06/06/2014

Con Kendrick Lamar, Foals, Blood Orange, Cut Copy, Nine Inch Nails, Volcano Choir...

Como cada año, llegamos a las crónicas del último día casi con el mismo cansancio con el que nos plantamos en el último día de festival. Tras los repasos a las jornadas del jueves y el viernes del Primavera Sound 2014, desembarcaban en el festival barcelonés dos nombres propios: por un lado Justin Vernon (Bon Iver), con su proyecto paralelo Volcano Choir, por primera vez en Europa; y por el otro Trent Reznor, líder eterno de Nine Inch Nails también conocido como el hombre que no envejece. A su lado, nombres propios de antaño como Television o Caetano Veloso, estrellas de la actualidad como Foals y Kendrick Lamar, y la dosis necesaria de nuevas propuestas, encabezadas por nuestros adorados Cloud Nothings y Blood Orange, además del espectacular fin de fiesta protagonizado por unos Cut Copy en estado de gracia y el cierre ya tradicional de DJ Coco.

Jonathan Wilson

Es curiosa la estampa de Jonathan Wilson sobre el escenario. No hay nada llamativo, salvo músicos trabajando con dedicación, y aún así mantiene un ineludible poder de atracción. Pasadas las cinco de la tarde, esta vez con un sol resplandeciente, una muchedumbre con gafas de sol disfrutaba de las primeras notas de ‘Fanfare’ derramadas por la portentosa banda del estadounidense. A partir de ahí, rostros de satisfacción, de estar asistiendo a una monstruosidad de concierto, porque no se puede calificar de otra manera. Wilson ha justificado su merecida fama con solo dos discos, alabados por autoridades como Diego Manrique. Y en su directo ejecuta con delicadeza cada una de las canciones, con un control absoluto de la dinámica por parte de cada uno de sus músicos, mención aparte para su excelso batería. Sonó dulcificada ‘Dear Friend’, se atrevieron con el ‘Angel’ de Fletwood Mac e hicieron un recuerdo imborrable de la melodía guitarrera de ‘Desert Raven’. “Si me muero, que sea aquí por favor”, se escuchaba entre el público. Una expresión que describe perfectamente lo que estaba ocurriendo. Fueron tan solo tres cuartos de hora, pero las sonrisas complacientes al finalizar un recital perfecto para los primeros minutos vespertinos denotaban que habían sido más que suficientes. Una absoluta maravilla. (Carlos Marlasca)

KRONOS QUARTET

kronos

Vamos a ser completamente sinceros, para no variar. No teníamos a Kronos Quartet en nuestro itinerario inicial y sólo fuimos a verles porque cuadró en ese momento y porque al aire libre chispeaba. Hubiese sido nuestro plan B, en todo caso, el mío al menos, llamado por la curiosidad más que por la militancia. Sería difícil calcular el empujón que las nubes le dieron a la actuación del cuarteto, pero aun así sorprendió ver el Auditori lleno a reventar a esas horas, ya en la tercera jornada, ante una propuesta tan exigente como la de los americanos. David Harrington (sí, otro), John SherbaHank Dutt y Sunny Yang ocuparon el centro del escenario en clásico y recogido semicírculo. Empezaron, si no me perdí nada, por una pieza compuesta por el mísmísimo Bryce Dressner, siguieron por otra más divertida que angustiosa firmada por Omar Souleyman y después nos volaron la cabeza con una pieza de la canadiense Nicole Lizée en la que las cuerdas se fundían con elementos electrónicos en una suerte de nocturna banda sonora con momentos fascinantes. Más que un disfrute musical, aquello fue un reto intelectual. Al menos para los no iniciados, entre los que me incluyo. Tanto como a una lección de virtuosismo, tuve la sensación de estar recibiendo una clase de apertura de miras mental. Obligado a concentrarme, a prestar toda la atención posible simplemente para entender lo que ocurría. Hubo momentos más clásicos y accesibles y no diremos que todo fue un deleite, pero desde luego no podemos dejar de aplaudir la osadía de un festival que incluye propuestas así en su cartel. (Daniel Boluda)

HEBRONIX

Miren que hemos bancado a Daniel Blumberg, el jodío. Tanto con el primer y único disco de Yuck en el que participó como cuando emprendió su carrera en solitario, primero como Oupa y después como Hebronix. Con su actual seudónimo, Blumberg firmó el año pasado uno de los discos más curiosos de la temporada. Un trabajo modorrón, de guitarras perezosas pero cálidas y con una instrumentación detrás que tenía mucho poso debajo de la producción premeditadamente casera. El desmarque, por ambicioso y bizarro, le colocó incluso por encima de sus ex compañeros en Yuck, algo perdidos y monótonos en su segundo trabajo. Pero todo se desmoronó cuando comenzaba la tarde del sábado. Hebronix se plantó en el ATP sentado en una silla en el extremo más lejano del escenario, con una miniguitarra a cuestas y una armónica al hombro; a sus lados, de pie, un violinista y un teclista. Y lo que podía ser un show interesante se convirtió en una aberración como pocas recordamos. En veinte minutos no fuimos capaces de reconocer una sola canción. Allí arriba, Blumberg y los suyos se perdían en paisajes ruidistas sin sentido, distantes y agazapados, desestructurados, perdidos. Insípidos. Abajo, alguna mirada de sorpresa, poco júbilo y mucho mapa desplegado para ver qué o quién tocaba en otro sitio. Y ese pensamiento general: mira que el chaval es bueno, pero parece que se le ha ido la pinza. (Sonida Collective)

BELAKO

Siempre hay quien se queja de lo que hay que madrugar en el Primavera Sound para ver a grupos de aquí. Pero habría que preguntarles a ellos, a los protagonistas: ¿mejor luchar contra un horario casi taurino o contra la competencia de un cabeza de cartel en prime time? Más de uno se lanzará de cabeza a escoger la primera opción. Los jovenzuelos Belako, por ejemplo, ya pueden decir que su estreno en el festival, que coincidía con la merienda, no fue precisamente en familia. Aunque entre el público no faltaban amigos, hermanos y padres: los globos y las pancartas les delataban. A ellos no les sorprendería la fiereza y determinación del cuarteto, pero lo cierto es que llama la atención (incluso después de haber escuchado su debut, infinitamente más apocado que su directo). Una cualidad que Belako deberían mantener a toda costa si quieren garantizarse una carrera en esto de la música: si no vas a hacer nada demasiado original, al menos hazlo con más ganas que nadie. Y en ello están los vizcaínos. (Víctor)

Television

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Vaya por delante que un servidor está lejos de ser un devoto del Marquee Moon de Television. Entre la fauna de los setenta, me inclino por el London Calling de The Clash o las mejores obras de The Jam. Craso error, imagino, pero una realidad a fin de cuentas. A pesar de ese pequeño óbice, son comprensibles las alabanzas a ese histórico disco por los ecos que se escuchan. El asistir a ver cómo reproducían Tom Verlaine y los suyos su obra magna casi cuatro décadas después era casi una obligación que muchos se molestaron en cumplir. Pero los estadounidenses no tuvieron ningún miramiento con los allí presentes. Con un escenario casi desnudo, como la portada de su celebérrimo trabajo, se dispusieron en el escenario para cumplir con el guion y tocar cada uno de los nueve temas que lo componen. Ni se desmadraron con las juguetonas guitarras de ‘See No Evil’ ni aprovecharon los momentos más reconocibles de ‘Venus’ o ‘Marquee Moon’. Todo apuntaba a que se trataba a uno de esos momentos históricos, pero los protagonistas no quisieron dotarlo de ningún misticismo. Como si fuera una banda desconocida y apática, aparecieron, tocaron y se fueron. Y allí nos quedamos todos, preguntándonos si esa obra capital había merecido el tratamiento que se le había dado. (Carlos Marlasca)

BOOGARINS

Llevamos un tiempo ensimismados con As Plantas Que Curam, el primer disco de Boogarins. Los brasileños comparten santo y seña con algunos ilustres de la nueva hornada psicodélica como Tame Impala, Woods o Foxygen y sus canciones viven en una especie de deje atemporal y revivalista, pero respiran y sudan en su propio idioma, adalid de exotismo y sensualidad. Lo que no esperábamos es que esos cuatro chavales recién salidos del instituto fueran tal apisonadora en directo. Si en el disco se debaten entre una producción brumosa y poco sofisticada, en directo espantan todos los fantasmas a golpe de desparpajo, con el resultón y decidido Fernando Almeida, vocalista, guitarra y pelazo, a la cabeza. A la vez que se convulsiona, baila y disfruta de cada cuerda que rasga, Boogarins van construyendo un discurso contundente, que juega con requiebros rítmicos y estructurales, que se permite la licencia de jugar con maestría a jamear y que nunca pierde el gusto por melodías redondas y brillantes. Y sea en su espectro más reluciente (‘Doce’ o ‘Lucifernandis’), en el evasivo e hipnótico (‘Erre’) o en galopadas de fuzz (‘Infinu’), los brasileros mantienen las tablas y elevan sus canciones a una dimensión distinta a la versión de estudio. Y todo con la contagiosa sensación de que ellos son los que más se están divirtiendo de todo el festival sobre el escenario, jugando a alargar el magnífico cierre de ‘Hoje Aprendi De Verdade’ y estrenando material inédito (qué pintaza tienen ‘Resolvi Ir’ y ’6000 dias’). Divertidos a rabiar, técnicos, con canciones monumentales y extremadamente jóvenes. Si no tienen marcado el casillero de la revelación del festival, apunten: Boogarins.

DUM DUM GIRLS

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Pasan los años, aumenta su discografía con tino y muta su formación, pero Dum Dum Girls continúan siendo algo completamente anodino cuando se suben a un escenario. La cosa duele especialmente porque, efectivamente, Dee Dee sí ha conseguido que su proyecto crezca en el estudio. Y no poco: el innegable salto cualitativo que supuso End of Daze, el EP que lanzó en 2012, tuvo continuación a finales de enero con Too True, su tercer álbum. Las californianas han conseguido despuntar entre el pelotón de grupos femeninos con inclinación hacia sonidos garage a base de ampliar su espectro sonoro, aunque de esa variedad recientemente adquirida no hay ni rastro cuando comparecen en vivo. La misma homogeneidad que lucen en su vestuario invade su música y prácticamente no hay manera de distinguir un tema de otro. Como tampoco fue posible encontrar demasiadas diferencias entre este concierto y el que ofrecieron hace ya dos años en el Optimus Alive lisboeta. Horroroso síntoma. (Víctor)

HOSPITALITY

Sirvan estas primeras líneas como disculpa: la crónica de este concierto la hace un fan con lo que poco o nada de lo que se pueda decir de Hospitality puede ser considerado como riguroso. Pero al tajo, vaya. Reconozco que los neoyorquinos eran uno de mis grandes atractivos para el festival. No sé ni cuántas veces me he perdido entre su inocente y redondo debut homónimo, embriagado por esas canciones inofensivas y cotidianas, ni cuántas veces me he llegado a enamorar de la voz de Amber Papini. A Barcelona llegaban, no obstante, con el algo menos inspirado Trouble, que alarga el brazo a los sintes sin ser radical, se pierde en ciertos momentos y, aún así, deja cinco o seis joyas que ya muchos querrían. Y con esa discografía, pocos grupos mejores para poner música a ese rinconcito maravilloso en que se convierte el Vice cuando atardece. El concierto fue notablito, sin mucho alarde, para qué engañarnos. Hospitality brillan cuando sacan a pasear las guitarras, mejor cuando Nathan Michel se la enfunda y deja la batería, y naufragan cuando juegan a sonar expansivos. Caso de ‘Friends Of Friends’ por un lado, que lució como la más bella, y de ‘Last Words’ por el otro, insípida y forzada experimentación sintética. Sea como sea, es difícil joderla cuando estás ejecutando canciones tan enormes: el desperezar mañanero de ‘Betty Wang’, la nostálgica noche de ‘Rockets And Jets’, la épica redomada de ‘Nightingale’, el eufórico fin de verano de ‘The Birthday’. Y por encima de todo brilla Amber Papini, dicharachera, risueña, sencillísima, clavando todas las voces, torciendo el gesto divertidamente cuando la guitarra dejó de sonar en el outro de ‘I Miss Your Bones’, que ponía punto y final a poco menos de una hora de concierto. Por el camino se dejaron ‘Eight Avenue’ o ‘All Day Today’ pero, como comprenderán, a Hospitality se lo perdonamos todo. (Sonida Collective)

CAETANO VELOSO

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En el día ecléctico del festival, Caetano Veloso se presentaba como la fruta más exótica de todas. Salió con sus 70 años a cuestas y pronto pareció que la década de los 60, cuando empezaba, fue ayer. Rejuvenecido con la banda Ce, un trío de treintañeros, la figura más destacada del tropicalismo –con permiso de Gilberto Gil y Tom Zé– ofreció un concierto a caballo de dos épocas. Por un lado, los temas de su disco más reciente, Abraçaço (2012), donde ofrece una faceta más pop que ha despertado entusiasmo y críticas a partes iguales en Brasil. El disco, por si queda alguna duda, vale la pena. Hay que empezar por ‘A Bossa Nova É Foda‘, recogerse en ‘Estou Triste’ y dar algún meneo con ‘O Imperio Da Lei‘ o ‘Parabéns‘. Por otro, clásicos como ‘Baby‘, ‘Voce Nao Entende Nada‘ o ‘Escapulario‘. Con Caetano Veloso en el Ray Ban anocheció. La voz sensual del brasileño había llenado hasta la bandera un concierto que a media tarde presentaba sólo una buena entrada. Se despidió con un bis, tras una fuerte aclamación con acentos variopintos, y estoy seguro de que muchos pensamos que habíamos tenido suerte por haber cantado y bailado con una leyenda de la música del siglo XX en el escenario.

THE MARK EITZEL ORDEAL

El programa de festejos lo vendía, citando a The Guardian, como «el mejor letrista americano vivo». Lo cual es pasarse por la piedra, yo qué sé, a Bob Dylan. Estuvo a punto de entrar, fácil es decirlo ahora, en nuestro post de joyas primaverales, pero se cayó por pureta. Al final ya en lo que son las cosas, los astros se alinearon y allí nos tuvo, al filo de las nueve en un Auditori que no llegaba ni al cuarto de entrada. Mark Eitzel es, efectivamente, un maravilloso letrista, pero nos sorprendió quizás más por ser también un cantante impresionante. Caústico y grave al hablar, era empezar a cantar, mano izquierda en el bolsillo de la chaqueta, quizás subida a la altura del corazón, y transformarse en un cincuentón doliente y sufridor con una enorme capacidad para transmitir y conmover. Siempre afinado, haciéndolo facilísimo como los grandes. Muy de vuelta de todo, al menos en apariencia, se presentó en el Primavera Sound con una banda de músicos curtidos. Contrabajista, teclista y baterista. Y entre la canción romántica, el folk y el jazz nos regaló un concierto delicioso. Nos contó su vida a cachos. Cuando se metía las pastillas para el cáncer de su madre moribunda, cuando le invitaban a fiestas por que era el gracioso del grupo, cuando se emborrachaba como un animal, o se metía ácido, o lo que fuese. Describió su país como «el mayor régimen fascista que el mundo ha conocido», o eso entendimos, y ahora sabemos que desgranó bastante de su último álbum, Don’t Be A Stranger, brillante en temas como ‘I Love You But You’re Dead’ o la cuasirapeada ‘Oh Mercy’, una de las destacadas también el el directo. Con reticencias pero obligados por los horarios muchos se fueron en la recta final y para la última estábamos cuatro y el apuntador. El premio a la paciencia fue, juraríamos, una increíble ‘Western Sky’ que está entre lo más bonito que hemos visto en todo el fin de semana. Que ya es decir. Maravilloso.

VOLCANO CHOIR

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Puede que sea la última vez que nos veamos”. La madre que lo parió. Ahí está la nota negativa de un concierto emocionante, intenso, preciosista y visceral que Volcano Choir regalaron con suma sinceridad el último día del festival. Si por algo salimos enfadados, o con la cabeza algo recalentada, fue por esa frase, soltada al tuntún, que Justin Vernon dejó caer en la parte final. Lo cierto es que luego venía Kendrick Lamar, y no ha sido hasta ahora que me he vuelto a poner de mala leche. Lo que en los 40 minutos previos habíamos vivido navegó siempre en lagrimal. Tanto el de la melancolía y el amor roto, como el de la imposible retención de felicidad. No sabía nada de los directos de Volcano Choir. He visto dos veces a Bon Iver, pero nunca antes esta formación y tampoco había curioseado sus apariciones televisivas. Así que ver ese púlpito de lava que escondía un control de mandos pilotado por Justin fue la primera sorpresa. La segunda, que tuviera el botón de autotune tan a mano, y que a veces su voz incluso sonara a parodia con esos puntos tan agudos, ya en la inicial ‘Tiderays‘. No sé si por inocencia, pero aún me sorprende como una banda de papel secundario en la carrera de un artista puede sonar tan compacta, como si ese fuera el esfuerzo principal y no un proyecto paralelo (¿entonces por qué demonios dice que es la última vez que nos veremos?). Incluso a nivel de complicidad entre las dos guitarras, y Justin que se giraba a dar golpes con la cabeza al compás de la batería. Siempre tan expansiva y con un tufo a orquestra que busca sonar en estadio. Visitaron tímidamente el primer Unmap, y se centraron el orfebrería de tintes eletrónicos de Repave, así como un par de temas nuevos, en los que esos arreglos que pilota Bon Iver ganan aún más protagonismo. Silencio cortante y punzante en ‘Alaskans‘ y ‘Acetate‘, y todo lo contrario, incluso por petición suya, en el que fue uno de los grandes momentos vividos allí: ‘Byegone‘, con ese estribillo tan sencillo, pero cargado de significado en estos tiempos llenos de cambios. De rupturas y volantazos del destino. De cuando todo da un vuelco inesperado, y no hay tiempo para ver donde has caído, y solo puedes preparar la salida. Ese huir hacia adelante que ellos gritan con las velas izadas, fuerte y desde el estómago: “Set sail”. Gloria y redención. Partimos a mil nudos o alguna cosa de estas de barcos. Horizonte por recorrer. No sabemos hacia dónde, y ellos… parece que tampoco. “Puede que sea la última vez que nos veamos”. Sigamos pues, que ahora ya hemos despegado. “Set sail” y seguro que nos encontraremos. Menudo cabrón. (Jordi Isern)

 

Godspeed You! Black Emperor

Un esfuerzo suele ser el preámbulo de una satisfacción. Puede que sea un axioma orientado a labores más agotadoras que acudir a un festival, pero es algo que también se cumple en algo tan hedonista o espiritual, según se mire, como la música. Resultaba curioso observar como a la hora a la que aparecía Godspeed You! Black Emperor se sucedían los ceños fruncidos, los rostros de extrañeza y las huidas tempranas. También se escuchaba un molesto chismorreo que se alejaba bastante de lo que acontecía sobre el escenario ATP. Algunos quedamos atrapados desde los primeros compases, otros necesitaron más tiempo para sobrecogerse, pero todos los que aguantamos allí experimentamos una suerte de catarsis colectiva. Solo había que dejar que los de Quebec, otro de los múltiples tesoros canadienses, desarrollaran su magnético discurso. Prebostes indiscutibles del universo post-rock, la banda comenzaba con los sufridos gemidos de sus guitarras, en un preámbulo no apto para impacientes pero a partir del que iba tomando forma la grata recompensa. En los veinte minutos de ‘Mladic’, una canción probablemente dirigida al impío asesino de las guerras yugoslavas, sonorizaron toda la crudeza que acompaña a la batalla, matizaron cada momento anterior y posterior al baño de sangre y empezaron a erizar el vello de los que les escuchaban sin pestañear. No es lo suyo la explosividad de Mogwai, sino los crescendos discretos, acompañados por las imágenes que proyectan para hacer aún más impactante su gozosa diatriba. Se pudo sentir el romántico lamento de ‘Moya’ o el moderado optimismo de ‘Gathering Storm’. Para ese momento, el silencio ya era prácticamente sepulcral porque la liturgia de Godspeed You! Black Emperor había convencido a propios y extraños. Y de pronto, el escenario quedó desierto, como si un torbellino hubiera arrasado todo lo que estuviera a su paso. (Carlos Marlasca)

 

KENDRICK LAMAR

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Los directos de hip hop. ¿Qué pasa con ellos? ¿Por qué en los estadios de Norte América todo son fiestas con fuegos artificiales y aquí apenas unas serpentinas debravadas? ¿Por qué allí hasta una ex que era rockera vibra brazos en alto y aquí ni el más erudito controla los artistas más mainstream? Pues parece que no lo sabremos nunca, pero Kendrick Lamar rompió un poco con estos estigmas. Nos encantó ver en su día la confirmación y aún más que le dieran el status de cabeza de cartel, rompiendo por fin con esa canción de que en Primavera solo van arriba las viejas glorias rescatadas, súmenle que le otorgaron horario prime time y para uno de los escenarios grandes. El riesgo, viendo lo que giran por aquí este tipo de nombres (entre poco y nada), estaba en la respuesta que pudiera tener la gente, pero estuvimos a la altura. Buena asistencia y bien de darlo todo. Claro que, una vez allí, no hacia falta saberse demasiados versos, Lamar lo puso todo fácil para pasarlo bien y sentirnos en un festival cada vez más global de estilos. Un par de recursos de manual: camiseta del Barça para la guitarra y bajista con la equipación de la senyera. Una banda completa que rompía esquemas. El esquema de un DJ lanzando bases con un cantante que va de un lado a otro, a veces tan aburrido. Aquí no. Banda completa con, como decíamos, guitarra, bajo, batería y teclados y sí, algo de bases grabadas, pero ver a cuatro tipos con instrumentos ya era otro paisaje. Luego Kendrick, con camisa de cuadros, pantalones no baggies y cierta elegancia, era todo carisma. Esa era el telón, la obra la hicieron maestra. ‘Money Trees‘ y ese “ya bish” tan y tan sensual, pasando al otro extremo con la dureza y crudeza de ‘Backstreet Style‘ a la esquizofrenia de ‘M.a.a.d CIty‘. Del tirón y sin respiro. Rapeando con un control de la respiración vertiginoso, sin pausa. A veces hasta se confundían sus palabras al público con las canciones. Un thriller sin pausa, en el que mandaba como quería, brazos arriba, izquiera y derecha, gritos al unísono y una carrerilla de hits que no daban descanso: ‘Swimming Pools (Drank)‘, ‘Poetic Justice‘ -debilidad personal- o el final colosal con ‘Compton‘, esa que empieza diciendo “Now everybody serenade the new faith of Kendrick Lamar. This is King Kendrick Lamar”. A sus pies. Lo cierto es que estábamos rodeados de serpenteantes cuerpos de su West Coast natal, pero que sirva esta highlight del Primavera para el resto de festivales y programadores para ver que tenemos sed de este tipo de directos. Ya aprenderemos a bailar como ellas si hace falta. (Jordi Isern)

 

CLOUD NOTHINGS

Un buen pogo es como un buen polvo: te deja sudado, satisfecho y con alguna marca de guerra. Y créanme que allí había ganas maceradas de buena cera.  Vaya puta batidora de carne, amigos. Todos los años hay al menos un concierto así en el Primavera, y alabado sea el Pablo Iglesias por ello. Me vienen a la cabeza los pogos de Titus Andronicus presentando The Monitor, o el de los Japandroids disparándonos Celabration Rock, o aquel del año pasado en el que Thee Oh Sees casi la tienen con los gorilas del foso. El listón, en cualquier caso, estaba altísimo. Quienes fuimos a que nos pegasen ya andábamos ahí con tiempo metiendo las gafas en la funda, la funda en la chaqueta, la chaqueta en la mochila y la mochila en lugar seguro. Atándonos las zapatillas y forzando un poco más el cinturón de los vaqueros. Listos. Dylan BaldiTJ Duke y Jason ‘Minipimer‘ Gerycz (confirmamos que sólo tiene dos extremidades superiores) salieron al escenario con un público con más expectativas que las que tiene El País en Felipe VI. Y no defraudaron, ni por asomo. Cuatro golpes, una intro de once segundos y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos ya en el inicio de una tormenta que no cesó durante prácticamente todo el concierto. Abrieron con ‘Quieter Today’, ventilada en menos de tres minutos, una canción como un rayo, y nos atizaron después con una portentosa ‘Now Hear In’, empujada desde la base por un Gerycz intratable y cantada con esa rabia edulcorada de este Dylan Baldi también inmenso. Rebotando entre humanos, apartando codos y recibiendo impactos, gritar eso de «I can fell your pain and I fell alright about it», pero gritarlo creyéndolo, fue una experiencia con un punto casi ritual. Como era de suponer, para estos Cloud Nothings no existe tiempo anterior al Attack on Memory y el setlist se dividió casi a partes igual entre aquél y su sucesor, el también magnífico Here And Nowere Else. Las más melosas de ambos trabajos, pienso en ‘Fall In’ o ‘I’m Not Part Of Me’, acabaron por mimetizarse con sus hermanas salvajes poniendo acaso pausas en la tormenta, pero cediendo de nuevo en seguida. Así, imagínense las otras. En la segunda mitad de ‘Psychic Traumna’ debía haber cuatro cuerpos volando sobre el público. Baldi desgañitándose, una chica rehaciéndose la coleta, Gerycz rompiendo baquetas en ese final como de fin del mundo, un guiri quitándose la camiseta. Cuando acabó, alguien gritó algo como «¡¡qué ganas tenía de un buen pogo, tanto Kendrick Lamar y tanta polla!!». Ganas de cera, pero hubo más. ‘Pattern Walks’ sonó como un tiro, alargada en su parte central en un interesantísimo ejercicio de ruido donde el trío demostró ser mucho más que una máquina ira, y levantada de nuevo a base de músculo hasta ese final cantado que se está convirtiendo en uno de mis momentos favoritos de todo el álbum. Y cuando ya habían sentado cátedra, cuando ya nos tenían a todos muertos, cuando ya no cabía más sudor en nuestras ropas ni más dióxido de carbono por debajo de nuestras barbillas (esa sopa espesa de pogo que te marea y te atolondra), Cloud Nothings tocaron ‘Wasted Days’, también alargada, juraría que más allá de los 10 minutos, disfrutando con furia y con criterio en ese corazón instrumental lleno de tensión. Dio la sensación de que para algunos ya son una banda casi de culto y que este es su himno. Ese «I thought I would be more than this» tiene hechuras de queja generacional y le ha tocado la fibra del ego a más de uno. El final enloquecido, una gran bola de ruido y hostias tan abigarrada que sólo transpiraba violencia, fue el último alarde de unos chavales que salieron a comerse el Vice y casi lo dejan en llamas. Tremendo. El listón del pogo primaveril sigue por las nubes. Por muchos años. (Daniel Boluda)

BLOOD ORANGE

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No hay peor señal que ver sobre el escenario a todos los miembros de una banda cuando apenas restan cinco minutos para que, en teoría, arranque su concierto. Carreritas, miradas a uno y otro lado, indicaciones a los técnicos. Mal asunto. Ese panorama se encontraron en el Pitchfork, poco antes de la medianoche, tanto los que dejaron a Kendrick Lamar con la palabra en la boca como los que no fueron a hacer el machote con Cloud Nothings para presentar sus respetos ante Dev Hynes aka Blood Orange. Los sacrificios tuvieron premio, pero se hizo de rogar. Cuando aquello arrancó, no sin un ligero retraso, comprendimos que, técnicamente, el primer tema formaba parte de la prueba de sonido. Ahí había mucho que calibrar y ajustar aún y, para colmo, el banco de pruebas era la maravillosa ‘Chamakay‘, que se fue al garete por una mezcla todavía aturullada. Casualidad o no, todo comenzó a encajar cuando Samantha Urbani, líder de Friends y novia de Hynes, apareció justo después para cantar la pimpinelesca ‘You’re Not Good Enough‘. El poder del amor, ya se sabe. Al bueno de Blood Orange, cool desde que se levanta hasta que se acuesta, se le puso cara de emoticono de WhatsApp con ojitos de corazón, se arrancó a bailar y ya no paró. Curioso ver a los dos tortolitos entonar aquello de »you never could have been a good lover» cuando resultaba evidente que estaban deseando volver al hotel para… eso, ya saben. Justo para lo que todos entre el público teníamos ganas de hacer con el paso de los temas: ‘It is What It is‘, ‘Bad Girls‘, ‘On the Line‘… Y es que el show de Hynes y su multitudinaria banda (terminaron siendo ocho con la irrupción sorpresa de Connan Mockasin) fue sensual a rabiar, casi afrodisíaco. Imposible resistirse a esa corista que puede mirar de tú a tú a Solange, a las miradas cómplices de la pareja, a la deliciosa atmósfera disco-funk. Y, sobre todo, imposible resistirse a esa dupla final, ‘Uncle ACE‘ y ‘Time Will Tell‘, que nos tuvo tarareando «come into my bedroom» hasta el final de la jornada. (Víctor)

 

NINE INCH NAILS

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Un concierto de Nine Inch Nails es un apuesta segura. Trent Reznor es un genio de la música pero también del espectáculo. Nunca ha escondido su gusto por la experimentación –Ghost I-IV, ¿alguien lo ha escuchado?– pero tampoco por la grandilocuencia –ahí queda la influencia y posterior amistad con Bowie–. Al escenario Sony trajo una escenografía que no logró montar al completo porque no cabía, o al menos eso se comentó. Tampoco fue un gran problema. Reznor pasa de perderse divagando por su mundo interior cuando sube a un escenario. Ofreció los hits industriales que los fans le piden -‘March Of the Pigs‘ o ‘Closer‘- y los combina con temas recientes, tal vez más electrónicos, como ‘Copy of A‘ o ‘Disppointed‘. La recta final fue una demostración de músculo: ‘Wish‘, ‘The Hand That Feeds‘ y ‘Head Like a Hole‘. La función tocaba a su fin. Reznor hizo una última exhibición. ‘Hurt‘, perfecta para que quien quisiera cantar (gritar) bien fuerte con los brazos en alto, lo hiciese. Y el público -masivo pero sin excesos- lo hizo. Faena oscura, violenta y a veces sobreactuada. Pero, en definitiva, faena bien hecha.

FOALS

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Pese a salir a escena solo unos minutos después de los apabullantes Nine Inch Nails, Foals llegaron con la partida ganada. Su reciente paso por la barcelonesa sala Razzmatazz evidenció que el suyo es un directo pensado para grandes espacios, y el año largo que llevan ya de gira con Holy Fire se nota en la precisión de su explosivo show. Con estos elementos, y el carisma cada vez más consolidado de un Yannis Philippakis en estado de gracia, los grandes éxitos del grupo hicieron el resto: empezando con un trío ganador formado por una ‘Prelude’ alargada para dejar paso a una desbocada ‘Total Life Forever’ y a esa ‘My Number’ que se convirtió en uno de los himnos eufóricos de todo el festival, Foals dejaron en un segundo plano su vena más evocadora (relegada a la colosal ‘Spanish Sahara’ y poco más) y salieron del recinto a hombros tras el vendaval final de ‘Inhaler’ y esa siempre imprevisible y catártica ‘Two Steps, Twice’. Con un poco más de sonido todavía nos estarían pitando las orejas. (Aleix)

CUT COPY

Todo esto termina con Dj Coco en el Ray-Ban, sí. Pero eso más que el final es la coda. La parte sin corsé y melenas desbocadas en las que todo vale. En realidad, el festival tocaba a su punto de cierre con la última actuación en directo, que para nosotros fue Cut Copy en el ATP. Con el recuerdo bien fresco de la actuación de Hot Chip el año pasado en idéntico marco (escenario entonces San Miguel, y previo a la sesión final), se antojaba difícil repetir ese buen sabor de boca con el que nos despedimos del PS13. Ja! Ni de coña. Para los que peor lo vieron, dicen que al menos fue igual; el resto hemos tardado tres días en dejar de visualizar mentalmente las 12 canciones que los australianos desplegaron a las tres de la mañana. El tema va de contextualizar y este concierto era el punto de reunión para decir adiós en condiciones. Aquí no hubo “listillos” del grupo que tiran por libre. Apenas alguien falla a una actuación así, de un grupo que cae en gracia y que quien menos los conoce, canta fácil un hit de cada disco. ‘We Are Explorers‘, el karaoke estaba en marcha. ‘Take Me Over‘, la euforia entraba en juego. ‘Free Your Mind‘, el primer climax. Tres canciones, amigos. Y ya estábamos frotándonos los ojos y subiéndonos a hombros los unos a los otros. Lo mismo encima del escenario: bailes histriónicos, garra y una conexión tan palpable como explosiva. Esos “yeah, yeah, yeah… uuuuuuh” en ‘Where I’m Going‘ retumbaban a lo largo y ancho de esa explanada central del Fórum. Hay un sentimiento colectivo de que ese concierto fue especial en cada foro comentado. El romanticismo de ‘Hearts on Fire‘, los visuales caleidoscópicos en la final ‘Need You Now‘, la pegada con bola de cristal de ‘Meet Me In a House of Love‘ y, por supuesto, el terremoto que supone un himno como es ‘Lights and Music‘. Para la historia. Deberemos recurrir a eso de “llámenlo X”, pero allí pasó algo inusual y fuimos muy afortunados de vivirlo juntos. (Jordi Isern)

DJ COCO

La transición iniciada por el fin de fiesta con DJ Coco el año pasado con el cambio de escenario culminó definitivamente este año. Sí, hubo confeti; sí, el escenario se llenó de organización y amigos para celebrar que otro Primavera se había ido; y sí, el público –nosotros los primeros– lo dio todo hasta que se hizo de día. Pero una sesión eminentemente electrónica y demasiado plagada de remixes –con problemas técnicos puntuales– propició que la esencia de lo que significaban para nosotros esas dos o tres horas finales se difuminara por completo. No fue hasta la recta final cuando cayeron, uno tras otro y sin reparos a nivel técnico, los hits verbeneros que han hecho que siempre aguantemos hasta el último momento del sábado (ya saben: Journey, Beastie Boys, Kelly Clarkson, Pennywise…), y que son los que al fin y al cabo hacían tan especiales los cierres del Primavera Sound: gracias a esa sensación de estar viviendo algo provocado por y para ese momento, y no exportable a cualquier noche de fin de semana. (Aleix)

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