11/07/2014

Crónica del ambicioso e idílico nuevo festival, con Lana del Rey, Yo La Tengo, M. Ward...

Sobre las cenizas todavía calientes del Faraday, el Vida Festival tenía como principal misión para su primera edición, al menos, recoger el testigo del primero y agrandar su legado, continuando con el savoir-faire de este pero adaptándolo a un público mucho mayor. Al buen nivel musical mostrado por las bandas escogidas hay que sumar el tremendo acierto de la organización en lo que respecta al emplazamiento: la Masía d’en Cabanyes de Vilanova i la Geltrú, sus jardines boscosos y entorno natural de sol y campos sembrados, además de bucólicos y hermosos, han servido de perfecto y cómodo marco para el desarrollo de un festival que, solo por eso, ya se ha ganado muchos adeptos. El éxito del fin de semana, aumentado por la confirmación de que habrá un Vida 2015 (para el que ya hay un primer confirmado: Andrew Bird), ha hecho justicia a las altas expectativas que su ambicioso cartel había venido generando en los últimos meses.

LA MÚSICA, LO PRIMERO: VIERNES 4 DE JULIO

Lo primero a destacar del festival, tras haber sucumbido de inmediato al encanto del recinto, fue la amplia presencia de artistas del panorama catalán en su programa. Las primeras tres horas del viernes, sin ir más lejos, pudimos escuchar tres propuestas locales interesantes, y una cuarta, sevillana, que se declaró solicitante de asilo socio-cultural en nuestra tierra. Alberto Moreno (de origen valenciano) y su banda, que llamaron la atención con un pop-rock de estructuras inquietas y juegos vocales muy originales; Pau Vallvé y la extremada suavidad de su pop, de su voz, y de su forma de estar; Joan Colomo, dispuesto siempre a aportar su granito de arroz a la diversión y al desenfado; y, por supuesto, Sr. Chinarro, que subido a la simpática barquita que era el escenario El Vaixell, presentó sus canciones en acústico con el estilo y la gracia de la que solo un hombre como Antonio Luque puede hacer gala. El sevillano, además, nos recomendó asistir al siguiente concierto, el de M. Ward: allí fuimos, y allí le vimos disfrutando.

Joan Colomo

Y no es para menos, porque el recital del californiano quedará registrado como uno de los mejores conciertos de todo el fin de semana. La desenvoltura del todavía joven Ward a la guitarra sorprendió a propios y extraños, superando la imagen de compositor estático que ha dado en alguno de sus últimos trabajos. Sonaron temas conocidos y emblemáticos de él, como ‘Chinese Translation‘, pero más allá de canciones concretas, lo que el norteamericano demostró el vienes en el Vida fue que el talento natural está por encima de cualquier cosa en la música, y que no hace falta llamar la atención por otras vías que no sean estrictamente musicales para triunfar. Ward está en el grupo de artistas imprescindibles para entender el fenómeno neo-folk de los últimos 10 o 15 años: su humildad, su facilidad para hacer entendible el lenguaje de la música americana, y la pureza de su presencia y de su sonido, lo colocan entre los más grandes del género. Son su único aval, y eso fue lo que nos regaló durante el atardecer del primer día de festival.

M Ward

La sorpresa más agradable vino a continuación de la mano de Timbre Timbre, que inauguraron el escenario Masía, a cuyas espaldas se erguía el imponente edificio elegantemente iluminado. Los canadienses, liderados por la magnética voz de Taylor Kirk, practican un sonido bastante enigmático y atractivo, a medio camino entre el ritmo lento de un blues moderno y el umbral de entrada a la psicodelia setentera. Uno de esos descubrimientos por los que vale la pena ir a un festival. Todo lo contrario que Rufus Wainwright, que difícilmente ganará nuevo seguidores en noches como la del viernes. Al margen de su calidad como compositor, intérprete (ahí dejó ‘Hallelujah‘ o ‘Cigarrettes and Chocolate Milk‘) y pianista, su estilo empalaga y no deja más que dos opciones: o te encanta, y después de su concierto te vas a dormir, o si quieres seguir animado para disfrutar del resto de festival (eran las 23h) tienes que hacer verdaderos esfuerzos.

Por suerte para los segundos llegaron al rescate los Cheatahs, formación de origen británico de superficie rock noise, interior brit-pop e inspiración shoegaze. Sin ser la quintaesencia del panorama londinense actual, los Dean Reid y compañía sonaron bastante bien sobre el escenario, modulando correctamente distorsiones y ritmos, y aferrándose bien a la columnata de una voz bien firme. Por desgracia, era de los pocos conciertos que coincidía con otro, el de El Último Vecino; y éste a la vez se solapaba con el principio de Mishima. Nos pasamos por el del proyecto de Gerard Alegre Dòria, homenaje a la escena más oscura de los ’80, y comprobamos que en directo El Último Vecino interpreta la reconstrucción arqueológica musical de una era con más acierto aún que en su disco de debut. El cierto en la instrumentación, la admiración sincera y una verdadera atención por los detalles hicieron de su sonido un imán para aquellos que querían moverse un poco pasada la medianoche.

Mishima

Lástima que el último plato fuerte del primer día apenas nos dejara tiempo con Dòria, porque el ambiente del escenario Cabana, donde habíamos empezado la jornada, era fantástico. Pero Mishima, que hace ya tiempo asumieron el papel de grupo de masas por excelencia del panorama catalán, reclamaron nuestra atención. Hubo momentos, entre demostración y demostración de las cotas de universalidad a las que puede llegar el pop en catalán, que recordaron en elegancia, en el saber estar y en madurez a los mismísimos The National, con un David Carabén que cada vez calza mejor percha. Con ellos cerramos nuestra particular ruta de la primera jornada del Vida, que supo combinar con atino las estrellas de renombre internacional con esa gran cantidad de propuestas locales –muchas de ellas, tan o más brillantes que las susodichas estrellas–.

SÁBADO 5 DE JULIO

Con la previsión de que la presencia de Lana del Rey iba a incrementar considerablemente la afluencia del público en la segunda jornada, la Masia d’en Cabanyes recibió un número de considerable de visitantes durante las primeras horas del sábado. De hecho, el concierto de Lawrence Arabia en el delicioso escenario del Vaixell registró ya un lleno considerable, aunque la propuesta del neozelandés no fuera para tirar cohetes. Tampoco fue exactamente su culpa: él solo estaba allí por la baja de última hora de Núria Graham, y resulta que el tipo se encontraba de vacaciones en Sitges, le propusieron tocar, y allí se plantó con una guitarra prestada y canciones de folk con matices psicodélicos que, si bien no presentaban graves deficiencias, tampoco conseguían transmitir nada realmente especial.

Silvia Perez Cruz Refree

Fue precisamente en ese mismo escenario idílico donde, solo una hora y media más tarde, el tiempo se detuvo. Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernández ‘Refree’ se subieron a la pequeña barca dispuestos a desgranar una versión reducida del espectáculo de más de dos horas que están presentando actualmente, basado casi por completo en su álbum conjunto Granada, que recoge versiones que van desde Albert Pla a la canción de autor latinoamericana o incluso Schumann. Y lo hicieron igual que lo grabaron: sin ayuda de nadie, solo con la desarmante voz de Sílvia, tan cercana en ocasiones al quejido flamenco pero siempre siendo capaz de rescatar el lamento y devolverlo a la emoción limpia del pop. Y todo sustentado, claro, en la guitarra de Refree, lánguida en momentos, rabiosa en otros, precisa cuando era necesario pero siempre, siempre, capaz de transmitir una suerte de rabia contenida. Una lección de música sin cortapisas ni tapujos, directa desde las entrañas.

Yo La Tengo

Los últimos acordes de la guitarra de Raül prácticamente se entrelazaron con las primeras notas de Yo La Tengo, uno de los puntos álgidos del festival para muchos. Sin embargo, pese a lo bien acostumbrados que nos tienen los de Hoboken, no fue esta su mejor noche. Y los motivos fueron varios: arrancaron con ganas de reivindicarse a través de la bofetada sonora de ‘Cherry Chapstick‘, pero los problemas de sonido iniciales y la complicada conexión con el público por la presencia de los fans de Lana del Rey en las primeras filas les cortaron las alas. Precisamente fueron estos últimos, casi más preocupados por aparecer en las pantallas de vídeo del festival o leer best-sellers para adolescentes que de intentar comprender qué estaba pasando encima del escenario, los que también lastraron la parte más reposada del concierto, con una ‘Our Way To Fall‘ absolutamente desdibujada por la falta de complicidad, y una ‘Before We Run‘ que aún y resultar muy notable quedó unos puntos por debajo de la excelencia que rezuma. Al final, una despedida con esa ‘Ohm‘ que en disco es una bienvenida, y sensación algo agridulce: ellos estuvieron a la altura, pero lo que podría haber sido otro encuentro memorable con Ira, Georgia y James, tuvo algo de frustrante.

Lana Del Rey

Y fue por Lana del Rey, convertida ya en un ídolo de masas, de aquellos que logran arrastrar incondicionales allá donde va para verla únicamente a ella. La norteamericana llegaba con su segundo disco, el oscuro y ambicioso Ultraviolence, recién salido del horno, y lo cierto es que ofreció un concierto más que digno. Estuvo mucho más segura que cuando la vimos en el Sónar 2012 por primera vez, su técnica vocal ha ganado muchos enteros, y sabe cómo conectar con ese público que la adora fervientemente (improvisó uno de los temas de su nuevo disco ‘Old Money‘, a capella por petición reiterada del público). Aún así, ella en directo sigue padeciendo una alarmante falta de carisma, como si las canciones no fueran con ella, algo que contribuye a que todos aquellos que no le profesan un amor absoluto lo tengan complicado para conectar con ella. Eso y detalles como el meet and greet que Lana hizo a mitad del concierto, bajando a las primeras filas de público para saludar, dejarse tocar y hacerse decenas de selfies… y que se alargó durante un buen cuarto de hora. Es muy loable que quiera dedicar tiempo a sus fans, pero por el bien del ritmo del concierto, sería mucho mejor si lo hiciera al final del concierto o en otro momento. Un concierto, como era de esperar, en el que asomaron los singles del nuevo disco (como las notables ‘Ultraviolence‘ y ‘West Coast‘), entremezclados con los temas ya clásicos (‘Born To Die‘, una ‘Blue Jeans‘ mucho más épica, la eterna ‘Video Games‘), con la ausencia destacada, al menos para quien escribe esto, del que es a todos los efectos uno de sus mejores temas, ‘Young & Beautiful‘. Al final, ‘National Anthem‘ para despedirse, cabeza de cartel de primera línea para la historia del Vida 2014, y todos (más o menos) contentos.

Pional

Tras la dosis de calma del concierto de Lizzy Grant, resultaba necesaria una dosis de ritmo para levantar la noche. Austra pusieron su parte con la vertiente más electrónica de su pop, y los madrileños The Parrots hicieron lo propio a base de guitarrazos y energía, confirmando que son unos buenos discípulos de bandas como Mujeres y, por ende, de The Black Lips. La contundencia guitarrera tuvo un pequeño receso con Pional, quien en el escenario grande y con su directo estrenado recientemente, demostró por qué todo el mundo le considera uno de los productores electrónicos más relevantes del momento (tanto junto a John Talabot como en solitario). Subido a una pequeña tarima encima del escenario, y siempre con la elegancia que le caracteriza, al madrileño todavía le falta un poco de soltura a la hora de afrontar su directo en solitario, pero una voz que ya querrían muchos grupos de pop juntamente con temas como ‘Invisible/Amenaza‘ le avalan, y certifican que lo suyo solo acaba de empezar. El final con ‘Destiny‘ sirvió para culminar un set que calmó nuestra sed de baile. Inmediatamente después, volvieron las guitarras con los portugueses Paus, que tienen en su doble batería la base principal de un concierto que estuvo sobrado de ritmo explosivo pero al que le faltó algo de gancho. Igual que a los DJs encargados de amenizar las últimas horas del festival, a los que les hubiéramos perdonado que sonaran como una lista de reproducción con sus dos segundos de pausa entre tema y tema si no fuera porque nos acabaron aburriendo bastante con tanto revival sixtie.

LOS RETOS

Convertido finalmente en realidad, no resulta difícil imaginar al Vida Festival siendo uno de los festivales de referencia en cuestión de pocas ediciones. El espacio, repetimos, es completamente mágico, tanto por el mimo con el que se han pensado sus escenarios (especialmente los dos pequeños) como por las instalaciones artísticas e iluminación que ambientaban el recinto, además del hecho de la experiencia en plena naturaleza. Una vez vivido, resulta innegable que la idea era necesaria y muy adecuada, en la línea de festivales de otras partes de Europa (algunos de ellos electrónicos) que tienen en su localización y la atención al detalle el verdadero cabeza de cartel, igual que la organización del Vida ha declarado por activa y por pasiva. Como toda primera edición tienen cosas a mejorar (la zona de comida se colapsó en la hora punta del sábado, y el acceso al recinto a través de buses lanzadera no funcionó con la fluidez que debiera), pero el verdadero reto, en realidad, es otro: y es que siendo un festival con tan pocos grupos, en el que los conciertos raramente se solapan, la línea artística tiene que estar muy bien definida. La intención del festival es guiarte por una experiencia de festival en la que apenas debes escoger, porque no hay dos opciones al mismo tiempo, y por tanto la responsabilidad de éste a la hora de seleccionar las propuestas es todavía más determinante para que el público acabe disfrutando de un buen festival a nivel musical. En nuestra opinión, con un puñado de propuestas emergentes internacionales y un fin de fiesta más explosivo, probablemente darán en el clavo. ¡Larga vida al Vida!

Texto: Pablo Luna Chao y Aleix Ibars

Fotos: Pablo Luna Chao

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