20/06/2014

Entrevistamos al autor de Lost In Music, apasionante libro editado por Contra.

Aquel día de 1971 en el que escuchó a través de las ondas el ‘Jeepster‘ de T. Rex, la vida cambió para Giles Smith. Nacido en la soporífera Colchester, donde lo más excitante jamás ocurrido es aquella leyenda que asegura que los Beatles se detuvieron a comprar caramelos camino a un concierto, el pop pasaría a ser su credo, y convertirse en una estrella de la música su objetivo vital. Lo intentó en la década de los 80 con The Cleaner from Venus, pero, como a tantos otros miles de aspirantes a iconos y celebridades, el sueño acabó por difuminarse. Publicado originalmente en 1996, Contra acaba de editar (¡por fin alguien se ha atrevido!) en castellano Lost in Music, una de las más exquisitas declaraciones de amor a la música pop, título de cabecera para Nick Hornby, John Peel y tuyo tan pronto caiga en tus manos.

Lost in Music está descrito como la historia de un perdedor. Sin embargo, con tu banda, The Cleaners from Venus, publicasteis dos álbumes con ventas aceptables en Alemania, país por el que, además, girasteis con cierta repercusión. No conseguiste ser una estrella del pop, pero en la actualidad muchas bandas indie matarían por vivir algo parecido.
GILES SMITH: ¿Ventas aceptables? No sé cuál es tu fuente, pero me suena un poco optimista. ¡Tal vez alguien me debe algo de dinero! Aun así, estás en lo cierto cuando te refieres a las bandas indie de hoy en día. A finales de 1980, eran otros tiempos, por supuesto, y se tenían que vender muchos discos para entrar en cualquier tipo de lista. Nosotros ni nos acercamos. En cualquier caso, todo es relativo, y, más allá de las cifras, había, definitivamente, un déficit entre lo que conseguimos con The Cleaners from Venus y mis desorbitadas ilusiones por convertirme en una estrella del pop.

Aun tratándose de un libro autobiográfico, también es el testimonio de una manera de entender el pop: la gente no tenía acceso a tanta música como en la actualidad, por lo que su colección de discos devenía sus santas escrituras particular, su credo vital.
Bueno, tengo varios amigos que, tal como siempre han hecho, todavía le dan mucho valor a los discos, los libros… Incluso para mis hijos también es así. Sin embargo, para ellos ya no se trata de venerar un objeto físico, sino de teléfonos móviles y tabletas.

Ahí es donde se halla la gran diferencia.
Exacto, pero para los más jóvenes la música sigue siendo una parte muy importante en sus vidas, aquello que les define como individuos y les diferencia del resto. Por ejemplo, volviendo a mis hijos, a uno de ellos le encanta estar escuchando música en su teléfono móvil mientras se limpia los dientes.

Por el contrario, el acceso a una mayor cantidad de música también nos ha hecho más libres. En el pasado todo era mucho más categórico y sectario: o te gustaban Slade o T.Rex, pero imposible ser fan de los dos grupos; o escuchabas rock o música disco, pero era impensable interesarte por los dos géneros.
Ciertamente, todo era mucho más tribal. Y debías ir con cuidado de no adentrarte en terreno enemigo si no querías que te cortaran la cabeza. Desde luego, era una forma de pensar y actuar bastante inútil, que ha acabado por desaparecer, lo cual no es negativo. Actualmente, los aficionados más jóvenes a la música pueden pasar de un género a otro, y de una época a otra sin ningún tipo de miedo. Yo les envidio por eso.

Donde no tuviste ningún tipo de miedo fue al sincerarte abiertamente en el libro admitiendo que preferías escuchar a Whitney Houston antes que a Bob Dylan.
Y eso que ahora soy más viejo y más temerario. La observación acerca de Whitney Houston simplemente estaba basada en la cantidad de tiempo que había dedicado a escuchar sus discos en comparación con la cantidad de tiempo que había dedicado a la obra de Bob Dylan. Whitney ganaba de lejos. Supongo que admitirlo abiertamente y sin rubor es algo que en el mundo de la música no es políticamente correcto.

Justamente ese es uno de los puntos más interesantes de Lost In Music, tu sinceridad huyendo de todo esnobismo y elitismo.
Me alegro de que lo veas así. En lo que respecta a la música, libros, películas, personas… a cualquier cosa, creo que el esnobismo es el enemigo y vale la pena armarse para luchar contra él.

Aun así, hay discos que resultan embarazosos incluso en las discotecas más desacomplejadas. ¿Cuál es el último álbum que te has comprado que podríamos incluir dentro de la categoría “títulos incómodos”?
¿El último de The Hoosiers? No sé si exactamente es un disco embarazoso, aunque tengo que admitir que me sentí un poco incómodo cuando se lo di al dependiente para que me cobrara. En mi defensa tengo que alegar que había leído una buena crítica en The Sunday Times. Las últimas Navidades pedí el disco de Gary Barlow. Mi hija me lo regaló y me gustó. Hay una canción que se llama ‘God‘, que va sobre los cristianos evangélicos. Pero lo que dice la canción, sin entrar a hacer juicios de valores ni emitir mi opinión, es que el cristianismo evangélico es inevitable: si crees que has encontrado la respuesta a la vida y no lo has reconocido abiertamente ¿qué tipo de persona eres? Es el tratamiento más inteligente del cristianismo evangélico que me he encontrado en una canción pop.

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Eres de Colchester, que, hasta que se supo que Blur eran de ahí, estaba considerada la ciudad más aburrida del Reino Unido. Sin embargo, en el libro das a entender que tu pasión por el pop está intrínsecamente relacionada con tu lugar de origen.
Lo que pasaba con Colchester, desde mi punto de vista, es que no era Londres. Mucha de la música pop británica parece proceder de lugares que no están en el centro de la acción pero anhelan estarlo. Y es justamente de ese anhelo de donde surge la música. En ausencia de alma urbana nosotros teníamos anhelo suburbano, y eso puede ser un gran motor creativo.

¿Sigues soñando con convertirte en una estrella del pop?
Mucho menos que antes. Aun así, es un deseo que nunca te abandona del todo. Hace poco me compré un teclado, y sé a ciencia cierta que una pequeña parte de mí fantasea ilusamente con la idea que, aún hoy, ese cacharro ayude a escribir una joya del pop que cambiará mi vida. Pero, sinceramente, para lo único que lo utilizo es para, cuando estoy solo en mi despacho, intentar sacar, siempre con resultados insatisfactorios, la intro del ‘Superstition‘ de Stevie Wonder.

¿La vida se puede resumir en tres minutos y medio?
Prueba con el ‘Banana Sandwich‘ de The Pearlfishers.

Por: Oriol Rodríguez

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