTICO

Son diversas ocasiones a lo largo de su discurso en las que Reynolds utiliza expresiones como “ritos asociados a la música electrónica”. Hábitos, ceremonias y costumbres en los que las drogas adquieren un papel preponderante. “Conozco a gente metida de pleno en la música techno pero que en su vida ha tomado una píldora”, contrarresta el británico. “Incluso hay productores, como 4 Hero o Josh Wink, que han creado música psicotrópica pero que jamás han tomado drogas”. Dicho esto, acaba admitiendo que gran parte de la gente que acudía a las raves o a los clubes, o iba drogada o había pasado por un periodo de su vida donde habían tomado éxtasis y podían “sentir la vibra” incluso si no iban de E, pues iniciados en las sensaciones del éxtasis sabían lo que se suponía que la música provocaba en sus cuerpos. “De por sí, la música ya es un viaje eufórico en el que puedes embarcarte sin la necesidad de ninguna droga. Pero el éxtasis, así como otras sustancias químicas, aportan toda una nueva dimensión de intensidad. La evolución de la música de baile electrónica, ciertamente, habría sido diferente sin su conexión con el éxtasis. Tanto la energía colectiva generada, así como la evolución de los sonidos fueron condicionados por el consumo de éxtasis”. Así, los productores tomaron ciertos sonidos, texturas, riffs, estructuras y los intensificaron porque, habiendo sido ravers, sabían cómo la música actúa en el cuerpo humano cuando este está bajo la influencia del MDMA. “Pero el consumo de drogas se desmadró, la gente empezó a tener malas experiencias, viajes paranoicos… y la música techno se oscureció y se transformó en algo mucho más raro y retorcido. El uso de éxtasis y anfetaminas en cantidades cada vez más grandes también hizo que la música se volviera más y más rápida, derivando en el jungle, el gabber y el hard-trance”.

En realidad, el consumo de drogas no es algo asociado exclusivamente a la electrónica. Todos los géneros y subculturas juveniles han hecho de ciertas sustancias parte de su identidad. Simon tiene una visión diferente al respecto. “No creo que el rock esté tan estrechamente ligado a las drogas como la electrónica, aunque en algunos momentos de su historia sí que hubo ciertas sustancias que jugaron un papel importante”. Se refiere a las anfetaminas durante la década de los 60, y muy especialmente en la cultura mod. A los calmantes y barbitúricos a principios de los años 70 en el rock depresivo y pasado de bandas como Black Sabbath. A la cocaína y el soft rock y el sonido de Los Angeles de finales de los años 70. Y así sucesivamente. Pero, según el, la diferencia es que en todas estas expresiones musicales no es necesario tomar drogas para sentir la energía o vibración de las composiciones. “Lo mismo pasa con el dub reggae. Me metí de pleno en esta música mucho antes de pillar mi primer colocón de marihuana. Cuando empecé a fumar la entendí mejor, la sentí de una forma más intensa pero no mucho más de lo que ya había experimentado”. Estupefacientes para acentuar el ritmo que pueden ser el motivo por el cual muchas veces a la música electrónica no se la ha tratatado como una manifestación cultural más. “Hay una corriente mayoritaria en la sociedad que suele describir la música electrónica como un mero ruido narcótico, o que cree que solo funciona en un determinado contexto: noche-club-drogas”, concede Reynolds. “En Energy Flash me debato entre el argumento de que la electrónica es una forma de arte, una especie de arte de la calle, pero al mismo tiempo también una celebración. Reclamo esa teoría del ruido narcótico como un residuo nihilista pero glorioso de energía perdida en un agujero negro, casi como una anticultura. Aunque, al mismo tiempo, se podría argumentar que lo dionisiaco, la liberación de la frustración a través de la alegría y el exceso catártico es en sí mismo una tradición cultural que se remonta a través de los anales de la historia”.

REGRESO AL PASADO

Puede ser una supina estupidez, pero uno se pregunta si hay fecha de caducidad para el baile. Si llega un momento en la vida que uno deja de sentirse atraído por la pista y la oscuridad moteada por luces estroboscópicas. “Hay un montón de personas que están envejeciendo con la música electrónica”, me tranquiliza el entrevistado. “Gente que sigue interesada en la escena pero que tal vez ya no sale tan a menudo, o no desfasan tanto como lo hacían cuando tenían 20 años. Se mantienen interesados en cómo evoluciona la música y van a ver a sus viejos deejays favoritos. Creo que se está gestando el inicio de un circuito nostálgico de la música electrónica”. Tendencia por la melancolía que se aviene con la teoría de Reynolds de que el futuro de la música electrónica se encuentra en su pasado. “A nivel creativo, lo más relevante que ha sucedido en la escena durante los últimos años regresa al house y al techno. No es una revisión literal, pero sí un retorno a las ideas básicas. Y, ojo, algunas de las cosas que se están haciendo suenan muy bien, pero no te transmiten aquella sensación de ruptura. No es algo que te transporte a zonas desconocidas”. Es lo que él ya denomina “retrodance”, y que tiene su máxima expresión en productores como Perc, Gesaffelstein o Raime, que están retomando sonidos proto-techno de los 80 como el industrial y el Electric Body Music. “Hay un montón de gente haciendo homenajes al breakbeat hardcore y el jungle de incios de los 90, como Paul Woodford con su proyecto Special Request o la aventura Millie & Andrea (alianza entre Andy Sott y Miles Whittaker de Demdike Stare). Pero no es algo que sea extremadamente reciente, sino que viene sucediendo desde hace un tiempo, y como ejemplo tenemos el ‘Where Were You in ’92’ de Zomby, o los ecos a rave y UK garage en la música de Burial. También se están reeditando un montón de viejas referencias discográfica, y se están escribiendo muchas retrospectivas e historias orales. Así que, como ya sucedió anteriormente con el rock, la música electrónica de baile está profundamente sumida en una fase de nostalgia por revivir su juventud”.

Oye, Simon, ¿God is a DJ?
«No para mí. Nunca he sentido veneración por los deejays. Algunas de las mejores sesiones que he bailado escondían en la cabina a un DJ relativamente desconocido. Cuando pienso en algunas de las mejores, más increíbles noches que he vivido en un club, no recuerdo, o incluso ni en aquel momento tampoco sabía, quién era el deejay. He visto algunos deejays con una técnica exquisita que sí han aportado algo a lo que estaban pinchando, pero por lo general, lo de hacer de deejay tan solo se trata de encadenar un disco tras otro generando una secuencia que funcione. Así que un DJ no sería nada sin el creador de aquella música, el productor, que algunas veces es el mismo DJ, pero no siempre. Yo afirmaría que si hay un Dios, este es el productor. Y yendo un poco más allá, la auténtica estrella de la cultura rave es el público. Aborrezco la imagen de todo el mundo bailando pero mirando hacia la cabina. Prefiero los clubes pequeños donde los deejays pasan desapercibidos. No hay nada interesante en mirar qué hace un DJ mientras pincha, es mucho más fascinante mirar a la gente que baila a tu alrededor, a los amigos con los que has ido al club, o establecer contacto visual con un extraño. O simplemente, cerrar los ojos y perderte en la música».

Por: Oriol Rodríguez

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