28/04/2014

Entrevistamos al grupo navarro, que hoy publica 'Ballenas muertas en San Sebastián'.

A partir de hoy, el mundo chirriará un poco más. Afortunadamente. El Columpio Asesino, después de dos años de gira tras la publicación del explosivo Diamantes, se ha refugiado durante meses en el regazo montañoso del Prepirineo navarro, y ha alumbrado Ballenas muertas en San Sebastián (Mushroom Pillow), un disco retorcido y bautismal. Reducido a puro hueso, árido y punzante, supondrá un rito de paso para la nueva remesa de seguidores (llegado de la mano de ‘Toro‘), y la enésima ceremonia de confirmación para los ya curtidos en su universo. Charlamos con Álbaro Arizaleta (voz y batería; junto a su hermano Raúl –guitarra–, Cristina Martínez –guitarra y voz–, Daniel Ulezia –bajo– e Íñigo Sola –percusiones y sintetizadores–) sobre esta nueva producción, su aliento y el camino por recorrer. Un disco que crea un ambiente más que acertado, buceando sensualmente bajo sintetizadores desoladores y letras que esbozan una geografía extrañamente conocida: «Un coche bomba estalla en Moscú. Venecia apesta cada día más. Un ferry a la deriva sin capitán. Ballenas muertas en San Sebastián».

¿En qué lugar os dejó Diamantes?
Albaro Arizaleta: Hicimos aquel disco como cualquier otro, no había ninguna pretensión. Supuso algo en el sentido de que nos dimos a conocer al gran público. La mayoría de la gente que nos conoce ahora no tenía ni idea de que para entonces ya habíamos hecho tres discos. También fue una apertura a un sonido más amable, por decirlo de alguna manera, con la incorporación de Cristina a la voz. No fue gran cosa más allá de eso.

Sin embargo, implicó una gira de casi dos años. ¿Cómo se afronta un disco nuevo tras una experiencia así?
Diamantes fue muy complicado porque al terminarlo no teníamos discográfica. Estábamos en tierra de nadie. En cuanto fichamos con Mushroom Pillow y Artica, fue de menos a más hasta llegar a los dos años de gira que señalas. Tuvimos que parar: cuanto más tiempo pasaba, más crecía el disco, sobre todo más crecía ‘Toro’.

El gran hit.
El anti-hit, más bien. No tiene una estructura, la voz empieza en el minuto y medio, no tiene estribillo… es una canción muy rara, sabíamos que iba a gustar pero no que fuera a ser lo que fue en España, en México y en todos los lados. Ha tenido un montón de remezclas, el otro día estábamos en el Spring Festival en Elche y la oímos dos veces en tres horas. Nos dio una sensación extraña, como de que no fuera nuestra canción.

Después de todo esto, ¿tenéis la sensación de que Ballenas muertas en San Sebastián es el disco que queríais, o habéis tenido más tiento, precisamente porque habéis llegado al gran público?
Siempre hemos hecho el disco que hemos querido. En Diamantes planteábamos conceptos que hemos radicalizado en Ballenas muertas… Los hemos concentrado, los hemos llevado al extremo, a la mínima expresión. Creo que es la evolución natural.

A lo mejor para algunos la evolución natural sería un disco continuista con el anterior. ¿Van a caer en la trampa?
También hay una cosa fundamental: de Diamantes a ahora lo que ha pasado en este país ha hecho que nuestra propuesta sea menos amable, en el sentido de que es una especie de protesta a partir del sonido. Hemos querido reflejar el desasosiego que hay, el malestar en las calles. Es música muy obsesiva, muy repetitiva, violenta por momentos. Es incluso enfermiza. La situación que estamos atravesando ha influido en la música que hemos hecho. Por primera vez, es un disco que se ha basado en la idea del fin de algo, el fin de un modelo social. Lo que estamos presenciando, el naufragio de todos los días. Bajo esta idea de decadencia se ha compuesto el disco. Es la gran diferencia con respecto al resto de nuestra discografía.

Pero esta obsesión enfermiza va en espiral: malestar, malestar, malestar. No sé si os importa ir más allá.
Lo que no hay es una denuncia clara en este disco. No señalamos asesinos, ni proponemos soluciones. Las respuestas son personales. Nos gusta más lanzar preguntas que respuestas. Por otra parte, me cuesta señalar culpables cuando yo también me veo las manos manchadas de sangre. En ‘Babel’ decimos:

«Yo disparé». Creo que aquí hay muchos responsables con nombres y apellidos, y todos hemos tenido parte de responsabilidad en lo que está pasando. Por eso nos cuesta ir por ahí levantando banderas. Pero sí que nos vemos en la obligación de no dar la espalda al tiempo que vivimos. Más que denuncia, es un retrato de lo que vemos y palpamos. Señalar, condenar y ejecutar nos cuesta un poco más.

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Percibo en tus palabras cierta consonancia con otros grupos, como Triángulo de Amor Bizarro. ¿Estar en esa línea es el espíritu de la música de este tiempo? ¿No hacer canciones coloristas para, como dices, no dar la espalda a la realidad?
No lo sé. Ahora se está hablando mucho de la «nueva canción protesta», con Nacho Vegas, Amaral… creo que estamos viviendo un tiempo tan especial y excepcional que es difícil que no se refleje en la literatura, el cine o la música. Ha cambiado todo. Hace años entrabas a un bar y sólo se hablaba de fútbol. Ahora se habla de política. Es normal que haya este tipo de giros. Pero hay otros grupos que parece que con ellos no va la fiesta. Cada uno verá lo que hace.

Pero se ha salido de cierto ensimismamiento colectivo.
Si conseguimos alterar o provocar inquietud, bienvenido sea.

Hablemos de la imaginería de vuestras letras. Ballenas muertas… es el título del disco, y aparece como leitmotiv en una de las canciones. También habláis de coches bomba en Moscú, o de lombrices. Todas ellas imágenes impactantes y negativas. ¿Qué quieren decir?
El título del disco simboliza muy bien la sociedad varada en la que estamos ahora mismo. Me recuerda también a la imagen del Costa Concordia, con el barco tirado y el capitán huyendo. Es la idea de la carcoma, que también sale en una de las letras. Tocas algo y se viene abajo, está podrido. Estamos tocando fondo, y todo tiene que dar un giro. El problema es que puedes estar muchos años paseándote por el fondo de algo. Hay cosas interesantes, gracias a la crisis han surgido algunos movimientos como el 15-M, pero creo que va a pasar bastante tiempo hasta que empecemos algo nuevo.

¿Hay lugar para la esperanza en vuestras canciones?
Quizá no en este disco. Nosotros somos personas, y la tenemos. Es cierto que se atisba poca luz, exceptuando ‘La espalda del mar‘, que por otra parte es una canción de huida hacia un lugar tan utópico que puede que ni siquiera exista. Hasta la muerte podría ser ese sitio.

Hablando del mar, muchas referencias a él aparecen en el disco. Muchos se refieren a él como liberación, pero aquí es lugar de muerte.
Siempre he asociado el mar con la muerte. La liberación es una forma de muerte también. Cuando me escapo a ver el mar, la única sensación que me da es de la nada. Siempre lo he asociado más a la muerte que a la vida.

Éste es vuestro disco más minimalista, las bases rítmicas son muy sencillas y repetitivas, también los arreglos… es todo muy electrónico.
Nunca nos hemos considerado una banda de guitarras al uso. Lo que pasa es que en este disco la electrónica ha tenido una evolución más oscura, más mántrica, y da la sensación de que domina más. Pero están ahí las guitarras. Siempre nos ha gustado balancearnos entre esos dos mundos, y es cierto que esta vez los ritmos son muy machacones. Eso puede dar la sensación de ser más tecno.

Las guitarras aparecen muchas veces en forma de feedback. ¿Qué expresa ese efecto?
Ése es el terreno de mi hermano. Ya en Diamantes estaba cansado de hacer canciones basadas en acordes, de hacer guitarras rítmicas. Ahora ha buscado crear atmósferas más que nada. Hacer arañazos. El ruido es una expresión, y algo que se aleja del concepto de lo bello o lo armónico resulta atractivo. No acaba de encajar, pero igualmente otorga sentido.

El Columpio Asesino

Habéis llevado la producción del disco. ¿Qué ventajas e inconvenientes tiene involucrarse a este nivel?
Cada disco ha sido muy duro. Todos han sido un infierno, pese a los momentos mágicos. Cuando te pierdes en las canciones y ves que no van a ningún lado lo pasas mal. Para Ballenas muertas… lo que quisimos fue crear un espacio de concentración y de trabajo. Sobre todo queríamos tener una rutina. Es como mejor salen las cosas: yendo a por ellas. Ése fue el objetivo, cambiar la manera de trabajar. Nos juntamos en una casa, giramos en torno a una idea, y poco a poco se fue manifestando el disco.

Os habéis encerrado en un pueblo cerca del Pirineo navarro. ¿Ha condicionado el entorno?
A la hora de hacer las letras, nos inspiró bastante. La casa se venía abajo, había carcoma por todas partes y ortigas por los jardines. Pero en cuanto a la música no influyó. Nuestro disco parece a veces un horno alemán, y lo cierto es que el lugar donde grabamos el disco era precioso. Me levantaba todos los días a las ocho y me iba a un pueblo que estaba a una hora en bici. Muy bonito, te encontrabas hasta corzos. Luego pensaba: «Joder, estamos haciendo un disco que no se corresponde para nada con el sitio con el que estamos. Parece que estamos encerrados en un búnker o en polígono industrial de Yugoslavia». (risas) Pero era lo que buscábamos.

¿Qué grupos habéis escuchado durante la grabación?
La influencia de Suicide se aprecia bastante en el disco. También Einstürzende Neubauten o Beak>, la banda paralela de krautrock de Geoff Barrow (Portishead). Hemos estado escuchando grupos de sonido muy oscuro.

Cuando alguien pone una canción vuestra, ¿en qué sentido os gustaría impactar?
No lo sé. Cuando escucho música, me gusta dejarme llevar por la canción, pero no en el sentido de corear o bailar. Quiero que me deje petrificado. Lo enfoco como algo muy interior, no sabría cómo responderte. Escuchando grupos que me gustan a mí, me siento atrapado, siento algo que me aleja del concepto pop. Es algo más relacionado con la percepción que con mover el cuerpo.

Canciones del pasado como ‘Cisne de cristal’ o ‘MDMA’ eran muy etéreas. ¿Os gustaría seguir por esa senda?
Siempre nos han dicho que hemos hecho una música muy de banda sonora, muy de paisajes. Las estructuras que usamos no son convencionales, no son A-B-C. Siempre digo que es como ir en autobús mirando por la ventanilla, y ves cosas que cambian constantemente. Nunca repetimos algo en una canción. Antes reflejábamos paisajes más amables, y ahora son más feos, no son tan amables. Reflejamos lo feo de la ciudad.

¿Cómo enfocáis la gira que tenéis por delante? ¿Vais a quemaros tanto como la anterior, vais a ser más selectivos, o no tenéis ni idea de lo que va a pasar?
No tenemos ni idea. Queremos tocar, tocar y tocar. Es nuestra forma de vida y después de un año de trabajo queremos rentabilizarlo. Cada disco es una aventura nueva y no sabes dónde te puede llevar. De momento tenemos todo el verano ocupado con unos quince festivales. Veremos cómo va el disco y qué acogida tiene, esperamos tocar mucho, la verdad (risas). Y es curioso, porque a pesar de ser nuestro quinto disco, es la primera vez que sentimos expectación porque salga. Hasta hace tres años teníamos nuestro público fiel, y siempre recibíamos muy buenas críticas. Este punto es distinto. La expectación que sentimos hace que tengamos muchas ganas por ver la reacción de la gente. Muchos se van a sorprender porque tienen una idea equivocada del grupo que somos, y con este disco quizá acaben de conocernos. A lo mejor les encanta lo que hacemos. Ballenas muertas… es un álbum que crece mucho, pero también hay que reconocer que vivimos un tiempo en que la gente hace una escucha, o como máximo dos, de lo que sale. Hay ansiedad por escuchar cosas, se ha perdido la paciencia de meterse en un disco. Habrá que ver qué opinan de nosotros.

Fotos: Peio Izcue.

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