29/03/2014

Crónica del concierto de los de Mark Kozelek, exquisito a nivel musical y reprobable en las formas.

Sobre las tablas aparece Mark Kozelek, ataviado con camisa por fuera del pantalón, como podría salir de alguna estancia de su casa para recibir a alguien que no goza precisamente de su simpatía. Mientras se sienta sobre una silla en un rincón  del escenario, el batería coge las baquetas pero antes de que pueda empezar a percutir su instrumento, el alma máter de Sun Kil Moon se queja de la atenuada luz que le ilumina. “Un poco más intensa, te has pasado, bájala un poco” y un resoplido de indignación que sigue a un “España” chapurreado en castellano. Luego se incorporarán otros dos músicos, pero Kozelek seguirá casi oculto en su recoveco.

Es la identidad de un tipo huraño, que no se quiere ganar el favor del público en un lugar al que le ha quedado mucho para colgar el cartel de completo, pero esto último no parece importarle. No ha editado discos como New York ni ha sonorizado el émbolo de una jeringa, aunque es como si Lou Reed antes de morir le hubiera exhortado a continuar con su reinado de misantropía. Un lujo que hay que merecer. Entre ambos hay una distancia insalvable, que ni siquiera se acorta con los notables trabajos de Red House Painters o el reciente Benji con el que a Sun Kil Moon le ha llovido un aluvión de merecidos elogios.

Pero vayamos a la música, que es lo que aquí nos ocupa, o al menos debería. Es en ese momento cuando la boca de Kozelek deja de ser un incordio y comienza a transformarse en algo de una indiscutible belleza. Arpegia su guitarra y suenan las primeras notas de ‘Black Kite’ con una nitidez impoluta. Mejor empezar por la última de canción de su Among the Leaves para evitar el aplauso fácil o para reivindicar su carrera, y luego regalar ‘Carissa’ y la excelente ‘I Can’t Live Without My Mother’s Love’ de su último trabajo.

El directo de Sun Kil Moon no tiene la pegada del púgil surcoreano que da nombre a la banda y que ha servido a su líder para revelar su pasión por el boxeo. Es una actuación sin altibajos, tan solo sostenida por la meticulosidad con la que se ejecuta cada canción y solo ascendiendo en los momentos puntuales de ‘Dogs’ o ‘Richard Ramirez Died Today of Natural Causes’. Entre medias, Kozelek continúa arremetiendo. Ahora las víctimas son los franceses, a los que tilda de repulsivos. No está contento con el lugar en el que tuvo que tocar en París o Nantes, da lo mismo. Lanza halagos a los españoles y su tortilla, aunque es previsible que en el país vecino hiciera lo mismo con la tartiflette y en sus próximos conciertos en Portugal lo haga con el bacalhau, poniendo en la diana a sus últimos acólitos.

Mejor dejarlo a un lado, olvidar que alguien del público se lleva una bronca por hablar por el móvil, omitir la fotofobia del maestro de ceremonias y quedarse con la delicadeza que irradia de ‘Micheline’ o con el buen gusto de rescatar canciones del disco en el que colaboró con Jimmy Lavelle, ideólogo de The Album Leaf, del que extrae ‘Ceiling Gazing’ y ‘By The Time That I Awoke’, ahora con Kozelek en pie, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo con el micrófono con una desgana solo equiparable a la elegancia con la que maneja sus cuerdas vocales.

Después de dos horas suena como despedida la estimulante ‘Elaine’. Un tiempo en el que nada se ha movido, ni las luces que iluminaban el escenario ni el público que ha mantenido un inaudito silencio. Como Ólafur Arnalds, Sun Kil Moon ha justificado su sobrio directo con la categoría de su música. Pero al contrario que el islandés, que utiliza una simpática cordialidad como contrapunto a su intimismo, las diatribas del líder de los estadounidenses resultan insoportables.  Que le vaya bonito.

Foto: Daniel Boluda (a escondidas, porque Kozelek no permitía fotógrafos)

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