19/07/2014

Segunda jornada del festival, con Kasabian, Tame Impala, Jake Bugg, Paul Weller...

El rock británico es una ideología, una forma de ver la vida. Construido a base de tótems intocables y alimentado por una prensa afín, ha ido creando una dinastía de estrellas que se alimenta a si misma. Ayer Benicassim se convirtió en una celebración del rock británico puro y duro, con todos sus clichés y tópicos, con estrellas y estrellados (discúlpenme esta fea expresión) y con un público que iba a ello. A celebrar su galaxia de putosamos que salen en portadas del NME cuando son jóvenes, en especiales de la Mojo cuando son viejos, y en Soccer AM entre medias. Se podría haber erigido perfectamente un altar a santa Stella Artois y a las mejores entradas de Roy Keane, a las chicas de la página 3 de The Sun y al sunday roast resacoso.

Comenzó la jornada mal para el aquí firmante, dado que un problema, digamos, logístico, hizo que no pudiera llegar a tiempo para ver a los grandes tapados de la jornada, Los Claveles. La vida está repleta de conciertos a los que «ibas a ir pero no» y de los que te arrepientes toda la vida. Sospecho que, dada la grandeza de su repertorio, este será un concierto más para esa lista. Por alguna razón que aún no me explico acabé frente al Maravillas a la hora que actuaban Razorlight. Los que ya en su momento eran el grupo menos talentoso de su generación, como era de sospechar, no han mejorado mucho una década después. Tuvieron un par de hits de radiofórmula rockera (America‘ e ‘In the Morning‘) pero su repertorio y formas parecen relegarlos al circuito de «nuevas viejas glorias». A hacer giras con Shed Seven. A tocar en fiestas de pueblo por toda la pérfida Albión. A tocar en Watford una tarde de junio dentro de tres o cuatro años.

Albert Hammond Jr

Albert Hammond Jr. parece haberse tomado su carrera en solitario como una buena excusa para el turismo y la recolecta de billetes. El John Squire de los Strokes da vueltas por el mundo tocando un repertorio tremendamente poco memorable pero agradable. El escoger como versión el ‘Ever Fallen in Love‘ de los Buzzcocks es toda una declaración de intenciones. El himno punk-pop, convenientemente pervertido años ha por los repugnantes Nouvelle Vague, se ha convertido en viva imagen del punk como banda sonora para oficinistas y empleados de banca. El muy rizoso acompañante de Casablancas se dio a un rock entretenido y olvidable, para sentarse cerca del escenario pero no prestar demasiada atención. Toma el dinero y corre. Lo de Paul Weller es duro, durísimo. Duro porque es verlo, con ese vozarrón, ese estado de forma perfecto, una banda que suena inmaculada, y pensar aquello de «qué buen vasallo si hubiese buen señor». Estamos hablando del que entre 1978 y 1986, aproximadamente, escribió uno de los cancioneros más apasionantes, emotivos y ricos en matices que hay en el universo pop. Entre The Jam y la primera etapa de Style Council hay decenas de canciones tan buenas que se defienden ellas mismas a puñetazos. Y ver a alguien del talento de Weller desperdiciándolo en un rock tan plano y vulgar como el de sus discos post 1990 es triste. Porque lo hace con maestría y aplomo. Todo el concierto es un «ojalá», ojalá no hubiera perdido el «mojo» compositivo y siguiera en forma, ojalá no se hubiera dado a la pereza creativa absoluta. Ojalá hubiera perdido el pelo, inmaculado y envidiable, si a cambio nos hubiera seguido entregando canciones como, qué sé yo, ‘Boy About Town‘. Sonaron ‘My Ever Changing Moods‘ y ‘Start!‘, que supieron a poquísimo. El público aplaudía a rabiar pero nadie cantaba las canciones. Se aplaude al icono, por desgracia.

Paul Weller

De Of Montreal no sé tanto como me gustaría. Pero fueron «los triunfadores de la jornada«, como dice la frase hecha. En el Trident saltaron auténticas chispas de magia. Había relativamente poco público, aunque movidito y bailón. Y se puso a llover. Y nos topamos con la psicodelia verdadera y con el tercer verano del amor. Los de Athens (como REM, y como los B-52s, y como…) hace ya muchísimo que abandonaron la ortodoxia popera de la que hacían gala en sus primeras referencias para entregarse al delirio, a las canciones libérrimas que parten del glam, o del funk, para retorcerse sobre si mismas y acabar en otra parte. Cuando empezó a llover, a lo grande, casi parecía aquello una granizada, el público aumentó, y se empezó a bailar bajo la lluvia. Fue un leve destello de comunión colectiva, exacerbado por un Kevin Barnes descamisado que seguía jugueteando mientras algunos hooligans se sacaban literalmente el pene en danzas rituales británicas. Fue divertidísimo y, sin lugar a dudas, uno de los mejores momentos del festival.

Jake Bugg

 

Y del Trident, empapados y alegres zarpamos al abarrotadísimo Maravillas a ver al niño prodigio de la religión rock británica, Jake Bugg. Que con sus tiernos 20 añitos esté por delante en el cartel del mismísimo Paul Weller es sintomático de su estatus. Comenzó el concierto con auténtica concisión, canciones de dos minutos alimentadas por una acústica, bajo y batería, un power trio eficaz para defender sonidos que recordaban a Estados Unidos alrededor de 1958. La recepción del público era espectacular. A la tercera canción sonó ‘Seen It All‘, y el Maravillas ya se había convertido en un karaoke masivo. Bugg es timidito y seco, como Alex Turner antes de comprarse su primera chupa de cuero, pero cae bien, es «el hijo que todas las madres querrían tener» y gusta tanto al público maduro como a sus coetáneos. Por desgracia, cuando aparcaba la acústica y agarraba la eléctrica de turno se empeñaba en hacer rock ramplón y flojo, mucho más vulgar que sus temas más acústicos, que es donde realmente brilla. El mismo público parecía darse cuenta, puesto que el karaoke masivo se producía más en los temas lentos, mientras que en los rockeros la mayor preocupación era esquivar los cachis llenos de orina que lanzaban los simpatiquísimos jóvenes británicos.

Tame Impala

Nos aproximábamos a las horas punta del festival, y la cita ahora era en el Trident, con los muy queridos Tame Impala. Santos patrones del revival psicodélico de los últimos años, tienen el total apoyo de la prensa y de cierto público, y se esforzaron en reproducir las atmósferas de Lonerism con precisión y delicadeza. Tanto es así, que la ceremonia es para convencidos de antemano. Dificilmente se puede entrar en el concierto si uno no es muy fan, dado el detallismo y nivel de ensimismamiento de su propuesta. Kevin Parker tiene talento y una banda muy eficaz, pero no llegaron a convencer al sector hooligan del público, que contemplaba sin gran entusiasmo a unos señores australianos demasiado amantes de los porros para su gusto. Después de la preciosa ‘Feels Like We Only Go Backwards’ el trasiego hacia el escenario principal fue exagerado. Una vez escuchado el hit la gente se prepara para la batalla.

Llegan los primeros grandes cabezas de cartel del festival y uno de los grupos epítome de lo que es el rock británico hoy. Es el momento de Kasabian. Han pasado diez años desde su simpático debut, y no han conseguido firmar aún ninguna obra en formato LP que les alce al trono que buscan a la desesperada. Para su suerte, poco a poco, single a single, han ido atesorando un repertorio más que aceptable lleno de temas testosterónicos a medio camino entre Primal Scream y Oasis; a nivel musical y de actitud. Son herederos naturales de la tradición de la banda de los hermanos Gallagher, a los que telonearon en la que fue la última gira antes de que Noel y Liam separaran sus caminos. El directo de la banda de Leicester (pronunciado «lestah», como bien nos indicaban las camisetas de un grupo de demenciados británicos) está medido al milímetro y ejecutado con precisión marcial. Donde otros grupos de su tradición se abandonaban a un mayor caos aquí no hay lugar para el error. No hay lugar tampoco para la lentitud: y aquí entra la enloquecida teoría del redactor aburrido. Lo que separa a Kasabian de la gloria eterna es su incapacidad para la balada. Al fin y al cabo Oasis no conquistaron el mundo hasta que tuvieron su ‘Wonderwall’ y su ‘Don’t Look Back in Anger’. En el pirotécnico espectáculo de Kasabian no hay ni pausas ni sentimentalismo alguno. Hay tralla, hay condiciones para que el jovencito asistente al festival lo califique de «brutal» en su twitter mientras bota con el post-bakalao de ‘Eez-eh‘.

Kasabian

La jornada llegaba a su fin con la mayor parte del público cubierto de diversas capas de líquido: agua de lluvia, cerveza, sidra Strongbow y otra cosa amarillenta que usted puede imaginarse, producto de los excesos de una parroquia extasiada, garrula, divertida e inconfundible; que es la esencia de un festival en el que solo cabe aceptar el contexto y querer disfrutarlo. Y quien quiere, puede.

Fotos: Pau Bellido (FIB)

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